domingo 29.03.2020

La Historia, el franquismo y ser o no ser un fascista

Los historiadores analizamos cuanto tiene que ver con el pasado por medio de una herramienta, una disciplina, un oficio: la Historia.

Permítaseme una precisión…

La Historia de los historiadores no es exactamente la historia de aquellos a quienes les gusta saber cosas del pasado. Si la una es una indagación hecha a base de plantearse preguntas, la otra es la mera acumulación de cachivaches. Algo esto último que aparenta tener más utilidad que el oficio del historiador, de tal manera que es obligación de éste demostrar que su indagación tiene sentido, tiene un fin, tiene un objetivo tendente a ayudar a la sociedad civil.

¿Qué es la Historia, en definitiva?

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Los seres humanos somos animales sociales, políticos, culturales, que vivimos en el espacio y en el tiempo, vivimos en un espacio que nos moldea y al que moldeamos, y en un tiempo donde navegan el cambio y la perdurabilidad.

Existe una disciplina de carácter científico, si bien social, que es un auténtico oficio, a la que llamamos Historia, la cual se dedica a indagar en el pasado de los seres humanos para estudiar cuánto existe en él que sea cambio y cuánto que sea perdurabilidad.

El historiador indaga para obtener conocimiento y lo primero que hace es decidir qué estudiar y con qué estudiar eso que ha decidido analizar, por medio de qué fuentes o documentos conocer lo que del pasado quiere conocer.

A continuación, el historiador intenta comprender lo que sea que está estudiando del pasado humano y, una vez lograda esa comprensión, por medio de la narración ceñida a la verdad comprendida, explica a la sociedad los resultados de su indagación, explica y comunica las respuestas que ha hallado a las preguntas que por medio de su indagación le ha hecho a eso que del pasado ha acabado por comprender.

El historiador explica las causas y las consecuencias de ese pasado analizado históricamente. Y le explica todo ello a la sociedad civil, dotando así a su actividad, a su disciplina, a su oficio, de su verdadera utilidad. Porque la Historia sólo es útil si el conocimiento que genera le llega claramente a la sociedad civil que lo necesita, tanto por medio del sistema educativo como a través de la publicación editorial.

Dicho lo cual, voy al grano…

franquismo1El franquismo vino a retener el pasado

Es indudable que durante varias décadas España soportó, sufrió, disfrutó en algunos casos, de un régimen liberticida al que comúnmente llamamos, como al periodo durante el que transcurrió, de 1936 a 1975, franquismo.

El franquismo (aquello que no fue sino la administración de una victoria militar) comenzó siendo para mí, antes de conocerlo como historiador, a través de la Historia, un tiempo ominoso, gris y frío. Aquello debió ser una poderosa intuición que se fue labrando consistente a medida que leía más y más sobre la dictadura que ejerció sobre mi país el verdadero vencedor de la cruel Guerra Civil española de la primera mitad del siglo XX, el general Francisco Franco, dictador, militar, español, un conservador que logró concentrar en su persona todo el miedo que le tenía a las muchedumbres concienciadas la sociedad española más atada al pasado, a la tierra, a la riqueza, a Dios, a una forma de entender España dolorosamente acendrada y de pedernal.

¿Qué era Franco en tanto que ser pensante, qué había dentro de Franco?

Digamos que la base del pensamiento político de Franco era algo que podemos llamar nacional-militarismo. Si afinamos un poco más las características de las convicciones del dictador…

Llegamos, para empezar, a su marcado antiliberalismo, sustentado en su creencia de que el siglo XIX, y sobre todo lo que le había tocado a él vivir ya en el XX, subvertía los logros de la España anterior a la aplicación de los principios de la Ilustración, tan antiespañoles. Su antiliberalismo tenía el corolario del anticomunismo y se acentuaba en su acendrado catolicismo, al que veía como el fundamento moral y político de la nación española.

El ideólogo tradicionalista Víctor Pradera Larumbe es reconocido como la única referencia intelectual directa de Franco, a quien honró con su amistad. Pradera defiende un Estado Nuevo inspirado en la historia española, en la tradición monárquica, en el que el hombre renuncia a la razón para depender, en una adoración perpetua, de los designios de Dios, pero dentro de una “unión social” gobernada por una monarquía social favorecida por la Iglesia católica, fuente del necesario sentimiento nacional que crea la obligación de acatar a un Estado orgánico, como la nación.

