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martes 24/5/22
41 AÑOS DE SU MUERTE

Franco, ese hombre

De la historia de una ambición que de alguna manera fue la vida del general Franco, aquí vamos a dejar una semblanza de su polémica biografía que detendremos en el instante en que aterrizaba en el norte de África para ponerse al frente de las principales unidades de los sublevados en el verano del año 1936.

FrancoEl 4 de diciembre de 1892 nacía Francisco Franco Bahamonde en la localidad portuaria coruñesa de El Ferrol. Bautizado Francisco (aunque también Paulino Hermenegildo Teódulo) días después en consideración hacia su abuelo paterno, había venido al mundo en ese municipio costero porque era donde se encontraba su familia al ser su padre (Nicolás Franco y Salgado-Araújo) capitán de la Armada allí destinado, y su madre (María del Pilar Baamonde y Pardo de Andrade) hija a su vez de militar que había ejercido algunos de sus empleos en dicha villa marinera.

Un breve inciso: el apellido heredado de la familia paterna de su madre, Baamonde, se transcribe habitualmente en el caso de nuestro protagonista con una hache entre las dos aes: pues así lo usó habitualmente el propio Franco. La explicación de tal asunto nos haría desviarnos del objeto de este artículo, y es que no hay ni visos de acuerdo entre los investigadores, razón por la que nos limitamos a aclarar que no hay errata que valga en lo que acabas de leer.

Franco emprendió la carrera militar, mas no en la Armada sino en el Ejército de Tierra y, así, en 1907, ingresaba en la Academia de Infantería de Toledo para, tres años después, convertirse en segundo teniente de Infantería, aunque sin haber destacado especialmente, más bien de una manera que podríamos calificar de mediocre. Muy mediocre. Pero el norte de África era ya escenario habitual de las correrías exteriores españolas y caldo de cultivo del meritoriaje castrense de un país gobernado por una monarquía constitucional, que no parlamentaria, encabezada por el muy militarista rey Alfonso XIII. Y es así que, a sus 20 años de edad, el hijo del capitán de la Armada Nicolás Franco comenzaba su peculiar cursus honorum en el Ejército de África, enfrascado en la conocida como guerra de Marruecos, en numerosas de cuyas operaciones bélicas habría de intervenir. Teniente en 1912 (el único ascenso que no será por méritos de guerra), capitán tres años después, comandante en 1917… Sólo su localidad natal y la ciudad de la que será su esposa, Oviedo ―entre 1910 y 1912 en el primer caso y de mayo de 1917 a septiembre de 1920, así como unos pocos meses del año 1923, en el segundo― son las plazas de sus primeros catorce años de destino castrense distintas del norte de África, donde labra su fulgurante carrera a fuerza de su arrojo personal y del uso de una extrema dureza con sus soldados. Arrojo que le costará en 1916 ser herido de extrema gravedad en el abdomen en el transcurso de un combate en El Biutz, un poblado a ocho kilómetros de Ceuta, que motivó su traslado al Hospital Militar de esta ciudad y supuso que ese mismo año se le concediera la segunda Cruz de primera clase de María Cristina.

SOBRE EL SUPUESTO CORAJE DE FRANCO

Sobre ese arrojo, sobre esa valentía que tanto esparcirá sus hagiógrafos, el historiador Paul Preston, experto en la figura de Franco, dirá:

“Es posible que el supuesto coraje de Franco fuera auténtico, ya que tenía fama de no conocer el miedo. De ser cierto, indicaría un hombre totalmente carente de imaginación y humanidad. El valor temerario de aquella época, que tanto contrasta con la cautela del resto de su vida, también pudo ser consecuencia de su ambición. Habiéndose propuesto llegar cuanto antes a general, y para tener ascensos por méritos de guerra, necesitaba exponerse a las balas del enemigo y lo hacía sin miramientos” (“Franco”, en Ángel Viñas (editor y coordinador): En el combate por la historia. La República, la Guerra Civil, el Franquismo, 2012.)

