Nuevatribuna

MUJERES DE PELÍCULA

Elisabeth Eidenbenz, un millón de gracias

Palabras de Elisabeth Eidenbenz: “Yo únicamente cumplía con mi deber. Era normal, indispensable ayudar a los oprimidos, a los perseguidos. Estoy convencido de que en los periodos sombríos, en los que reina la violencia y el odio, la humanidad y la tolerancia son necesarias y posibles”.

La primera mitad del siglo XX estuvo llena de guerras y crueldades que asolaron nuestro planeta, En aquellos tiempos tristes y desoladores, hubo muchas que no se rindieron, tal es el caso de Elisabeth Eidenbenz.

f12Nace en Willa, en el cantón de Zúrich (Suiza), el doce de junio de 1913. Elisabeth estudió magisterio y ejerció su profesión como maestra, primero en Suiza y más tarde en Dinamarca.

Fue en esos momentos cuando la sociedad europea intentaba curar las heridas de la primera guerra mundial, como conoció las nuevas corrientes del pensamiento pacifista. Mujer de profundos ideales sociales y pacifistas seguía atentamente los terribles acontecimientos que asolaron Europa en aquellos años.

Trabajó como maestra en diferentes colegios de Suiza y Dinamarca hasta que decidió integrarse en la Asociación de Ayuda a los Niños de la Guerra.

Elisabeth era una joven con ideales que formaba parte de los movimientos sociales de la época que contemplaban con gran temor la destrucción de la población civil española y el avance del fascismo, que pocos años después se extendería por toda Europa.

La organización a la que pertenecía Elisabeth era “El Socorro Suizo para los niños”.

Elisabeth recuerda como le reclamaron su participación. Decía: “Me llamaron y fui. No me lo pensé mucho. Ha sido una suerte poder hacer lo que había que hacer”.

Esta organización ofertó a ambos bandos su ayuda, pero el bando franquista la rechaza. De esta forma el Socorro Suizo atendió solamente a la población civil de la zona republicana.

Muchas organizaciones sociales se reunieron en Suiza para preparar una acción conjunta de ayuda a los republicanos españoles. Se organizó una recogida masiva de alimentos, ropa, zapatos y dinero para comprar artículos de uso diario.

Con todo este material, se llenaron cuatro camiones que, junto con los voluntarios entre los que se encontraba Elisabeth llegaron a España el veinticuatro de abril de 1937, con la finalidad de realizar tareas humanitarias en las zonas republicanas. Elisabeth había recibido una formación básica sobre primeros auxilios.

Fueron dos años de guerra en la que pudieron ser conscientes de la destrucción del país y el triunfo final del fascismo. Esto provocó la huída de cientos de miles de personas a través de la frontera francesa. Se trataba de ponerse a salvo de la venganza de la dictadura de Francisco Franco.

Los caminos y las carreteras que conducían a la Francia salvadora estaban llenas de gentes, en unas condiciones inhumanas en medio de la nieve y el frío, sin comida y sin ropas adecuadas. Este largo desplazamiento y las durísimas condiciones provocaron que centenares de personas murieran en el camino.

Sin embargo, el futuro no iba a ser mejor, pues al llegar a Francia los exiliados republicanos españoles fueron encerrados en campos de concentración como los de Argelés, Saint Cyprien y Barcarés. Las condiciones de vida en estos campos, tanto higiénicas como de comida eran pésimas. Estos campos de concentración no disponían de infraestructura alguna: no había barracones, ni agua, ni letrinas, ni cocinas. Todo estaba rodeado de alambradas de espina y lo que no estaba con estas alambradas era arena y mar.

En estos campos de concentración, también fueron encerrados no solo los españoles sino los combatientes alemanes, austríacos, italianos y checos de las Brigadas Internacionales que ya no podían volver a sus países de origen por estar gobernados por partidos fascistas. También se encuentran judíos huidos de Alemania a causa de las leyes antisemitas y que fueron arrestados e internados por los franceses, así como a gitanos e indigentes por su condición de nómadas. También fueron encerrados homosexuales, activistas de izquierda y pacifistas.

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Las mujeres embarazadas eran conducidas a los establos, donde con total carencia de garantías sanitarias e higiénicas y en medio de excrementos y la paja, nacían los niños de las republicanas españolas exiliadas.

Una vez que daban a luz, tanto la madre como el bebé recién nacido, eran devueltos al campo de concentración, sin ningún cuidado más después del parto, para que la vida del recién nacido estuviera garantizada. Las bajas temperaturas y la falta de agua potable para preparar los biberones hacía que el futuro de los recién nacidos fuera mínima. El 95% de los niños que nacieron en estos campos de concentración murieron. Esto es una mancha negra en la historia de Francia.

Dadas estas pésimas condiciones, Elisabeth gestionó con las autoridades francesas sacar a las embarazadas de los campos de concentración. Cuando esto no fue posible, negociaba los protocolos de actuación del personal de la maternidad en los campos de concentración.

En enero del año 1939, se produce la llegada de una marea humana que se refugia en Francia, huyendo de las tropas franquistas y que se irá acentuando a lo largo de la primera parte del año 1939.

