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martes. 16.08.2022
TRIBUNA DE OPINIÓN

Autogestión y socialismo, ¿suponen el final de un sueño del siglo XX?

“La Autogestión revive donde existía previamente, en la conciencia de los trabajadores” (Joseph Fisera, 1975) [1]. En todas las grandes crisis políticas de Europa, desde 1917, los trabajadores han intervenido con formas de autoorganización en las empresas, una forma de afirmar cuál es su idea del derecho al trabajo, que identifican con la democracia. Hoy, que vuelven al debate político los conceptos de la democracia del trabajo, creo útil recordar las experiencias más avanzadas de la misma que han sucedido en Europa, desde la constitución del movimiento obrero industrial. Yugoeslavia y Checoeslovaquia, como campos de la experiencia autogestionaria socialista, y Suecia, como intento gradualista de construcción del socialismo.

A pesar de las enormes diferencias entre ellas, la forma en que degeneró, antes de morir matando, la autogestión yugoeslava tiene conexiones con el abandono de la experiencia socialdemócrata sueca. La penetración de las recetas neoliberales en los sindicatos suecos cumplió el mismo papel que las ideas sobre la competitividad individual en Yugoeslavia [2]. En los dos casos, dinamitaron los pilares de solidaridad de clase y los elementos de compensación entre inversiones y gasto, que daban estabilidad a los procesos económicos, sostenían la acumulación socialista en un caso, y proporcionaban sensación de seguridad igualitaria a los ciudadanos suecos. Por ello, no debemos rechazar las comparaciones, a pesar de ser la experiencia yugoeslava resultado de un proceso revolucionario, inmerso en la lucha partisana de liberación nacional contra el ocupante nazi; mientras que la sueca es consecuencia de la acción de una clase obrera educada y disciplinada, culturalmente homogénea y solidaria con sus vecinos, que apoyó la huelga general de los sindicatos noruegos para independizarse de Suecia en 1905. Yugoeslavia, como es sabido, murió víctima de los nacionalismos, exacerbados por unas políticas que agudizaban las diferencias regionales, unidas al déficit democrático. Suecia sucumbió a los incentivos financieros que dinamitaron, en una burbuja descomunal, el sistema bancario del país.

A pesar de las diferencias entre ambas sociedades, los años setenta fueran críticos para las dos, pues vieron el inicio de la curva descendente de los avances obreros en uno y otro país, si se puede llamar país a la Federación Yugoeslava. Tanto en Escandinavia como en los Balcanes, la clase obrera tradicional manifestó su conformidad con las demandas de abrir el abanico salarial, emitidas por las nuevas clases medias profesionales de la industria (Lindberg y Ryner, 2010; Lebowitz, 2004). Un tercer factor común a Suecia y a las zonas más desarrolladas de los Balcanes yugoeslavos era el nivel de vida de los trabajadores de la gran industria, que había alcanzado los estándares de los estratos inferiores de las clases medias y cuyos hijos ingresaban en las universidades, pasando a formar una mayoría entre los cuadros medios industriales. Se estaba creado el espejismo de una nueva sociedad meritocrática, común a todo el continente.

Desarrollar la democracia al conjunto de la sociedad, incluidas las empresas y el dinero, su gestión y su regulación, lo que hoy se conoce como democracia económica

