Lunes 17.06.2019
opinión | Jaime Bordel Gil

Culpables, víctimas y verdugos

La izquierda madrileña tiene cuatro largos años para pensar, organizarse, y reconvertir en ilusión lo que hoy es desidia. Si los empleará para esto o para acabar de autodestruirse lo sabremos con el tiempo

La noche del domingo, la izquierda madrileña sufrió una de las derrotas más amargas de los últimos años. El sainete, finalmente acabó en tragedia y sus protagonistas han terminado entregándole el gobierno a la derecha. Digo entregando, porque tanto el Ayuntamiento como la Comunidad serán gobernados los próximos cuatro años por un Partido Popular con los peores resultados en décadas, apoyado por un Ciudadanos envalentonado, pero incapaz de convertirse en la fuerza hegemónica de la derecha, y una ultraderecha cuya irrupción, a pesar de no ser en absoluto desdeñable, ha quedado lejos de sus expectativas. 

Parecía que tras 24 años de Gallardones, Aguirres y corruptelas, era el momento de arrebatarle la Comunidad al PP, y revalidar uno de los “Ayuntamientos del Cambio”, pero no ha sido así, y la fórmula andaluza se repetirá tanto en la capital como en el gobierno autonómico.  

El fracaso ha sido estrepitoso, y como no podía ser de otro modo, llega el momento de mirar al vecino y buscar culpables. Iglesias, Errejón, Sánchez Mato, esos vagos que no se movilizan… para señalar responsables siempre hay barra libre, no así para depurar responsabilidades. 

Sin embargo, durante la lluvia de acusaciones siempre hay unos que resultan más salpicados que otros. Esta vez uno de los más damnificados ha sido Carlos Sánchez Mato, candidato a la Alcaldía por Madrid en Pie y declarado culpable por unanimidad del harakiri de la izquierda. Seguramente la opción más fácil, y sin duda la que menos ampollas puede levantar. Más difícil resulta para algunos levantar el luto y analizar que parte de responsabilidad tiene en todo esto la ya ascendida a mártir Manuela Carmena

Para ello nos debemos remontar a 2017. Rajoy todavía mandaba por aquel entonces, y su Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro utilizó una de las reglas de techo de gasto para tirar abajo los Presupuestos municipales y poner en jaque a un gobierno que desde su llegada al consistorio había reducido la deuda pública y aumentado el gasto social. La jugada le salió redonda al ex ministro, y Carmena perdió el pulso, aceptó los recortes y cesó a Mato, que se había negado a pasar por el aro al considerar la intervención de Hacienda una maniobra de acoso y derribo y no una cuestión de estabilidad presupuestaria. 

El ejecutivo no cayó, pero las diferencias dentro del grupo municipal entre los concejales favoritos y díscolos, se fueron haciendo cada vez más incómodas hasta llegar a la configuración de candidaturas para 2019. Este momento, que se redujo por los medios de comunicación a un enfrentamiento entre la afable Carmena y el maléfico Iglesias, supuso la firma del acta de defunción de Ahora Madrid

Conviene no olvidar que Ahora Madrid nació como una experiencia colectiva, que integraba una serie de plataformas, agrupaciones vecinales y partidos, en base a una consigna muy sencilla: devolver la ciudad a su gente. Este eslogan, que puede parecer a priori vacío de contenido, ilusionó a muchos y planteó un nuevo horizonte, el de una ciudad más justa, más inclusiva y más sostenible. 

Algunas cosas se hicieron bien, y en otras tantas se pecó de inexperiencia, de ingenuidad o de falta de medios, pero la voluntad política de muchos concejales y concejalas estaba; la voluntad de hacer una ciudad mejor y de entender la política municipal como un servicio a la comunidad y no como un negocio lucrativo o un trampolín para la política nacional. 

Ahora Madrid se encontró con un camino lleno de piedras, al fin y al cabo, había muchos interesados en que la experiencia fracasara; y en medio de este pedregal, parecía que la figura de Carmena era la llamada a lidiar con todos y tratar de limar asperezas. Una cara amable y tranquila, un perfil más institucional que escenificara que una política municipalista y de izquierdas no solo puede caber en una ciudad como Madrid, sino que además puede mejorar la vida de la gente.

Sin embargo, este horizonte se fue difuminando a medida que fue emergiendo la figura de Carmena como estrella del pop, y empezamos a ser menos críticos y a estar menos vigilantes en cómo se desarrollaba la legislatura, cómo y dónde se estaba invirtiendo el dinero público o si se estaba acordando el Ayuntamiento de los barrios más allá de la M30

Creo que una de las reflexiones más importantes del 26M está aquí, en cómo hemos permitido y aplaudido que un proyecto colectivo se transforme en una aventura personal; en cómo Ahora Madrid (ahora reconvertida a Más Madrid) ha ido perdiendo progresivamente su contenido, para acabar reducida a una plataforma delgada e inconsistente creada a imagen y semejanza de Carmena. Habría que haber visto cómo hubiera reaccionado la opinión pública si los excluidos hubiesen sido otros y si el proceder cesarista de la ex alcaldesa lo hubieran llevado a cabo otros líderes. 

No pretendo culpar del desastre a Manuela Carmena en exclusiva, pero sin duda es una de las principales responsables. Ella eligió desligarse de lo que en un origen fue Ahora Madrid, y emprender esta travesía en solitario, eligiendo prácticamente a dedo quien subía el barco y quien no; por lo que ahora que el barco se ha hundido, no podemos culpar del naufragio únicamente al temporal. 

Hoy no se trata de determinar si lo de Errejón fue una maniobra audaz o una traición imperdonable, ni de si Iglesias debió pedir el voto únicamente para Carmena. Hoy se trata de pensar por qué la segunda Comunidad Autónoma con menor gasto por habitante en Sanidad, donde se coció la trama Púnica y nació la Gurtel, volverá a gobernar el Partido Popular- y lo hará con la candidata más incompetente que ha presentado en años para más inri.

La izquierda madrileña necesita una reflexión colectiva profunda, en la que además de las batallas de egos, las guerras fratricidas, y la enfermiza tendencia al faccionalismo, se haga autocrítica de estos cuatro años. Una autocrítica sincera, que sin ser destructiva analice por qué en los barrios del sur mucha gente dejó de ir a votar, o por qué los mismos que en 2015 reprocharon a IU Madrid la no confluencia, acabaron emprendiendo un camino separado cuatro años más tarde. Deberíamos comenzar por ser más responsables, menos egocéntricos y dejar de mirarnos el ombligo y de monopolizar las campañas a nivel nacional para empezar a fijarnos un poquito más en ciudades donde se han revalidado victorias importantes como Valencia, Zamora o Cádiz.

La cuestión ahora no es clasificar en víctimas y verdugos, sino reconocer que reducir un proyecto a una performance ha sido un error y que los besitos, las magdalenas y el glamour de Almodovar y “Los Javis” nos han hecho olvidar cosas que no le hubiéramos perdonado a otros partidos como la Operación Chamartín, la intención de desalojar La Ingobernable, o que se desahucie a familias sin alternativa habitacional por la gentrificación y las subidas de precios de los alquileres.  

La izquierda madrileña tiene cuatro largos años para pensar, organizarse, y reconvertir en ilusión lo que hoy es desidia. Si los empleará para esto o para acabar de autodestruirse lo sabremos con el tiempo.