Franco es en 1928 director general de la Academia General Militar de Zaragoza, dos años antes del final del proyecto de Primo de Rivera y tres por delante de la proclamación de la Segunda República

El mismo año en que se casa en Asturias con una mujer de una familia rica, Carmen Polo, 1923, el año del pretoriano golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, Franco regresa al protectorado de Marruecos para ponerse al frente de la primera bandera del Tercio Extranjero, de la Legión, vaya. Suceden para Franco tres vertiginosos años de ascenso militar (teniente coronel en ese 1923 y coronel en 1925) hasta convertirse en 1926 en el segundo más joven general de Europa, pues es general de brigada con sólo 33 años a raíz de sus valientes participaciones en distintos combates contra los aguerridos norteafricanos contrarios a las actividades españolas en sus territorios. Franco es ya por entonces un militar popular y repleto de prestigio. Un militar africanista, todo hay que decirlo. Son los tiempos de la dictadura primorriverista, el letal paréntesis de la Restauración cuyo fracaso dará al traste con la legitimidad y la popularidad de las opciones monárquicas. Franco es en 1928 director general de la Academia General Militar de Zaragoza, dos años antes del final del proyecto de Primo de Rivera y tres por delante de la proclamación de la Segunda República.

Precisamente es una de las tempranas medidas adoptadas por la principal figura del nuevo régimen, Manuel Azaña, por aquel entonces ministro de la Guerra del Gobierno provisional republicano, la que hizo que, si Franco no había recibido especialmente entusiasmado la nueva situación política, comenzara muy probablemente a tenerle una inquina muy del tenor de la que muchos de sus compañeros de armas mantendrían desde la primera hora de su proclamación: el cierre de la Academia zaragozana y con él el cese de su director, en junio de 1931, dos meses después de la proclamación de la Segunda República. El propio Franco afirmará muchos años después: “Yo jamás di un viva a la República”. Y ya el 14 de julio de 1931, en su discurso de despedida de la Academia General Militar de Zaragoza, tachó la decisión gubernamental de arbitraria, algo que le valdría una reprimenda del ejecutivo y que quedara en situación de disponible.

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Comandante militar de La Coruña en 1932 y de Baleares en los dos años siguientes fueron sus dos primeros cargos durante el régimen republicano.

Reflexionemos sobre la ideología, sería mejor decir sobre las convicciones, no vayamos más allá, de este militar africanista tan orgulloso de serlo. Y para ello seguiremos lo que dejó escrito en un magnífico y breve estudio sobre Franco el historiador Juan Pablo Fusi. Y son esas convicciones, fundamentadas en la caracterización esencial de Francisco Franco como guerrero, y como guerrero en las colonias, las siguientes: considerar al Ejército el garante de la unidad nacional; estimar que su actividad en el norte de África volvería a colocar al Ejército en su prestigioso lugar de guardián de las esencias de lo español; y dotar a aquél de la vitola insoslayable de ser la salvaguarda permanente de la supervivencia de la patria, ya que el intervencionismo militar para mantener el orden nacional es algo históricamente recurrente y admitido. Digamos que la base de su pensamiento político era algo a lo que podemos llamar nacional-militarismo.

EL IDEARIO DE FRANCO

Ahora bien, algunas de las ideas de Franco respecto de la política que le tocó vivir o sobre el pasado de España quedaron lo suficientemente claras para los investigadores que se han acercado a su personalidad como para recogerlas aquí y, con ello, acabar de perfilar el pensamiento de la persona que habría de gobernar con mano de hierro su país durante varias décadas.

Para empezar, su marcado antiliberalismo, sustentado en su creencia de que el siglo XIX, y sobre todo lo que le había tocado a él vivir, subvertía los logros de la España anterior a la aplicación de los principios de la Ilustración, tan antiespañoles. Su antiliberalismo tenía el corolario del anticomunismo y se acentuaba en su acendrado catolicismo, al que veía como el fundamento moral y político de la nación española. Un catolicismo, una religiosidad, en suma, sobrevenida, pues en su etapa de joven y bravo soldado y oficial en suelo marroquí había sido legendaria su fama de hombre “sin miedo y sin misa” (en realidad se le llegó a reconocer, según cuentan algunos de quienes en aquellos años le conocieron, como “el hombre de las tres emes, sin miedo, sin mujeres, sin misa”).

