ANTE LA LLAMADA 'GUERRA COMERCIAL'

Trump golpea, Europa afloja

La llamada “guerra comercial” ya está servida. En realidad, quizás estemos ante una declaración preliminar que pueda conjurarse sin demasiadas “victimas”. Pero, por el momento, Donald Trump ha tomado la iniciativa. Claro que las iniciativas del presidente hotelero valen lo que valen y duran lo que duran.

Con todo, hay preocupación a este lado del Atlántico. Para empezar, porque la airada respuesta oficial no se corresponde con verdaderas intenciones de responder con contundencia. No todos los gobiernos comparten estrategia. Ni todos se sienten perjudicados por igual. O, mejor dicho, no todos perciben la “guerra abierta” como la mejor solución para hacer retroceder al desbocado aliado mayor.

Dice Peter Goodman en THE NEW YORK TIMES que “los europeos no han sido muy adeptos a superar sus diferencias nacionales en beneficio del interés común” (1). Cierto es. Ni este asunto de la imposición de aranceles sobre el acero y el aluminio importados por EEUU ni en otros muchos asuntos.

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Francia parece abanderar el enfado, junto con la Comisión Europea. Es lícito preguntarse, una vez más, qué sacó Emmanuel Macron con su muy mediático y muy insustancial viaje reciente a Washington. Ni en el acuerdo nuclear iraní, ni en este otro dossier, y mucho menos en el pacto climático.

En cuanto al “gobierno europeo”, de momento hemos escuchado frases un tanto celebres, como las del Presidente del Consejo, el polaco (el otro Donald) Tusk: “con amigos así, no necesitamos enemigos”; o del siempre locuaz jefe de la Comisión, el luxemburgués Junker, anunciando castigos a la importación del bourbon o de las Harley-Davidson. Esto último no parece dicho al tún-tún. El bourbon se produce sobre todo en Kentucky, la tierra del jefe de los republicanos en el Senado norteamericano, y las motos de ensueño en Wisconsin, el territorio del líder republicano en la Cámara de Representantes, excandidato a la vicepresidente con Romney y estrella ahora en declive del GOP.

En Berlín se ponen de perfil cada vez que se grita revancha en París o en Bruselas

Los alemanes, en cambio, son más circunspectos. En Berlín se ponen de perfil cada vez que se grita revancha en París o en Bruselas. Pasó con la ruptura del acuerdo nuclear iraní y ha vuelto a ocurrir ahora. El ministro de economía, Altmaier, asume el discurso del mundo de la industria germana: ¡Cuidado con las represalias… Pueden ser un boomerang! Alemania basa la prosperidad de su modelo económico en las exportaciones. Ni patronal ni sindicatos ven la guerra del metal con simpatía.

Una respuesta similar se produjo tras el anuncio de la ruptura del acuerdo nuclear con Irán. Desde algunos sectores se sugirió que Europa podría activar un mecanismo de represalia barajado en la etapa Clinton, tras las sanciones impuestas a Cuba y Libia, que finalmente no se aplicaron por arte de la diplomacia, entonces en mejor disposición que ahora. En Washington se tomaron en serio las amenazas europeas y se alcanzó un acuerdo que neutralizó la disputa (2).

Son los intereses y no los grandes principios lo que fundamenta la estrategia europea, por mucha retórica europeísta que se ponga en el caldero político-mediático. El exministro de exteriores, Joshka Fischer afirma a DER SPIEGEL que “Trump está destruyendo el orden americano” y este semanario alemán sanciona que “a Europa le ha llegado la hora de unirse a la resistencia” (3). Articulistas norteamericanos como James Traub, redactan un epitafio sobre la tumba de la alianza (4).

Hay, desde luego, un aroma bélico en el Atlántico. Nada que encaje peor en la celebración del día que se escribe este comentario: el aniversario del desembarco aliado en Normandía, acontecimiento que no sólo fue comienzo del régimen nazi en el Oeste de Europa. También ha sido reconocido como el embrión de la Alianza Atlántica.

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Es prematuro sostener que el otrora celebrado vínculo esta roto o seriamente dañado. Algunos analistas creen que ya a Obama, tan admirado por aquí, le importaba poco Europa y veía el futuro norteamericano en el (lejano) Oriente (pivot to Asia). Trump ha convertido el relativismo en confrontación y ha agriado el mensaje hasta la saciedad, proclamando que la “sagrada alianza” está obsoleta. El presidente hotelero ha agitado la chequera y puesto el precio del bono más alto: ya sea en materia de seguridad o en las mercancías. Aunque sus asesores han tratado de civilizar el mensaje del jefe, lo cierto es que el tono conciliatorio se hace esperar.

Por el contrario, el nuevo embajador norteamericano en Alemania parece dispuesto a romper con todos los moldes de la diplomacia al uso. Es un ideólogo del conservadurismo de combate, que ha tomado públicamente partido por las iniciativas más derechistas alumbradas en el continente, incluido el país en el que ahora sirve (5). La incomodidad de la clase política alemana no le perturba en absoluto; mas bien, le estimula, le excita. Trump gusta de este tipo de embajadores en traje de faena: los lanza a la arena para que peleen, no para que templen gaitas.

Aunque cierto tipo de dignidad emerja de la desconcertada Europa ante estas provocaciones, muchos analistas, incluso críticos con la administración, se preguntan si la UE tiene opciones realistas de responder sin complejos. Jeremy Shapiro, director de investigación sobre Europa en el Consejo de Relaciones exteriores (sancta-sanctórum de los think-tank internacionales en EE.UU), afirma que los países europeos pueden hacer más, porque “combinados, tienen más peso económico y más poder militar que Estados Unidos”, pero les falta voluntad política; por esa razón, asegura Shapiro, “Trump puede ignorar sin riesgo a Europa”, porque los líderes europeos “condenan, pero nunca actúan” (6).

Los más optimistas estiman que, admitiendo que los tiempos no pueden ser peores, al final se impondrá el compromiso, mediante negociaciones largas y tediosas, en la que se gana (o se compensa) por agotamiento. La paciencia, en efecto, puede ser un arma muy poderosa para enfrentarse al impaciente aliado norteamericano.  En todo caso, no cabe esperar de Europa un frente unido o un consenso de hierro. Trump dice ser más un CEO que un Presidente (¿) y presume de ser un negociador duro. Ni Macron con su liderazgo sobrevalorado, ni Merkel en su declive, y menos May, que ni quiere ni puede, parecen preparados para afrontar ese desafío.


NOTAS

  1. For Europe, an unpleasant Question: confront Trump or avoid a costly trade war”, PETER GOODMAN. THE NEW YORK TIMES, 1 de junio.
  2. “How Europe can block Trump”. ELLIE GERANMAYEH y ESFANDYAR BATMANGHELIDJ. FOREIGN POLICY, 16 de mayo.
  3. DER SPIEGEL, 24 de mayo.
  4. “RIP the Trans-Atlantic Alliance 1945-2018”. JAMES TRAUB. FOREING POLICY, 11 de mayo.
  5. “The new U.S. ambassador in Germany just made himself the least popular diplomat in Berlin”. CONSTANZE STELZERMÜLLER. BROOKINGS INSTITUTION, 14 de mayo.
  6. FOREIGN AFFAIRS, 15 de mayo.