sábado 20.07.2019

El caudillaje en América y España

El caudillaje en América y España

Para los españoles el caso más importante de caudillo, por su trascendencia histórica, ha sido el de Francisco Franco

Un caudillo es el jefe, cabecilla militar y/o político de un grupo, partido o comunidad. Los caudillos exigen obediencia y lealtad y, a cambio, ofrecen protección y dádivas. El caudillaje es una variante de los sistemas de relaciones personales clientelares del poder, no muy alejado del caciquismo, especialmente como se entendía en algunas zonas de América Latina. Aunque ha habido caudillos desde la Antigüedad, aquí nos interesan más los que han pertenecido a la historia contemporánea. Como decíamos, en Hispanoamérica abundaron en el siglo XIX. Participaron en los procesos de independencia pero, sobre todo, adquirieron protagonismo en la época postcolonial. Muchos terratenientes decidieron intervenir en política, basándose en su poder económico. Levantaron ejércitos y movilizaron a la población de sus extensas propiedades para hacerse con el poder político en las recién creadas repúblicas. Existen varios ejemplos que se pueden citar. El uruguayo José Artigas destacó en la zona rioplatense al reunir bajo su mando a muchos caudillos locales en la década de los veinte del siglo XIX. En Paraguay, los caudillos rurales del Partido Blanco fueron muy activos. Por fin, en Argentina brilló entre todos los caudillos la figura de Juan Manuel de Rosas, que dominó la vida política del país entre 1820 y 1852. Cuando Argentina consiguió cierta estabilidad institucional a partir de la década de los sesenta de aquel siglo, los caudillos argentinos se incorporaron al sistema, pero a través de los partidos políticos.

El caudillismo no desapareció con la llegada del siglo XX. En la propia Argentina, Perón y el peronismo remozaron el concepto, fomentando el desarrollo de las relaciones clientelares en política, aspecto que llega hasta hoy en día. Pero para los españoles el caso más importante de caudillo, por su trascendencia histórica, ha sido el de Francisco Franco. Cuando el bando sublevado contra la Segunda República fue consciente del fracaso del golpe y de que, en consecuencia había que afrontar una guerra y elegir un jefe, elección que recayó en Franco en el otoño de 1936, comenzó a funcionar un potente aparato de propaganda que generó el único culto a la personalidad que ha habido en la historia contemporánea española. Entre los múltiples títulos y atributos que recibió Franco hubo dos fundamentales: generalísimo y caudillo. El título de caudillo casaba con el interés del franquismo en convertir a Franco en el heredero de una saga de homónimos que, desde la época antigua, pasando por la medieval, habrían luchado y hasta salvado, supuestamente a España de poderosos enemigos, como los musulmanes, entre otros, haciendo una interpretación muy sesgada de la Historia y cometiendo anacronismos evidentes. Franco sería el moderno caudillo que, enviado por la Divina Providencia, venía a salvar a España de los enemigos de los años treinta, tanto internos -los “malos españoles”-, como externos. Franco pasó a ser “caudillo de España, por la gracia de Dios”.

Bajo el aparato institucional que organizó la dictadura franquista, funcionaron las características propias del caudillaje. Las relaciones clientelares se basaron en el principio de la conocida como la “adhesión inquebrantable” hacia Franco, así como a los principios del Movimiento Nacional. Esa fidelidad al caudillo garantizaba el acceso a distintas parcelas del poder. Aún hoy, los nostálgicos del franquismo, en pleno auge, rememoran a Franco, anhelando la llegada de otro caudillo salvador ante lo que consideran la desmembración de España.

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