domingo. 21.07.2024

Ahora que la guerra en Ucrania vuelve a presentarnos de forma fehaciente y descarada la visión propagandística y mediática “made in Hollywood” de “buenos” y “malos”, quizás convenga analizar si de verdad los “buenos” somos tan buenísimos como nos quieren hacer creer, aunque los “malos” puedan ser realmente tan malísimos como nos los presentan.

Vivimos en un país que forma parte de unas comunidades de países superpuestas a modo de muñecas rusas: Unión Europea (UE), Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), mundo occidental.

Comunidades porque defendemos y presumimos de tener cosas “en común”: democracia liberal, economías capitalistas neoliberales y, en consecuencia, políticas exteriores fundadas en “valores”, que representan y ejemplifican esa democracia liberal y esa economía capitalista neoliberal. Políticas exteriores que prefiguran un mundo, un contexto internacional, “basado en normas”: respeto a la soberanía nacional de todos los países, derechos humanos, multilateralismo y, desde no hace mucho (2005), responsabilidad de proteger, doctrina que defiende que los Estados deben garantizar la protección humanitaria incluso a costa de intervenir en los asuntos internos de otro país, contradiciendo el artículo 2 (Principios de la Carta de las Naciones Unidas), cuyo apartado 7 consigna que “ninguna disposición de la Carta autoriza a intervenir en los asuntos internos de otros Estados …. (excepto) en aplicación de las medidas coercitivas prescritas por el Consejo de Seguridad en aplicación de las facultades que le concede el capítulo VII de la Carta (artículos 41 y 42)”. Excepción a la norma general, cuyo ámbito de aplicación se circunscribe a situaciones de genocidio, depuración étnica, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.

Vivimos en un país que forma parte de unas comunidades de países superpuestas a modo de muñecas rusas: Unión Europea, OTAN, mundo occidental

Sin embargo, cualquier interpretación medianamente crítica (es decir, no autocomplaciente) de lo que “vemos” en el panorama internacional nos hace saltar ciertas dudas e incomprensiones.

La soberanía nacional, es decir, la capacidad de autodeterminación de una determinada población, no siempre parece depender de dicha población (a la que solo se le admite “el deseo de”), sino de que ésta sea “internacionalmente aceptada”, es decir, de una dialéctica donde población secesionista y Estado (o Estados) supuestamente ocupante(s) buscarán apoyos internacionales que respalden su postura y actúen en consecuencia. Y como no hay reglas universalmente aceptadas de en qué consiste el “derecho a la autodeterminación”, serán los “intereses” ideológicos, comerciales o geopolíticos de esos actores externos quienes impondrán su veredicto en función de sus “posibilidades” de imponerse a los de los actores externos que preconizan la solución alternativa. Y, así, hemos podido ver como, mediante intervención militar de la OTAN, se les negaba a los serbios de Bosnia -Herzegovina (República Srpska) y Kosovo (distrito de Metrovica) el derecho de autodeterminación que, en ese mismo proceso de intervención militar, se le concedía a la República de Bosnia Herzegovina y a Kosovo y, en otros espacios, a Sudán del Sur, mientras se les sigue negando a palestinos, kurdos, saharauis o tuaregs. Sin olvidar lo que pueden pintar los pobres habitantes del Dombás ucraniano respecto a su “autodeterminación”, en relación con los “intereses” de Moscú, Washington, Kiev y Bruselas y las “posibilidades” de cada uno de ellos de alcanzarlos. 

En cuanto a los tan traídos y llevados derechos humanos, conviene recordar que la Declaración Universal (ONU) que los especifica hace referencia a cinco tipos de derechos, que pueden agruparse en dos grandes áreas, los derechos civiles y políticos, base sustentadora de la democracia liberal, y los derechos económicos, sociales y culturales, incompatibles con la estratificante e individualista (“la sociedad como tal no existe, lo único que existe son individuos”, Margaret Thatcher, 1987) economía capitalista del tanto tienes (o eres capaz de conseguir), tanto vales, lo que frena que los “intereses” de las políticas exteriores de la “comunidad mundo occidental capitalista neoliberal” puedan tener en cuenta, mediante su intervención, la promoción de estos tipos de derechos (económicos, sociales y culturales) en la misma medida que en la de los políticos y civiles (es decir, ideológicos). Se ha intervenido y se combate, por ejemplo, en Irak o en el Sahel para imponer la democracia liberal (derechos civiles y políticos), que se supone que acabará con el yihadismo, pero que también se supone que facilitará la continuación o el incremento de la presencia de las grandes firmas extractivas y comerciales internacionales occidentales. Pero que solo facilitará la justicia distributiva (derechos sociales, económicos y culturales) en la medida en que no afecte significativamente a la presencia y actividades de estas firmas. 

