sábado 8/8/20
HISTORIA. PARTE I

Los vaivenes del laborismo y de los sindicatos británicos: del mercado común al Brexit

Los vaivenes del laborismo y de los sindicatos británicos: del mercado común al Brexit

El objetivo y el propósito de los trabajadores, organizados en sindicatos y en asociaciones profesionales, y políticamente en el Partido Laborista, no es de un simple incremento de los salarios o una reducción de la jornada de trabajo” (Sidney y Beatrice Web)


1. El túnel del canal de la Mancha no fue suficiente

Este artículo fue escrito antes de que se extendiera por  Europa el coronavirus, guardado en el cajón [1], rescatado y rehecho cuando, sin salir del todo de la pandemia, ésta ha traído de nuevo la recesión económica a muchos países y el desempleo consiguiente. Con la Covid19 ha cambiado drásticamente el panorama en Europa y en Gran Bretaña y también las preocupaciones y prioridades.

El Partido Laborista tiene ahora al frente a Keir Starmer un líder más europeísta que Corbyn y con mayor aceptación según muestran las encuestas que estrechan las distancias entre el Laborismo y los conservadores.  Johnson acostumbrado en los Comunes a quitarse de en medio a Corbyn con descalificaciones simplistas (como compararlo con Stalin) ahora se enfrenta a un hombre “tranquilo, educado, despiadado (…), Starmer ha desmontado a Johnson como se desmonta un tren de juguete, pieza a pieza” (The Daily Telegraph).

El 31 de diciembre de 2020 debe concluir el desenganche de Gran Bretaña de la UE y a partir de entonces la legislación comunitaria dejará de estar vigente en su territorio. La situación sanitaria aconsejaría una nueva extensión del periodo de transición a la cual se opone el gobierno. La dirección actual del Laborismo no se pronuncia sobre ello pero desearía mantener después de 2020 una relación estrecha con la UE para poder mantener los estándares sociales y medioambientales y también está muy vigilante sobre Irlanda ya que desconfía de Johnson en la aplicación de este asunto sensible. Es posible que el Brexit vuelva a las páginas de actualidad por las marrullerías de Boris Johnson para incumplir lo pactado o por sus posibles trabas al acuerdo comercial que deben firmar ambas partes y que de momento (mediado julio) sigue sin cerrarse.

Entre los problemas que aún deben de resolverse está la situación de los trabajadores europeos  en Gran Bretaña. El Gobierno conservador ha decidido aumentar la sobretasa de los residentes no británicos por el uso del Sistema Nacional de Salud en más del 50% (de alrededor de 440 a 700 euros). El Primer Ministro, que alabó a la enfermera portuguesa y a la enfermera neozelandesa que le atendieron en el hospital cuando sufrió el virus de la Covid declaró: "He pensado mucho en este tema y me he beneficiado de estos colaboradores que vinieron del extranjero y me salvaron la vida…pero tenemos que ser realistas. Estas contribuciones (los recargos) representan más de 900 millones de libras esterlinas adicionales para el Servicio Nacional de Salud y en las circunstancias actuales es difícil encontrar nuevos recursos".

Si el acuerdo comercial no se cierra en estas fechas es necesario que ambas partes acuerden algunas decisiones provisionales para evitar perjuicios y represalias mutuas.

Todo empezó cuando el primer ministro conservador David Cameron (2010-2016) fue de nuevo con el cántaro a la fuente, tras ganar el referéndum de Escocia en 2014. El referéndum sobre la UE era una promesa electoral y aunque parecía un farol para presionar y obtener ventajas de Bruselas, Cameron desbordado por la corriente euroescéptica, lo convocó para el 23 de junio de 2016. 