Me centro. Es un decir…

¿Qué fue el franquismo, qué fue lo que ocurrió en España desde la Guerra Civil hasta la muerte de Franco?

He titulado este epígrafe ‘El franquismo vino a retener el pasado’. Me explicaré.

Tras ganar la guerra, Franco no sólo estaba obligado a reconstruir un país en ruinas, en el sentido literal. También hubo de conformar un Nuevo Estado. Para ello, tuvo que dosificar las diferentes corrientes políticas que le servían de apoyo, todas ellas fruto de aquella victoria: las llamadas familias. Y tuvo que hacerlo sin que al hacerlo se redujera su poder personal, el vértice perfecto de todo el edificio. El fruto de aquel equilibrio imperfecto fue el extraño pluralismo del que hablara el historiador Manuel Tuñón de Lara, un pluralismo reservado al tuñoniano bloque dominante.

Una parte muy destacada del esfuerzo político del dictador, para preservar su inmenso poder, se dirigió a acrecentar su carisma.

Digamos una obviedad: el general Francisco Franco ejerció sobre los españoles en sus 39 años de gobierno una dictadura. Una dictadura cuyo pragmatismo, en absoluto doctrinario, se adaptó permanentemente a las circunstancias, tanto a las del exterior como a las del bullicioso inmovilismo interior. Un tímido alboroto consentido por el autócrata solo hasta los límites en que le impedía asentar su poder personal.

¿Fascismo franquista?

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En la dictadura de Franco, la forma de gobernar estaba guiada por un paternalismo social. Y ese paternalismo se unía a las simplistas representaciones mentales de la autoridad y la religiosidad del dictador.

Aclarémoslo de una vez por todas: Franco no era un fascista. No podía serlo porque Franco era un clerical y un reaccionario.

El historiador Rafael Esteban de los Ángeles lo explica muy bien:

“El franquismo no puede ser calificado como régimen fascista (si acaso fascistizante en algunos momentos), sino ‘sólo’ dictatorial, autoritario y autocrático, pero siempre personalista. El partido queda al servicio de la persona, del dictador autócrata y autoritario, pero no domina el Estado”.

Lo que fue el franquismo lo argumenta un gran especialista en la dictadura de Franco, Borja de Riquer, cuando dice:

“En pocas etapas de la historia –ninguna en la época contemporánea– el destino de los españoles había dependido de un régimen tan personal y arbitrario como fue la dictadura del general Franco. Sus obsesiones y su afición de poder marcaron y condicionaron la vida de los españoles durante casi cuatro décadas”.

A mí, personalmente, me gusta dividir la dictadura del general Franco en tres etapas: primer franquismo, segundo franquismo y tardofranquismo. Analizo a continuación brevemente cada una de ellas:

El llamado primer franquismo duró hasta mediados de la década de 1950. En aquellos años, el país gobernado firmemente por Franco se caracterizó por el racionamiento y por el mercado negro, normalmente de productos de primera necesidad (el llamado estraperlo), que se aprovechaba de la situación creada por dicha limitación en el suministro.

El poder político y el económico habían retornado a la misma clase dirigente que los tenía antes del advenimiento de la República. El régimen de Franco supuso la restauración de los antiguos poderes económicos y sociales y fue, como ha escrito De Riquer, una “mezcla de cuartel laboral y paraíso fiscal” idóneo para el enriquecimiento de los ya poderosos.

El ejercicio unipersonal del poder decisorio por parte de Franco servía a los intereses más conservadores en cuanto a la propiedad y se apoyaba en dos ejes dominantes: el Ejército y la Iglesia católica.

Después de que sus (mentirosos) panegiristas inventaran aquello de que Franco había librado a España de entrar en la Segunda Guerra Mundial, el dictador supo fiar a su anticomunismo y al acendrado catolicismo de su régimen la aceptación de éste por la comunidad internacional. Y no se equivocó, pues la Guerra Fría ya delimitaba con claridad los límites del mundo desde 1946. Lo primero que obtuvo Franco fue, si no el reconocimiento, al menos la aceptación de su peculiaridad.

Hablamos de segundo franquismo cuando, a mediados de la década de 1950, el Caudillo y Generalísimo no era ya únicamente el vencedor de una guerra civil. Franco, como dijera el historiador Javier Tusell, seguía vigilante “para que la discordia no reapareciera ni siquiera en el seno del régimen”, era “una especie de guardián paternal” contra las discrepancias. Para el escritor Manuel Vázquez Montalbán, el papel de Franco no era ya para entonces sino el de “conductor del Movimiento y pacificador de sus tensiones internas”.