Influido por el conservadurismo de Juan Vázquez de Mella, uno de los principales inspiradores del nacionalcatolicismo, el multidisciplinar ideólogo tradicionalista Víctor Pradera Larumbe, que moriría asesinado dos meses después de estallar la Guerra Civil, es a menudo reconocido como la única referencia intelectual directa de Franco, a quien honró con su amistad. Pradera había publicado en 1935 un libro titulado El Estado Nuevo, una recopilación de sus exitosos artículos escritos para la ultracatólica y muy monárquica Acción Española, vivero de inclementes personalidades contrarias a las políticas del primer bienio republicano y núcleo en torno al cual acabaría por nacer la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), así como la ultramonárquica Renovación Española y por tanto el Bloque Nacional. En dicho libro, Pradera fundamenta los principios políticos precisamente del Bloque Nacional de Calvo Sotelo y pergeña un Estado Nuevo inspirado en la historia española, en la tradición monárquica, en el que el hombre renuncia a la razón para depender, en una adoración perpetua, de los designios de Dios, pero dentro de una “unión social” gobernada por una monarquía social favorecida por la Iglesia católica, fuente del necesario sentimiento nacional que crea la obligación de acatar a un Estado orgánico, como la nación. No sabemos cómo llegó hasta Franco una teoría tan elaborada pero el asunto es que cuando, en 1945, el Instituto de Estudios Políticos publique la Obra completa de Pradera, el autócrata se encargará de escribir el prólogo a petición de la viuda. Leamos un par de párrafos del mismo:

“Las obras, oraciones y escritos de Pradera—salidos a la luz en tiempos liberales, de desastres y traiciones, moviéndose en un clima político materialista y desintegrador, y teniendo que buscar la eficacia en lo posible, sin perder por ello la posición firme de la doctrina—encierran para los españoles un tesoro inagotable de enseñanzas, deducidas con la lógica irrebatible de la Historia fecunda: de España en sus días luminosos del Imperio, o de las sentencias y vidas de sus grandes santos, o de sus gloriosos capitanes.

[…]

Me unieron a Víctor Pradera una viva simpatía y una sincera amistad, nacidas en una comunión de inquietudes por la suerte de nuestra Patria. Se condolía en nuestra última entrevista, en vísperas de mi salida para Canarias, de la ceguera de los grupos políticos ante la tragedia espantosa que sobre España se cernía; y cuando yo le exteriorizaba mi fe en las altas virtudes de nuestro Ejército y en la generosidad de nuestras juventudes para la salvación de España, pero significándole la inutilidad e ineficacia de todo esfuerzo si había de ser para retornar, como a la caída de la Dictadura, a los egoísmos de los partidos que arrastraron a España a esta situación, Pradera me cogía con vehemencia del brazo, repitiendo: ‘No, no, mi general. Hay que imponerles la unidad. ¡La unidad, sobre todo!’ ”

Sí, unidad, y unidad en torno a Dios y a España. Ya sabemos a qué España.

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Sigamos ahora con ese breve recorrido por la biografía del general.

Durante el que ha sido dado en llamar bienio rectificador o injustamente bienio negro (el radical-cedista, para que nos entendamos), el general Franco ascenderá a general de división y, aún más, completará su breve carrera política en la Segunda República. Cuando en octubre de 1934 estalle la insurrección revolucionaria que tendrá su paisaje por antonomasia en suelo asturiano, el ministro de la Guerra, Diego Hidalgo Durán, del Partido Radical, en uno de los numerosos gabinetes presididos por su correligionario Lerroux, nombrará a Franco su asesor para luchar contra aquélla.

La denominada Revolución de Octubre tuvo lugar a raíz de que el día 4 de ese mes del año 1934 Lerroux nombrara ministros a tres miembros de la CEDA: Rafael Aizpún, en el Ministerio de Justicia; José Oriol Anguera de Sojo, en el de Trabajo, Sanidad y Previsión Social; y Manuel Giménez Fernández, en Agricultura. Tachada de fascista por la izquierda, ésta creyó ver en su acceso al gabinete el principio del fin de las libertades y el comienzo indudable de una dictadura. Ello provocó que se convocara en distintos puntos de la geografía española una huelga general que tuvo especial incidencia en Cataluña y Asturias, región esta última en la que adoptó auténticas maneras revolucionarias hasta el punto de instituir la Alianza Obrera, compuesta por socialistas, comunistas y anarquistas. Expandida desde las zonas mineras de Mieres, Sama y La Felguera, incluso llegaría a dominar casi toda Oviedo.

Aunque el Gobierno mandó al general Eduardo López Ochoa, Franco, en su calidad de asesor ministerial, propuso el envío asimismo de la Legión comandada por el teniente coronel Juan Yagüe, con órdenes estrictas de actuar con cuanta violencia fuese necesaria. López Ochoa obtuvo el día 19 la rendición de los revolucionarios.