Elisabeth Eidenbenz es espectadora en primera línea de la desastrosa actuación del Gobierno francés, que, desbordado por la situación hasta febrero, al Departamento de los Pirineos Orientales de Francia, habían huido más de 350.000 personas, y como hemos visto, Francia concentra a los refugiados en las playas de Argelers, San Cebriàn y Barcarés.

Recién llegada a los campos de concentración franceses, se dedicó a reunir y asistió a las mujeres refugiadas que estaban embarazadas y, una vez habían dado a luz, también a sus bebés. Elisabeth se indigna de la situación que sufren estas mujeres republicanas y busca una casa donde las mujeres puedan dar a luz en buenas condiciones higiénicas y sanitarias, que permitan la supervivencia de los bebés y la salud de las parturientas.

El principal problema era conseguir autorización para conseguir la apertura de la Maternidad. Para ello contó con la ayuda de un periodista. Consiguieron fotografiar el estado pésimo de las mujeres embarazadas a punto de dar a luz entre la paja de los establos.

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Cuando solicitaron al prefecto permiso para la apertura de la Maternidad, le enseñaron al prefecto las fotos de las condiciones de parto de las embarazadas y este mostró el miedo de que en Europa se conociera como trataba Francia a los refugiados españoles. Al dia siguiente ya tenían la autorización de apertura de la Maternidad.

Primero habilitó una casa en Brullà (Rosselló), que pronto resultaría insuficiente. A inicios de noviembre de 1939 ya había conseguido desplazar la maternidad a Elna (Rosselló), que sería donde se quedaría definitivamente.

La Maternidad de Elna se ubicó en un palacete semi-abandonado, construido en el año 1900 en las afueras de la villa. La restauración y habilitación del edificio costó 30.000 francos suizos de la época; el equivalente aproximado actual a seis millones de euros, que financió íntegramente la organización suiza a la cual pertenecía Elizabeth Eidenbenz.

Estaba atendida por la misma Elizabeth y por un grupo rotatorio de seis enfermeras, enviadas por la organización suiza y por un grupo de voluntarios de los campos de refugiados. Disponía de un total de f8cincuenta camas distribuidas en habitaciones de cuatro u ocho que tenían nombres de ciudades o de países: Barcelona, Bilbao, Madrid, París, Suiza, Polonia o Marruecos.

La sala de partos era una pequeña habitación blanca con una cama, una mesa, un lavabo y un armario para los utensilios de la comadrona. Entre noviembre de 1939 y abril de 1944, cuando fue clausurada por los nazis que ocupaban Francia, nacieron 597 criaturas. Unos cuatrocientas eran de españolas republicanas y el resto de judías.

Elisabeth recuerda con especial cariño una de las canciones que aprendió de aquellas mujeres españolas “Eres alta y delgada”, acaso porque en la letra aparece la palabra madre.

Eras alta y delgada

Eres alta y delgada
como tu madre,
morena salada,
como tu madre.

Bendita sea la rama
que al tronco sale,
morena salada,
que al tronco sale.

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Niña, paso la noche,
niña, pensando en ti.
Por tu amor yo me muero
desde que te vi,
morena salada,
desde que te vi.

Eres como una rosa
de Alejandría,
morena salada,
de Alejandría,
colorada de noche
blanca de día,
morena salada,
blanca de día.

Esta mujer de apariencia menuda y frágil, defendió enérgicamente el derecho a la vida de casi 1.200 personas entre hijos y madres. Al mismo tiempo que había devuelto la esperanza a aquellas personas que veían en el horizonte un futuro oscuro y sin esperanza,

El siete de diciembre de 1939 nació el primer niño que recibió el nombre de José Molina. Elisabet decía: “Cada nacimiento era una aventura muy emocionante para todas nosotras: Aun en estas circunstancias tan terribles, el nacimiento de un niño era una experiencia maravillosa”.

A partir de ese momento se atendían una media de veinte partos mensuales. Elisabet decía: “Los años de la Maternidad ha sido la etapa más importante de mi vida”.

El Socorro Suizo enviaba regularmente productos alimenticios: leche condensada, queso, conservas, arroz, pastas, frutos secos, ropa… Además, tenían recursos propios pues cultivaban una huerta, tenían árboles frutales y criaban conejos y gallinas. Muchas madres que habían dado a luz en la maternidad, decidían permanecer ahí para trabajar de manera desinteresada en la huerta, limpieza o donde se requiriese, para devolver la ayuda que anteriormente había recibido.

Al principio, la maternidad se mantenía gracias a donaciones voluntarias que llegaban de toda Europa. Tras el inicio de la II Guerra Mundial, las donaciones disminuyen y además empiezan a llegar mujeres judías que huían de la ocupación nazi.

Como consecuencia de esta falta de donaciones, Elisabeth se vio obligada a tener que asociar la maternidad a la Cruz Roja y acatar la política de neutralidad de esta organización.

