8M: María Lejárraga. Nada menos que toda una mujer

La dictadura franquista tuvo mucho que ver para que María, una mujer comprometida, socialista y feminista, no saliera de las “catacumbas” hasta fechas nada lejanas.

La dictadura franquista tuvo mucho que ver para que María, una mujer comprometida, socialista y feminista, no saliera de las “catacumbas” hasta fechas nada lejanas

La vida de María Lejárraga es una de las más sorprendentes de la literatura española contemporánea, pues siendo la autora real de buena parte de la obra de uno de los dramaturgos españoles más afamados, durante décadas su nombre permaneció olvidado, más bien escondido al conocimiento popular. Que duda cabe que la dictadura franquista tuvo mucho que ver para que María, una mujer comprometida, socialista y feminista, no saliera de las “catacumbas” hasta fechas nada lejanas.

Hija de un matrimonio culto dedicado al ejercicio de profesiones liberales, María Lejárraga estudió magisterio en Madrid, impartiendo clase en diversas escuelas de Carabanchel. En 1897 conoció a Gregorio Martínez Sierra con quien contrajo matrimonio en 1900 pese a llevarle seis años y a sus menguados ingresos, lo que propició que durante años, cosa poco corriente en aquel tiempo, la pareja viviese del sueldo de maestra de María. Fundadora junto a su marido de la revista modernista Helios en 1903, colaboró también en Vida Moderna, siendo su gran éxito la revista Renacimiento, que, fundada en 1907, tuvo una nómina de colaboradores como pocas publicaciones de la época: Rubén Darío, Alejandro Sawa, Antonio y Manuel Machado, Ortega y Gasset o Pérez de Ayala. El éxito de la revista fue grande y empujados por él, María y Gregorio se decidieron a exponer a Ruiz Castillo y Victoriano Suárez, que habían aportado el dinero, un proyecto aún más ambicioso, la creación de una editorial que publicase libros de autores clásicos y contemporáneos bien editados y baratos para que pudiesen ser comprados por las clases trabajadoras. Con el visto bueno de sus socios capitalistas, María Lejárraga y Martínez Sierra fundaron Editorial Renacimiento, una de las empresas editoriales más rentables y eficientes del primer tercio del siglo XX español que publicó, a precios módicos, obras de Moliere, Corneille, Shakespeare, Galdós, Baroja, Juan Ramón Jiménez, Felipe Trigo, López Pinillos, Benavente, Concha Espina, Eduardo Zamacois y una lista de escritores que sería interminable enumerar.

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María Lejárraga y su marido en su casa de Madrid. ARCHIVO MANUEL DE FALLA

Preocupada por la situación deplorable en que se encontraba la mujer en la España de los años veinte, fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica

Separada físicamente de su marido, aunque no legal ni profesionalmente pues seguía escribiendo para él, desde que en 1913 se conocieron sus amores con la actriz Catalina Bárcena, María se dedicó a la escritura y a seguir las enseñanzas de María de Maeztu desde el Club Lyceum, que luego sería uno de los grupos feministas más activos. Preocupada por la situación deplorable en que se encontraba la mujer en la España de los años veinte, fundó en 1931, junto a Victoria Kent y Clara Campoamor, entre otras, la Asociación Femenina de Educación Cívica, asociación que organizó campañas de alfabetización de mujeres por toda España, pero que tenía un objetivo todavía más amplio, que las mujeres tomasen conciencia de su situación, luchasen por conseguir su emancipación y trabajasen para tener los mismos derechos que los hombres. Atraída por las ideas progresistas, ese mismo año ingresó en el Partido Socialista Obrero Español, integrándose en el grupo de Rodolfo Llopis que era el que diseñaba la política educativa y pedagógica del partido. En 1933 fue elegida diputada socialista por Granada. 