El partido conservador adoptó sin embargo una postura neutral sobre el voto mientras que el Laborista pedía el NO a la salida. Lo cierto es que en ambos  partidos la división era profunda y muy visible, al igual en todos los grupos de la  sociedad. El referéndum lo ganaron los partidarios del Brexit (salida) por un 51,9% de votos frente al 48,1% de la opción Remain (permanencia).

huelga
La huelga minera de 1984-85

Se abrió un periodo de transición y de negociaciones entre la UE y el RU para tratar las condiciones de la salida pero se dilataron y amenazaron en ocasiones con naufragar y abocar al llamado “Brexit duro” sin acuerdo. Una parte de la población pedía al gobierno una marcha atrás y un nuevo referéndum. El asunto se cerró en las elecciones de diciembre de 2019 que dieron la mayoría a los conservadores de Johnson y se descartaron las posibilidades de un segundo referéndum. 

Pero en los casi cuatro años que han mediado entre el referéndum y esas elecciones confirmatorias del Brexit, en los medios de comunicación y en foros de todo tipo se han dado a conocer con profusión los pormenores de este largo proceso por lo cual no es preciso entrar en los detalles. Ha sido un hecho muy relevante por ser la primera vez que se marchaba de la UE un país miembro, y por la envergadura de Gran Bretaña.

Arrancaré desde atrás, para abordar algunas de las causas de la separación actual. Sobre todo quiero detenerme en algunos rasgos propios y originarios del movimiento obrero británico en su doble y entremezclada faceta político-parlamentaria y sindical que aunque no hayan determinado las posiciones sobre Europa si han podido influir en ellas.

Este artículo no tiene más pretensión, ni menos, que la de transmitir, sobre todo a los militantes sindicales, que el Brexit es parte de un mal que va más allá del Reino Unido; que es otra manifestación del virus del nacionalismo teñido de xenofobia; un mal que no está solo, ni principalmente, en la malvada burguesía  sino en amplios segmentos de las clases populares en contradicción con las tradiciones internacionalistas y antirracistas del movimiento obrero británico y europeo. 

Para la construcción europea la salida del Reino Unido es un revés importante del cual paradójicamente se podrían, ojalá, extraer lecciones para relanzar el proyecto de unidad exitoso económicamente pero que aún no ha superado el examen político y social.

Otra pandemia que está ensombreciendo el panorama internacional es la agresividad en varios frentes del presidente de EEUU que ha encontrado un aliado en Johnson, y también en un personaje tan reaccionario como el brasileño Bolsonaro.

La globalización neoliberal posiblemente es la causa principal de que el contencioso UE-Reino Unido haya derivado en ruptura, pero hay decir que ese proceso se ha dado en otros países y no por ello se han planteado salir de la UE como en el caso de Grecia, sometida por la “troika” a un severo rescate, o en el caso de Alemania y de los países escandinavos, que han asumido altas cargas económicas y migratorias impopulares en sus opiniones públicas.

De lo que voy a tratar sobre todo es de los sindicatos y del “partido de los sindicatos”, de sus idas y venidas entre el internacionalismo y el nacionalismo, entre el radicalismo retórico y el pragmatismo cotidiano. El Labour y las   seguirán formando parte de las organizaciones sindicales y de izquierda europeas y compartirán sus luchas. La economía y las sociedades de los dos lados del canal de la Mancha están tan entrelazadas que es imposible que la isla se aleje demasiado del continente y viceversa.

  1. Del cartismo al laborismo: más cerca del romano Fabio Cuntactor  que del “londinense” Karl Marx

Inglaterra fue pionera en la revolución industrial y allí surgió un fuerte movimiento obrero para paliar y combatir la inhumana explotación obrera en talleres, minas y  fábricas en duras y largas jornadas de trabajo.

Las primeras sociedades obreras tenían un carácter asistencial y de socorro pero “para prevenir las asociaciones ilegales de trabajadores" se aprobó una ley en 1799 que ilegalizó a los primeros sindicatos. Aunque la prohibición se levantó parcialmente en 1824, otra ley de 1825 volvió a endurecer su legalidad con el propósito de evitar que convocaran huelgas.

