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miércoles. 17.08.2022

La crisis financiera desencadenada en Chipre ha dado lugar a una feria de despropósitos que amenaza las vanas esperanzas de los europeos por sortear la depresión colectiva a corto o medio plazo. El culebrón chipriota promete aún episodios memorables, pero de lo ya visto cabe deducir al menos tres lecciones.

La primera lección tiene que ver con el funcionamiento de las instituciones europeas. La ingente maquinaria institucional de Europa se ha mostrado incapaz de resolver razonablemente un problema que afecta apenas al 0,2% de su PIB. ¿Qué ocurrirá el día que el problema resida en una economía más relevante?

Además, el gobierno “federal” europeo, es decir, la Comisión, no ha jugado papel alguno en este grave asunto. Todas las decisiones se están adoptando en el seno del eurogrupo, por parte de los gobiernos nacionales. Es como si en España tuviéramos que afrontar la posible quiebra de La Rioja, y el mando de la operación de rescate se lo reservaran para sí los demás gobiernos autonómicos, ninguneando al Gobierno del Estado. Europa, pues, sigue “nacionalizándose”.

Alemania sigue marcando el rumbo, en lo estratégico y en lo táctico, en lo mollar y en lo más menudo. Los demás nos limitamos a bailar al son que tocan los alemanes, con el agravante de que la música no refleja ya tan solo los intereses de la economía teutona, sino que ahora incluso nos fuerzan a movernos al ritmo de los intereses electorales del partido en el Gobierno. La sobreactuación del eurogrupo en la exigencia de garantías a los chipriotas tiene mucho más que ver con la candidata Merkel que con la canciller Merkel.

Por otra parte, se constata que el único criterio fiable en las decisiones intergubernamentales frente a las crisis financieras que van estallando por doquier es que no hay criterio. La línea roja que más se subrayó desde el inicio de la gran debacle en el año 2008 fue la del respeto a los depósitos de los ahorradores. Incluso se aprobó una directiva que obligaba a todas las instituciones a proteger los depósitos con cantidades inferiores a los 100.000 euros. Pero ya no hay líneas rojas. La hegemonía de las economías del Norte y la desorientación de las del Sur en esas opacas reuniones de madrugada provocan a menudo la sorpresa y el desquicie general con medidas sin precedente ni razón alguna.

El primer amago de solución hace pagar a los ahorradores más modestos por los pecados de los grandes banqueros. Es decir, que los especuladores y los defraudadores que se han dedicado a jugar al casino chipriota durante la última década asumirán la misma responsabilidad y el mismo coste en la resolución del problema por ellos generado que el resto de la población, absolutamente ajena al desmadre financiero. Antes se hacía pagar preferentemente por los desaguisados en las entidades financieras a los dueños, accionistas e inversores. Ahora se ha abierto la veda para que paguemos todos por igual, justos y pecadores, mediante una tasa aplicada a todos los depositantes. ¿Por qué ha de asumir un ahorrador inocente el pago de una orgía en la que no participó?

Esta medida ha ocasionado ya una pérdida de confianza en la garantía de los depósitos que tendrá graves consecuencias para la credibilidad de los bancos y la propia estabilidad del sistema financiero. ¿Qué seguridad tenemos los ahorradores de otras economías más o menos amenazadas por los vaivenes financieros de que no sufriremos algo parecido al “corralito” chipriota? No se trata de generar una alarma excesiva e infundada, pero resulta evidente que la decisión del eurogrupo peca de una irresponsabilidad mayúscula.

La tercera lección consiste en tomar buena nota de las consecuencias de la excesiva financiarización en la economía europea. Los activos bancarios en Chipre multiplican por nueve el PIB de la economía nacional. En España la multiplicación es por tres, muy cerca de la media de la Unión. Irlanda multiplica por diez, Luxemburgo por siete, Alemania por cuatro… La economía financiera ha aplastado literalmente a la economía productiva en el continente, y su inveterada tendencia al burbujeo especulativo está sometiendo a las sociedades del continente a una inestabilidad permanente, cuando no al estallido de crisis tan brutales como la vigente, con gravísimas consecuencias en términos de paro, deterioro social y desigualdad.

Chipre es una especie de paraíso fiscal para los operadores financieros de Europa y de Rusia fundamentalmente. Cuando el paraíso rinde beneficios, los especuladores se enriquecen sin dar cuentas a nadie. Pero cuando el paraíso se rompe, las arcas públicas y los ahorradores hemos de acudir a su recomposición. ¿Para volver a las andadas? Da la sensación de que toda Europa es hoy una especie de paraíso fiscal. Y ya resulta insoportable, en lo social, en lo económico, y también en lo moral.

Aprendamos de una vez las lecciones que nos van llegando, antes de Grecia, de Irlanda y de Portugal, ahora de Chipre. O nos decidimos a construir una economía seria en una Europa seria, o el circo de Chipre se puede convertir en tragedia general.

Fundación Sistema

Lecciones de Chipre