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sábado. 01.10.2022
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Una sonriente Christine Chubbuck

Sarasota, Florida. 9 de la mañana del lunes 15 de julio de 1974. El programa televisivo de variedades Suncoast Digest, emitido en el Canal 40 de la cadena local WXLT, está a punto de comenzar. Pero hoy algo difiere de lo rutinario: la joven de 29 años Christine Chubbuck, su brillante y tenaz presentadora, decide que el programa arranque de forma diferente: minutos antes, y nada más llegar al estudio de la emisora, informa a sus colegas de que, por tratarse de una edición especial del noticiario, necesita escribir sin más demora un explícito guion que leerá en directo; a pesar de lo novedoso, de lo infrecuente de la situación, todo el mundo confía en las demostradas habilidades de Chubbuck. Nadie sospecha de nada.

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La costera y turística ciudad de Sarasota, Florida

Empieza Suncoast Digest: ocho primeros minutos en los que Chubbuck informa sobre tres noticias nacionales, así como de un tiroteo acontecido el día anterior en el restaurante del pequeño aeropuerto local. De repente, y tras un fallo técnico en la emisión de unas imágenes vinculadas a dicho tiroteo, Chubbuck, con gesto firme y sonriente a la par que nervioso, se dispone a leer el guion, dirigiéndose a la cámara en los siguientes términos: “De acuerdo con la política de Canal 40, empeñado en ofrecerles lo último en sangre y entrañas, están ustedes a punto de presenciar una primicia: un intento de suicidio en directo”. Justo entonces, su mano izquierda, tras hurgar en la parte inferior de su escritorio, emerge portando una pistola, que no duda en apuntar detrás de su oreja derecha: instantes después, una nube de humo invade la escena, un potente ruido destruye el brevísimo silencio. La cara de Chubbuck queda completamente desfigurada por el impacto de bala, su boca se desgarra hasta confundirse con su barbilla, la sangre fluye imponente. Su tembloroso cuerpo cae hacia delante. Los técnicos de cámara cortan la imagen: un poderoso negro ocupa las pantallas de los estupefactos telespectadores.

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Calle comercial de Hudson, Ohio (Autor: Zach Vesoulis)

Todavía restaba una esperanza: que se tratase de una impostura, de una broma macabra de la solitaria y excéntrica periodista. Pero no: cuando técnicos y demás trabajadores de la cadena corrieron hasta el escritorio de Chubbuck, rápidamente advirtieron que la cosa iba en serio: su cuerpo herido se agitaba con violencia, luchaba por sobrevivir. Sobre la mesa un papel, ese guion en el que Chubbuck había trabajado con urgencia nada más llegar a la oficina. En él se informaba, como si de una noticia más se tratase, del suicidio en directo de una joven periodista de una emisora local. Se indicaba que su cuerpo, aún con vida, sería trasladado al hospital de Sarasota, donde fallecería once horas después de su ingreso. No se equivocó por mucho: tras catorce horas en el mismo hospital, Christine Chubbuck fue declarada muerta. Por primera vez en la historia, una persona se suicidaba ante las cámaras, ante sus propias cámaras. El guion de su muerte, que ella misma había escrito, se había cumplido con notable acierto: tanto así que el día siguiente fue leído en directo por un empleado de la cadena televisiva para dar la noticia del funesto suceso.

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Artículo de la prensa local informando del suceso

Nacida en Hudson, Ohio, el 24 de agosto de 1944, la joven e inteligente Christine inició sus estudios en la escuela femenina Laurel School, situada en la coqueta ciudad de Shaker Heights, en el mismo estado. Su particular personalidad y su cínico sentido del humor dieron prematuras muestras de evidencia durante aquella etapa: junto con algunas de sus compañeras, fundó un grupo llamado “The Dateless Wonder Club”, del que formaban parte aquellas muchachas que, por un motivo u otro, se veían relegadas a la indiferencia de sus coetáneos masculinos. Estudió un curso de Artes Escénicas en la Universidad Miami de Ohio, y en 1965 obtuvo un grado en Radiodifusión por la Universidad de Boston. Los dos años siguientes trabaja en una cadena de televisión de Cleveland, y en el verano de 1967 participa en un taller audiovisual en la Universidad de Nueva York. Finalmente, tras una larga estancia de cuatro años como auxiliar de informática en un hospital y dos años en una pequeña emisora de Sarasota, Chubbuck ingresa en XWLT en 1974, apenas algunos meses antes de su radical y fatídica decisión.

Es bien sabido por la psicología y la psiquiatría que el suicida, salvo en casos excepcionales debidos a una repentina desgracia personal o familiar, forja su personalidad autodestructiva durante años, cuece su decisión a fuego lento y no es sino tras mucho meditar, tras muchas idas y venidas por el camino de la desolación, que decide poner en marcha su plan de muerte. Y no fue de otro modo en el caso de Chubbuck: apenas dos semanas después de su suicidio, su madre y su hermano, con quienes compartía piso, hicieron saber, en un extenso artículo publicado en The Washington Post, de las frecuentes alusiones de Christine al respecto, de las numerosas veces que había hablado de tirar la toalla; de hecho, en 1970 ya había intentado suicidarse con una sobredosis de medicamentos.