En 1834 se produjo el juicio de los “Mártires de Tolpuddle” localidad donde seis trabajadores fundaron la Sociedad Mutua de Obreros Agrícolas y exigieron aumentos salariales. Un terrateniente denunció al gobierno que los miembros de la Sociedad habían hecho un juramento secreto algo también prohibido por ley, y por ello fueron arrestados, declarados culpables, condenados y enviados a Australia. Un monumento y un museo en Tolpudle honran la memoria de aquellos pioneros y el TUC (Trades Union Congress) organiza anualmente en su recuerdo un festival reivindicativo.

El año de 1837 fue el de la coronación de la reina Victoria que estaría en el trono 64 años hasta su muerte. También por aquellas fechas surgió el movimiento de la Carta del Pueblo con el que los obreros ingleses trataron de conseguir el sufragio universal para acceder al Parlamento convencidos de que sin reformas políticas no habría mejora en sus condiciones de vida.

La Carta del Pueblo elaborada por la Asociación del Trabajo de Londres en 1838 fue firmada por un millón y medio de personas con estas reivindicaciones: sufragio para todos los varones mayores de veintiún años; voto secreto;  elecciones parlamentarias anuales;  la abolición de los requisitos de propiedad para ser miembro del Parlamento;  la asignación de un sueldo a los parlamentarios; distritos electorales equitativos.

Obsérvese que la Carta del Pueblo no incluía el voto para las mujeres, tan explotadas como los hombres en las fábricas y telares en aquellas pésimas condiciones que reconocería Friedrich Engels, alemán copropietario de hilaturas en Manchester. Engels vendería sus acciones para abrazar la causa revolucionaria a la cual se entregó, junto a Karl Marx el resto de su vida.

En aquellos años no había nacido el movimiento sufragista que promoverían más tarde algunas mujeres de la burguesía. En 1869 el Parlamento aceptó el voto en las elecciones municipales de las mujeres que pagaban impuestos pero hasta 1928 no se aprobó el sufragio universal, en iguales condiciones para hombres y mujeres con el gobierno laborista de Ramsey MacDonald.

El activismo sindicalista de las mujeres estaba ya en pie en los años del “cartismo” integrando “logias” de trabajo femenino o en organizaciones mixtas. Cuajaría poco a poco en Inglaterra un fuerte movimiento sindical unido, solidario e integrador de toda la clase obrera, pero en la  fase embrionaria no era extraño que  los gremios se enzarzaran en rivalidades por obtener mayor volumen de trabajo. Esto también enfrentaba  a veces a asociaciones femeninas y masculinas:

… la “Logia de las Mujeres de la sastrería” se preguntaba con indignación si la ‘Orden de los Sastres’ se proponía realmente prohibir a las mujeres que hagan chalecos (Sydney y Beatrice Web: Historia del sindicalismo 1666-1920).

El movimiento cartista vio rechazada sus peticiones y fue reprimido por los poderosos que todavía tenían el miedo en el cuerpo por la Revolución francesa de finales del siglo XVIII.  También se ahogaron los rebrotes de lucha de 1842 y de 1848, producidos al calor del generalizado clima revolucionario europeo.

Muchos revolucionarios europeos tuvieron que huir de sus países lo cual favoreció los contactos entre ellos que culminarían en la creación de la Primera Internacional Obrera.  Inglaterra fue la anfitriona:

Como muestra de su política, “de su simpatía hacia los trabajadores”, el gobierno francés envió  una delegación de 550 obreros a la exposición universal londinense de 1862 (Wolfgang Abendroth: Historia social del movimiento obrero europeo).

Las denigradas subvenciones institucionales vienen de más lejos de lo que algunos creen. Los que no objetan que el Estado financie las actividades de  asociaciones y ONGs de todo tipo y tamaño se escandalizan de que los sindicatos que tienen funciones  reconocidas legalmente  (en España recogidas en el artículo 7 de la Constitución) reciban  la más mínima aportación de recursos públicos, ni siquiera para atender las tareas que la ley les encarga de representación de todos los trabajadores en las empresas y de negociación de convenios para afiliados y no afiliados.

