sábado 31/10/20

La Revolución Francesa... en aquel 14 de julio de 1789

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@Montagut5 | La Monarquía de Luis XVI atravesaba por graves problemas financieros debido a los gastos militares generados por los conflictos con Inglaterra, especialmente la Guerra de los Siete Años, que excedían los ingresos obtenidos a través de los impuestos tradicionales. Los intentos de reformar el sistema fiscal emprendidos por varios ministros –Turgot, Necker, Calonne, Brienne-, para que los estamentos privilegiados contribuyesen económicamente fracasaron. En la asamblea de notables de 1787 los representantes de estos estamentos se negaron a pagar impuestos, ya que suponía el fin de uno de sus más preciados privilegios. Esta negativa obligaba al Estado francés a subir los impuestos o a crear otros nuevos sobre el comercio, perjudicando a la burguesía comercial e industrial y, sobre todo, a campesinos y trabajadores de las ciudades. La población urbana veía con preocupación la vertiginosa subida de los precios del pan y otros productos básicos subiesen por las periódicas crisis de subsistencia. Si la burguesía reclamaba mayor protagonismo político y social, los grupos populares, por su parte, demandaban precios fijos y asequibles. Y todo el tercer estado, menor presión fiscal.

Ante la negativa de los privilegiados a contribuir, éstos pidieron al rey que convocara los Estados Generales, institución representativa del Antiguo Régimen francés, formada por los tres estamentos y de carácter consultivo, cuya función era aprobar nuevos impuestos y que no se reunía desde 1614. El rey y su ministro Brienne se resistieron porque consideraban que los Estados Generales debilitaban el poder real y podían ser un instrumento de confrontación en manos de la nobleza frente a las reformas. Pero la situación económica y política era tan grave que se determinó su convocatoria para 1789.

La campaña para la elección de los representantes de los tres estamentos fue agitada, publicándose muchos folletos y obras políticas, como el conocido “¿Qué es el Tercer Estado?” de Sieyès, manifiesto político de los no privilegiados. Cada estamento elaboró documentos –“cuadernos de quejas” (cahiers de doléances)- que reflejaban sus aspiraciones, protestas y peticiones. Destacaron los elaborados por los representantes de la burguesía, muchos de ellos abogados y de otras profesiones liberales, que llevaron un programa propio, opuesto a la monarquía absoluta y a la existencia de los estamentos privilegiados.

Por fin, los Estados Generales se reunieron en mayo de 1789, en Versalles. El primer problema que se planteó fue el del voto. Los representantes del estado llano propusieron que se estableciera el voto individual al considerar que representaban a la inmensa mayoría de Francia y eran tantos como los de la nobleza y clero juntos. Por su parte, estos estamentos privilegiados defendían la fórmula tradicional, de un estamento un voto, que les favorecía. Como no se alcanzó un acuerdo los representantes del tercer estado bloquearon el desarrollo 20070717klphisuni_194_Ies_SCOde las sesiones y optaron por constituirse en Asamblea Nacional, acompañados por algunos miembros de los estamentos privilegiados, realizando el famoso Juramento del Juego de Pelota, por el cual se reconocían como únicos representantes del pueblo y se comprometían a no separarse hasta haber elaborado una Constitución.

Mientras ocurrían estos hechos, estalló el “gran miedo” o “grande peur”, un movimiento de agitación en el que los campesinos asaltaron las casas de los nobles y quemaron sus archivos, movidos por el rumor de que éstos iban a restablecer el orden, y para destruir los registros donde se inscribían la rentas y las obligaciones feudales Si eso ocurría en el campo, en París se producían motines debidos a la falta de pan y por los rumores de que se estaban concentrando tropas para disolver la Asamblea. En ese contexto se produjo el 14 de julio de 1789 la toma de la Bastilla, fortaleza en la que se encarcelaba a los presos políticos y un símbolo de la opresión del absolutismo. Ante la situación general, el rey decidió ceder y pidió a los representantes de los estamentos privilegiados que se incorporasen a la Asamblea. La Asamblea se ocupó de dos grandes tareas. En primer lugar, de elaborar una Constitución, la primera de la Historia de Francia y que se aprobó en 1791. En dicha Constitución se incorporó como preámbulo la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, que había sido aprobada en agosto de 1789. La Declaración reconocía una serie de derechos individuales e inviolables de alcance universal: igualdad, libertad, derecho a la propiedad privada, soberanía nacional y libertad de opinión.

