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domingo. 25.09.2022

El príncipe 'Corneliano' y los demonios del PSF

Por Juan Antonio Sacaluga | La austeridad, que Hollande prometió combatir ha terminado envolviéndole, hasta el punto de aceptar asumir sus criterios.

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En el panorama de las familias políticas europeas, quizás no haya un caso más tormentoso de convivencia interna que el Partido Socialista francés. Sin remontarnos a los tiempos de la escisión comunista, e incluso a los años más reciente de fragmentación de la divisa socialista en varias formaciones recelosas entre sí, el PSF post-Mitterrand arrastra un legado de división, tensiones, desconfianzas internas y debilidad política endémicas.

CRISIS DE PARTIDO, CRISIS DE GOBIERNO

Hollande se ha convertido en un personaje 'corneliano', muy al gusto de la tradición dramática francesa, desde su creador, Pierre Corneille

El último episodio, cuyo desenlace se ha vivido esta misma semana, no es más ni menos grave que los anteriores (que no enumeramos ahora, para no hacer indigerible al comentario con una letanía de líderes, sublíderes, pseudolíderes y barones). El descontento de un tercio de los diputados socialistas por lo que consideran como rendición del gobierno Hollande-Valls a los dictados de la austeridad se propagó de forma pública y ruidosa al interior del gabinete con manifestaciones críticas expresas y rotundas de dos de sus integrantes, el ministro de Economía, Arnaud Montebourg, y de Educación, Benoît Hamon, y la aquiescencia más discreta pero inequívoca de Aurélie Filippetti, responsable de la cartera de Cultura.

Estas discrepancias en el seno del gobierno eran conocidas. Pero el triunvirato disidente atravesó una línea roja al presentar estas discrepancias como insuperables, con una intención que no podía ser otra cosa que rupturista.

Aunque la entrevista que el siempre polémico y mercurial Montebourg le concedió el fin de semana a LE MONDE estaba plagada de propósitos amables y de referencias personales hasta cálidas hacia el primer ministro Valls, el tono adoptado al desarrollar sus posturas sobre el fondo del debate no podía ser menos contemporizador.

Su colega, correligionario y compañero de iniciativa rupturista, Benoît Hamon, tampoco podía haber pretendido evitar una reacción como la que luego aconteció, al proclamar que los críticos en el interior del gobierno no estaban muy alejados de los 'frondeurs' (término que en la cultura política francesa indica rebelión contra el poder establecido, pero también contra la autoridad en el seno mismo de una clase, partido o institución).

Los pronunciamientos de Montebourg y Hamon y la aquiescencia de Filippetti constituían un desafío que Valls, por temperamento personal y talante político, no podía pasar por alto. Ni siquiera el habitualmente flemático Hollande, que era, en realidad, el verdadero objetivo de las críticas.

A decir verdad, este pulso se había iniciado antes, cuando el jefe del gobierno había dejado claro a propios y extraños que no iba a cambiar la política económica del gobierno (bajo la eufemística fórmula de "programa de reformas"). Los críticos debieron entender con claridad que ni siquiera los decepcionantes resultados recientes de la economía francesa (dos años de estancamiento, desempleo masivo persistente, impacto insignificante de las "reformas") iban a obligar a reconsiderar a Hollande y Valls sus decisiones, alineadas, lo reconozcan o no, con las exigencias de austeridad del eje Berlín-Frankfurt-Bruselas.

ATRAPADO EN LA TRAMPA DE LA AUSTERIDAD

La austeridad, que Hollande prometió combatir como principio director en la Unión Europea, ha terminado envolviéndolo, primero sutilmente y ahora de forma descarada

Hollande se ha convertido en un personaje 'corneliano', muy al gusto de la tradición dramática francesa, desde su creador, Pierre Corneille. Esa opción perversa entre dos opciones que inevitablemente van a causar un perjuicio al que las adopte persigue Hollande desde su llegada al Eliseo, y se ha acentuado ahora cuando sus políticas, su credibilidad y su imagen se encuentra en caída libre.

La austeridad, que Hollande prometió combatir como principio director en la Unión Europea, ha terminado envolviéndolo, primero sutilmente y ahora de forma descarada hasta el punto de aceptar asumir sus criterios aunque modificando el lenguaje. Recuérdese cuando Valls, como flamante primer ministro, lanzó el debate sobre diferenciar 'austeridad' de 'rigor'.

El dilema 'corneliano' que Hollande ha arrastrado en estos dos años de gobierno ha consistido en, o bien abandonar la austeridad y plantear un desafío a los dogmas de la Unión para provocar una 'fronda' (sic) en los miembros del club, algunos de ellos visiblemente incómodos con la situación, o bien aceptar las reglas del juego y tratar de suavizar sus exigencias o de complementarlas con medidas reactivadoras. Cualquiera de las dos comportaba riesgos. La primera opción no garantizaba el respaldo de otros países, que se encontraban con situaciones límites y no podían permitirse el lujo de sanciones inclementes. La segunda tampoco garantizaba un resultado apetecible, porque los sacrificios que comportaba aplazaban la introducción de decisiones compensatorias. Hollande optó, en todo caso, por la segunda,  a sabiendas de que arrastraría fuertes inconvenientes, como en el caso de la primero, pero al menos evitaría el riesgo mayor.

No sabremos que hubiera pasado si Hollande hubiera tomado el primer camino y si el escenario pesadilla hubiera adquirido la misma dimensión que ha provocado el segundo. El caso es que, al intentar afrontar el fracaso de una adaptación a la austeridad sin perder la identidad política e ideológica que debe caracterizar a una opción política, Hollande se ha visto abocado a otro dilema 'corneliano', en esta ocasión de orden interno. O atendía a la mayoría de su base social, que le reclama un alejamiento claro y sustantivo de las políticas de austeridad y descarga el gobierno en figuras prominentes de su partido en quienes su instinto político no le otorga confianza (cuando no una auténtica desconfianza), o se decidía por una suerte de huida hacia adelante, descansando el timón en una "mano fuerte", como la que se jacta continuamente de ser Manuel Valls, aunque eso provocara una ruptura aún más acentuada en las filas socialistas y, lo que es aún más preocupante, una desafección más resentida de sus militantes, seguidores, simpatizante y votantes.

Hollande ha elegido lo último, con lo cual tranquiliza a sus socios europeos más severos, con Merkel a la cabeza, pero decepciona a Renzi, el italiano, que sigue haciendo equilibrios en el alambre, ahora más solo que nunca. El PSF se fragmentará aún más, aumentando el riesgo de otra debacle electoral, éste siguiente con consecuencias más traumáticas. Conociendo a Valls, no deben esperarse muestras de debilidad. Al contrario. Primero, pretende reducir la protesta a los tres señalados, limitando al mínimo la remodelación gubernamental. Segundo, promueve una declaración expresa de apoyo de la mayoría del grupo parlamentario socialista al Presidente y al Gobierno. Seguirán otras más, que tratarán de reducir a cenizas mediáticas y políticas a los 'frondeurs'.

El príncipe 'Corneliano' y los demonios del PSF