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miércoles 18/5/22
CRÓNICAS DE AMÉRICA LATINA | CÉSAR M. OYARVIDE

La democracia de blanco: el movimiento médico en México

Los años cincuenta y sesenta en México fueron años de expansión de las clases o capas medias.

Como resultado de ese proceso, nuevos grupos se enfrentaron al Estado autoritario que regía el destino del país en busca de un sistema político más abierto, lo que llevaría primero a un intento de cooptación de los inconformes por parte de las autoridades y finalmente a la represión. Este fue el caso del movimiento médico de los años 60, que iniciando con una reivindicación puramente laboral, acabó cuestionando las bases del régimen priista y al que Ricardo Pérez Horcasitas dedica un libro de nombre muy atinado: "La democracia en blanco" (Siglo XXI Editores). Dicho movimiento, junto con el navismo, los ferrocarrileros y los estudiantes del 68, ha pasado a la historia como uno de los precursores de la transición mexicana a la democracia.

Entre noviembre de 1964 y octubre de 1965, médicos residentes, estudiantes de medicina y enfermeras exigieron mejores condiciones de trabajo iniciando un movimiento social que, a pesar de ser tan mesurado como el blanco de sus batas, acabará, con esa audacia que nace de la ingenuidad, cuestionando una de los elementos base del régimen del PRI: el corporativismo. Así, para su principal analista, el propio Pozas Horcasitas, este fue un tipo nuevo de movimiento social en México, con el que empezó una nueva tradición de movilización de grupos urbanos, que no buscaban reformar los sindicatos existentes, sino crear organizaciones laborales nuevas y autónomas fuera de la estructura corporativista del Estado”.

Para entender este movimiento, hay que acercarse a la noción de “médico burocratizadode las instituciones de la seguridad social mexicana, originado por la historia de la medicina socializada en México. Esta categoría ponía en entredicho el carácter de profesional liberal de este gremio que ya gozaba en el país de una larga tradición, y fue la que introdujo en el colectivo una nueva modalidad de relación laboral que haría crisis y produciría el movimiento de 1964-1965.

Siguiendo el recuento que del movimiento hace Reynaldo Ortega, setenta y cinco estudiantes de medicina y cien residentes del prestigioso hospital “20 de noviembre” de la Ciudad de México fueron informados que no recibirían su aguinaldo. Sin diálogo con las autoridades del hospital, los médicos decidieron dejar sus actividades regulares y atender solo casos de emergencia como respuesta y medida de presión. Solo tuvieron que pasar algunas horas para que todos fueron despedidos. Esa decisión produjo una gran reacción de solidaridad de otros hospitales (en el Hospital General, Juárez, San Fernando) y dio un decidido impulso al movimiento.

Los médicos inconformes no solo representaban una amenaza para el corporativismo porque en el fondo lo que exigían era el derecho a pertenecer o no a un organismo sindical según conviniese a sus intereses, sino que violentaban los rituales cortesanos que en tiempos del PRI hicieron que en política la forma fuera fondo: los médicos se manifestaron en el corazón de la capital, en el Zócalo, al día siguiente de la unción formal de Gustavo Díaz Ordaz como presidente. La intransigencia del mandatario poblano y de su gobierno se mostró al ver esta protesta como una osadía que buscaba exhibirlo como incompetente. También su paranoia: se consideró que el movimiento era fruto de "políticos resentidos, amargados y desleales" (en palabras de Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial).

Pero el impulso del movimiento estaba dado, y se aprovechó. Los médicos se siguieron organizando: se formó una asociación civil independiente del sindicato corporativo (la AMMRI, Asociación Mexicana de Médicos Residentes e Internos), y los médicos activistas resumieron sus exigencias en un documento.

Dicho documento contenía cinco puntos principales: 1) que los médicos que habían sido despedidos fuera reinstalados en sus puestos; 2) que los contratos de trabajo de los residentes fueran revisados para transformarlos en contratos anuales, que pudieran ser renovables y continuos; 3) que los estudiantes de los hospitales deberían tener prioridad en el proceso de contratación de nuevos doctores, 4) que se debería permitir a los estudiantes de medicina participar en la elaboración de los programas de estudio, y finalmente 5) que los problemas particulares de cada hospital involucrado en el movimiento deberían resolverse.

