El Islam inmigratorio y Europa occidental: el dilema de una relación compleja

La heterogeneidad de la bibliografía sobre el Islam Europeo nos ha conducido a distinguir entre dos tipos de discursos: un discurso sobre el islam y otro desde el islam

El objetivo de este artículo, al fin y al cabo, es cuestionar, otra vez más, la tradicional relación de odio y fascinación entre el Islam y Occidente o, dicho de otra manera, lo que se denomina en la jerga de los sociólogos Euro-Islam en el contexto migratorio de la Europa del siglo XXI. O sea, la Europa multicultural, multiétnica caracterizada por la pluralidad religiosa debido a la inesperada y desprevenida presencia y crecimiento demográfico de la significativa minoría musulmana “expulsada” de sus países de origen y asentada en países como Alemania, Francia, Inglaterra y España.

Sí bien el pasado ha contribuido en forjar el destino de esta relación que ha sido históricamente tan trágica y violenta, también lo  es el presente a través de una serie de sucesos y acontecimientos, guerra del golfo, el conflicto palestino/Israelí, sobre todo el 11S y el 11M que han agudizado este  desencuentro reconfigurando así el molde del imaginario colectivo occidental que sigue siendo marcado por los prejuicios y los estereotipos hacia el “otro” musulmán y por consiguiente, la emergencia de fenómenos como la islámofobia y la morofobia. Para parafrasear a Dassetto-Bastenier Europa parece ser la nueva frontera del Islam, o como argumentaba Huntington ”las fronteras con el islam son sangrientas”.

Es bien sabido que nuestro tema de debate no es totalmente nuevo puesto que muchos orientalistas lo abordaron desde los siglos IXX y XX respectivamente, o sea desde la época pre colonial del Medio Oriente como los estudiosos de la escuela anglosajona cuyos pioneros son Bernard Lewis, Samuel Huntington, John Voll y John Esposito. Sí bien éstos intentaron aproximarse al Islam como pensamiento, civilización y cultura, otros lo abordaron desde un prisma diferente, es decir como problemática sociológica e inquietud antropológica que consiste en  el trasplante del islam en Europa por diversas vías, o bien por el arraigo histórico de dicha religión en el continente (Turqía y los Balkanes) o bien a través de la masiva y reciente inmigración musulmana a los países europeos. En este marco se inscribe las aportaciones de la escuela francesa encarnada en las aportaciones de Gil Kepel, Olivier Roy, Bruno Etienne etc, o las contribuciones de algunos ensayistas españoles como Jordi Moreras, o las emergentes investigaciones de lo que se denomina la nueva intelectualidad musulmana sobre todo  las obras del prolífico, mediático y polémico Tariq Ramadan nieto del fundador de los Hermanos Musulmanes de Egipto Hassan El Banna.

A decir la verdad, la heterogeneidad de la bibliografía sobre el Islam Europeo nos ha conducido a distinguir entre dos tipos de discursos: un discurso sobre el islam y otro desde el islam, lo que nos ha puesto ante una empresa prudente, minuciosa y difícil consistente en hacer una lectura más allá de lo inmediato, capaz de entender lo que se esconde en los entresijos ideológicos, políticos y epistemológicos de dicho discurso respecto a la construcción del islam como objeto de interrogación en el seno de la sociedad europea.  

El tema en lo cual contribuimos se inscribiría en el marco del acuciante debate sobre la construcción en Europa y por lo tanto en España de una sociedad y de unas identidades multiculturales. El asentamiento de colectivos de inmigrantes de cultura musulmana ha engendrado el hecho de la imposibilidad de poder distinguir entre lo externo y lo interno, entre lo geográfico y lo identitario.

La inquietud de Europa respecto a la evolución del Islam se reactivó aún más con los acontecimientos del 11S y los recientes hechos de actos terroristas en Francia, Londres y Barcelona puesto que dentro de los Muyahidín que se desmolaron en las aviones así como los que protagonizaron los últimos actos terroristas  algunos proceden de las minorías ya bien asentadas en el suelo europeo y otros originarios del Magreb y Medio Oriente, llevaban residiendo muchos años en Hamburgo, Londres y España. En una palabra, se trata no solo de la inserción efectiva del Islam europeo sino del reconocimiento institucional de dicho Islam como factor o elemento de una cultura e identidad de un colectivo musulmán bien arraigado en los diferentes países europeos.

Evidentemente, la venida de una población nueva a una sociedad constituye un choque demográfico que conduce a un reajuste cualitativo (identidad y cultura) y cuantitativo (lo social). En este marco, podemos decir que el islam Europeo, plantea no solo problemáticas de índole étnico-religiosa sino también, histórica, económica, social, geopolítica e ideológica de gran envergadura.

En la actualidad, asistimos a un debate pertinente y tenso en Europa aunque está más desarrollado en Francia, por razones sociológicas e históricas, consistente en la posibilidad o no del encaje y la compatibilidad del islam como sistema  de valores, doctrina y al musulmán como ser social y cultural con la sociedad occidental que se basa en la laicidad, la libertad, la democracia y la ciudadanía etc.

La complejidad del debate, nos exige abordar también las derivaciones del tema, como lo es si se considera al conflicto que vive las sociedades europeas con el islam es causa del fenómeno migratorio. Si es así, cual  es la percepción que tiene tanto la institución y el imaginario colectivo respecto al musulmán nacido en Europa. ¿Hasta qué punto se puede considerar a los Europeos musulmanes como categoría homogénea? ¿No existe el musulmán laico, liberal y el islamista?

No vamos a entrar en los laberintos de la discusión porque ni el espacio ni la naturaleza de nuestro tema lo permiten.  

