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He visto, recientemente, una imagen fotoperiodística de gran impacto para mí. Irremediablemente, el dolor humano y la calidad de la instantánea que transpira la representación de las figuras- tres -, suponen como el trasunto o metáfora simbólica del sufrimiento de un pueblo oprimido, de una maldita alegoría sobre su diáspora y un destino continuado surcado de muerte, destrucción y acoso continuado, criminal.
Es como si Caravaggio hubiera pintado y vivido hoy en Gaza. Un territorio de 360 Km2, 41 Km de largo por, entre 6 y 12 Km de ancho, para 1,8 millones de personas. La cárcel más grande, al aire libre, del mundo.
Los tres personajes de la composición están en primer plano, con una disposición triangular de menos de tres cuartos de su figura. En el centro, la imagen principal, es una mujer gazatí, con velo negro, agachada, intuyo que de rodillas, transida de dolor, con un llanto incontenible, ligeramente ladeada hacia la derecha según la perspectiva del observador, con la cara desencajada por la atrición, sus mejillas carmesís, los ojos arrasados por las lágrimas, la vista dirigida hacia el suelo, donde, con toda seguridad yacen los cadáveres de sus deudos asesinados, un velo negro que la cubre la totalidad de su cuerpo dejando ver sólo sus manos cruzadas sobre un pecho en actitud de desesperación y desamparo.
En escorzo, a derecha y a izquierda se presentan dos protagonistas más, que intentan mantener una actitud de ayuda, consuelo, empatía y dignidad ante la atormentada mujer. En ambos casos, se muestran encorvados de medio cuerpo y sus caras se exponen veladas para la persona que contempla la composición.
A la izquierda, según la mirada del espectador, se encuentra un hombre maduro que sujeta con firmeza y fuerza por lo hombros a la desolada imagen protagonista de la fotografía. Lleva el varón una prenda negra que, a mi modo de ver, aumenta el patetismo del conjunto, y nos deja ver la imagen la estampa de su calvicie incipiente. A la derecha una mujer, que se me antoja joven, de la cual tampoco observamos su cara; apenas su nariz, parte de sus mejillas, y el arranque de su flequillo negro que escasamente sobresale de un velo color marrón claro, con pliegues que le cubren toda la cabeza. Ella rodea con su mano izquierda el brazo de nuestra protagonista. La atmósfera que rodea la plenitud de la composición es obscura, y las manchas de color que nos vienen a iluminar la dramática escena, están compuestas por la cara de nuestra dolorosa gazatí, el velo del personaje femenino de la derecha, la parte superior de su cabeza y lateral izquierdo de la mejilla del hombre, además de las manos de los tres personajes.
A mí, personalmente, me sugiere una suerte de Dolorosa. Imágenes religiosas éstas, que se han constituido en temas recurrentes Renacentistas y Barrocos en el Arte Sacro Occidental: la Virgen ante el Nazareno descendido de la cruz y ya inerte, después de su agonía.
La imagen fotoperiodística desprende ese mismo halo sombrío, negro, lúgubre tiznado por el patetismo conmovedor y la llamada a una contemplación serena, solidaria, reflexiva e introspectiva.
Con todo el respeto y admiración remito estos sentidos y sinceros versos, para subrayar el dolor de esta mujer palestina que evoco en la descripción anterior. Vayan por delante mis respetos por sus difuntos, en la ceremonia mortuoria (ar-dafin), consideración que hago extensivos a ella, sus familiares y amigos.
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
—¡aquel trueno! —,
vestido de nazareno.
(Ambos extractos son versos de Antonio Machado)
El bienestar y el progreso de Europa han sido construidos
con el sudor y los cadáveres de los negros, los árabes, los
indios y los amarillos. Hemos decidido no olvidarlo.
(Frank Fanon, 1961)
Ahora que llega, con su pompa de siempre, la Semana Santa
y no tengo Virgen a la que dedicarle una saeta,
por mi condición de ateo que no llora ni canta,
a las tallas artísticas, maderas de milagrosa veta.
He elegido, por el contrario, una Madre Dolorosa Palestina,
(Palestinae pia matrem suam). Madre Amantísima,
inconsolable en el dolor transido de aflicción por los suyos,
sus muertos, inertes, inmolados en la cárcel ilegítima
a cielo abierto de su amada Gaza, destrozada y sin arrullos.
Clama por sus queridos deudos, asesinados por bombas israelíes,
o disparos fatídicos de ocupantes inclementes y vesánicos,
que masacran a niños, a jóvenes que tiran piedras sin herirlos,
en una resistencia llamada a fracasar en esfuerzos titánicos.
Te ofrezco, Madre, mi respeto laico a tu desesperación desaforada.
No asistiré al entierro (ar-dafin), de tus amados hijos y familiares,
en improvisadas mortajas (kafán) de níveas sábanas, manchadas,
a veces, con su sangre. No entonaré las oraciones del Corán y la Sunna,
ni tendré, ante tu figura doliente, el ánimo para unirme a tu duelo (huzn).
Eso sí, tu imagen me interpelará irreductiblemente, ¡oh Madre Angustiosa!
Sí, me pedirá compromiso, coherencia, un ápice de indignación y de brío.
Lamentarme no basta, me miras y sin palabras tu desgracia rebosa,
me pide alguna ofrenda, una prenda, un jienense ramo de olivo,
¡qué la Paz sea contigo!
Un olivo vivo y en pie, de los que no arranca algunos rabiosos colonos
salvajes e impunes, en su bestial odio intentando horribles abandonos
de esta vuestra tierra legítima, Tierra Santa de las Religiones.
¿De quién son estos olivos, sino de los palestinos?
Hace tiempo y en otro lugar, se preguntaba lo mismo un poeta español.
¡Oh, Mater Candida Palestinae!, tu gente, tu pueblo en hambruna
no sabe dónde caerse vivo, para no erigir otro muerto.
Yo no sé qué cantarte, en este páramo amordazado y yerto,
con mis manos vacías, en el cuarto creciente de la luna.



