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martes. 28.06.2022
OPINIóN | DAVID PEREJIL

Jerusalén, causa y no síntoma

En los últimos años, Netanyahu ha jugado a ensanchar los límites de un juego que le beneficiaba.

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La Comunidad Internacional ha jugado con una tibieza que ha beneficiado a Israel en los últimos años. EEUU ha sido un mediador deshonesto en unas negociaciones estancadas, que ha permitido el incremento de presión sobre los palestinos

Los últimos disturbios en Jerusalén pueden parecer el último capítulo de una serie del conflicto israelíes y palestinos que, a estas alturas, nadie entiende. Y más, si parece que ahora, la pelea por el control de la Explanada de las Mezquitas,  el problema es religioso. Pero no. Puede ser difícil de explicar dada la maraña de agentes e intereses contrapuestos que actúan en y sobre los problemas entre palestinos e israelíes. Pero, la tensión creciente en los meses más recientes y la historia de la ciudad en los últimos años llevaban tiempo encendiendo la mecha del conflicto. Y lo que sucede en Jerusalén explica muy bien algunas de las claves de lo que sucede en toda Palestina e Israel.

En el corto plazo, el origen de las actuales tensiones en torno en la ciudad tiene su origen en la ola de disturbios que recorrió la ciudad tras el secuestro y asesinato de Muhamad Abu Khdeir en el barrio oriental de Shuafat el pasado mes de julio. Todo lo sucedido antes y durante la masacre a Gaza -el secuestro de tres jóvenes colonos en Hebrón, la oleada de detenciones en Cisjordania, las manifestaciones y disturbios espontáneos, la operación más brutal y prolongada de las tres últimas guerras contra la franja- no desapareció con el precario alto el fuego firmado a finales de agosto. 

Es más, creció la tensión y la desconfianza ya que durante esos meses hubo varios intentos de linchamientos y secuestros a palestinos y algunas manifestaciones recorrieron la ciudad bajo el grito de “Muerte a los árabes” como un triste presagio. En verano murieron 30 palestinos en manifestaciones en Cisjordania, que se sumaron a los más de 2000 en Gaza. En octubre, ha habido cerca de una decena de muertos israelíes y palestinos por atropellos, respectivos, de coches en Jerusalén y Ramala. También se ha incrementado la tensión en la explanada de las mezquitas. Todo  ello hasta llegar esta semana: el lunes apareció ahorcado el cadáver de un conductor palestino de autobuses, asesinado según fuentes palestinas, y el martes dos palestinos asesinaron cuatro rabinos y a un policía, antes de morir ellos a manos de los cuerpos de seguridad de la ciudad en un ataque, esta vez reivindicado por el FPLP.

Raíces profundas

Sin embargo, los problemas de Jerusalén, vienen de mucho más lejos. En primer lugar, la “no ciudad”, como califica el activista y político israelí de izquierda Meir Margalit a la ciudad, se ha convertido en una isla más dentro de la fragmentación territorial que promueve Israel para desmembrar cualquier continuidad palestina. Desde la declaración de anexión de la ciudad, “capital eterna e indivisible de Israel”, y especialmente desde los acuerdos de Oslo los barrios orientales han sufrido una presión constante. Ahogados por un plan urbanístico con líneas claras, asfixiar el crecimiento de población palestina y fomentar el incremento de las colonias en la zona reconocida como territorio palestino por las resoluciones de Naciones Unidas,  han crecido las demoliciones y ocupaciones de casas. El  desnivel de inversión según nacionalidades del ayuntamiento ha empobrecido a los barrios palestinos, que suponen el 40% de la población, y leyes como el “centro de vida”, que exigen a los palestinos justificar su presencia en la ciudad,  han convertido a Jerusalén Oriental en una “tierra de nadie” y sus habitantes a sólo “residentes” de una especie de limbo Sin la actuación de Autoridad Nacional Palestina (ANP), los palestinos jerosolimitanos se han quedado huérfanos de representación política. Sólo la visita de, la cada vez más popular diputada palestina en la Knesset, Hanin Zoabi en los días de cierre total de las mezquitas han aportado algo de representación a una población que tampoco puede votarla.

Además, la presión sobre la explanada de las Mezquitas ha supuesto un salto diferencial. Organizaciones colonas, apoyadas por políticos israelíes, han convertido en campo de batalla un lugar hasta ahora vedado para ellos. Aprovechando que muchos países miraban con más atención otros conflictos, en los últimos años, los rallys provocadores se han sucedido. Y los, hasta ahora, lunáticos planes de algunos colonos que soñaban con construir un tercer templo judío en lugar de la mezquita actual han cobrado protagonismo en la vida de la ciudad. Los creyentes de cualquier confesión deberían poder acceder a cualquier lugar santo siempre con respeto, pero la realidad en todas las tierras situadas entre el Mediterráneo y el río Jordán es que se han convertido en un campo de batalla más del conflicto.

En los últimos años, el gobierno de Netanyahu ha jugado a ensanchar los límites de un juego que le beneficiaba. Tras la destrucción de la segunda intifada, con Gaza y Cisjordania cortadas, la colonización de tierras ha crecido de manera exponencial. La presión de los partidos a la derecha del Likud, cada vez más activos y votados, ha aumentado aún más la intensidad de estas políticas. Además, en los últimos diez años, la población israelí apenas ha sufrido la violencia, lo que enviaba un mensaje implícito a la sociedad israelí: algo hará bien el gobierno si no hay muertes y todo queda al otro lado del muro. Como dice Ilan Pappé, Israel ha optado este tiempo por el modelo de la cárcel para los palestinos: “seguridad” y “paz económica” para los de Cisjordania a cambio de no protestar en exceso, y “máxima seguridad” para los de Gaza, con golpes antes los conatos de rebelión.