Los delegados elegidos por los obreros franceses además de  darse una vuelta por la Expo de Londres establecieron una relación con el Consejo de los Sindicatos londinenses. No estuvo  mal empleado el dinero del gobierno del emperador Napoleón III. La colaboración sindical anglo-francesa empezaba con ganas y, otra vez en Londres, en septiembre de 1864, se reunieron delegados y emigrados, franceses, ingleses, italianos y alemanes.

Así nacería la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) conocida como Primera Internacional  que enseguida se enzarzó en luchas internas entre la línea mayoritaria de Marx y Engels que controlaban el Consejo General con sede en Londres y la minoritaria encabezada por el anarquista ruso Mijail Bakunin. Tal vez algunos de los valores de los primeros revolucionarios se hayan perdido con el tiempo, pero  las broncas entre compañeros es una costumbre que ha permanecido intacta hasta nuestros días entre los grupos de izquierda que se consideran herederos de aquella Internacional.

Los dirigentes sindicales ingleses habían sido el principal sostén del Consejo General de la AIT frente a las posiciones anarquistas pero empezaron a retirarle  la confianza por motivos opuestos. Les  parecía que la Internacional se alejaba de los objetivos  laborales y económicos y  rechazaron la resolución de la AIT elaborada por Marx en defensa de la Comuna de París aplastada en 1871.

Aunque los marxistas fueron minoritarios en la dirección de la Comuna las burguesías  nacionales responsabilizaron a la Internacional y en muchos países declararon ilegal a las secciones nacionales de la AIT.  También en España, donde  el gobierno  debió de tomar nota de la crítica del Papa Pío IX al Gobierno suizo:

Tolera a esa secta de la Internacional, que desea dar a toda Europa el trato que ha dado a París. Estos señores de la Internacional son de temer, porque trabajan para los eternos enemigos de Dios y de la humanidad  (Wolfgang Abendroth: Historia social del movimiento obrero europeo).

Desamparada la AIT en Londres y combatida por los anarquistas, Marx y Engels la sacaron del revuelto escenario europeo y la llevaron a EEUU para terminar disolviéndola en 1876, considerando que el movimiento obrero no estaba maduro para tener una organización mundial.

En 1868 el gobierno del liberal William Gladstone reconoció la legalidad de las Trades Union y éstas optaron por actuar en política como grupo de presión en favor del Partido Liberal. El sindicalismo inglés ya había descartado las vías insurreccionales, asumidas en Francia y en otros países, y siguió en una línea reformista inspirada por la corriente de los fabianos, alejada de las ideas de los anarquistas y de los marxistas:           

El socialismo británico resulta mucho mejor representado por la Sociedad Fabiana, fundada en 1884 por un grupo de intelectuales, entre los que se encontraban Sydney y Beatrice Webb, Bernard Shaw, H.G. Wells, J. Ruskin y Oscar Wilde. Los fabianos no hacían uso del concepto de lucha de clases ni se planteaban hacer la revolución y se decían posibilistas y gradualistas. Defendían el paso a paso con acciones pragmáticas (Carmen Cortés Salinas: La Inglaterra victoriana). 

El nombre de fabianos aludía al cónsul  romano Quinto Fabio apodado Cunctator que significa “el que retrasa”. Su táctica  militar de replegarse y esperar pacientemente fue eficaz para la derrotar a los cartagineses en la segunda guerra púnica.

Lo cierto es que las ideas socialistas y el movimiento sindical se fortalecieron en Inglaterra combinando las luchas obreras con las acciones políticas  legales y en eso no fueron muy diferentes de la socialdemocracia alemana que mantuvo la ortodoxia marxista.

En el año 1900 los sindicatos británicos, que ya habían roto su alianza de conveniencias con el partido liberal,  crearon un instrumento político propio, el Labour Party (Partido Laborista), que al principio se conoció simplemente como Comité para la Representación Obrera, dependiente de los sindicatos. En 1906 obtuvieron su primera conquista al aprobarse la Ley de Conflictos Laborales que consolidaba el derecho a la negociación de convenios colectivos.

