jueves 04.06.2020
DEBATES NUEVA TRIBUNA | EDUARDO MANGADA

Gestión inteligente de las ciudades

Gestión inteligente de las ciudades

¿Ciudad inteligente?: No. Me parece más correcto y ajustado a la finalidad que encierra esta proclama, hablar de proyectos y gestión inteligente de las ciudades. Una gestión del espacio y los servicios urbanos con la ayuda de las nuevas técnicas informáticas, para conseguir una mayor agilidad, transparencia, conocimiento en tiempo real de los problemas y su corrección inmediata y, lo que es más importante, que garanticen un ahorro energético, minimizando el efecto contaminante, imprescindibles para ofrecer una mejor calidad de vida de los ciudadanos.

No existen “ciudades inteligentes”, ni “edificios inteligentes”. A los que hay que exigir inteligencia es a los planificadores, responsables políticos y gestores de la ciudad. Una inteligencia apoyada en los principios antes señalados: ahorro energético y buena calidad de vida. En definitiva, un proyecto y un gobierno que garantice la sostenibilidad de nuestras ciudades, tanto en sus componentes físicos como en los sociales. Una ciudad que minimice el uso de recursos naturales no renovables, cada vez más escasos y caros, mal distribuidos a nivel mundial y agotables en un plazo más o menos corto, incluido el uranio. “Seamos conscientes de que el 70% de la energía que consumimos en nuestras sociedades industrializadas se gasta realmente en los edificios y en los movimientos que se producen entre los edificios”. Una ciudad en que los ciudadanos encuentren un espacio habitable, sano y eficiente en sus equipamientos y servicios.

Bajo la marca “smart cities”, adornada con un discurso cuasi científico y presuntamente humanista, puede esconderse un nuevo nicho de negocio para las grandes empresas y consultorías que venden a los gobiernos municipales unos sofisticados instrumentos tecnológicos para una eficaz gestión de determinados servicios urbanos (alumbrado, transporte, eliminación de residuos, facturación de consumos…) no siempre entendidos y gestionados como un sistema integrado y múltiple y, en la mayoría de los casos, ajeno a los usos y costumbres, a los recursos económicos de los ciudadanos. Una marca, un eslogan, que llena los discursos de muchos alcaldes exhibiendo una pretendida modernidad, eficacia y competitividad de sus ciudades.

Anne Lacaton, arquitecta francesa muy interesada en los temas de sostenibilidad y bienestar, señala el problema que plantea la disociación entre la tecnología y los mecanismos que pueden mejorar el rendimiento energético de los edificios y los hábitos de los usuarios de los mismos. Afirma que muchos de los esfuerzos técnicos y económicos para dotar a los nuevos edificios, o a los rehabilitados, de novedosos y sofisticados equipamientos para mejorar su comportamiento bioclimático, pueden ir al cubo de la basura si los habitantes de dichos edificios no entienden cómo funcionan y qué beneficios les aportan, aprendiendo y adoptando nuevos comportamientos cotidianos acordes con las nuevas técnicas y el nuevo diseño arquitectónico. Esto está ocurriendo en nuestro país con la aplicación de la normativa incluida en el Código Técnico de la Edificación (CTE), sin duda eficaz sectorialmente, pero que puede no ser entendida por los usuarios dadas las costumbres arraigadas en la forma de habitar nuestras viviendas. Podemos llenar nuestras cubiertas de placas solares o fotovoltaicas, instalar sistemas centralizados para la calefacción y el agua caliente, o mecanismos de renovación forzada del aire… pero si no existe una correlación entre estas nuevas instalaciones y los hábitos de vida y recursos económicos de los usuarios, podemos estar despilfarrando esfuerzos técnicos y dinero de todos. Solo negocio para las empresas instaladores de estos artefactos y reclamo publicitario para las promotoras inmobiliarias.

Es necesario conjuntar ingeniería mecánica o instrumental con ingeniería social, que incluya la enseñanza de nuevas pautas de comportamiento, convenciendo a los ciudadanos de que con ellas se incrementa su calidad de vida, e incluso suponen un ahorro en el gasto familiar. En el ámbito de la ciudad la aplicación de nuevas técnicas de gestión deben ser igualmente percibidas por los ciudadanos como una sensible mejoría de su calidad de vida colectiva, para lo cual es necesaria su participación activa en el proyecto y en el control de dicha gestión, junto con una transparencia y constante información por parte de los gobiernos municipales.