La presión de quienes protestaban siguió y se endureció. En diciembre, ya eran veinte los hospitales que participaron en un paro de funciones de proporciones nacionales e inédito. Se cosecharon triunfos como el “compromiso” del presidente Díaz Ordaz de atender las exigencias de los médicos. Sin embargo, fiel al estilo que desarrollaría en su secenio, Díaz Ordaz decidió que el movimiento había de acabar siendo duramente reprimido.

En esa represión el régimen fue implacable, sin importar el que los inconformes fuesen eminentemente profesionistas jóvenes muy educados, urbanos y de clase media. En palabras de un reconocido analista: “el régimen los aplasta metódica e inmisericordemente. Les quita el trabajo, les interviene el teléfono, los hostiga, amenaza y, sobre todo, los desprestigia frente a su gremio, sus familias y la sociedad”. La revista Política denuncia la saña rencorosa de la agresión gubernamental que no se había lanzado de tal manera contra ningún gremio desde los ferrocarrileros. Se les llama de todo a los jóvenes en desplegados de página entera pagados con el dinero del pueblo.

Finalmente, el 26 de agosto de 1965, la policía rompió el paro de los médicos en el Hospital "20 de noviembre": más de 500 doctores fueron despedidos y 150 fueron amenazados por las autoridades del hospital. Los tres principales líderes del movimiento: Norberto Treviño. José Castro, y Faustino Pérez dejaron el país. La alternativa de permanecer en México implicaba la cárcel. Tras la derrota, como señala Sergio Aguayo, algunos médicos se radicalizarían y se sumarían a otras causas y grupos; mientras que otros se sumirían en el anonimato. El movimiento había terminado. Pero la advertencia de su mera existencia era clara: había insatisfacción en el interior de la burocracia estatal y de las clases medias mejor formadas del país.

La importancia del movimiento médico de los 60, como se ha dicho, radica en que se trata de un punto de inflexión entre dos tradiciones diferentes de lucha y organización social. Como escribe Pozas Horcasitas el movimiento médico inicia una tradición distinta protagonizada por otro tipo de actores sociales: los sectores medios urbanos en ascenso, que no buscarán purificar el sindicalismo existente, sino crear organizaciones laborales autónomas fuera del tejido social corporativo. Organizaciones con un fuerte contenido gremial, sí, pero también con un sentido fundamentalmente civil, autónomo.

Los galenos inconformes mostraron por primera vez “el México urbano integrado por nuevos actores sociales que alcanzaron, a partir de ese momento, un peso significativo en el conjunto de la sociedad. Estos protagonistas se cohesionaron en torno a un proyecto modernizador y lucharon por introducir nuevos equilibrios políticos en las relaciones entre sociedad y Estado, basados en la autonomía de sus organizaciones". Es decir, estaban apuntando al punto clave de la relación entre protesta y cambio político democrático, y si bien perdieron en el pulso contra el autoritarismo, pusieron una de los primeros cimientos de la futura transición.

Casi 50 años después, ya con una administración del Partido Acción Nacional (instituto político que se nutrió como ninguno de votantes y cuadros salidos de las filas del gremio médico), los jóvenes doctores se enfrentan hoy a una nueva amenaza no ya para su autonomía sino para su integridad física: la pervivencia de la institución del servicio social obligatorio durante un año en zonas rurales, aún cuando estas sean territorios con altos índices de violencia en una situación de gran vulnerabilidad. Empecinado en su estrategia, el gobierno actual pone en riesgo a muchos de los jóvenes hombres y mujeres profesionistas mejor preparados del país. Hoy como ayer, la respuesta tiene que salir al menos en parte de la movilización y organización de los afectados. Mostrar DUNC, como decía el viejo Tilly: "dignidad, unidad, número, y compromiso". Apelar a la estima social por la labor que realizan para ampliar el movimiento y a la solidaridad gremial para profundizarlo. En el entendido de que no se rechaza el servicio a la comunidad en abstracto, sino las condiciones en que se realiza actualmente por lo que se exige su cese en zonas de alta violencia como lo es Nuevo León o la mejora sustantiva inmediata de la seguridad de los médicos pasantes. Espero volver a este tema en el futuro con un discurso más articulado. Por lo pronto, deseo mostrar al público este drama no del todo conocido y compartir con sus colegas el ejemplo de los médicos mexicanos en los años 60 como precedente para vencer la dialéctica de la futilidad y la no movilización. Hay que pelear por los derechos. Con dignidad, unidad, número y compromiso. Les aseguro que nosotros los apoyaremos.

La democracia de blanco: el movimiento médico en México
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