viernes. 19.07.2024
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Putin y Pyongyang.

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El sistema de alarma de los responsables políticos occidentales y sus intérpretes mediáticos se ha visto especialmente saturado estos últimos días, por cuestiones externas e internas, por maniobras geoestratégicas y desestabilizaciones políticas nacionales.

El desbloqueo del nuevo y más grande paquete de ayuda militar norteamericana a Ucrania y la ampliación de los permisos de uso del armamento occidental por el gobierno de Kiev generó un cierto alivio en la OTAN, tras una primavera sombría. Sin embargo, la constatación de que Moscú resiste la presión sancionadora sin apuros terminales y cuenta con el apoyo activo o pasivo de Pekín ha disuelto este frágil optimismo de las últimas semanas. La artillería rusa sigue machacando centros vitales de la infraestructura ucraniana. El final de la guerra no está a la vista y, en todo caso, no parece alineado con los intereses del protegido occidental.

ALIANZAS PERTURBADORAS EN ASIA

Pero el elemento reciente más inquietante ha sido la visita de Putin a Pyongyang. Según la visión occidental, no puede haber mayor amenaza para el mundo que la cooperación entre dos “delincuentes”: la potencia revanchista por excelencia (la agresora y desestabilizadora Rusia) y el estado más gamberro e irresponsable del planeta (Corea del Norte), cuyos ciudadanos muertos de hambre y privaciones son rehenes de la febril aspiración de potencia nuclear de la primera dinastía comunista de la Historia (1).

Todos los elementos del desastre augurado están reunidos: la voluntad criminal, los medios de destrucción y la complementariedad de las ambiciones. Rusia se habría asegurado una nueva fuente de suministro de municiones y misiles para completar su agresión contra Ucrania. Corea del Norte tendría pronto acceso a la tecnología atómica y a los satélites de comunicaciones que necesita para intentar un jaque mate a su vecino coreano y amenazar a Estados Unidos con un nivel de destrucción intolerable si se le ocurre intervenir en defensa de su aliado. Que las intenciones de Putin y Kim sean agresivas no se discuten por evidentes (2).

Que las intenciones de Putin y Kim sean agresivas no se discuten por evidentes

El único elemento de duda estos días ha sido si China avala o se resiente de este acuerdo ruso-norcoreano. Los analistas más pesimistas creen que Pekín consiente, para tener una baza más de negociación con Occidente, cuando llegue el momento; los más optimistas confían en que el pragmatismo de los chinos les empuje a desentenderse de ese pacto diabólico (3).

Pero en las informaciones de estos días sobre la cumbre de Pyongyang no se ha recordado que, en abril, Estados Unidos renovó y amplió sus alianzas con Japón y Corea del Sur. En apenas unos días, Biden invitó a la Casa Blanca al Primer ministro Fumio Kishida y al presidente Yoon Suk-yeol. Con los japoneses se acordó la sepultura definitiva de la política “pacifista” nipona tras la derrota en 194. Tras la brecha abierta por el fallecido Shinto Abe, Japón ha disparado sus presupuestos anuales de Defensa (han pasado del 1% al 2% del PIB: cerca de 50 mil millones de euros) y se prepara para la guerra (con China, se entiende). Con los surcoreanos, se convino en que, en caso de que el “belicoso” vecino del norte se dote de armas nucleares, Washington consultaría con Seúl la respuesta adecuada en cada momento de la potencial crisis (4).

Se ha consolidado así lo que ya venía siendo una realidad: una alianza triangular prioritaria en Asia. Que se complementa con la arquitectura multilateral construida en los últimos años para “contener” a China: el AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) y la dimensión militar del Quad, foro de coordinación multisectorial entre Estados Unidos, Australia, India y Japón. 

Además, Washington ha renovado y potenciado sus acuerdos bilaterales con Filipinas, tras un periodo de zozobra por los coqueteos del expresidente Duarte con Pekín. Ahora, con el regreso al poder de la dinastía Marcos, Filipinas ha recuperado su condición de gendarme predilecto de Estados Unidos en esa zona del mundo. 

No debemos olvidarnos de otro instrumento heredero de la guerra fría, la ASEAN, que operó como un agente regional contra el comunismo y que ahora se ha desideologizado para acoger a potencias que se pretenden neutrales, como Laos, Camboya y, sobre todo, Vietnam. En Hanoi están orgullosos de su “diplomacia del bambú”; es decir, de la autonomía y flexibilidad de su política exterior, que les permite mantener sus lazos tradicionales con Moscú (finalizado su viaje a Corea del Norte, Putin hizo escala en Vietnam antes de regresar a Moscú), sin que ello le prive de hacer negocios con EEUU y sin irritar a la desconfiada China (5).