LA 'BESTIA NEGRA' DE LA IZQUIERDA

La revolución y la consiguiente represión son una de las causas que algunos seudohistoriadores poco de fiar han considerado que llevarían a la Guerra Civil, e incluso varios de ellos se atreven temerariamente a adelantar el inicio de ésta a aquellos infortunados días de octubre. Pero, lo que en cualquier caso está fuera de dudas es que los propios actos de revolucionarios y fuerzas del orden durante la insurrección y durante su sofocamiento están, como un componente nada despreciable, en el origen de la represión en las dos retaguardias en la cainita guerra de 1936-1939. Asimismo, la experiencia de aquellos acontecimientos ahondó en Franco las convicciones sobre las que reflexionábamos poco más arriba, y, de otro lado, le convirtió en algo así como en el militar favorito de cuantos consideraban al Ejército el valedor de los principios conservadores: la propiedad y el orden por encima de cualesquiera otros. Y, también, en una especie de bestia negra de la izquierda.

Un año después, en mayo de 1935, culminará la experiencia política de Franco anterior a su larguísimo ejercicio del poder absoluto, al asumir la jefatura del Estado Mayor Central tras ser designado para tal función por el ministro de la Guerra, el líder cedista José María Gil-Robles, en otro Gobierno Lerroux. Si un poco antes, en febrero de ese año, había sido nombrado comandante en jefe del Ejército en el protectorado de Marruecos, hubo de abandonar ese cargo para regresar a la Península. Como jefe del Estado Mayor se ocupó de avanzar en la modernización del Ejército tanto en los aspectos técnicos como formativos, y volvió a desoír, como ya hiciera en 1932, a sus compañeros, esta vez en el mismo Ministerio de la Guerra, a la hora de unírseles a una posible sublevación contra el régimen republicano. Compañeros que eran nada más y nada menos que los generales Mola, Goded y Fanjul, conspiradores que serían los más destacados del golpe de julio del 36.

Cuando en ese año 1936 las fuerzas políticas que habían creado el Frente Popular para evitar que el régimen republicano cayera definitivamente en manos de quienes precisamente querían acabar con sus principios esenciales, el destino de Franco fue casi un exilio, insular, en las islas Canarias.

Finalicemos esta biografía preguerracivilista apuntalando tres asuntos.

El primero de ellos es que, en aquel mes de febrero de 1936 en el que ganaron las elecciones las candidaturas frentepopulistas, Franco sugirió infructuosamente al presidente del Gobierno, el fundador del efímero Partido del Centro, Manuel Portela Valladares, que declarara el estado de guerra y anulara los resultados electorales, al tiempo que volvía a negarse a participar en la confabulación orquestada de nuevo por Goded y Fanjul, entre otros.

El segundo tiene que ver asimismo con aquellos comicios que, en Cuenca y Granada habían sido declarados nulos por fraudes por falsificación de votos atribuidos a las candidaturas derechistas. Cuando se convocaran de nuevo las elecciones en aquellas provincias para principios de mayo, la CEDA le ofreció a Franco la posibilidad de ser elegido si se presentaba en las listas conquenses del bloque reaccionario: el general aceptó el 20 de abril, y no faltan autores que consideren que lo hizo para acceder a la inmunidad parlamentaria más que por una vocación política de confrontación parlamentaria de la cual a todas luces carecía. Siete días más tarde se veía obligado a renunciar a su inclusión en esa candidatura cuando se le comunicó que José Antonio Primo de Rivera le había vetado. (Por cierto, en la provincia de Cuenca quien finalmente triunfó fue el Frente Popular.)

Y el tercero de esos asuntos es la existencia de una carta escrita a finales de junio de ese año 1936 por Franco, en tanto que comandante general de Canarias, dirigida nada más y nada menos que al entonces presidente del Gobierno y ministro de la Guerra, el azañista Santiago Casares Quiroga. La misiva, enviada a Casares en tanto que ministro de la Guerra (conocedor como era Franco del cauce más conveniente al escalafón) puede dejar perplejo al más pintado por lo inhabitual de que un confabulado avise de alguna manera al poder que pretende asaltar. Su ambigüedad es manifiesta, y el doble juego del general ahora nos parece a todos tan evidente que… mejor leámosla.


«Respetado ministro:

Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presente mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejército tienen la falta de interior satisfacción y el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los cuerpos de oficiales y suboficiales.

