lunes 10/8/20

Algo va mal

El origen del ensayo de Tony Judt es “defender la necesidad de disentir de nuestra forma de pensar guiada por la economía, la urgencia de una vuelta a la conversación pública imbuida de ética”.

algo-va-mal2Algo va mal (Taurus 2011), del escritor británico Tony Judt, es un ensayo sobre estos tiempos de crisis en el que, sin negar la evidencia del colapso financiero que tan graves consecuencias ha tenido para las economías nacionales y familiares de medio mundo, el autor hace hincapié en otras causas (sociales, morales y políticas) que, bajo su punto de vista, precipitaron este, evitable, desenlace del que todavía hoy nos vemos incapaces de escapar, enredándonos una y otra vez en los mismos errores que lo provocaron.

Como historiador Judt sabe mirar hacia atrás con perspicacia y sabiduría, lo que le permite analizar el presente con una perspectiva más amplia y rica, señalando ciertas evidencias que, en esta época de sobreinformación, paradójicamente ignoramos o hemos olvidado, quién sabe si de forma deliberada en el caso de ciertos políticos y grupos económicos. El libro busca arrojar luz y, por lo tanto, su prosa posee la claridad y sencillez de quien sabe lo que quiere decir y cómo hacerlo. Judt escribe con inteligencia y es profundo sin amaneramientos de erudito. El origen del ensayo es “defender la necesidad de disentir de nuestra forma de pensar guiada por la economía, la urgencia de una vuelta a la conversación pública imbuida de ética”. A partir de ahí, el autor nos muestra cómo desde la década de los años setenta del pasado siglo hasta nuestros días, la orientación política de los países avanzados ha dado al traste con los grandes avances sociales y políticos conseguidos en la primera mitad del siglo XX (tributación progresiva, servicios sociales, regulación financiera…). Se trataba de equilibrar la diferencia entre ricos y pobres, algo que en los últimos años se ha descompensado de un modo delirante. Según Judt, “todavía en la década de l970 la idea de que el sentido de la vida era enriquecerse y que los gobiernos debían facilitarlo habría sido ridiculizada incluso por los defensores más firmes del capitalismo”. Judt nos muestra también cómo en los años de Thatcher, el gobierno británico empezó a desprenderse de sus obligaciones morales y sociales privatizando servicios como la Sanidad (con modelos mixtos como los que llevan años vendiéndonos desde el gobierno), y el resultado arrojó grandes pérdidas económicas para el Estado, deterioro del servicio y, eso sí, pingües beneficios “para un puñado de empresarios y accionistas”.

Sin embargo, y a pesar del consabido fracaso del modelo privatizador británico y del terrible ejemplo que supone el lucrativo negocio de la sanidad en EE.UU., donde la salud y la vida dependen exclusivamente del poder adquisitivo de cada ciudadano; del más cercano de la Comunidad Valenciana, donde el gobierno del PP lleva años privatizando parcelas de gestión sanitaria con desastrosos resultados para las arcas y la salud públicas, (“La gestión privada ha sido una sangría para la sanidad valenciana”, Carmen Montón, nueva consejera de Sanidad)… Sin tener en cuenta nada de todo esto, decía, desde los gobiernos del PP se sigue insistiendo en desmantelar el sistema. La consejera de Sanidad de la Xunta de Galicia, Rocío Mosquera, volvió hace unos días a defender su postura privatizadora aduciendo que el sistema actual es “insostenible si no tomamos medidas”. Es el discurso de siempre, desprestigiar, atemorizar, argumentar en contra de la opinión de los propios profesionales y expertos de la salud pública con tal de justificar su intervención y abrir las fronteras de un territorio económico casi virgen en nuestro país, por el que ya babean como hienas las grandes multinacionales del sector.

Por si esto fuera poco, una noticia publicada en el diario digital Nuevatribuna, , nos alerta de la imparable expansión de los tentáculos de los grupos de presión de la industria sanitaria, que alcanzan también al entorno de Pedro Sánchez, candidato del PSOE a la presidencia, quien, al parecer, cuenta entre sus asesores más próximos con personas vinculadas a empresas o instituciones abiertamente favorables a la progresiva privatización del Sistema Nacional de Salud. Si a todo esto le añadimos la amenaza en el horizonte del ultrasecreto TIPP (Tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos), en el que las (hienas) multinacionales parecen tener voz y voto, lo cierto es que las cosas pintan mal para nuestra Sanidad Pública.

Ojalá que los ciudadanos, en las urnas, podamos tener, de verdad, la última palabra. 

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