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domingo 29/5/22

"No es cuestión de cerrar heridas, es que la Historia no se ha contado"

AGNESE MARRA
El periodista Fernando Olmeda desvela a Nuevatribuna.es los entresijos de su último libro: ‘El Valle de los Caídos, una memoria de España’ que presenta este martes coincidiendo con el 50 aniversario de su construcción. Escapando del maniqueísmo habla sin tapujos del pasado, presente y futuro del mausoleo.
> “Para que sea un monumento de todos Franco y José Antonio no pueden estar ahí”
NUEVATRIBUNA.ES - 30.03.2009

El 1 de abril se cumplen 70 años de la Guerra Civil. No es la única efeméride que se recuerda. El mismo día es el 50 aniversario del monumento más polémico de la historia española: El Valle de los Caídos. Al periodista Fernando Olmeda no se le escapaba esta fecha.

Después de haber tratado en otros libros aspectos de la Guerra Civil, su constante preocupación por la memoria o como diría él “por la historia no contada”, fue lo que le llevó a dedicarse durante un año a descubrir los misterios de este mausoleo desproporcionado. “Cuando empecé a documentarme me di cuenta que salvo un libro escrito por Daniel Sueiro en 1976 no se había dedicado ningún monográfico sobre el tema. Era un territorio sobre el que no se había escrito y es un símbolo muy potente de la dictadura que desata grandes filias y grandes fobias. En este sentido creo que es un libro valiente”.

Además de cubrir una de las muchas lagunas que existen sobre nuestra historia más reciente, la labor de Olmeda tal y como la señala era recopilar datos y contrastar los hasta ahora conocidos. “Es un tema sobre el que la gente habla con el corazón no con la cabeza y solo a través del conocimiento y la investigación es como se deben abordar estos episodios”.

‘El Valle de los Caídos, una memoria de España’ que presenta mañana el autor, aborda un extenso periodo de tiempo, desde que Franco idea su monumento hasta la celebración del último 20 de noviembre de 2008 con las reformas de la Ley de Memoria Histórica y la polémica apertura del caso que llevó a cabo el Juez Garzón.Cincuenta años de historia en la que los que los datos y las cifras son tan importantes como las descripciones de la vida de algunos de los que allí trabajaron, murieron o se fugaron. Olmeda alterna la investigación más estricta con la literatura fidedigna que nos traslada a otra España, a la de los deseos, caprichos y arbitrariedades del Caudillo, a la que pasó mucha hambre, a la España en la que tantos caminaban con miedo.

LAS PRIMERAS PIEDRAS

1 de abril de 1940. Tan sólo un año después de la victoria del bando nacional Francisco Franco se ponía sus galas de dictador y como otros muchos de su estirpe se lanzaba a la arquitectura, anunciando la construcción de un gran mausoleo en Cuelgamuros, homenaje a los “Mártires y Caídos por la patria”. Una construcción imperial que el Caudillo pensaba que en un año estaría lista: “Es increíble la falta de cálculo y la ingenuidad, al año apenas estaban las primeras piedras”, explica Fernando Olmeda.

El Valle de los Caídos iba a costar mucho más de lo que imaginaba el Generalísimo y la mano de obra escaseaba: “A los dos años de comenzar las obras Franco inventó el sistema de redención de penas por el trabajo, un sistema perverso y eficaz del que comienza a estar muy orgulloso”, explica el autor.

Sin embargo, algo que no esperaba el Caudillo era que el cotidiano de los penados en Cuelgamuros iba a ser más ‘satisfactorio’ de lo que a él le hubiera gustado: “La situación allí era mejor respecto a la situación de hambre y hacinamiento de las prisiones ordinarias”. Además, señala Olmeda, el arquitecto Pedro Muguruza contribuyó a crear un “una situación de convivencia y humanidad bastante razonable”.