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Esta unión a la Cruz Roja le impedía acoger en la maternidad a refugiados políticos, sobre todos judíos. Por ello, se decidió falsear identidades, con la finalidad de burlar estas leyes. A lo largo de la ocupación nazi, la Gestapo la hostigó muchísimo e incluso fue detenida una vez, aunque por poco tiempo, pero con peligro para su vida.

Elisabeth era una mujer con gran carácter, Siempre que iban los gendarmes a llevarse a alguna mujer que ya había parido para devolverla al campo de concentración y si ella veía que no estaba en condiciones, los echaba a gritos y les decía “Esto es Suiza”.

Tenía un estilo muy particular que favorecía que hubiera muy buen ambiente. Elisabeth daba gran importancia al aspecto emocional de la persona. Daba pequeñas celebraciones en días concretos, que eran como un sueño para los que se alojaban allí debido a la miseria que estaban viviendo.

En su trabajo en la Maternidad, Elisabeth no imponía su autoridad, sino la ejercía a través de la abnegación y la dulzura. Además era la única que hablaba castellano. Todo era equilibrio, dedicación, alegría y entrega. La organización de la Maternidad era perfecta, todo estaba en su sitio.

f5Elisabeth distribuía cada lunes los servicios y las diversas labores que había que hacer a lo largo de la semana entre las trabajadoras y también entre las refugiadas cuando estas las podían asumir. La higiene era perfecta, la comida adecuada y abundante. Los recién nacidos disponían de pequeñas cunas de madera donde estaban cuidadosamente atendidos. Elisabeth fue un modelo de amor total dentro de aquella época desolada.

Con el cierre de la maternidad el edificio quedó abandonado hasta la década de los noventa del siglo pasado, que la adquirió un artesano para instalar un taller. En el año 2002, el Ayuntamiento de Elna decidió hacer un homenaje a Elisabeth y colocó una placa que dice lo siguiente:

“Este lugar, en el que estuvo la Maternidad Suiza de Elna de 1930 a 1944, vio nacer a 597 niños. Dirigido por Elisabeth Eidenbenz bajo el patrocinio de la Seguridad a los niños de la Cruz Roja suiza”.

Nicolás Garcia, alcalde de Elna e hijo de exiliado republicano recordó la siguiente frase de Elisabeth:“Me dijo una vez que en la maternidad de Elna se hizo lo peor que se podía hacer para los enemigos: ayudar a dar a luz a los resistentes que franquistas y nazis querían exterminar”.

Posteriormente, recibió la Gran Cruz de Oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social por parte del Gobierno de España. La Generalitat de Catalunya le otorgó la Cruz de San Jorge y el Gobierno de Francia la Legión de Honor. Israel la incluyó en lso Justos entre las Naciones, distinción que honra a personas no judías que ayudaron al pueblo hebreo durante la persecución nazi.

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Entre los que ayudaron podemos mencionar a Pau Casals, músico del Vendrell, que era un activo pacifista y que envió dinero para las madres que parían en la maternidad de Elna.

Elisabeth Eidenbenz pasó el resto de subida en una casa cerca de Viena hasta que falleció en Zúrich el 23 de mayo de 2011, a la edad de 97 años.

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A la historia de Elisabeth Eidenbenz está unida a la de la mujer polaca Irene Sendler que logró salvar a 2.500 niños judíos del gueto de Varsovia. Estas dos mujeres son una luz que alumbra un mundo envuelto en el materialismo más obsceno.

Quiero desde la historia de Elisabeth Eidenbenz recordar a los miles de exiliados españoles, que tuvieron que huir a Francia por la persecución del franquismo y entre ellos a mi abuelo Salvador Escuer, mi abuela Raimunda Argensó y a mi madre Pepita Escuer y mi tía Salvadora Escuer de Fraga (Huesca) que fueron encerradas en un campo de concentración cerca de la ciudad francesa de Limoges, alabar y agradecer el valor que tuvieron en su lucha por la democracia en España.

No me puedo olvidar tampoco a los miles de republicanos que se quedaron en España y sufrieron la venganza y la destrucción personal, llevada a cabo contra ellos por el franquismo, con el apoyo de la Iglesia católica española.

Recordar también A Antonio Machado que acompañado de su madre ya muy mayor también se tuvo que exiliar en Francia. Como recuerdo a todos los republicanos termino con un poema de Antonio Machado.

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Yo voy soñando caminos

Yo voy soñando caminos 
de la tarde. ¡Las colinas 
doradas, los verdes pinos, 
las polvorientas encinas!... 

¿Adónde el camino irá? 
Yo voy cantando, viajero 
a lo largo del sendero... 
-la tarde cayendo está-. 

"En el corazón tenía 
"la espina de una pasión; 
"logré arrancármela un día: 
"ya no siento el corazón". 

Y todo el campo un momento 
se queda, mudo y sombrío, 
meditando. Suena el viento 
en los álamos del río. 

La tarde más se oscurece; 
y el camino que serpea 
y débilmente blanquea 
se enturbia y desaparece. 

Mi cantar vuelve a plañir: 
"Aguda espina dorada, 
"quién te pudiera sentir 
"en el corazón clavada" 

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