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jueves. 18.08.2022
OPINIóN | WALTER C. MEDINA

Caretas de Montoro

Cuando la movilización pacífica no resulta efectiva, la reacción violenta es una posibilidad que ciertos ciudadanos han comenzado a expresar su hartazgo.

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Fotos: Walter C. Medina.

La crispación de un pueblo que se sabe estafado por la clase política puede llegar a manifestarse de diversas formas; pero cuando la movilización pacífica, las pancartas, los cánticos y los reclamos de dimisión no resultan efectivos, la reacción violenta es una posibilidad mediante la cual ciertos ciudadanos han comenzado a expresar su hartazgo. Las consecuencias de esta ira -resultado de medidas, decretos, ajustes, recortes y/o leyes que atentan contra determinados sectores- las han experimentado en carne propia un buen número de políticos. Y este fenómeno -por llamarlo de alguna manera- no es patrimonio exclusivo de ningún país, ni siquiera de ningún sistema de gobierno, ya que tanto en democracias como en dictaduras, siempre hay alguien dispuesto a romperle la crisma al estafador de turno.

El pasado 20 de agosto una lluvia de huevos cayó sobre el ex Ministro de Economía argentino, Domingo Felipe Cavallo. Sucedió durante su presentación en la Universidad Católica. Cavallo, mentor de aquella genialidad denominada “convertibilidad” (un Peso = un Dólar) que derivó en la confiscación por parte del Estado de los ahorros de miles de argentinos, se aprestaba a hablar de Economía junto al extitular del Banco Central, Javier González Fraga. Pero instantes antes de que comenzara su exposición, una seguidilla de huevos arrojados por el auditorio estalló contra su inmaculada calva. De esta manera era acorralado a huevazos el cerebro del Corralito Financiero que allá por 2002 privó de sus ahorros a gran parte de los ciudadanos. Y así como en su momento el ex presidente de Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero evidenció en vivo y en directo su desconocimiento del valor de un café, Cavallo -por el contrario- supo de inmediato lo que cuesta (y lo que duele) un huevo.

Los ataques físicos a diputados, concejales u otros funcionarios públicos se vienen dando cada vez más seguidos. En España, la agresión al Consejero de Cultura de  Murcia, Pedro Alberto Cruz, ocurrida en 2011, reabrió el debate sobre la violencia ejercida hacia los mandatarios y su exposición en actos públicos. “La violencia ejercida contra los funcionarios es un atentado a la democracia”, opinaron algunos de los afectados; a lo que los responsables de tales agresiones respondieron manifestando que “Un verdadero atentado a la democracia son las medidas que se toman de espaldas al pueblo”; opinión que abre un nuevo debate: ¿Cuál es la verdadera violencia?, ¿La que se materializa a huevazos o la que provoca pobreza, desahucios, parados, hambrientos? Pregunta que dejaré que usted mismo se responda antes de decidir gobernar o machacar a huevazos a su gobernante.

La seguidilla de ataques a políticos preocupó en 2011 a los miembros del PP que decidieron solicitar protección a Interior, culpándolo de incumplir con sus obligaciones y no guarecer debidamente de la protesta espontánea a sus cargos públicos. Ahora que son gobierno, vaya a saber uno a quién responsabilizará el Partido Popular de las hostias que más de un ciudadano estaría dispuesto a propinarles (entre desahuciados, parados, negados de asistencia sanitaria y estafados en general, la lista de candidatos a dar el primer puñetazo es más extensa que la nómina de corruptos que se enquistó en el poder).

En la escena internacional, los casos más llamativos y mediáticos de políticos agredidos tuvieron como protagonistas -nada más ni nada menos- que a los ex presidentes estadounidense e italiano. El zapatazo de un periodista en Irak contra George W. Bush y la agresión en el rostro (si, tiene uno) a Silvio Berlusconi, dieron la vuelta al mundo. Lamentablemente Bush no sufrió heridas graves. Perdón, quise decir que Bush no tuvo que lamentar heridas graves, aunque se llevó un susto que lo habrá mantenido un buen tiempo -incluso ya retirado- buscando armas de destrucción masiva y zapatos ajenos hasta debajo de su propia cama. Y mientras el presidente norteamericano resultaba ileso, a Berlusconi lo trasladaban al hospital escupiendo dientes desde la ventanilla de una ambulancia.

El caso más reciente ocurrió hace tan sólo unas semanas en Ucrania, donde el diputado del partido oficialista, Vitaly Zhuravsky, fue interceptado fuera del Parlamento por un grupo de manifestantes que decididamente lo levantó en volandas, lo condujo hasta el contenedor de basura más cercano y allí lo arrojó como se arroja lo que no sirve, lo que está demás, lo que está podrido. Zhuravsky, miembro del Partido Economía y Desarrollo, impulsó durante el gobierno de Víktor Yanukóvich una ley contra manifestaciones antigubernamentales que fijaba multas a quienes insultaran a las autoridades. Entrevistado uno de los idearios de esta aséptica medida, expresó su rabia contra éste y otros políticos que, según señaló, “no hacen otra cosa que aniquilar los derechos de los ciudadanos”. Un periódico ucraniano aseveró que este hombre había jurado que si por él fuese, le daría a cada político un puñetazo por cada promesa electoral incumplida, por cada una de esas medidas que siempre afectan a los más vulnerables, por las mentiras y por las leyes que representan un retroceso en los derechos y las libertades del ciudadano. De ocurrírsele a alguno copiar esta idea y ponerla en práctica en territorio español, la cara de Mariano recibiría tantas hostias que no serviría ni para confeccionar caretas de Montoro (aunque haciéndole unos retoques, quizás sí de Soraya). Aboguemos porque esto no suceda.

Caretas de Montoro