miércoles 01.04.2020
historia política

La América conservadora en los años veinte

La Historia de los Estados Unidos desde el siglo XX se caracteriza por una suerte de alternancia entre Administraciones liberales y conservadoras.

La América conservadora en los años veinte

Una faceta del conservadurismo norteamericano tiene que ver con la reaparición del Ku-Klux-Klan en el Sur, sembrando el terror entre los que ellos consideraban los enemigos de los Estados Unidos: negros, judíos, católicos y progresistas, en general

@Montagut5 | La Historia de los Estados Unidos desde el siglo XX se caracteriza por una suerte de alternancia entre Administraciones liberales y conservadoras. En este artículo nos acercamos a uno de los períodos más conservadores del pasado siglo, la década de los veinte, caracterizada por esta tendencia política en un momento de desarrollo económico y de aislacionismo internacional.

Los años veinte estuvieron dominados por una larga etapa de Administraciones republicanas –Harding, Coolidge y Hoover-, que cerraron la época de Wilson y que duró hasta 1932. Los republicanos plantearon que la intervención en la  Primera Guerra mundial había sido un paréntesis que había que cerrar inmediatamente y volver a lo que ellos consideraban la normalidad. En política interior había que frenar al poderoso movimiento obrero norteamericano, agitando el miedo a los bolcheviques, y recordando la intensa conflictividad social del año 1919, lleno de huelgas. Se emplearon medios expeditivos contra los sindicatos, las manifestaciones, las huelgas y contra todo lo que tuviera que ver con la izquierda. La represión contra los anarquistas fue especialmente intensa, llegando al terrible episodio de la ejecución de Sacco y Vanzetti. Esta política antiprogresista caló en la sociedad y provocó una clara crisis en el Partido Demócrata, que se dividió en dos, y que no levantó cabeza hasta la llegada de Roosevelt, que inauguró otra época distinta.

El conservadurismo de raíz social, con tintes de verdadero puritanismo, se plasmó en la prohibición del consumo de bebidas alcohólicas, la famosa Ley Seca, pero también en una remozada versión del sueño americano, con tintes de enfervorizado nacionalismo, en virtud del crecimiento económico vertiginoso de la década, que abrió la posibilidad para que la clase media se enriqueciese a través de la inversión bursátil y la especulación. La sociedad norteamericana se lanzó a una inusitada fiebre consumista, como lo probaría el vertiginoso aumento del parque automovilístico. Es la época de lo que se conoce con el término inglés de prosperity. La cultura de la especulación bursátil y del consumo desaforado tendría un duro despertar en el otoño de 1929, pero mientras tanto, inundaba todo, y se convirtió en el caldo de cultivo propicio para la corrupción política y el auge de la Mafia, que se aprovechó de la doble moral de la prohibición. Pero conviene tener en cuenta que antes de que estallara la burbuja y la pobreza se extendiera como la pólvora, la Norteamérica de los años veinte tenía ya importantes bolsas de pobreza y marginación, en verdaderos guetos, tanto de población blanca como afroamericana.

Una última faceta del conservadurismo norteamericano tiene que ver con la reaparición del Ku-Klux-Klan en el Sur, sembrando el terror entre los que ellos consideraban los enemigos de los Estados Unidos: negros, judíos, católicos y progresistas, en general.

Los republicanos consiguieron imponer una política exterior aislacionista que comenzó cuando el legislativo norteamericano tumbó los proyectos de Wilson, que intentaban organizar de forma racional, abierta y democrática las relaciones internacionales. Estados Unidos no ratificó el Tratado de Versalles y no se integró en la Sociedad de Naciones. Una mayoría política y social consideró que la conflictividad europea no les concernía y les había llevado a intervenir en una guerra, que produjo pérdidas de vidas norteamericanas en frentes muy alejados. El aislacionismo caló y se transformó en los años treinta  en un movimiento contrario a la intervención en Europa en el momento del auge del fascismo y el nazismo, aunque, bien es cierto, que en el país surgió otra tendencia en un sentido progresista, que consideraba fundamental la necesidad de frenar a Hitler o de intervenir en la Guerra civil española.

La política exterior aislacionista se completó con otras acciones, siempre desde un acusado nacionalismo: recibir las deudas contraídas por los contendientes en la Gran Guerra, evitar el auge de Japón en el Pacífico y continuar con la denominada “diplomacia del dólar”. Conviene también señalar, por otro lado, que algunos de los secretarios de Estado tuvieron un gran protagonismo internacional. Destacaría Kellogg que firmó el famoso Pacto Briand-Kellogg de renuncia a la guerra como recurso. Los norteamericanos normalizaron las relaciones con alemanes, austriacos y húngaros y participaron en las negociaciones sobre las reparaciones, con especial protagonismo de los planes Dawes y Young.

El aislacionismo tuvo otra faceta. En los años veinte se frenó la entrada de inmigrantes, por el temor de las autoridades norteamericanas a una posible avalancha de europeos con supuestas ideas consideradas peligrosas y que huían de los problemas en el viejo continente. Los cupos anuales se restringieron considerablemente.

Desde el punto de vista económico el aislacionismo se consagró con la adopción de una tarifa arancelaria alta para las importaciones de productos europeos.

La América conservadora en los años veinte
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