La lentitud de la institucionalización del régimen se debió a la prudencia del autócrata. Pretendía hacer crecer su poder al tiempo que mantenía ese equilibrio entre las fuerzas políticas de la coalición en que se basaba su régimen. Franco buscó siempre mostrarse como el árbitro perfecto y aceptado por todas las familias políticas.

La definitiva edificación del régimen pareció llegar a su culminación en la década de los años 60 del siglo XX.

Cada vez está más admitido entre los historiadores que la clave de la excepcional capacidad para perdurar que mostró la dictadura de Francisco Franco estuvo precisamente… en su capacidad de cambio, algo que la llevaría a un grado de evolución tal que dejaría a España en las faldas de la montaña que habría de ascender con relativa facilidad para conseguir la transición a la democracia.

Pero, atención, ese nivel de desarrollo social y económico no fue producto del franquismo sino que más bien se produjo pese a él, de tal forma que se puede considerar al régimen dictatorial establecido en 1936 como un paréntesis, horrible, en la historia de España.

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La crisis última del franquismo (el llamado tardofranquismo) fue también la de la propia vida de su protagonista.

En la década de los 70 del siglo pasado, Franco era un anciano con casi 80 años, muy enfermo (de Parkinson). Pilotaba un régimen que era, en palabras del historiador y especialista en el franquismo, Juan Pablo Fusi, “víctima del mismo proceso de cambio social que había generado” sin pretenderlo.

El auge cada vez mayor de una conflictividad reacia a sus maneras dictatoriales se aprovechaba de la mismísima crisis en el interior del edificio tambaleante que era ya el franquismo. La dictadura era un régimen al borde de partirse en dos entre los grupos inarticulados del sector aperturista y los también desorganizados del grupo inmovilista.

Hay que tener en cuenta algo, no obstante: lo esencial debía permanecer inalterable. De tal manera que lo que ganó esta aparente dialéctica dentro del régimen fue finalmente la regresión. Los derrotados fueron los que querían salir hacia el aire fresco de las apariencias liberales de los países del entorno español. Los ganadores fueron los pétreos defensores de los principios inamovibles nacionalcatólicos, vagamente parafascistas o tradicionalistas, “inasequibles al desaliento”.

Venció el inmovilismo. Un inmovilismo que sólo tenía una vía para apuntalar el franquismo: la exaltación de la figura de Franco, quien poco o nada tenía que decir ya, preso con su régimen de las mismas contradicciones irresueltas. No había alternativa.

En medio del azote de la modernidad que con su dinamismo desbordaba al anquilosado franquismo, el régimen no era la solución: el régimen era el problema.

Los últimos días de la dictadura franquista reposan en la actitud del Caudillo: fueron una nueva, la postrera, muestra de su autocracia, únicamente sostenida por su enorme voluntad de permanecer en el poder “hasta la muerte”.

Y al final… llegó el final. Para Franco y para los franquistas, que a estas alturas no eran más que los inmovilistas, fuera del régimen no había más que, y estas son palabras dichas por el dictador en su última soflama (nuevamente desde la Plaza de Oriente, un mes antes de su muerte, el 1 de octubre de 1975), “una conspiración masónico-izquierdista en la clase política, en contubernio con la subversión terrorista-comunista en lo social”.

Franco murió en noviembre de 1975, en medio del desbaratamiento más evidente de lo que quedaba del régimen personificado en él.

Concluyo: volviendo al fascismo

El tristemente desaparecido historiador británico Tony Judt dijo que “los fascistas en realidad no tienen conceptos. Tienen actitudes. Tienen distintas respuestas a la guerra, la depresión y el atraso. Pero no empiezan por un conjunto de ideas que luego apliquen al mundo”.

Si acaso, tenían argumentos contra algo: contra la democracia, el liberalismo, el marxismo… Y ahí encajarían perfectamente Franco y su dictadura, si no fuera porque Judt no definía de una forma cerrada al fascismo con aquellas palabras.

Porque el fascismo, como bien se sabe no era eso. No era exactamente eso. Era otra cosa.

La Historia, el franquismo y ser o no ser un fascista
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