Ni el acercamiento ruso-chino ni las maniobras tácticas de Putin en Asia surgen de puras necesidades militares urgentes por la guerra en Ucrania

Por tanto, ni el acercamiento ruso-chino ni las maniobras tácticas de Putin en Asia surgen de puras necesidades militares urgentes por la guerra en Ucrania. Todas las potencias están reconfigurando, retocando y actualizando sus alianzas ante un conflicto potencial que puede convertirse e inevitable de tanto invocarlo. Según la perspectiva occidental, China ya ha decidido la ocupación por la fuerza de Taiwán para lograr la unificación nacional pendiente desde la segunda guerra mundial. En Pekín, se considera la hostilidad de Estados Unidos hacia esa aspiración histórica del pueblo chino es una manifestación más del intento por impedir el crecimiento del poderío chino. Rusia sigue la misma vía argumental, al presentar el conflicto de Ucrania como una muestra más del acoso occidental a cualquier país que no acepte sus imposiciones. Si Occidente se empeña en defender a toda costa el Orden liberal internacional, no hay más remedio, se sostiene oficialmente en Pekín y Moscú, que construir una nueva arquitectura de convivencia internacional basada en el respeto de cada sistema social y político y en la no injerencia en las respectivas cuestiones nacionales.

LA UTILIDAD DE LA EXTREMA DERECHA

La otra alarma activada del momento está relacionada con una suerte de enemigo interior y lleva la etiqueta de “extrema derecha”. En Washington, París, Berlín, Bruselas y un buen número de capitales europeas, el nacionalismo identitario se considera un peligro creciente para el sistema liberal. El posible triunfo del partido de la persistente Marine Le Pen en Francia en las elecciones legislativas anticipadas de los dos domingos siguientes ha incrementado el nivel de alarma, existente desde hace años. Nunca como ahora ha estado el Reagrupamiento Nacional tan cerca de tocar poder, aunque el sistema electoral de la V República haya servido hasta ahora de obstáculo no menor.

Lo más interesante, sin embargo, es que el principal exponente del orden liberal en Francia, el presidente Macron, no sólo ha sido el responsable inmediato de esta situación de urgencia al disolver la Asamblea y convocar comicios anticipadas, sino que se ha apresurado a hacer disparar la alarma por el inesperado crecimiento de la izquierda. Macron alerta del “peligro de los dos extremos”, presentado al Nuevo Frente Popular (la coalición entre socialistas, ecologistas, comunistas e insumisos) como una amenaza de “ruina nacional” (6). 

La izquierda ha cifrado el coste de su programa de gobierno en unos 100 mil millones de euros y contempla la subida del salario mínimo, la revisión de la reciente ley de jubilación y del nuevo sistema de subsidio de desempleo, la fijación de precios máximos de los productos de primera necesidad y otras medidas sociales. Este esfuerzo se financiaría con una mayor presión fiscal sobre los más ricos (7).

Para los economistas liberales como Olivier Blanchard (exFMI), el programa de la izquierda es “confiscatorio” y aún más “peligroso” que el de RN. Un diagnóstico similar hace THE ECONOMIST, biblia mediática liberal, que no sólo alerta del peligro en materia económica, sino también cuando se trata de analizar las perspectivas de un gobierno nacionalista o izquierdista en política exterior (8).

El doble o nada del “imaginativo” presidente francés ha desconcertado a muchos de sus colaboradores y aliados en ese centrismo difuso que nunca ha terminado de cuajar en el país, emparedado entre la derecha conservadora y una izquierda casi siempre confinada en las grandes ciudades. A Macron le dio resultado la ecuación en 2017 y logró el triunfo por mayoría absoluta, superando el éxito del liberal Giscard, que ganó las presidenciales hace cincuenta años, pero tuvo que compartir el poder con una derecha gaullista resentida y en declive. 

Marine Le Pen y Emmanuel Macron
Marine Le Pen y Emmanuel Macron. (Archivo)

En 2022, tras verificarse que el modelo reformista de Macron no era nada más que la preservación del orden social con otra retórica, sólo pudo renovar a medias su mandato. Este segundo triunfo nunca lo fue, en realidad. Sin mayoría y con una derecha destruida por rivalidades personales y enfermizamente hostil hacia el inquilino del Eliseo, el presidente ha gobernado por decreto para sacar adelante leyes impopulares. Los más favorecidos nada tienen que reprochar a Macron, que les ha regalado 50 mil millones de euros con su política fiscal. Izquierda y extrema derecha se han opuesto al proyecto supuestamente centrista desde trincheras distintas e impermeables, lo que le ha servido al presidente para insertarlos conjuntamente en el panel de las alarmas. 