3. Churchill, Monnet, el general De Gaulle y el caballo de Troya

La unión de Gran Bretaña con la CEE/UE ha durado 47 años y con razón se ha dicho que fue un matrimonio conflictivo pero que, como suele ocurrir, tuvo sus años buenos. Está fuera de cuestión que el Reino Unido ha sido clave en la historia europea y en su cultura y siempre hubo allí firmes partidarios de la unidad continental. Hasta su ingreso en la Comunidad Económica Europea (CEE) la implicación de Gran Bretaña en los conflictos del continente se debió a su condición e intereses de potencia mundial más  que a ser un país europeo directamente afectado.

Algunos historiadores colocan a Wiston Churchill entre los padres de la integración europea por su famoso discurso de Zurich en 1946 (ya no era primer ministro) en el que habló de la creación de “una especie de Estados Unidos de Europa” aunque hay que decir que otros habían lanzado mucho antes la idea.

El movimiento europeísta se inicia antes de la 1ª Guerra Mundial para intentar evitar que el viejo continente se despedazara de nuevo “como hace dos o tres veces por siglo”, en palabras de Georges Sorel en 1908, premonición cumplida en 1914-1918 y en 1939-1945 con dos guerras tremendas, de dimensión mundial. 

El Manifiesto Paneuropeo lanzado en 1924 por el conde austríaco Coudenhove-Kalergi fue suscrito por personalidades prestigiosas como Sigmund Freud, Albert Einstein, Thomas Mann o los españoles Unamuno, Ortega y Gasset y Madariaga. En 1929 con similares intenciones el jefe del gobierno francés Aristide Briand propuso en la Sociedad de Naciones:

...una asociación de los estados europeos, sobre todo en el ámbito económico,… pero también político y social, estableciéndose un lazo federal, que sin embargo no cuestione la soberanía de ninguna de las naciones (Maurice Duverger: La Europa de los hombres).

Con estas ideas se intentó, sin éxito, evitar el segundo gran baño de sangre. Pasado éste, los gobiernos empezaron a poner algunas piedras de la llamada “construcción europea” inspirada parcialmente en lo que antes había sido desechado por ir en contra de la corriente en boga de los nacionalismos de entreguerras.

Muchos opinan que la crispación política actual y el fanatismo de los supremacistas de las patrias esta reducido a los ambientes minoritarios politizados. Ojalá sea cierto.

En el libro autobiográfico de Stefan Zweig El mundo de ayer, parecía que en Viena y en todo el imperio austrohúngaro no pasaba nada y que la aburrida vida cotidiana continuaría inalterable tal y como venía siendo desde hacía muchas décadas.  Hasta que de pronto todo se vino abajo porque las fuerzas destructivas del  nacionalismo habían ido contagiando el odio entre amplias capas y, casi sin darse cuenta, se llegó a las armas y a la destrucción del apacible “mundo de ayer”.

Los fenómenos similares que han surgido en ésta época en Europa no son tan extremos ni fuertes como entonces, y por ello se pueden contener reaccionando a tiempo. La UE intenta cortar los excesos nacionalistas de gobiernos como el polaco o el húngaro y desde las organizaciones y movimientos populares combaten las políticas y campañas  xenófobas como hemos visto en Italia con el movimiento de “las sardinas”.

En justicia el título de “fundadores de Europa” corresponde ante todo a los franceses Jean Monnet y Robert Schuman [2] quienes pusieron en marcha en 1951 una iniciativa clave para la reconciliación duradera franco-alemana y europea: la Comunidad del Carbón y del Acero. La CECA, dirigida por Monnet,  la formaban Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo.

Gran Bretaña rehusó  la invitación para sumarse a la CECA recelando del fondo del proyecto y por ser  el Reino Unido el mayor productor de carbón y de acero del continente. No deseaban que el RU estuviera sometido a las decisiones de una Alta Autoridad (órgano de la CECA) dirigida además por un francés. Jean Monnet lo veía muy claro:

No comprenderán mi proyecto hasta que no esté realizado en parte. En una situación como ésta es necesario empezar sin ellos. Subirán al tren cuando vean que marcha (Maurice Duverger: La liebre liberal y la tortuga europea).