La Constitución establecía una Monarquía constitucional moderada como forma de gobierno. Además, se reconocía la división de poderes con un legislativo fuerte frente a un ejecutivo débil por los recelos de muchos diputados hacia el monarca. El legislativo residiría en una Asamblea Nacional Legislativa permanente y con grandes poderes en materia fiscal y de elaboración de leyes. El ejecutivo recaería en el rey, cargo hereditario, auxiliado por un gobierno con ministros que podía elegir. Pero el monarca no podía convocar o disolver la Asamblea. Podía ejercer el veto suspensivo sobre las leyes, pero solamente por un tiempo, ya que, si la Asamblea votaba una ley, al final debía entrar en vigor. El poder judicial sería independiente. En cuestión electoral se optó por el sufragio censitario, es decir, limitado a los propietarios, y no podían votar los criados, las personas sin domicilio fijo, las clases humildes ni las mujeres.

La Asamblea también emprendió un programa amplio de reformas. Comenzó aboliendo los privilegios feudales. Los franceses serían iguales ante la ley. Después abordó un plan de cambios económicos de signo liberal: modificación de los impuestos con desaparición del diezmo y de muchos impuestos indirectos sobre el comercio, establecimiento del libre comercio interior y de la libre industria con la disolución de los gremios, la libre contratación, abolición de la esclavitud en Francia y prohibición de los sindicatos y de las huelgas, así como la protección de la propiedad libre, aboliendo cualquier tipo de vinculación. Estas medidas formaban parte del programa económico de la burguesía. Se mantuvo el proteccionismo de los productos franceses y la esclavitud en las colonias. En los planos administrativo y judicial se creó una única administración provincial, racional, formado por departamentos y comunas; se estableció un sistema judicial único e independiente de los otros poderes, y se impuso el sistema métrico decimal.

La cuestión religiosa era fundamental, dada la importancia de la Iglesia Católica en el Antiguo Régimen. Se reformó con la denominada Constitución Civil del Clero. La Iglesia Católica quedaba desposeída de gran parte de sus ingresos y tierras, que pasaron a ser bienes nacionales y se subastaron. Se intentó convertir al clero en un cuerpo de funcionarios pagados por el estado francés, al que debían jurar obediencia. Este hecho provocó el rechazo de buena parte del clero y del Papa. Muchos católicos se hicieron en ese momento, contrarrevolucionarios. En contraposición, entre muchos revolucionarios cundió el anticlericalismo.

Por fin, se crearon los asignados, papel moneda, aunque generaría no pocos problemas inflacionistas.

Muchos nobles y eclesiásticos huyeron ante el establecimiento de las reformas. Hasta el propio rey lo intentó, pero sin éxito. Aprobada la Constitución, se disolvió la Asamblea Constituyente y se celebraron elecciones, dando paso a la Asamblea Legislativa. Dentro de la Asamblea se conformaron los primeros grupos o partidos políticos. Los monárquicos constitucionalistas eran partidarios de la Monarquía con una Constitución. Su máximo representante fue Lafayette. Los girondinos recibían su nombre del departamento de la Gironda de donde procedían muchos de sus diputados. En este grupo destacaron los profesores, abogados y periodistas, como Brissot, relacionados con la alta burguesía de negocios de los puertos atlánticos. Eran partidarios del establecimiento de una república moderada, de la defensa de la propiedad privada, de realizar la revolución por medio de la ley, desaprobaban el terror y se inclinaron más por la descentralización frente a París. Creían en el valor universal de las ideas revolucionarias, por lo que deseaban que la Revolución se expandiese por Europa, por lo que eran partidarios de la guerra que desencadenaron las potencias absolutistas. Muchos de sus líderes perderían la vida guillotinados en la época del Terror.

En un principio los jacobinos agrupaban a todos los grupos revolucionarios, pero liderados por Robespierre y Danton se convirtieron en los representantes de la burguesía radical y democrática, y de algunas de las capas populares. También, destacaron figuras como el periodista Marat, aunque más cercano a los demócratas, y el orador Saint-Just. A su izquierda destacaría Hébert. Eran partidarios del centralismo democrático desde París, cuyo Ayuntamiento llegaron a controlar. No atacaban la propiedad privada pero sí defendían la limitación de la misma y de la libertad individual en aras del interés general, con intervención en la economía. Al contrario de los girondinos, eran contrarios a la guerra. Existía un sector más exaltado, los demócratas, con Carnot como principal protagonista. Defendían el sufragio universal y la asunción directa de la soberanía por el pueblo. Los grupos contaban con el apoyo de numerosos periódicos y de los clubes políticos, que animaban el debate y la discusión política fuera de la cámara.  

La Asamblea Legislativa decretó el secuestro de los bienes de los emigrados y la deportación del clero refractario, es decir, el contrario a la Constitución Civil del Clero. Muy pronto se produce el choque entre la Asamblea y el monarca. Mientras tanto, Francia asiste a una situación económica muy difícil; la cosecha de 1791 ha sido muy mala.