Como arquitecto no puedo dejar de lado la estrecha relación entre sostenibilidad y forma de la ciudad, entre sostenibilidad y forma de los edificios. En referencia a estos últimos, podemos afirmar que una buen orientación, una ventilación transversal, una eficaz protección contra el sol estival con mecanismos convencionales (toldos, persianas…), unos muros bien aislados, un entorno arbolado, etc. constituyen la primera y más eficaz, a la vez que más barata, “tecnología” para garantizar un buen comportamiento bioclimático y un razonable nivel de confort de sus usuarios. Sin duda, la incorporación de nuevos mecanismos (calefacción central, aire acondicionado, ventilación forzada, etc.) pueden mejorar y garantizar el nivel de confort en periodos extremos invernales o estivales, o paliar las negativas condiciones de una tipología edificatoria impuesta por el ordenamiento urbanístico, pero deberíamos considerar estos mecanismos más como elementos auxiliares, que no como componentes primordiales e imprescindibles del diseño y la construcción de nuestros edificios. En todo caso, el ingenio y la tecnología deberían explorar, en primer lugar, aquellos mecanismos que aprovechan las condiciones del terreno y el entorno (chimeneas de ventilación, aguas subálveas como reguladores térmicos, etc.) antes que la instalación “a la moda” de múltiples aparatos consumidores de energía y complicada gestión.

Si hablamos de la forma de la ciudad, debemos volver la vista atrás para aprender algunas lecciones de nuestras ciudades tradicionales (no de todas), en nuestro caso de las ciudades mediterráneas. “Alguien dijo que si quieres ir lejos hacia el futuro debes mirar hacia atrás”. Norman Foster, al enfrentarse con el proyecto experimental Masdar, en Abu Dabi, como ciudad sostenible, escribe estas palabras: “Nuestro punto de partida fue tratar de aprender del mundo anterior a la época en que la energía se convirtió en algo barato, de “aprender a reaprender” las lecciones que hemos olvidado con el paso del tiempo. ¿Cómo se las apañaba la gente antes de poder controlar el clima pulsando simplemente un botón, antes de tener gasolina o carbón asequibles, antes de las dos revoluciones industriales con las que se generalizó el concepto de energía barata, antes de poder gastar energía sin pensar en su coste?. En otras palabras ¿cómo hacer más por menos?”. La ciudad compacta, razonablemente densa, en la mejor tradición mediterránea, con calles sombreadas, fuentes y árboles, permeable a las brisas del mar o la montaña, minimizando la necesidad de viajes motorizados cotidianos de casa al trabajo, o al mercado, o al bar, constituyen sin duda una referencia guía para nuestro pensamiento urbanístico, sin que ello suponga un revival costumbrista o folclórico. De nuevo Foster, en esta misma idea, compara dos ciudades en este ejercicio de aprendizaje: “A grandes rasgos, considerando la forma que adoptan, hay dos modelos de asentamientos urbanos. Uno de ellos es el tradicional, por ejemplo, Copenhague, que puede compararse, pongamos por caso, con Detroit, un modelo relativamente reciente basado en el uso del automóvil y dependiente de las redes de carreteras y de transporte. Nótese la relación entre la densidad y la sostenibilidad en ambas ciudades: Detroit tiene la mitad de densidad que Copenhague, pero consume diez veces más energía contabilizada en litros de gasolina, por lo que, siendo el de Detroit un modelo muy reciente, está ya desacreditado, y la reinterpretación de las ciudades europeas, más densas y amables para los peatones, siguen siendo potenciales modelos para el futuro.”

La sostenibilidad de nuestras ciudades, tanto las nuevas (pocas en nuestro viejo continente) como en la remodelación de las ya existentes (hacer ciudad en la ciudad), es una exigencia de racionalidad en el uso de los recursos energéticos no renovables, así como para el bienestar de nuestros conciudadanos. Como proclama Anna Heringer: “(…) la sostenibilidad es sinónimo de belleza y también de felicidad”.

No cabe negar la importancia de la aportación del instrumental informático y de los modelos operativos a él vinculados, que pueden suponer una clara mejoría en la gestión de nuestras ciudades (al menos en algunos servicios y trámites burocráticos), haciéndolas más atractivas y competitivas. Pero no podemos olvidar y, por el contrario, debemos afirmar con rotundidad, que el mayor desarrollo y la mejor calidad de vida la han conseguido aquellas ciudades donde existen altas tasas de mano de obra cualificada, bien educada e innovadora. Una ciudadanía más culta y capaz de entender su ciudad y su interdependencia con otras ciudades.

Sé que estas líneas no agotan un tema tan apasionante, necesario y urgente para mejorar la vida en nuestras ciudades y construir un país más eficiente, justo y solidario. Es necesario convocar muchas y diversas voces para completar y reforzar la lucha por la sostenibilidad, que no puede quedarse en una simple y peligrosa mercadotecnia de “patentes medioambientales”.

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