Para retomar el hilo del asunto se puede decir que la presencia, tanto bien de los asentados hace tiempo como los que siguen llegando, está planteando y formulando demandas para  que las sociedades de acogida se dieran cuenta de la peculiaridad y la especificidad de sus idiosincrasias. Dicho de otra manera, exigen respuestas a las demandas de un islam ligado a las migraciones dentro de los países de la Unión Europea más allá de lo securitario.

Tariq Ramadan, un buen conocedor del Islam occidental, confirma que “por un lado, asistimos a una actitud que provocó, al mismo tiempo que una voluntad natural de protección de la identidad musulmana, una tendencia a exagerar la importancia de algunas cuestiones que se consideraron los principales y únicos problemas de los musulmanes que vivían en Occidente. La alimentación, las mezquitas, los cementerios y algunas cuestiones concretas del fiqh ocupando la mente de la gente… por otra parte, la idea de que la nueva presencia crea forzosamente un “problema” ha sido integrada, asimilada y hasta repetida por los mismos musulmanes”. Añade Ramadan, “así que, al haber integrado, voluntariamente o no, esa visión (de que la religión musulmana constituye un problema en Occidente y tiene naturalmente problemas con el progreso, la democracia y la modernidad) los musulmanes parecen no tener más que una única alternativa: o hacerse lo menos visibles posible para que se olviden las características islámicas de su vida cotidiana, o pasar todo el tiempo explicando lo que es el Islam o no lo es y respondiendo concienzudamente a todas las críticas sobre la evidente discriminación del islam respecto a las mujeres, la violencia inherente al yihad, las Leyes inhumanas de la sharía… y todo lo demás”.

La conclusión, argumentaba Ramadan, es evidente: Cuando menos islam haya, menos problemas habrá, o sea lo que desea el Occidente en general y Europa en particular es tener a musulmanes sin islam.

Es de sobra sabido que la construcción o la formación histórica de la identidad europea, como bien argumentaba Josep Fontana, ha sido en detrimento del “otro”, el “infiel o el bárbaro”, fue la defensa de la personalidad cristiana frente a la musulmana, el armazón sobre lo cual se basó la cultura europea. Sin embargo, en el nuevo contexto de la globalización, de la diversidad religiosa, cultural y étnica de procedencia extraeuropea, dicha identidad empezó a desdibujarse y a perder sus rasgos originales y, por lo tanto, la hipótesis de la homogeneidad cultural y étnica de Europa y el supuesto reflejo de ésta en las instituciones políticas, educativas y cívicas empezó a perder fuerza.

La presencia de la identidad musulmana empezó a forjarse desde la segunda guerra mundial con la primera oleada de los inmigrantes a Europa, asiáticos a Gran Bretaña, turcos a Alemania y norteafricanos a Francia. Desde entonces el panorama social, político y cultural ha cambiado de manera visible y no ha cesado de cambiarse, tal vez de manera estructural con la llegada masiva de mano de obra inmigrante musulmana dentro de las fronteras de Europa. En los años noventa la cifra de la población musulmana alcanzo los 15-17 millones de personas musulmanas que viven en Europa occidental. Actualmente, la población árabe musulmana, por su peso demográfico, se podría considerarse el 28º país de la Unión europea, de ahí viene el temor de la derecha europea de la integración de los países Balcanes (Albania y Kosovo) además de Turquía en la comunidad europea, porque la población musulmana va a tener una  representación de 100 millones de personas, o sea el 5% del total de población europea y por lo tanto, según los argumentos de esta corriente ideológica, van a presentar una verdadera amenaza para la homogeneidad demográfica y las raíces cristianas de la identidad europea. En algunos países como Francia se está hablando ya de una quinta generación  musulmana. El número de lugares de culto y las mezquitas se ha cuadriplicado o quintuplicado y las organizaciones musulmanas ha superado los miles. Antes la presencia de los colectivos árabe musulmanes en el seno de la unión europea ha sido objeto de ignorancia, sin embargo actualmente, es un tema de gran interés tanto por parte de los países europeos que están elaborando una estrategia con la finalidad de absorber esta población en las políticas nacionales, como por parte de los regímenes de los países de origen que intentan dominar y controlar a una población expatriada, expuesta a la contaminación integrista radical.

Ahora bien, la pregunta más evidente e inquietante es ¿hasta qué punto la Europa de los 28, que está en un proceso de consolidar su unificación y construir su identidad, está dispuesta a permitir integrar a una religión extraña y ajena, con su mosaico étnico cultural, árabe-bereber, negro africano o indo pakistaní, al cristianismo o a modelos de Estados republicanos o laicos y que están obligados a tratar con ella?

Los investigadores en el tema resaltan que no existe un sólo y único marco legal aplicable para toda la comunidad europea sino hay una cierta heterogeneidad entre estos países a la hora de tratar con este asunto. La nueva realidad ha obligado a los países europeos a considerar a este colectivo musulmán no solo como contingente de mano de obra sino como un problema político que requiere más atención por las autoridades tanto de los países receptores como los países de origen. En este marco se inscribe la construcción de mezquitas en el centro de las capitales europeas con inversión mutua, así como la presencia de las altas autoridades de los Estados en las inauguraciones de dichas mezquitas. Ello, como es bien sabido, ha generado un debate político polémico  entre los partidos políticos a nivel europeo, no obstante, ha contribuido en asentar las bases de la institucionalización internacional de este tema.

Es cierto que el tema es tan amplio y complejo que requiere una actualización del debate entre los intelectuales de la diáspora árabe musulmana de diferentes tendencias ideológicas y académicas y el resto de la sociedad occidental tanto los círculos mediáticos como académicos para aproximar los interrogantes y las incógnitas que hemos planteado anteriormente. 


Rachid El Quaroui El Quaroui | Profesor de Sociología en la Universidad de Extremadura

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