Las recientes disposiciones que reintegran al Ejército a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña, y la más moderna de destinos antes de antigüedad y hoy dejados al arbitrio ministerial, que desde el movimiento militar de junio del 17 no se habían alterado, así como los recientes relevos, han despertado la inquietud de la gran mayoría del Ejército. Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extremistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un sentimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado, en momentos de ofuscación, que interpretado en forma de delito colectivo tuvo gravísimas consecuencias para los jefes y oficiales que en tales hechos participaron, ocasionando dolor y sentimiento en la colectividad militar. Todo esto, excelentísimo señor, pone aparentemente de manifiesto la información deficiente que, acaso, en este aspecto debe llegar a V.E., o el desconocimiento que los elementos colaboradores militares pueden tener de los problemas íntimos y morales de la colectividad militar. No desearía que esta carta pudiese menoscabar el buen nombre que posean quienes en el orden militar le informen o aconsejen, que pueden pecar por ignorancia; pero sí me permito asegurar, con la responsabilidad de mi empleo y la seriedad de mi historia, que las disposiciones publicadas permiten apreciar que los informes que las motivaron se apartan de la realidad y son algunas veces contrarias a los intereses patrios, presentando al Ejército bajo vuestra vista con unas características y vicios alejados de la realidad. Han sido recientemente apartados de sus mandos y destinos jefes, en su mayoría, de historial brillante y elevado concepto en el Ejército, otorgándose sus puestos, así como aquellos de más distinción y confianza, a quienes, en general, están calificados por el noventa por ciento de sus compañeros como más pobres en virtudes. No sienten ni son más leales a las instituciones los que se acercan a adularlas y a cobrar la cuenta de serviles colaboraciones, pues los mismos se destacaron en los años pasados con Dictadura y Monarquía. Faltan a la verdad quienes le presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la patria quienes disfracen la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndoles aparecer como símbolos de conspiración y desafecto. De la falta de ecuanimidad y justicia de los poderes públicos en la administración del Ejército en el año 1917, surgieron las Juntas Militares de Defensa. Hoy pudiera decirse virtualmente, en un plano anímico, que las Juntas Militares están hechas.

Los escritos que clandestinamente aparecen con las iniciales de U.M.E. y U.M.R.A. son síntomas fehacientes de su existencia y heraldo de futuras luchas civiles si no se atiende a evitarlo, cosa que considero fácil con medidas de consideración, ecuanimidad y justicia. Aquel movimiento de indisciplina colectivo de 1917, motivado, en gran parte, por el favoritismo y arbitrariedad en la cuestión de destinos, fue producido en condiciones semejantes, aunque en peor grado, que las que hoy se sienten en los cuerpos del Ejército. No le oculto a V.E. el peligro que encierra este estado de conciencia colectivo en los momentos presentes, en que se unen las inquietudes profesionales con aquellas otras de todo buen español ante los graves problemas de la patria.

Apartado muchas millas de la península, no dejan de llegar hasta aquí noticias, por distintos conductos, que acusan que este estado que aquí se aprecia, existe igualmente, tal vez en mayor grado, en las guarniciones peninsulares e incluso entre todas las fuerzas militares de orden público.

Conocedor de la disciplina, a cuyo estudio me he dedicado muchos años, puedo asegurarle que es tal el espíritu de justicia que impera en los cuadros militares, que cualquiera medida de violencia no justificada produce efectos contraproducentes en la masa general de las colectividades al sentirse a merced de actuaciones anónimas y de calumniosas delaciones.

Considero un deber hacerle llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad grande para la disciplina militar, que V.E. puede fácilmente comprobar si personalmente se informa de aquellos generales y jefes de cuerpo que, exentos de pasiones políticas, vivan en contacto y se preocupen de los problemas íntimos y del sentir de sus subordinados.

Muy atentamente le saluda su affmo. y subordinado, Francisco Franco.»


franquismo LIBROEl general Franco escribía una carta al ministro y presidente del Gobierno Casares Quiroga que podríamos tachar de amenaza conciliadora, o de conciliadora amenaza. Sólo un mes después los sublevados, según sus propias palabras, se levantarían en Melilla “en nombre de Franco”.


Supongo que a los más jóvenes les podrá chocar el título de este artículo. Pues bien, Franco, ese hombre es el título de un documental realizado en 1964 por el director José Luis Sáenz de Heredia. No es un documental cualquiera, pues además de ser un encargo personal del entonces autócrata admitido ya en la comunidad internacional, es una obra enmarcada en las fastuosas celebraciones de los “veinticinco años de paz” transcurridos tras el final de la Guerra Civil, en realidad “veinticinco años de Victoria”. Una hagiografía, vaya. Literalmente, una hagiografía.


Este artículo es una adaptación del epígrafe titulado ‘Franco ese hombre’, de mi libro sobre el franquismo publicado en 2013 por Sílex ediciones del que hay edición digital a cargo de Punto de Vista Editores.

Franco, ese hombre
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