martes 16.07.2019

Afganistán e Irak: Elecciones y amenazas

Por Juan Antonio Sacaluga | Afganistán e Irak se encuentran inmersos en procesos electorales...

Sistema Digital | Afganistán e Irak -las dos naciones dominadas formalmente por el primer ejército del planeta- se encuentran inmersos en procesos electorales. Así dicho, la intervención militar de Estados Unidos habría alcanzado los objetivos declarados de promoción de la democracia. Lamentablemente, no es así.

AFGANISTÁN: PELIGROS APARENTES Y OCULTOS

En Afganistán, la primera vuelta de las elecciones presidenciales han transcurrido con cierta normalidad, aceptable participación y ausencia de apariciones armadas de los talibán. Los dos candidatos en liza para la contienda final, Abdullah Abdullah y Ashraf Ghani, son pro-occidentales y han prometido suscribir el BSA (Bilateral Security Agreement), una especie de contrato que garantiza el control norteamericano sobre los asuntos de seguridad en un Afganistán sin fuerzas militares extranjeras. El todavía Presidente Karzai se ha negado a firmarlo, disgustado por lo que él considera como una serie inaceptable de desaires y conductas inapropiadas de sus antiguos protectores.

La narrativa dominante proclama que, sin el BSA, los talibán se encontrarían en inmejorables condiciones para asaltar la 'democracia' afgana, poner en jaque al nuevo gobierno, desarbolar a un ejército nacional todavía en consolidación y hacerse con el poder.

Algunos analistas, aunque pocos, ponen en duda la debilidad del Ejército afgano. Uno de ellos, Paul Miller, acaba de publicar un artículo en FOREIGN AFFAIRS, en el que desarrolla una interesante y provocadora tesis, resumida perfectamente en el título: "El Ejército de Afganistán no es demasiado débil; es demasiado fuerte".

Las fuerzas armadas y de seguridad afganas reúnen más de 350.000 hombres, han recibido formación, asesoramiento, entrenamiento y armamento de Estados Unidos y de la OTAN, goza de una composición étnica variada, han generado un espíritu institucional y cuentan con un grado de aceptación y reconocimiento popular (con todas las dudas que esto pueda generar) superior al 90 por ciento. En definitiva: constituyen una suerte de Estado dentro del Estado.

A esta fortaleza operacional y política se opone la debilidad del resto de las instituciones, y particularmente del gobierno. La percepción que domina es que el poder civil es profundamente corrupto y altamente ineficaz (por este orden). Tanto si los problemas de seguridad se agudizan como si no, Miller sostiene que las fuerzas armadas representan una alternativa (peligrosa, no deseable) al gobierno constitucional.

Cabe preguntarse si, ya sea Abdullah (más probable) o Ghani el sucesor de Karzai, el nuevo presidente podrá manejar las dos amenazas: externa (los talibán) o interna (las fuerzas armadas). La clave -o al menos una de ellas- estará en la actitud de Washington; y, en caso positivo, en la intensidad del apoyo al proceso constitucional. Abdullah sería un presidente muy cercano a los intereses norteamericanos. Pero también lo parecía Karzai, y ya se ve el resultado. Por otro lado, es de origen mixto (pastún y tayiko), lo que asegura un valioso equilibrio étnico. Si las cosas se torcieran y la amenaza de un triunfo talibán creciera, no sería  descartable que Estados Unidos se decantara por apoyar una alternativa militar.

IRAK: SECTARISMO Y FRAGMENTACIÓN

El antecedente de ese escenario en los lindes de la catástrofe lo encontramos en Irak. Un año después de la retirada militar norteamericana, la estabilización no se ha producido, la percepción de deriva se ha acentuado y el país parece precipitarse en un panorama sombrío de múltiples divisiones y enfrentamientos.

Las elecciones de este miércoles podrían dar ventaja al primer ministro chií, Nuri Al Maliki, pero es muy dudoso que éste pueda forjar una mayoría estable y conciliadora al mismo tiempo. Quizás ni una ni otra.

Como explica el investigador noruego Reidar Visser en FOREIGN AFFAIRS, no supone mucho alivio que los comicios se planteen como un pulso cerrado entre los bloques confesionales, sunníes y chiíes. En realidad, el sectarismo sigue vigente. Lo que ocurre es que se ve camuflado por la intensa fragmentación en el interior de cada uno de ellos, motivada por las ambiciones personales y un clima político envenenado.

Los sunníes moderados ya no se fían del actual primer ministro, porque ha defraudado sus promesas de integración. Los líderes tribales se sienten traicionados y le ha vuelto la espalda. Y los insurgentes radicales, próximos al Al Qaeda o disidentes de esta organización y más fanáticos aún, han declarado la guerra sin cuartel al gobierno y dominan una franja de terreno al oeste y norte de Bagdad, que conecta de forma alarmante con las posiciones doctrinarias afines en Siria.

Maliki tampoco ha sido capaz de consolidar un entendimiento con los kurdos, debido a las desavenencias sobre el control de la exportación del petróleo, el principal recurso nacional: aquellos quieren reservarse una cuota para venderlo directamente a Turquía y el primer ministro quiere mantener el actual sistema centralizado para garantizar los ingresos.

En este contexto de discordia persistente y violencia enquistada, no habrá elecciones efectivas en muchas localidades sunníes dominadas por la insurgencia  (por huida de la población o por intimidación de la que aún permanece allí). Ni siquiera puede contarse con la influencia positiva de las tribus, renuentes a la insurgencia en otro tiempo pero cada vez más inclinadas a aceptar colaborar con ella antes que con el gobierno central.

De poco parece haberle servido a Estados Unidos el dinero, los recursos y las vidas entregadas. Irak sigue en terreno demasiado cercano al abismo, sin fórmulas políticas solventes y sin soluciones militares claras.

Las elecciones en Irak y Afganistán, por muy defendibles que puedan ser desde la coherencia democrática, se antojan como dudosamente eficaces para encarrilar la convivencia en ambos países.

Con cierta irritación, el propio Presidente Obama contestaba esta semana, desde Filipinas, a los críticos que le imputan "blandura" e indecisión en política exterior: "¿Por qué se muestran tan dispuestos a usar la fuerza militar, después de lo que nos ha ocurrido durante una década de guerra, con un coste tan enorme, en tropas y en presupuesto? ¿Qué piensan estos críticos que se ha conseguido con ello?".