Las potencias absolutistas estaban alarmadas por los profundos cambios revolucionarios acontecidos en Francia y se decidieron a intervenir militarmente. La guerra provocó distintas opiniones en Francia. El rey deseaba el conflicto porque era su última esperanza para recuperar el poder. Los girondinos querían extender las ideas revolucionarias, mientras que los jacobinos temían las consecuencias del conflicto. La Asamblea declaró la guerra a Austria a instancias de los girondinos. Prusia apoyó a Austria y las hostilidades se generalizaron. La situación se agravó el 10 de agosto de 1792, cuando la cercanía del ejército prusiano a París desencadenó una insurrección popular, protagonizada por los sans-culottes, es decir, las clases populares parisinas y llamados así porque no usaban culotte, pantalón corto propio de las clases acomodadas, sino pantalón largo. La insurrección provocó la destitución y encarcelamiento de Luis XVI. Era el fin de la Monarquía y se proclamó la República. Se convocaron elecciones a una nueva asamblea mediante sufragio universal masculino.

La Convención Nacional comenzó con una espectacular victoria contra los prusianos en Valmy, lo que alejó el peligro de París. Pero eso no evitó que los enfrentamientos políticos entre girondinos y jacobinos se terminasen. Al final, los segundos se hicieron con el control de la Convención, destacando su principal líder, Robespierre. En enero de 1793 se juzgó al rey Luis XVI, que fue condenado a muerte y guillotinado el 21 del mismo mes. Este hecho enconó la guerra y en el interior estallaron revueltas realistas, como la de la Vendée, protagonizada por los campesinos de la región del Loira.

La Convención aprobó la Constitución de 1793, que establecía una República con soberanía popular y sufragio universal masculino. Incluía una Declaración de Derechos más avanzada que la de 1789, en la que se reconocían el derecho al trabajo, a la asistencia, la educación y la insurrección. Se establecía que la igualdad es un derecho natural. Era una República unitaria centralista con un poder ejecutivo formado por un consejo de 24 miembros, controlado por la Asamblea. Se abolió la esclavitud en las colonias y se aceptó el referéndum como consulta popular para dar legitimidad a las leyes principales, comenzando por la propia Constitución.

Pero también se dieron medidas excepcionales para combatir la traición y la indisciplina en el interior y en el ejército. Era el comienzo del Terror, como instrumento político. Se creó el Comité de Salvación Pública y un Tribunal Revolucionario, que llegaron a suplantar el poder de la Convención y de los jueces ordinarios. La represión política y social envió a la guillotina a los reyes, nobles, clérigos, enemigos políticos como los girondinos y hasta los propios jacobinos como Danton.

En el terreno económico se estableció un claro intervencionismo para intentar atender a las demandas populares: tasa del pan, es decir, precio regulado del mismo por ley; precios máximos para los alimentos básicos; confiscaciones de bienes y su racionamiento y reparto; anulación de las deudas contraídas por los campesinos con la nobleza, etc..

Por fin, se establecieron cambios que intentaron crear un mundo distinto al anterior: calendario revolucionario y se organizó un culto oficial al Ser Supremo, como sustitución de la religión católica.

Estas políticas consiguieron dominar las rebeliones interiores, se obtuvieron éxitos militares y se frenó el caos económico. Pero los métodos empleados por los jacobinos con Robespierre a la cabeza, especialmente el Terror, les hicieron cada día más impopulares. Una vez que los diversos peligros se alejaban, los diputados de la Convención consiguieron deshacerse de ellos a través del golpe de estado de Termidor de julio de 1794.

El 27 de julio de 1794 se produjo un golpe de estado de carácter conservador contra los jacobinos. Robespierre y sus seguidores fueron condenados a muerte y ejecutados. La burguesía conservadora recuperó el poder y puso en marcha el “terror blanco”. Comenzó la etapa, conocida como del Directorio, o como denominan algunos autores, la República de los propietarios. La Revolución se daba por terminada. Se suprimieron los comités de la etapa anterior, la Constitución democrática y las medidas radicales.

Se retornó a los principios de 1789 y a una versión moderada del liberalismo. En 1795 se aprobó una nueva Constitución que establecía una tajante división de poderes y creaba un legislativo bicameral, formado por dos asambleas: una que proponía las leyes y otra que las aprobaba, así como un poder ejecutivo, integrado por cinco miembros, denominado Directorio y elegido por las dos cámaras legislativas. El sufragio volvió a ser censitario y más restringido que el de 1791.

El período se caracterizó, además, por un constante estado de guerra con las potencias europeas y por la represión de la izquierda: jacobinos, sans-culottes y los primeros comunistas, como Babeuf y su Conspiración de los Iguales. Pero, también se reprimió a los sectores más a la derecha, como eran los realistas y reaccionarios.

El Directorio se apoyó cada vez más en los militares del nuevo ejército revolucionario. Entre ellos, comenzó a destacar Napoleón Bonaparte, quien terminaría dando un golpe de estado y haciéndose con el poder el 18 de Brumario.

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