El periodista cuenta infinitas anécdotas de la cotidianidad de las obras, de las buenas relaciones que se crearon entre los penados y los obreros libres o de las historias de amor que surgieron en ese paraje. Pero lo más singular fuera quizás la cercanía de los con sus familias: “Poco a poco las familias de los presos se fueron instalando en los alrededores de los destacamentos, vivían en chamizos y muchas noches los penados dormían con sus mujeres, mientras las esposas de los capataces hacían la vista gorda”.

Algunos de los presos políticos al terminar su pena siguieron trabajando en Cuelgamuros, pero Olmeda señala un importante matiz: “Hay que tener cuidado con eso, porque es un argumento que utiliza la derecha para decir que el trabajo semiesclavo que hacían no era tan malo. Lo que realmente sucedía es que les era muy difícil encontrar otro trabajo una vez salidos de la cárcel, a muchos les habían expropiado sus bienes y estaban marcados en su pueblo”. La situación de Cuelgamuros, insiste Olmeda, no fue planificada por el dictador sino que fue “una consecuencia de cárceles superpobladas que obligaba al régimen a buscar una solución que la encontraron en la redención de penas por el trabajo, así conseguían descongestionar las cárceles y encima se aprovechaban de la mano de obra barata y semiesclava de los presos republicanos”.


LAS FUGAS

Más allá de una convivencia aceptable, la realidad de los penados era dura y muchos ellos tenían penas de más de 20 años por cumplir. La situación de Cuelgamuros propició uno de los hechos mejor contados en el libro: las fugas. “La más conocida, que se ha llevado al cine es la de Sánchez Albornoz, pero yo aprovecho a contar muchas otras, muy significativas y que han pasado al olvido”. Una de las favoritas del periodista es la que llevó a cabo el cenetista Manuel Amil: “Está muy vinculada con la fuga de Ocaña de los ocho cenetistas, esa es más conocida, pero la historia de Amil merece ser conocida y creo que para la CNT debe ser un orgullo recordarla”, cuenta Olmeda, lleno de entusiasmo. Las fugas fueron muchas, en Cuelgamuros había facilidades: “Es muy curioso, porque existían tres destacamentos, y para cada uno de ellos cuatro o cinco funcionarios que vigilaban a más de 200 presos”. Sin embargo los funcionarios siempre fueron eximidos de responsabilidades: “Lo curioso es que siempre que había una fuga se abría un expediente y sistemáticamente se señalaban como causas la insuficiencia de funcionarios y la orografía del lugar. Era una situación curiosa, que sabiendo que había fugas no se pusieran medios para atajarlas, coincide con la hipocresía del régimen”, dice Olmeda.

CIFRAS MISTERIOSAS

Hay una serie de preguntas que siempre surgen cuando se habla del Valle de los Caídos, todas ellas siguen siendo de difícil respuesta: El número de penados que trabajó allí, cuántos de ellos murieron durante la construcción, y cuánto costó a las arcas del Estado una obra que duró 20 años.

Fernando Olmeda reconoce que son grandes interrogantes que todavía no se han respondido, o al menos no se ha hecho de manera certera: “Respecto al número de penados doy algunas cifras en el libro, pero realmente no se sabe con seguridad. Se necesita un buen estudio que se centre en ello”. Lo mismo sucede con los muertos: “Hay un testimonio que es el doctor Lausín que asegura que sólo murieron 14, en mi libro yo tengo otro testimonio, un preso republicano, Miguel Rodríguez, que me dijo que fueron 58, pero sólo son testimonios”. El periodista señala que cada uno cuenta lo que le conviene: “El doctor Lausín no estaba allí desde el comienzo de la obra y después algunos hablan de muertos in situ, pero hubo muchos que murieron después de ser trasladados a los hospitales, por no hablar de aquellos que fallecieron años después debido a la silicosis. Hay que tener en cuenta muchos factores, por eso es necesario una investigación minuciosa que podrán hacer historiadores o por qué no, periodistas”.