La CECA funcionó y fue la base de partida para que los seis países firmaran el Tratado de Roma en 1957 que dio vida a la Comunidad Económica Europea o  “Mercado Común”.

En la actualidad se vuelve a hablar de la necesidad de dotar a la UE de una defensa propia y diferenciada de la OTAN en declive. Schuman y Monnet fueron también visionarios en esto, pues quisieron crear una Comunidad Europea de Defensa (CED), que fue frustrada por la Asamblea Nacional francesa en 1954 a pesar de que los gobiernos de los Seis la habían aprobado dos años antes. Esta vez no se puede culpar a los ingleses.

En 1960 Gran Bretaña formó con otros países europeos una Zona de Libre Cambio (EFTA) diferenciada en sus fines del proyecto integrador de la CEE. La presencia del Portugal salazarista era una muestra de que ese club tenía un carácter meramente comercial sin ninguna exigencia ni horizonte de tipo político o social.

Como predijo Monnet, Gran Bretaña pidió la adhesión a la CEE en agosto de 1961 siendo primer ministro el conservador Harold Macmillan. Pero se encontró con que el general Charles De Gaulle que presidía la República Francesa desde 1958, pese a su pasado exilio londinense, puso el veto en 1963 y les cerró la puerta. El testarudo general repitió el rechazo cuando en noviembre de 1967 el gobierno laborista de Harold Wilson demandó de nuevo la entrada.

De Gaulle no se fiaba de Inglaterra pues en su visión de una “Europa de las Naciones”, ésta tenía que ser aliada de EEUU, pero independiente, y de hecho limitó la participación  de Francia en la OTAN  por la hegemonía en ella de los Estados Unidos. 

De Gaulle temía que desde dentro de la Comunidad Europea Gran Bretaña fuera una especie de caballo de Troya de los norteamericanos para evitar que  Europa formara un potente bloque.

Sobre Europa el partido conservador y el laborista (y los sindicatos) han adoptado a lo largo de los años una postura, la otra, su contraria y la intermedia. La mayoría de las veces dependía de quien estaba en ese momento en el gobierno y quien en la oposición. Los laboristas estuvieron en contra del ingreso en la Comunidad Económica Europea (CEE) cuando en 1961 lo demandó el gobierno conservador pero en 1967 el gobierno  laborista reiteró la petición de entrada.

Georges Pompidou, sucesor de De Gaulle, levantó el veto francés y Gran Bretaña entró en la CEE en enero de 1973, junto con Dinamarca e Irlanda, siendo primer ministro el conservador Edward Heath.

Entonces los laboristas volvieron a la postura de rechazo. Al año siguiente  recuperaron el gobierno habiendo prometido en la campaña una salida si no se renegociaban algunos términos. Tras unas leves concesiones de la CEE a Harold Wilson, de nuevo primer ministro, éste convocó un referéndum en 1975 pidiendo el SÍ a la permanencia, revocando el acuerdo de su congreso celebrado tres meses antes en el que habían decidido que votarían por la salida.  Hubo un 67,2% a favor de quedarse en la CEE y un 32,7% a favor de salir en ese primer referéndum sobre Europa.

4. La liebre liberal y la tortuga europea.

Margaret Thatcher (1979-1990)  empezó el RU a jugar el papel de oveja negra europea. Mediante amenazas torpedeaba los planes de reforzamiento de la UE alegando que atentaban contra la soberanía nacional del RU. Para Thatcher la CEE ya iba demasiado lejos en la integración y se negaba a que se ampliaran más sus competencias. Excluyó al RU de buena parte de la política social comunitaria.