Según el testimonio familiar, la causa de la constante depresión de Christine era la falta de relaciones personales: a punto de cumplir 30 años, todavía continuaba siendo virgen, apenas había tenido un par de conatos de relación amorosa a lo largo de su vida. Al parecer, vivía obsesionada con la idea de tener una pareja, un hombre que la cuidase y la quisiera de forma indiscriminada: soñaba con un amor a la antigua usanza, un romance de rosas y de vino. A pesar de ello, solía mostrarse agresiva, desconfiada y renuente cuando alguien, ya fuera hombre o mujer, intentaba entablar una conversación amistosa con ella. Y quizá también le pesara el hecho de que, un año antes de su suicidio, le había sido extirpado un ovario, siendo informada de las escasas probabilidades que tendría de quedar embarazada en el futuro. Rigurosa, autocrítica y totalmente volcada en su trabajo, tras su imagen de mujer liberal y autosuficiente se escondía un ser lleno de carencias, ávido de cariño.

Poco antes de su muerte, y con la excusa de realizar un reportaje, Christine visitó al sheriff local, con quien mantuvo una larga conversación en torno al suicidio y a las técnicas más eficaces para llevarlo a cabo. Según le comentó el agente, el modo más efectivo de suicidarse con un arma de fuego era utilizar un revólver del calibre 36 con las balas perforadas en su extremo, disparándose en la parte trasera de la cabeza, donde se aglutinan la mayoría de conexiones neuronales relacionadas con el funcionamiento de los principales órganos vitales. Dicho y hecho: así actuaría la propia Christine tres semanas después, ante su audiencia.

Según sus compañeros, el carácter de Chubbuck varió notablemente en las últimas semanas de su vida: si bien su actitud habitual era la de una persona tensa, brusca y extremadamente exigente con su trabajo y consigo misma, en esta última fase se había vuelto más relajada, más accesible: a buen seguro que ya había tomado una decisión, sabía que sus días estaban contados, y esa cercanía de la muerte, ese saber que en breve pondría fin a su suplicio, dulcificó su temperamento; así lo confirmó posteriormente, entre otros, el periodista George Peter Ryan, con quien Chubbuck había intentado un acercamiento amoroso sin éxito alguno: de hecho, ella misma vendría a descubrir poco después que Ryan mantenía un romance con la reportera Andrea Kirby, una de sus escasas amigas en la cadena.

El 18 de julio, tres días después del fatal desenlace, el cuerpo de Christine fue incinerado en una playa de Sarasota, sus cenizas arrojadas al mar. La ceremonia contó con la participación de más de 120 personas, incluyendo familiares, compañeros de trabajo y autoridades locales, algunas de las cuales habían pasado por Suncoast Digest en calidad de invitados. Una banda de música local interpretó tres canciones de Roberta Flack, la cantante preferida de Christine. Su madre hizo todo lo posible para que la grabación no fuera difundida, por lo que la oficina del sheriff llevó a cabo un listado de todas las copias disponibles, que fueron confiscadas y entregadas a la familia de Chubbuck. Todo parece indicar, a pesar de que algunos usuarios de Internet aseguran haber visto la grabación hace varios años en un portal de vídeos de violencia, que las terribles imágenes del suicidio en antena de Christine desaparecieron para siempre.

Una doble pregunta, una incógnita doble nos apremia. Por un lado: ¿se podría haber evitado el suicidio de Christine Chubbuck? A buen seguro que sí: la explicación de sus familiares y amigos, refiriendo la soledad y la falta de pareja amorosa como la causa principal de su drástica decisión, se antoja pueril y poco razonada; todo parece indicar que Christine padecía algún tipo de trastorno de la personalidad, alguna enfermedad mental que podría haberse tratado y atenuado con el correspondiente tratamiento psiquiátrico. Por otra parte, y sobre todo: ¿por qué decidió poner fin a su vida de aquella manera, mostrando su muerte ante las cámaras, ante el mundo? ¿Qué quiso decirnos con ese último movimiento? ¿Se trató de una venganza contra la impuesta línea sensacionalista de la emisora? ¿Fue un modo de darse a conocer, de dejar su nombre grabado en la posteridad de la tragedia? ¿Llegó a calibrar fríamente las consecuencias de su acto? Si es cierto que la relación de Christine con su madre era tan próxima que se refería a ella como “su mejor amiga”, ¿cómo es posible que no fuese capaz de percibir el egoísmo, el daño brutal, la cruel exposición a la que la arrojaba? No hay respuesta posible a estas preguntas. Quedémonos, en todo caso, en las fronteras de la duda, despidámonos con las certeras palabras que el ministro presbiteriano Thomas Beason pronunció durante la ceremonia fúnebre de Christine: “Sufrimos por su perdida, estamos asustados por su ira, somos culpables de su rechazo, estamos dolidos por su elección de aislamiento y estamos confundidos por su mensaje.”

Christine Chubbuck, o el suicidio en directo
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