El coste económico de tamaño monumento es lo que ha generado más polémica. Olmeda enumera en su libro diversas teorías: “Hay quienes dicen que costó 1.033.000.000 millones, mientras la derecha asegura que fue gratuito ya que pudo ser subvencionado por la suscripciones de la Lotería Nacional. Animo a la gente que aporte documentación, yo no la he encontrado, pero los que han ofrecido este tipo de cifras no han mostrado ningún tipo de documentación que lo certifique”. El periodista ha querido mostrar otro lado del monumento y lo ha conseguido con creces: “Lo relevante es que era una obra prescindible, que acabó con la vida de mucha gente y España no necesitaba ese monumento y si en algún momento Franco pensó que podía ser un monumento de reconciliación falló de un modo estrepitoso. Jamás podía ser un monumento para todos”.


LA COARTADA DE LOS REPUBLICANOS SIN NOMBRE

Parafraseando uno de los capítulos más curiosos del libro, ‘La coartada de los republicanos sin nombre’, Fernando Olmeda desvela uno de los acontecimientos más tenebrosos y crueles del Valle de los Caídos: el traslado de cadáveres y el humillante papel de los republicanos en el mausoleo. La pregunta es casi retórica, pero obligada:
  • ¿No hubo igualdad a la hora de trasladar a los vencedores y a los vencidos?
  • “Yo no he encontrado, no quiere decir que no haya, pero en los archivos que he consultado no he visto republicanos enterrados en el Valle con una filiación completa como la que tienen los caídos del bando ganador. Los republicanos aparecen todos como desconocidos, se interpreta que son republicanos por la fosas de las que salen y por los uniformes”.


Además de esta diferencia sustancial a la hora de clasificarlos, las familias en ningún momento fueron consultadas, mientras que las del bando nacional recibían una carta en la que solicitaban el traslado de sus muertos. “Los republicanos interesaban como mero apunte estadístico, para llenar huecos, y les sirvieron como coartada para decir que era un monumento para todos. Sin embargo en la documentación oficial no aparece en ningún momento que sean ‘todos los caídos’ y en los discursos de Franco nunca aparece dicha afirmación, fue a posteriori cuando se habló del Valle como monumento de reconciliación en el que estaban caídos de ambos bandos”.

La mecánica de traslado de cadáveres terminó en el 83: “La burocracia del régimen hacía su trabajo de modo concienzudo, puede haber algunos errores, como el famoso caso de Fausto Canales, pero los burócratas hicieron su trabajo lo mejor posible, el rato que les dieron a los republicanos fue más que intencionado, eso es innegable”.

UN MONUMENTO PRESCINDIBLE

Según Fernando Olmeda la diferencia sustancial entre el Valle y otras obras que se hicieron con mano de obra semiesclava es que fue un “monumento prescindible”. Cuando habla de ello Olmeda se pone especialmente sensible, sube el tono de voz y dice: “España no necesitaba un monumento así en un estado de devastación, de un país arrasado”. La indignación le aumenta cuando señala: “Lo peor es que Franco decía que en un año terminaba la obra y cuando vio que no había sido así echó mano durante siete años de trabajadores penados. No contento con lo realizado, ya en los 50 decide que quiere abrir más el hueco en la cripta, duplicar las dimensiones porque le parece pacato y embarcar al país y a sus arcas públicas a nueve años más, para construir una cruz más alta que una pirámide”
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La conclusión de Olmeda es definitiva: “El Valle de los Caídos fue una fuente de conflictos desde que se construyó y hasta ahora”. En el libro recuerda en diversos capítulos la estrategia del Caudillo para convencer a la familia de Primo de Rivera para que trasladaran su cuerpo allí: “Esa fue el primer gran problema. Los falangistas se le echaron encima, ellos son los primeros que hoy dicen que Franco no debería estar enterrado allí, ya que no es un caído”.

La muerte de Franco y su polémico entierro en el Valle, el cual merece otro capítulo del libro, fue la última gran provocación del Caudillo: “La carga simbólica de que allí estén enterrados Primo de Rivera y Franco es tremenda, sacarlos de allí es una decisión que pensar bien. Es una polémica que refleja perfectamente lo que se conoce como las ‘Dos Españas’. En definitiva es una muestra más de que el Valle nunca quiso ser reconciliador”.

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