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miércoles. 17.08.2022

Así la llaman ahora a la plaza Syntagna, en uno de cuyos costados, frente a la Acrópolis, se levanta el Parlamento griego. Las lágrimas son las de los manifestantes que lloran realmente por culpa de los gases lacrimógenos que contra ellos lanza la policía y que en sentido figurado también lloran por las sombrías perspectivas de largos años de austeridad y recesión y disminución del nivel de vida que se cierne sobre el pueblo griego.

En la plaza Syntagna dos Grecias se encontraban frente a frente. La que se sentaba en el Parlamento y que el martes 29 y el miércoles 30 de junio votaba los planes de austeridad impuestos por la UE y el FMI, y la que tomaba la plaza y las calles adyacentes protestando contra esas medidas en medio de violentos enfrentamientos con la policía.

El nuevo plan de austeridad implica economizar casi 25.000 millones de euros y privatizar activos públicos por otros 50.000 millones de aquí al 2015. Era la condición exigida por la UE y el FMI para desembolsar los 12.000 millones de euros restantes del plan de ayuda aprobado en mayo de 2010. Conseguir que el Parlamento aprobase ese plan de austeridad ha sido una tarea difícil para Papandreu, enfrentado a un país exasperado, con protestas masivas en la calle, divisiones en su propio grupo (aunque al final solo un diputado del Pasok votó en contra) y con la oposición jugando a la contra de unas medidas que tendría inevitablemente que aplicar si estuviese en el gobierno.

Pero la suerte estaba echada y la Grecia oficial no tenía más remedio que aceptar la austeridad impuesta. Enfrentado a la cruda realidad inmediata, y mientras no surjan en Europa propuestas alternativas a las políticas de austeridad generalizada y con fuerza suficiente para aplicarse, a Papandreu no le quedaba más remedio que intentar evitar lo peor. Lo peor para su país y también para nosotros, porque un “no” griego nos hubiese afectado a todos.

Ahora nada debería impedir que el próximo Consejo Europeo aprobase ese desembolso. Sin él, Grecia no podría hacer frente a los 4,4 miles de millones de euros de deuda que vencía a finales de julio y 6,6 miles de millones en agosto, ni pagar los salarios de funcionarios y las pensiones desde mediados de julio .Se hubiese producido ese famoso “default” del que tanto se habla, que todos temen y que muchos consideran que es inevitable.

Los “indignados” griegos que protestaban en la plaza Syntagma frente al Parlamento tienen razón al clamar que la crisis la están pagando más los justos que los pecadores. Pero de momento se ha evitado una reacción histérica de los mercados ante una quiebra de Grecia de consecuencias impredecibles para la economía europea y la mundial. Gracias a los griegos que nos han salvado de ese peligro, más que nosotros les estamos salvando con una ayuda que solo llega cuando se está al borde del abismo y en unas condiciones que hacen imposible la recuperación necesaria para disminuir el ratio deuda/PIB, que ya ronda el 160.

Esta cifra es la mejor prueba del fracaso del plan diseñado hace poco más de una año que preveía el retorno de Grecia al mercado de capitales en 2013, algo que ahora todos saben que es imposible. Hemos ganado un poco mas de tiempo pero la pregunta es para qué, si lo único que se nos ocurre es seguir aplicando la terapia del ajuste duro que no hará sino agravar la recesión.

Los europeos hemos suspirado aliviados y felicitado a Grecia por su actitud “responsable”, aunque deberíamos excluir de la felicitación a la derecha conservadora del PP griego, que es la que causo el problema dejando crecer el déficit y escondiendo su gravedad y ahora se niega a avalar las medidas correctoras que se imponen a Grecia por los gobiernos de sus correligionarios europeos.

La actitud de la derecha portuguesa es la misma que ha sido la de Portugal y que la de España. Con la diferencia que en Portugal consiguieron rechazar el plan de ajuste presentado por el primer ministro Sócrates, que por ironía de la historia tiene nombre griego. Para después aplicar un ajuste todavía mayor que el que habían rechazado. Por eso se empieza a decir por Europa, como una frase acuñada que enuncia una verdad universal, que los pueblos pueden cambiar de gobierno pero no pueden cambiar de políticas, porque mientras dependan de los mercados financieros, estos les impondrán la que les convenga a sus intereses. A los intereses de los rentistas, como decía dramáticamente el Nobel Krugman en su blog.

No es extraño que la gente crea cada vez más que la decisión democrática sirve para poco, ante la supremacía del poder financiero frente a los gobiernos. Pero puede llegar un momento en el que los pueblos rechacen tanta austeridad sin esperanza sabiendo que las consecuencias de su “ochi” pueden ser más graves para los que se la exigen como condición para concederles su ayuda, que para ellos mismos.

El voto griego y la decisión del Consejo Europeo son para Grecia el balón de oxígeno que necesitaba desesperadamente. Pero sus problemas no se han resuelto. Primero porque aprobar un plan es una cosa y aplicarlo con éxito ante las protestas populares, otra mucho más difícil. Segundo, porque Grecia vivirá su tercer año de recesión con una caída del PIB del 3% y una tasa de paro que se ha doblado y que ya llega al 16%. Aunque no tuviera que pagar intereses por la Deuda, Grecia seguiría teniendo déficit, el llamado déficit primario, de casi 4.000 millones de euros, entre el 3 y el 4 % del PIB. Es decir, aunque repudiara toda su Deuda, seguiría teniendo que endeudarse y habría que ver si encontraría nuevos prestamistas y a que precio.

Teniendo en cuenta los intereses de una Deuda de 340.000 millones, que representan entre el 6 y el 7 % del PIB, el déficit total sigue estando cerca del 10 %. Para conseguir simplemente estabilizar el endeudamiento en el 150 % del PIB, Grecia debería generar un superávit primario de entre el 1 y el 3 % del PIB, es decir una reducción del déficit de entre 3 y 7 % del PIB, algo inalcanzable a corto plazo.

La consecuencia es que en el mejor de los casos, y aunque la UE y el FMI presten a Grecia en buenas condiciones, la Deuda y las cargas de intereses seguirán aumentando.

Para salir de esta dinámica recesiva, Grecia debería crecer al menos al 2,5-3 % anual, frente a una caída del 3 % actual. ¿Cómo puede lo, con unos planes de ajuste que disminuyen el consumo y la demanda interna? ¿Con las exportaciones? Sí, ¿pero cuáles y a dónde con un euro a 1,45 dólares?

Papandreu tiene razón cuando dice que son necesarias reformas profundas, empezando por hacer pagar los impuestos a los que todavía no lo hacen, y quizá reduciendo el sacrosanto gasto militar que todavía es del 4 % del PIB.

El objetivo parece ser llegar al otoño con acuerdos que garanticen la financiación del déficit griego hasta el 2014, retrasar los reembolsos de la Deuda, recapitalizar los bancos para que puedan hacer frente a un default pactado y esperar que el milagro del crecimiento ayuda a cuadrar el círculo.

Es mucho esperar. Sin duda, hubiera sido mejor para todos una estrategia más cooperativa y menos punitiva para hacer frente al interminable drama griego.

La plaza de las lágrimas
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