lunes 01.06.2020

Eduardo Chao Fernández

Un personaje polifacético del siglo XIX español: científico en el área de las Ciencias Naturales, periodista, historiador y, por fin, ministro de la Primera República española.

eduardo-chao-2Chao nació en Ribadavia (Ourense) en el año 1822, aunque por otra fuente sería el año anterior; en todo caso, en pleno Trienio Liberal. Su padre, José María Chao, era farmacéutico y científico de ideas liberales, con un gran protagonismo en la Universidad como catedrático y por sus ideas. Eso provocaría que sufriera la represión en la década absolutista, estando en prisión hasta 1829. Sin lugar a dudas, las dos facetas de su padre debieron influir en Eduardo.

Estudió en Vigo y luego en la Universidad de Santiago. En Madrid se matriculó para estudiar Ciencias Naturales, y fue profesor de Farmacia, siguiendo la carrera de su padre. Y, como él, adquirió la vocación política. En la capital se acercó a los demócratas, colaborando en distintos periódicos de esta familia política que despegaba del progresismo para ahondar más en el cambio democrático del sistema político. Escribió en El Argos, El Espectador y El Guindilla, entre los años 1847 y 1840. Posteriormente lo haría, en los años cincuenta, en El Murciélago, El Látigo, El Eco de las Barricadas o El Crédito. Chao estuvo en los movimientos conspiratorios en torno al 48 en España, y que tan duramente reprimió Narváez, alarmado por las revoluciones en media Europa. El propio Eduardo Chao sería sometido a vigilancia. Al estallar la Vicalvarada se sumó activamente al movimiento de cambio. En el Bienio Progresista serviría en la Administración en el Ministerio de la Gobernación, pero dado el giro conservador que adquiría la nueva época abandonó su puesto. Fue elegido diputado en aquellas Cortes que elaboraron el proyecto de la denominada Constitución “no nata”. Aquel texto pretendía algunos cambios en relación con la Iglesia, aunque muy tímidos, y que provocaron su inquina. Los demócratas querían que se aprobase la plena libertad de cultos fue rechazada por la mayoría gubernamental. Se pretendía que no se podría perseguir a nadie por sus creencias religiosas, siempre y cuando no se manifestasen en actos públicos contrarios a la religión católica, y partiendo de la reafirmación de que el Estado tendría obligación de sostener a la Iglesia y el culto, como se había establecido en la década moderada. También es interesante destacar el debate sobre la necesidad de que la educación primaria fuera verdaderamente gratuita y sobre el sufragio universal, propuestas de los demócratas que no prosperaron. El liberalismo progresista o algo más templado de la coalición, aunque deseaba superar el excesivo conservadurismo de los moderados, no pretendía, realmente democratizar el régimen político. La Constitución partía del reconocimiento de la soberanía nacional, sin alusiones a que se compartiera con la Corona, pilar ideológico del liberalismo conservador o doctrinario. Se establecía un más amplio reconocimiento de derechos individuales, frente al modelo de la Constitución moderada de 1845. En algunos aspectos, constituyó la base de la futura Constitución de 1869, después de la Revolución Gloriosa de 1868.

Chao fue muy activo en esa época en la generación de opinión pública, como luego en los años sesenta. Además de su faceta científica en la Revista Químico-Farmacéutica, escribió en La Discusión en el período final del Bienio. Este periódico fue fundado por Nicolás María Rivero, y fue un foro para demócratas y republicanos, y tuvo larga vida con distintas etapas hasta bien entrada la Restauración. Además, dirigió El Crédito entre 1858 y 1865, y El Correo de España en 1862. En ese momento dedicó mucha atención a las cuestiones de Ultramar.

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Calle Eduardo Chao, en el Casco Viejo, con las Escuelas de Instrucción Pública en los años 60. Fotografía Magar

En el ámbito científico y cultural no se puede dejar de aludir a su participación activa en la dirección de algunos volúmenes del Diccionario Enciclopédico de la Lengua Española a mediados de los cincuenta, y casi de forma paralela su trabajo en la monumental Gran Enciclopedia de Ciencias Naturales.

En el campo de la Historia, Eduardo Chao se empeñó en continuar la Historia General de España del jesuita padre Mariana de principios del siglo XVII, atendiendo a la Historia contemporánea. En esta tarea ya habían participado políticos e historiadores como el conde de Toreno, y un joven Cánovas del Castillo.

La Revolución Gloriosa de septiembre de 1868, que terminó con el sistema moderado liberal isabelino, le permitió volver a adquirir protagonismo político. En primer lugar, ocupó un puesto en la junta directiva de Telégrafos, aunque terminaría siendo su director general, cargo al que renunciaría porque debió considerar que los cambios políticos eran demasiado moderados. Fue elegido para las Constituyentes de 1869 diputado por Orense.

En la Primera República, Salmerón nombró a nuestro protagonista como ministro de Fomento. Chao tuvo un evidente protagonismo en la redacción del proyecto republicano federal de 1873. Como ministro, a pesar de la brevedad de su mandato, creó la comisión para la elaboración del Mapa Geológico de la Península Ibérica, y la Junta del Canal Imperial de Aragón, además de organizar las Juntas de Puertos. Se preocupó de mejorar la gestión de las infraestructuras, tendiendo a descentralizar el servicio de obras públicas, además de dinamizar la inspección de carreteras y ferrocarriles. También dedicó atención a la enseñanza. No olvidemos que su Ministerio tenía un cúmulo de competencias que hasta muy finales del siglo XIX y comienzos del XX no se desgajarían en departamentos distintos. Así pues, impulsó un nuevo Plan de Instrucción Pública, que había elaborado Juan Uña. Este plan tiene importancia porque suponía una evidente alternativa a la Ley Moyano, al basarse en las ideas krausistas. También impulsó algunas empresas de edición. Es interesante destacar cómo en un artículo de La Correspondencia de España del año 1910 sobre las jubilaciones cuando el gobierno pretendía elevar la edad para los empleados públicos, se aludía a Chao cuando era ministro, ya que, al parecer, había repuesto a los empleados del Ministerio que habían sido declarados cesantes porque consideraba que la labor ministerial se beneficiaría con la experiencia adquirida de los funcionarios veteranos. En realidad, esta decisión no debía estar vinculada a la cuestión de la jubilación sino al combate de una verdadera lacra funcionarial del siglo XIX español, reflejada por Galdós, que consistía en cesar a los funcionarios no adictos a las ideas o partido del ministro y/o gobierno correspondiente. Chao, por lo tanto, estaba defendiendo una mayor profesionalidad y estabilidad en el ámbito funcionarial.

Eduardo Chao murió en 1887. Su muerte fue muy sentida en Vigo, ciudad a la que siempre estuvo vinculado. El Ayuntamiento asignó una calle a su memoria a las pocas semanas de su fallecimiento, algo bastante inusual. Debemos recordar que como ministro impulsó la construcción de unos muelles nuevos en línea con lo que hemos explicado sobre la Junta de Puertos. Pero, además, se multiplicaron sus iniciativas en favor de esta ciudad en materia de agua, agricultura, arquitectura, etc.

Manuel Curros Enríquez publicó en 1914 su biografía, titulada, Eduardo Chao: ex ministro de la República, estudio biográfico-político, y que podemos consultar en la Biblioteca Digital Hispánica en la red.

Miguel Morayta acredita su condición de masón.

Eduardo Chao Fernández