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jueves. 29.09.2022
ANTROPOLOGÍA CULTURAL

Magia y religión en la obra de Edward B. Tylor

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Nacido y educado en el seno de una familia de cuáqueros de clase alta, Edward B. Tylor no pudo ingresar en su juventud en la universidad, que negaba su entrada a quienes no fuesen fieles de la Iglesia de Inglaterra. Se vio obligado a trabajar por ello en la fábrica de fundición de su familia, pero una delicada enfermedad le obligó a pasar un período de descanso en el Caribe.

  1. Primera cátedra de antropología
  2. Magia
  3. Lo real y lo imaginario
  4. Religión

Después de regresar a su país natal en 1856, Edward Tylor se casó con Anna Fox, que se convertiría desde entonces en su fiel ayudante y colaboradora en la labor de recoger, analizar e interpretar información sobre innumerables sociedades tradicionales de su tiempo. Sus principios comparatistas sentaron las bases ideológicas y metodológicas de lo que fue la antropología evolucionista y culturalista, que dominaría casi por completo esta disciplina en las últimas décadas del siglo XIX y en los primeros años del XX.

Primera cátedra de antropología

Sir Edward Burnett Tylor (1832-1917) fue el primer titular de una cátedra de antropología en Gran Bretaña (1896) así como el primer autor de un tratado de antropología general, Primitive Culture (1871). Sus ideas parten de un esquema evolutivo donde bajo el influjo racionalista de la época, otorga una unicidad instrumental a la cognición humana, superpuesta a un eje temporal donde la organización social y la cognición recorren un progresivo desarrollo hacia las formas actuales de la razón, tanto en lo moral como en lo científico: “El afán del hombre por conocer las causas actuantes en cada hecho del que es testigo, las razones por las que cada estado de cosas que él observa es como es y no de otro modo, no constituyen un producto de alta civilización, sino una característica de su especie hasta en las fases más bajas. Entre los salvajes primitivos hay un apetito intelectual cuya satisfacción requiere muchos de los momentos no acaparados por la guerra o por el juego, por el sueño o la necesidad de alimentarse”. 

Se trata de una reivindicación del “primitivo”, si tomamos en cuenta ciertos prejuicios de la época. El primitivo deja de ser una ignorante presa del error, para ser parte de un eslabón necesario en la cadena evolutiva de la razón y el orden social. El salvaje era una especie de “fósil vivo”, y la antropología un estudio “arqueológico” de una cultura paradójicamente viva y muerta: fosilizada en su desarrollo cognitivo-cultural, viviente desde lo biológico y psicológico.

El primitivo deja de ser una ignorante presa del error, para ser parte de un eslabón necesario en la cadena evolutiva de la razón y el orden social

Magia

En el caso de la magia, Tylor concibe una ciencia primitiva, donde dominan mecanismos erróneos, pero conteniendo en potencia el afán científico por la búsqueda del conocimiento. El principal error que Tylor atribuye a la magia es la indistinción que efectúa al no separar discriminadamente los componentes intrasubjetivos (ideativos, imaginarios) de los que llegan al campo perceptivo desde un “afuera” material y objetivo (realidad positiva). 

El hombre, que todavía en una baja situación intelectual, tras haber llegado a asociar en el pensamiento aquellas cosas que por experiencia sabe que están relacionadas en la realidad, procedió erróneamente al invertir esta acción, concluyendo que la asociación en el pensamiento debe implicar en la realidad una relación semejante. 

Así intentó descubrir, vaticinar y producir acontecimientos por medio de procesos que nosotros ahora podemos ver que solo tienen un significado ideal. Por un gran volumen de testimonios de la vida salvaje, de la bárbara y de la civilizada, las artes mágicas resultantes de esta errónea conducta de tomar un ideal por una relación real pueden ser claramente seguidas desde la cultura inferior de la cual han surgido hasta la cultura superior en que actualmente se encuentran. 