Por su parte, los dirigentes palestinos han estado divididos desde 2007. En Cisjordania, hasta hace poco la ANP ha mantenido el discurso de avanzar en unas negociaciones bilaterales que, en realidad, no existían. Desde entonces, ha decidido romper el juego y caminar por su cuenta en el ámbito diplomático al elevar su petición de estado en la ONU. Por su parte, Hamas ha gobernado la franja y durante el tiempo de las revueltas árabes ha estado muy atenta al cambio de alianzas en la región. Desde 2006, la población palestina, cada vez más sitiada y exhausta ha vivido en un mundo sin elecciones y con críticas cada vez más claras hacia sus políticos. El desgaste de la ANP, que sigue manteniendo la cooperación de seguridad con Israel, ha sido muy elevado. Mucha parte de la población se ha volcado en la supervivencia cotidiana. Según escribe Jamil Hilal (2), de al-Shabaka, la irrupción de esa clave, la búsqueda individual de desarrollo económico, unida a la fragmentación territorial, hace imposible un levantamiento popular contra la ocupación israelí.

Con estas claves, las manifestaciones y disturbios han sido espontáneos, dirigidos por jóvenes en Jerusalén y en los enclaves palestinos dentro de Israel, mientras en Cisjordania la ANP ha intentado no alentarlos. El olor a tercer intifada de los últimos meses no interesaba a muchos agentes. Al bloque dirigido por Netanyahu, porque estaba ganando su batalla lenta. A la ANP, porque puede ensuciar su apuesta política en la ONU. Hasta que llegó el acuerdo de unidad firmado por Fatah y Hamás en mayo pasado que permitía que el partido pudiera actuar en Cisjordania. Alianza que fue boicoteada de manera sumaria e inmediata por el gobierno israelí. Los políticos israelíes han dirigido sus críticas contra Mahmmoud Abbas, presidente de la ANP, cuya responsabilidad sobre lo sucedido es casi inexistente;  y el juego iniciado para vincular al Daesh, mal llamado Estado Islámico, con la región. En verano de este año, durante la masacre en Gaza, a la prohibición de banderas palestinas en Jerusalén, y por supuesto de sus principales partidos, se añadió una cierta tolerancia israelí con las banderas religiosas del partido de la Liberación. Ahora, en la prensa israelí se escribe sobre la llegada del Daesh a su país, como si fuera un deseo para recuperar legitimidad ante su desgaste público en todo el mundo.

Inacción internacional y un futuro incierto

Por su parte, la Comunidad Internacional ha jugado con una tibieza que ha beneficiado a Israel en los últimos años. EEUU ha sido un mediador deshonesto en unas negociaciones estancadas, que ha permitido el incremento de presión sobre los palestinos. Ni siquiera los tímidos intentos del primer mandato Obama pudieron acallar la presión del lobby pro-israelí en el país y en su segundo, primero la decisión de rebajar el discurso y luego la pérdida de poder en las cámaras, no augura nada positivo. Los países de la Unión Europea han intentado jugar a dos manos de cartas con palestinos e israelíes. La actuación ha cambiado con los reconocimientos del estado palestino de pleno derecho por parte de Suecia y los parlamentos británico, irlandés y español, que siguen lo que parece una directriz general europea. Un buen movimiento que, ya hace tiempo, demandaban muchos diplomáticos europeos frente a sus gobiernos.

Se trata de un buen paso, pero que puede llegar tarde. La viabilidad de dos estados en la región cada vez es más precaria, sino ha caducado ya en un terreno imposible de dividir. La más democrática solución de un estado con el actual panorama es mucho más complicada. Mientras, los dirigentes de los países árabes han estado inmersos en luchar contra sus revueltas democráticas y sus poblaciones más pendientes de sus propios asuntos internos, lo que ha contribuido a dejar un poco más de lado al conflicto palestino. En el caso egipcio, con el golpe del general al-Sisi, incluso ha sido más grave al cerrar a cal y canto la frontera con Gaza. En Jordania, el propio precario equilibrio de un país con muchos conflictos internos y de la región, ha sacudido a uno de los pocos aliados tranquilos de Israel en la región. Por último, otros países del mundo, como Rusia, ni están ni se les espera en un conflicto con pocos réditos geopolíticos para ellos.

Demasiados juegos peligrosos, demasiada tensión sobre una población palestina exhausta, demasiado hueco para la extrema derecha israelí… que pueden provocar un incendio incontrolable. O seguir con juego de sufrimiento y muertes, que han sufrido especialmente los palestinos pero que alcanza también ahora a los israelíes. Con estos ingredientes, una intifada organizada parece difícil, pero una espontánea puede brotar si se sigue presionando o si algunos partidos toman la iniciativa. Acentuar los problemas religiosos en el conflicto es jugar con un fuego de alcances no mesurables. Por su parte, la población israelí debería elevar sus críticas ante el juego extremista de sus últimos gobiernos, incluso desde posiciones sionistas, pero es algo difícil debido al auge de posturas racistas. Para ello, tampoco ayuda la presión, ahora, de la violencia contra ellos, y el haber arrinconado, o incluso golpeado, a los pequeños grupos de israelíes que vienen demandando y actuando por más justicia con el conflicto palestino. Los países y los organismos de la Comunidad Internacional han fallado en obligar a cumplir la legalidad internacional a Israel durante unos años en los que podía haber hueco para un acuerdo.

Jerusalén, causa y no síntoma