martes. 27.02.2024

“Está um rapaz a arder, / em cima do muro, / as maõs apaziguadas. / Arde indiferentemente a neve, / a neve que o encharca. / Nunca ninguém apagou esse lume” 

Está un muchacho ardiendo / encima del muro, las manos calmas. / Arde indiferente a la nieve, / la nieve que lo empapa. / Nunca nadie apagó esa lumbre

(Grupo musical portugués A Naifa. Canción: Rapaz a Arder)

La noche y el frío, mitigados detrás de la ventana,
estaban al acecho del sueño no dormido.
Las niñas jugaban a las cocinitas en el refugio antiaéreo
guiadas por sus linternas -las pilas eran un artículo de lujo-, que proyectaban
una luz mortecina, decaída y melancólica.

Ajenos a cualquier incidencia vosotras y yo,
en el tercer piso de nuestro edificio, pasábamos el tiempo:
vosotras ensayando la próxima obra de teatro,
yo intentando calentar el té, en un hornillo rebelde.
Un té reparador, salvífico, de una fragancia inmune a los desastres
de este maldito tiempo de guerra y tribulaciones.

De pronto, las leyes de la naturaleza se trocaron
imprevisibles, irregulares, nefandas, desbocadas.
No, no había sido una fuerza telúrica
la responsable de la devastación, la flama, la muerte.
Hasta los relojes atómicos lo evidencian:
el rigodón perpetuo que bailan el Núcleo Sólido de la Tierra
con su Manto Inferior seguían como siempre:
sólo el primero se había retrasado una diezmillonésima de segundo,
nada catastrófico para los que vivimos, agradecidos y a salvo
en su litosfera, su corteza, ese valle de lágrimas según los poetas.

Un leopardo ciego, como un cíclope, había escupido un fuego
devastador, mortífero, cruel, antrópico, inhumano.
El muro, el paramento ventral, delantero, de nuestro edificio
se había descolgado como un telón raído- teatro del absurdo-
dejando ver, impúdicamente, la habitación donde nos encontrábamos:
unas jóvenes muchachas representando una escena de Las Troyanas
-Eurípides tronante, tragedia griega de la guerra, siempre vigente, actualizada-;
junto con un inútil intentando invocar el juego, calentando el té.

Absurdamente, en el suelo tirado, pensé en el Che Guevara: le gustaban,
como a mí la lectura, el rugby y el ajedrez.

Más tarde, segundos después, sin poderme mover, rememoré- sí sé por qué-
las doctas palabras de un General de Brigada otánico: “magníficos carros de combate,
estos Leopard 2E, maniobrables y con gran potencia de fuego
de un radio de acción de hasta cinco kilómetros, aún en la noche”.
Volví, de forma insensata, a evocar las palabras de una Ministra extranjera:
“los Leopard son peligrosos para las personas”.

Me afano en removerme, pero mis facultades cenestésicas han desaparecido
-o, acaso, será que no quiero ver los cadáveres de mis amigas, desmembrados-;
sólo pienso, lleno de odio ofuscado y terrible, sobre esta tierra sufriente del Donets:
¡mejor ellos que yo!; en latín: …melius est illis quam me…
Ojalá a canalha, uns e outros, ardam no inferno!
Que Deus me perdõe!

Cíclope ciego