Algunos han señalado que las ideas liberal-conservadoras de Thatcher en el RU y de Reagan en EEUU (1981-1989), han sido sustituidas por el nacionalismo de Johnson y de Trump pero, como demuestra su pugna “con los burócratas de Bruselas”, Margaret Thatcher era también, y sin contradicción alguna con su neoliberalismo económico, una nacionalista convencida. Tras unos años en los que el Reino Unido fue un socio normal, la llegada  Margaret Thtacher vino a dar algo de razón al ya fallecido general francés por la gran sintonía del dúo Reagan-Thatcher.

Thatcher impuso medidas económicas y laborales antisociales y antisindicales y las acompañó de una política exterior basada en el atlantismo incondicional y en la oposición a los planes de  la Comisión Europea presidida por Jacques Delors (1985-1994).

Delors,  apoyado por los mandatarios de Francia, Alemania y España, (Mitterrand, Khol y González) quería  que se  plasmaran las cuatro libertades establecidas por la Comunidad: libre circulación de mercancías; libre circulación de trabajadores; libre circulación de servicios; libre circulación de capitales. Propuso un nuevo Tratado (el Acta Única Europea de 1986) para reforzar a la Comisión y al Parlamento y una Unión Económica y Monetaria con dimensión social y moneda única.

En los diez años en los que Jacques Delors dirigió la Comisión fructificaron algunos de sus proyectos principales sobre todo en lo referente al mercado interior, pero los de alcance más político y social quedaron a medias o en mantillas, frenados por los gobiernos nacionales y no solo el británico.

Thatcher tuvo que ceder y firmar el Acta Única pero otras veces consiguió imponer sus exigencias, como en 1984 con el “cheque británico”. Se trataba de  un descuento muy abultado de la contribución británica al presupuesto comunitario con el argumento de que éste iba en gran medida destinado a subvenciones de la política agraria de la que apenas el RU se beneficiaba: “¡Quiero mi dinero!” repetía desaforada hasta que se lo dieron.

Entre Delors y Thatcher hubo un pulso sostenido incluso en las formas. Cuenta Delors en sus Memorias que en sus entrevistas con Thatcher él la llamaba Primera Ministra pero ella no le correspondía con el título de Presidente sino simplemente le llamaba señor Delors. Una manera de decirle que solo era un funcionario de un órgano administrativo. En otro pasaje de su libro Delors resume el pensamiento de Thatcher:

No es necesario un poder centralizado en Bruselas: La prioridad debe de estar en los parlamentos nacionales (Jacques Delors: Mémoires).

Si Maurice Duverger tituló uno de sus libros La liebre liberal y la tortuga europea, la inglesa quería ser la liebre pero él francés no quiso ser la tortuga y aguantó el tipo.

Hay que decir que Thatcher no fue el único “enfant terrible” de la CEE, papel que ejerció anteriormente el propio De Gaulle boicoteando los Consejos europeos durante unos meses por no estar de acuerdo con el cambio del voto por unanimidad al de  mayoría cualificada en algunas decisiones. Con esa postura conocida como de “silla vacía” el general mostró que tampoco él estaba por la supranacionalidad europea. 

Thatcher fue constante y coherente en política nacional  y exterior, y lo mismo puede decirse del laborista Tony Blair con su social-liberalismo. Con los sucesores de Thatcher, John Major y Tony Blair, vino la calma entre Londres y Bruselas pero el euroescepticismo británico estaba ya muy inoculado en el partido conservador y en buena parte del laborista.

Juan Moreno | Colaborador de la Escuela Sindical Confederal de Comisiones Obreras. Miembro del Consejo Asesor de la Fundación 1º de Mayo


[1] Agradezco a mi amigo Jorge Aragón, director de la Gaceta Sindical de CCOO, por haber leído ese primer borrador del artículo y por sus comentarios.
[2] Robert Schuman ministro de exteriores de Francia el 9 de mayo de 1950 hizo una declaración  proponiendo a Alemania, en primer lugar, avanzar hacia la unidad europea mediante realizaciones concretas.  La “Declaración Schuman”  que dio lugar a la CECA es reconocida por la UE como la primera piedra del proceso de  integración europea.

Los vaivenes del laborismo y de los sindicatos británicos: del mercado común al Brexit
Comentarios