Se impone el “derecho a la autodeterminación”, según los “intereses”, en Sudán del Sur, mientras se les sigue negando a palestinos, kurdos, saharauis o tuaregs

Una utilización práctica del ideal de los derechos humanos, que fue desde el primer momento la base ideológica de la conceptualización de la Responsabilidad de Proteger. Allá donde estos (los derechos humanos civiles y políticos) se vulneren es “aconsejable” intervenir para restablecerlos mediante la presión económica (financiera y comercial) regulada por los convenios internacionales (de factura occidental, Bretton Woods y Organización Mundial del Comercio) y la presión ideológica y, si estas no fueran suficiente, con la presión económica sancionadora (sanciones) o la imposición militar. Pero solo si se quiere (“intereses”) y si se puede (“posibilidades”). Con los países del Golfo, no se quiere, no interesa; con China, no se puede. Por ejemplo. Como en el pasado, no se quiso con el Chile de Pinochet (1973- 1990) o la Argentina de Videla (1976-1981) ni se podía con la Unión Soviética.  

Toda una serie de “normas” y “valores” a imponer de forma conjunta (para eso somos una comunidad, con “valores” y “normas” comunes), a la que hoy día llamamos multilateralismo (la unión hace la fuerza): una fórmula, sin duda atractiva, a través de la cual poder incorporar a actores externos para el logro de nuestros “valores” (democracia capitalista neoliberal) a través de nuestras “normas”, especialmente en el actual mundo de la “globalización”: término bisémico porque hay una “globalización tecnológica”, basada en y causada por el espectacular desarrollo de la electrónica aplicada a la información, la computación, las comunicación, el transporte y la robotización, y hay una “globalización política”, que es la utilización interesada de estos avances tecnológicos por las grandes corporaciones financieras y los Estados más desarrollados, que son los que poseen la gran masa de capital acumulado que les permite el uso masivo, en su propio beneficio, de esta permanentemente modernizada y actualizada tecnología.

No hay buenos y malos. No hay valores universales. Las relaciones internacionales sólo pueden entenderse en función de intereses y posibilidades

Un multilateralismo, en el que, en cualquier caso, no siempre todos sus componentes son iguales, siendo lo más frecuente que haya un o unos primus inter pares, que logran imponer sus criterios (sus “intereses”). De lo cual, la OTAN y su primus inter pares, Estados Unidos, es el ejemplo más conocido y más característico.

Un contexto internacional “basado en normas”, sí, pero “basado en nuestras normas”, en aquellas que facilitan nuestros “valores”, enunciados de forma generalizada, pero que se aplican de manera selectiva. Porque se aplican o no según nuestros “intereses” (comerciales, geopolíticos, ideológicos, …) y de la forma que favorezcan nuestros “intereses” de primeras potencias económicas, tecnológicas y comerciales mundiales. Atributos que ya nos dan de por sí bastantes “posibilidades”, aunque no siempre suficientes, por lo que siempre queda el último recurso, el recurso a las armas, a las operaciones de paz (de imposición de la paz), de gestión de crisis, de estabilización, contraterroristas, etc.; o a las guerras por delegación, como en Ucrania.  

En conclusión, las políticas exteriores (las relaciones internacionales) de esas comunidades (Unión Europea, OTAN, mundo occidental) a las que pertenecemos están basadas en “valores” y “normas”, sí, pero más precisamente, en “nuestros valores” y “nuestras normas”, conceptualizados y conceptualizadas en función de nuestros “intereses” y practicados en función de nuestras” posibilidades”. 

Nada nuevo bajo el sol. Es lo mismo que hace el resto del mundo (los malos) y se ha hecho siempre a lo largo de la historia.

No hay buenos y malos. No hay valores universales. No hay normas sin prejuicios. Las relaciones internacionales sólo pueden entenderse en función de intereses y posibilidades.

Valores, normas, intereses y posibilidades