La estrategia macronista, cada vez más personal y demasiado arriesgada, pone al descubierto la verdadera orientación del programa reformista liberal

La estrategia macronista, cada vez más personal y demasiado arriesgada para una base social que teme más al Nuevo Frente Nacional que al RN, pone al descubierto la verdadera orientación del programa reformista liberal. En nombre de la “resistencia republicana” frente al peligro de la extrema derecha, se profundizan las políticas económicas y sociales antiigualitarias y se descalifica a la izquierda en todas sus expresiones. No está claro que si por desesperación o por otro alarde de audacia de los suyos, Macron ha elevado la apuesta y optado por combatir a los dos adversarios con un mismo tiro.

En el peor de los casos, sostienen sottovoce los colaboradores más leales del presidente, no habrá una retirada deshonrosa y desordenada. Macron no dimitirá. Desde el fortín del Eliseo defenderá los valores republicanos, liberales y democráticos, se proclama. La cohabitación con el nacionalismo identitario o con el “izquierdismo populista” no será -se asegura- una batalla perdida, sino una lucha encarnizada hasta 2027, año de las próximas presidenciales.

Esta lógica del salvamento también está operando al otro lado del Atlántico, lógicamente con sus características propias. Si en París, muchos portavoces del sistema se han resignado al triunfo de Le Pen-Bardella, qué decir en Washington. Aunque las encuestas indican empates técnicos o cifras demasiado apretadas como para dar por resuelto el partido, lo cierto es que el temor al regreso de Trump domina el clima político. Se espera al debate de este jueves para testar las aguas, comprobar la tan cuestionada agilidad mental de Biden y la capacidad de Trump para convertir sus causas judiciales en aliento revanchista de sus adeptos.

Con una cohabitación en ciernes en el Eliseo y un nacionalismo instrumental, sin ideología sólida, en la Casa Blanca, las alarmas quedarán definitivamente prendidas, sin reposo y atentas al desarrollo de estos factores de desestabilización del orden liberal, a saber: 

1) La política exterior de Trump hacia o frente a Rusia y su guerra en Ucrania; hacia o frente Europa, por el reparto de las cargas militares en la OTAN; hacia o frente a China, por el recurrente dilema entre el decoupling y el derisking, es decir, entre la ruptura total y un compromiso pactado en materia comercial y tecnológica, sin olvidar la sombra de Taiwán o el pulso por la hegemonía en el Pacífico.

2) La creciente fortaleza de la extrema derecha en casi toda Europa, donde puede confirmarse como la ideología con más diputados en la Eurocámara, aunque su división en dos o tres grupos les haya privado del reparto de cargos, que se han vuelto a repartir los partidos del consenso centrista. El coqueteo del PPE con los ultras volverá cuando lo necesite.

3) Si la izquierda unificada obtuviera un buen resultado en Francia, podría generarse un ambiente de superación de ese estado de anestesia ideológica y programática con la que se ha autocastigado durante medio siglo por la inventada superioridad del capitalismo liberal.

El tiempo de alarmas se intuye duradero, intenso y pasto de manipulaciones constantes. 


NOTAS

(1) “Putin and Kim have joined forces as global delinquents”. ANDREW ROTH. THE GUARDIAN, 23 de junio.
(2) “Putin and Kim’s new friendship shouldn’t be a surprise”. EUGENE RUMER. CARNEGIE ENDOWMENT FOR INTERNATIONAL PEACE, 20 de junio.
(3) “The next Tripartite Pact? China, Rusia and North Korea’s team is not built to last. ORIANA SKYLAR MASTRO. FOREIGN AFFAIRS, 19 de febrero.
(4) “Biden and Kishida agree to tighten military and economic ties to counter China”. THE NEW YORK TIMES, 10 de abril.
(5) “Why is Putin travelling to Vietnam”. SUI-LEE WEE. THE NEW YORK TIMES, 19 de junio.
(6) “Contre les ‘deux extrêmes’, Emmanuel Macron appelle au ‘rassemblement des modérés’”. LE MONDE, 13 de junio.
(7) “La gauche veut rassurer sur le sérieux de son programme économique”. ELSA CONESA. LE MONDE, 21 de junio.
(8) “The economic recklessness of both France’s hard left and hard right”; “The alarming foreign policies of France’s hard right and hard left”. THE ECONOMIST, 23 y 24 de junio.

Tiempo de alarmas