Diferentes fueron los orígenes intelectuales de las políticas de gestión de la economía. La tutoría del matrimonio Myrdal [3] sobre la política económica sueca y las propuestas sindicales, se evidencia en el rigor de las ideas de Rehn y Meidner, economistas ambos de los sindicatos suecos; el primero, autor de la propuesta de unos abanicos salariales solidarios, que fueran lo suficientemente altos para  mantener el consumo, pero evitando el descuelgue prematuro de empresas; el segundo, del proyecto de inversiones para garantizar la modernización de las plantas productivas, dotadas con los fondos de beneficios obtenidos del crecimiento de la productividad. De esa forma, la destrucción de empleo en las empresas obsoletas encontraría oferta de nuevos puestos de trabajo en empresas de tecnología actualizada. En la Suecia de los años 70, la presión de las nuevas formas organizativas, inspiradas por la calidad y la informática, sobre la configuración de los puestos de trabajo y su remuneración contribuyó a desmantelar el modelo. En lugar de conciliar las políticas igualitarias con la gestión de la calidad; los sindicatos aceptaron centrar la política salarial en cada empresa, como soporte de los incentivos que las nuevas normas de ingeniería aconsejaban. La primacía de los convenios de empresa dañó la unidad sindical, debilitando la oposición a las políticas anti-reguladoras del Gobierno liberal-conservador de 1976 (Lafuente y Rosal, 2019). 

Los dirigentes yugoeslavos, sin embargo, se reclamaban de la ortodoxia marxista frente al dirigismo burocrático, aunque la omnipresencia de la Liga de los comunistas empañara la imagen. En la misma década que Suecia, la política de escalas salariales con topes superiores, elemento clave de igualdad autogestionaria, fue duramente atacada por los cuadros de empresa, que esgrimían el éxito alcanzado por sus sectores durante los años de fuerte crecimiento, para reclamar mayores incentivos por resultados. En las encuestas públicas de la época, la mayoría de los trabajadores apoyaba esta reivindicación. A finales de los años sesenta, los cambios provocaron la aparición de fuertes desigualdades en la renta personal, y entre los beneficios de cada una de las empresas y, lo peor de todo, dejaron atrás las repúblicas menos desarrolladas, alimentando con ello la guerra civil larvada del modelo balcánico (Lebowitz, 2004). Aunque muy diferentes, Suecia y Yugoeslavia compartían su escaso peso económico global, y sufrían la presión de no poder mantenerse al margen de las tendencias económicas dominantes y la internacionalización del capital. Tras las notas comparativas de las experiencias sueca y yugoeslava, la última manifestación de los consejos obreros de empresa, ocurrida en Checoeslovaquia durante el año 1968, tal vez sea el mejor reflejo de la frase que encabeza este artículo, y la que más sirva de puente entre la historia del movimiento sindical y las aspiraciones democráticas que éste representa frente a la crisis actual.

Un científico de la Academia describía Checoeslovaquia, en 1968, como un país “con un gran potencial económico”; “cuyos trabajadores testimonian en todos los sectores de actividad que poseen un alto nivel de educación y cualificación”. Opinaba que los consejos obreros tenían una larga tradición: “a fin de cuentas, (los trabajadores checoeslovacos) ya habían tenido experiencias de participación limitadas bajo diversas formas y conocían la manera de hacerlas posibles” [4]. El economista de referencia de la primavera de Praga, Otta Sik pretendía un alcance mayor para su proyecto que el del modelo sueco y su inspiración era la autogestión yugoeslava. Pero la experiencia checa iba varios pasos más allá, y pretendía atajar con la autogestión los problemas que ya preveían para el trabajo, derivados de la revolución cibernética y la división entre trabajadores del conocimiento frente a los trabajadores de oficio y los no cualificados.

La segmentación de los ciudadanos que viven de un salario en los países desarrollados hace que se multipliquen las culturas, que procesan la forma en que las personas que trabajan ven su relación con el empleo que tienen, y su lugar en la escala social. “Aparece así, en los países industriales desarrollados, una creciente disparidad entre la posición laboral y la de clase” [5] (Richta, p. 274). Conscientes de ello, los socialistas checos fundaron su estrategia en el convencimiento de que, como ya ocurría en otros países europeos desarrollados, la posibilidad de acceso universal a la enseñanza había convertido en asalariados a los profesionales de la ciencia y la cultura.  “En esas condiciones, el situar a los empleados técnicos, científicos, etc., como una clase intermedia, separada de la clase obrera”, supone un grave error, que impide la comprensión de “las relaciones de la clase obrera con el mundo de la ciencia y crea contradicciones artificiales entre los intereses de los obreros y los trabajadores de la ciencia” (Richta, p. 275). El sociólogo checo pensaba en el socialismo como una nueva civilización, cuyas “condiciones y contornos” van “más allá de las fronteras del mundo industrial creado por el capitalismo”. Por ello, afirmaba, ni Marx ni Engels creyeron en las posibilidades de una sociedad nueva fundada en el trabajo industrial repetitivo y no cualificado (Richta, p.113). 

