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miércoles. 05.10.2022
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@Montagut5 | En el socialismo español se pueden advertir dos posicionamientos tradicionales ante la cuestión de la emancipación de la mujer a comienzos del siglo XX, reflejo del debate que sobre la cuestión existía en el socialismo occidental desde tiempo atrás, ante el hecho del auge indiscutible del sufragismo de raíz burguesa, y que tenía un potencial movilizador también en el seno de la clase obrera femenina.

En primer lugar, existía un sector que solamente contemplaba la igualdad jurídica y política pero no la de tipo social, aunque criticaba al sufragismo por burgués y antinatural. No se trató de una postura claramente articulada, pero estaba impregnada de la mentalidad patriarcal sobre el papel de la mujer en el hogar y como madre al margen del ámbito laboral. En realidad, era una posición muy extendida en el seno del socialismo occidental, y que tendría que ser combatida por destacados socialistas como Auguste Bebel, además de por las propias mujeres socialistas como Clara Zetkin.  En este sentido, Bebel publicó un fundamental libro, La mujer y el socialismo (1879), y que podemos consultar en una edición moderna de Akal.

La segunda posición se puede rastrear en el Decálogo Socialista (1908), en el que se hacían recomendaciones a los socialistas varones para que respetasen a sus compañeras, y para que las enseñasen el pensamiento socialista frente al poder del clero, dueño de la mentalidad popular, idea que impregnará a una parte importante del pensamiento de izquierdas, dentro y fuera del Partido, hasta el debate constitucional de 1931 sobre el derecho de voto femenino. No cabe duda que suponía un avance sobre la posición más tradicional, pero también es cierto que destilaba un cierto paternalismo. Muchos socialistas, como muchos miembros de la izquierda republicana, siempre consideraron que había que hacer una labor pedagógica intensa para alejar de la mujer el pensamiento tradicional de raíz católica. En este contexto habría que entender, por lo tanto, el intenso debate sobre el reconocimiento del derecho del voto en el seno del universo progresista español.

Por fin, es importante destacar que también es cierto que fue cuajando una postura claramente feminista dentro de la familia socialista. Se trataba de un posicionamiento que conjugaba la lucha feminista con la social. El socialismo y el feminismo no serían lo mismo porque la mujer sufría una doble discriminación, debido a cuestiones de sexo, pero las dos luchas podían articularse porque, en última instancia, ambas pretendían la emancipación de la mujer. Esta era la postura defendida por las mujeres socialistas, como Amparo Martí o María de Lluría, y adquiriría importancia en los años veinte al incorporarse a la discusión en los Congresos, y cuando María Cambrils publicase su libro, Feminismo Socialista (1925).

El PSOE ante la emancipación de la mujer a comienzos del XX
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