Al comenzar la guerra, fue nombrada agregada de la Embajada de España en Berna. Ya no volvería. Con los ahorros que había podido reunir –era una mujer de vida muy austera- de las menguadas remesas de dinero que le enviaba Martínez Sierra por sus libros, María había podido comprar una casita en un pueblo suizo. Allí se recluiría durante los primeros diez años de posguerra, dependiendo económicamente de lo que Martínez Sierra le enviaba cuando le apetecía. La derrota republicana supuso para María un golpe que la dejó seca intelectualmente: Creía en el proyecto republicano, estaba convencida de que si se seguía con la política educativa iniciada durante el primer bienio España saldría de su atraso en pocos años. La derrota fue el derrumbe de todo un mundo de ilusiones y esperanzas que María se había forjado en su mente. Durante su estancia en Suiza apenas escribe, apenas sale ni se comunica con nadie, viviendo en unas condiciones próximas a la pobreza mientras su marido andaba de gira por todos los teatros del mundo en olor de multitudes. En 1950, ya había muerto Gregorio, María vendió la casa suiza y se fue a Buenos Aires, haciendo escala en Estados Unidos y México. En Estados Unidos vivió en Hollywood presentando varios proyectos para ser llevados al cine. Aunque fueron rechazados, Disney se basó en uno de ellos para filmar La Dama y el Vagabundo. En México, a la espera de la respuesta de los estudios americanos, trabajó traduciendo para Aguilar y Grijalbo y escribiendo para los principales periódicos del Distrito Federal, pero el clima mexicano perjudicaba mucho a su salud y decidió emprender el camino del sur. En 1951 está en la ciudad del Plata, obtiene un contrato con la editorial Hachette para traducir al castellano autores franceses como Mauriac, Anhouil o France, pero no obtiene ingresos suficientes para vivir. Es entonces cuando decide dedicarse plenamente al periodismo, escribiendo para El Tiempo y Maribel, de Buenos Aires, y para La Prensa, de Bogotá, aunque sería su trabajo de locutora en la Radio Nacional Argentina el que le ocuparía más tiempo y le depararía más beneficios. Durante los últimos 23 años de su vida, el periodismo fue su profesión, aunque tuvo tiempo para escribir sus memorias y seguir con las traducciones. Murió en Buenos Aires el 28 de junio de 1974.

Martínez Sierra, hombre a quien siempre quiso y que la traicionó no sólo en el amor sino en el reparto de los derechos de autor

En su libro Gregorio y yo. Historia de una colaboración, María detalla la “colaboración” con Martínez Sierra, hombre a quien siempre quiso y que la traicionó no sólo en el amor sino en el reparto de los derechos de autor, denunciando la situación de oscuridad y explotación en que vivían las mujeres de todas las clases, oficios y profesiones. María, al contrario que su marido, no añoraba la fama, huía de ella, le gustaba escribir, disfrutaba escribiendo, pero sobre todo amaba aprender para poder enseñar a los que no sabían, sobre todo a las mujeres para que cuanto antes pudiesen emanciparse no sólo del marido, sino del empresario explotador o del político desaprensivo: “Tengo, puedo afirmar, casi de nacimiento -escribiría- vocación de propagandista, quiero decir que me gusta apasionadamente aprender y que en cuanto he logrado saber algo, no me deja vivir tranquila mi deseo de comunicar lo que sé a los que ignoran...”. Tímida, buena, superdotada para la humildad y el trabajo bien hecho, Lejárraga, que fue discípula predilecta de María de Maeztu, íntima de Victoria Kent y Clara Campoamor, luchó desde las filas socialistas por el voto femenino, por la igualdad de la mujer en todos los campos y por la educación tal como concebían los hombres de la República, educar al pueblo -su verdadera vocación además de la escritura- era para ella el instrumento más fiable para el progreso del país y para la creación de una sociedad mucho más justa. 

Si a ella debemos el estreno en España de las obras de Ibsen, Pirandello, Andreiew, Bernard Shaw o el primer García Lorca, dentro de una concepción total del teatro que incluía la música, la pintura, el ballet y la escenografía, no es menos la deuda que mantenemos con su enorme ejercicio de dignidad humana: pese a las muchas necesidades que pasó durante su larguísimo exilio -treinta y seis años- jamás pidió a Gregorio Martínez Sierra un real de lo que le correspondía y no recibía como autora de algunas de las obras teatrales de su tiempo, también su implicación total en la emancipación de la mujer, hasta el extremo de ser, junto a sus dos amigas Kent y Campoamor, una de las más grandes feministas del siglo XX español. Sus conferencias y mítines feministas en las casas del pueblo, universidades, ateneos, teatros y plazas, su participación en la elaboración de la Carta de Derechos Femeninos redactada en 1920 en Ginebra, sus conferencias sobre el papel de la mujer en la República leídas en el Ateneo de Madrid, la fundación de la Asociación Femenina de Cultura Cívica así como su lucha constante para erradicar el control que la Iglesia Católica ejercía sobre las mujeres, dan prueba de que estamos nada menos que ante toda una mujer, una mujer que ocultó su marido y que hoy nos sigue ocultando una sociedad tan patriarcal como inútil para resolver los gravísimos problemas que nos acucian.