Los gobernantes checos de 1968 buscaban una salida al estancamiento del “llamado socialismo realmente existente”. Su estrategia se basaba en la unidad de trabajo y conocimiento en el seno de las empresas socialistas, en las cuales veían un contenedor donde combinar la cultura disciplinada de los trabajadores del mundo industrial, declinante, con la creatividad de los nuevos trabajadores del conocimiento, para poner en pie la civilización que anunciaban las revoluciones en la energía y los procesos de la información. La corta duración de su experiencia no permite sacar conclusiones sobre la efectividad de las reformas acometidas, pero si afirmar lo que buscaban, que era la unión democrática de los trabajadores. Lo mismo que buscaban los socialistas chilenos con la Unidad Popular de 1970. 

Ambas estrategias están conectadas, y la izquierda europea, esa que se quedó sin habla en Agoste de 1968 y en septiembre de 1973, lo sabía. Praga y Santiago de Chile marcaron el futuro del PCI, que no volvió a ser los mismo después de aquello, y los socialistas franceses perdieron el impulso iniciado bajo la presión de mayo de 1968. Toda estrategia de cambio quedó aparcada, herrumbrada por el paso de los acontecimientos del final de siglo. Cambios, ante los cuales, ambos, Salvador Allende y Alexander Dubcek nos aparecen hoy como dos iconos, no sabemos si de lucidez o de enajenación utópica. Confundieron, los dos, Unión Soviética y socialismo y América y democracia. También equivocaron lo correcto con lo posible, olvidando la correlación de fuerzas que delimita el qué hacer. Pero tanto la experiencia del pueblo chileno, como la del checoeslovaco, nos dejaron señales muy claras de lo que es necesario imaginar, si se quiere, de verdad, cambiar las sociedades maduras como las europeas. Desarrollar la democracia al conjunto de la sociedad, incluidas las empresas y el dinero, su gestión y su regulación, lo que hoy se conoce como democracia económica.


[1] Fisera, Joseph (1975) Autogestion et Cogestion (esquisse d´une étude comparative et bibliographique). In. Revue d´études comparatives Est-Ouest, vol. 6 nº 2 pp. 219-230
[2] Franquesa, Ramón (1988) La crisis del modelo yugoeslavo, Affers Internationals nº 14 pp. 169-189. Lindberg, I y Ryner, M (2010) La crisis financiera y las organizaciones de trabajadores en Suecia entre 1990 y 1994. Boletín Internacional de Investigación Sindical, vol.2,1.
[3] Como se puede ver en Myrdal, Gunar (1980: pp. 42-50) Contra la corriente: Ensayos críticos sobre economía. Edit. Ariel, Barcelona. Renh y Meidner no necesitaban acudir a Keynes para saber que el pleno empleo no era un producto de las fantasías de la Ley de Say. Su formación en el institucionalismo sueco y en Knut Wicksell les enseñaba que el empleo era un resultado inestable de la política. Su apuesta por el igualitarismo salarial buscaba facilitar la difusión de las tecnologías más eficientes. 
[4] Declaraciones a Rudé Pravo del Dr. Slejska de La Academia de Ciencias tchecoeslovaca. 30-1-1969. 
[5] Richta, Radovan (1969) La Civilización en la Encrucijada, Siglo XXI, Madrid, 1971.

Autogestión y socialismo, ¿suponen el final de un sueño del siglo XX?