Vemos como la confusión entre los componentes ideativos y la realidad generan un sistema de causalidades erróneo ya que, pese a que se establecen relaciones totalmente válidas en su aspecto formal, no se distinguen las significaciones imaginarias de las elaboradas en el campo de lo real perceptivo, distorsionándose la relación dialéctica con el mundo, como sucede cuando el neurótico no es capaz de elaborar un principio de realidad que escape de las producciones fantasmáticas subyacentes en su inconsciente.

Lo real y lo imaginario

El pensamiento primitivo no ha podido por lo tanto efectuar una discriminación coherente entre lo real y lo imaginario. Es bajo este discurso que Tylor plantea su definición mínima de religión como “creencia en seres espirituales”, introduciendo en el vocabulario antropológico la noción de animismo, punto clave sobre el que se tejen y desarrollan las diversas tramas mitológicas y teológicas. 

El animismo incluiría toda clase de seres espirituales, aunque sentaría sus bases en la creencia del alma humana. El primitivo se halla ante la encrucijada de establecer ciertas relaciones lógicas entre el sueño y la vigilia, la vida y la muerte, el trance y la conciencia ordinaria. 

Como es incapaz de discriminar lo imaginario y lo real como campos heterogéneos, debe explicar aquellas experiencias donde la conciencia parece desligarse de las sujeciones corporales y materiales. Surge entonces la creencia en un alma humana, que puede separarse temporalmente del cuerpo bajo la influencia del sueño, o bien romper definitivamente sus lazos en el momento de la muerte. 

Religión

Y surge entonces la religión, como producto de una especulación en torno a la naturaleza de determinados fenómenos fisiológicos y psíquicos, sobre los cuales el primitivo establece distinciones erróneas, que no contemplan la diferencia entre lo real y lo imaginario. A partir de la noción de animismo, Tylor establece extrapolaciones que permiten la utilización de este mismo recurso en otros seres y elementos de la naturaleza. 

Vinçent van Gogh dijo: “Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas”

A medida que transcurre la cadena de analogías comienza a desarrollarse un sistema religioso strictu sensu, lo cual posibilita la formación de doctrinas y rituales comunitarios, así como un método para explicar al ser humano y a la naturaleza. Detrás de todo este desarrollo aparentemente “irracional”, Tylor ve un esfuerzo intelectual que implica la utilización correcta de mecanismos lógicos aplicados sobre premisas incorrectas, fruto de una percepción inadecuada de lo real. 

Sin embargo, la propia dialéctica razón realidad lleva al hombre y a la cultura a un progresivo desarrollo y a una percepción adecuada de la naturaleza. Recurre entonces al clásico escalonamiento tripartito donde, a partir de un primer momento animista, se desarrolla por propagación analógica una segunda etapa politeísta

Ciertas almas son elevadas al rango de dioses, adjudicándoseles poderes de la naturaleza y, cuando un dios llega a dominar la escala jerárquica, se llega finalmente a la última gran etapa: el monoteísmo. Tylor establece entonces una teoría evolucionista de la razón y su desarrollo progresivo, donde la religión es solamente contemplada en sus aspectos cognoscitivos, en una suerte de dialéctica con la realidad, dejando a un lado su eficacia en la “cohesión social” o bien en las relaciones de poder. 

Desde el comienzo el hombre utiliza dos formas de pensar la naturaleza. Por un lado, un mundo cuya mecánica se compone de agentes sobrenaturales seres personales que actúan por impulsos y motivos semejantes a los suyos propios, una especie de proyección masiva sobre la realidad, que atribuiría tanto a seres vivos como a objetos materiales las mismas propiedades e intenciones que las internas propias. Se trataría de un pensamiento característico del animismo, y derivaría posteriormente en la complejidad de las formas religiosas.

Por último, compartir esta reflexión de Vinçent van Gogh: “Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas”.

Magia y religión en la obra de Edward B. Tylor