sábado 23/10/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Afganistán, la derrota de Occidente

taliban

Han vuelto amables, conciliadores, aunque todo el mundo sabe que no son de fiar. Se nota su naturaleza zafia; poco acostumbrados a la capital, andan perdidos, preguntando a los transeúntes por calles y lugares. Kabul es un aeropuerto endemoniado donde una plaza en un carguero aéreo es la diferencia entre la vida o la muerte. Durante décadas EEUU ha pertrechado al ejército afgano con material de última generación y avanzado adiestramiento, por todo ello, se suponía que las fuerzas armadas locales serían modernas y con un adecuado estándar de eficacia. Sin embargo, no han ofrecido resistencia alguna, o muy escasa, al blitzkrieg talibán llevado a cabo por milicianos armados con kaláshnikov de segunda o tercera mano a bordo de mobylettes. Para David Petraeus, ex general y ex director de la CIA, "el colapso psicológico del ejército afgano fue contagioso, una epidemia de rendición".

Las milicias talibán son una invención estadounidense que las armaron y adiestraron para que terminaran con el comunismo

Es posible que la “epidemia de rendición” no sea únicamente la patología mental de un ejército que no creía en su propio destino, sino que supone el daguerrotipo sustantivo de la decadencia de Occidente. El ámbito metafísico de las posverdad, la explotación y cosificación del individuo como signo de eficacia y buen desempeño, el beneficio de las minorías extractivas como único fin de la economía, la abolición del mundo del trabajo y las clases populares como nichos tóxicos de fracaso social, han configurado un mundo distópico cada vez más incompatible con los ideales de libertad, justicia e igualdad que caracterizaron la ideología democrática y social de Occidente.

El remix medieval talibán es seguramente mucho peor, pero tiene creyentes, es decir, individuos para los cuales la existencia tiene un componente trascendente que se sobrepone a cualquier otra cosa. Como dice Ortega, “precisamente porque son creencias radicalísimas se confunde para nosotros con la realidad misma —son nuestro mundo y nuestro ser—, pierden, por tanto, el carácter de ideas, de pensamientos nuestros que podían muy bien no habérsenos ocurrido”. Las creencias configuran la verdad del individuo, cuando estas se diluyen nos encontramos con la clarividente historia de nos cuenta Heinrich Heine: “Un amigo me preguntaba por qué no construíamos ahora catedrales como las góticas famosas, y le dije: los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para elevar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión”.

El Occidente de la posverdad, el materialismo amoral, el neoliberalismo y su economía alienante, desideologizado y carente de espíritu y alma desde el ámbito metafísico es víctima de los monstruos que su tacticismo obsceno y desaprensivo ha ido generando. Las milicias talibán tal como se nos presentan ahora son una invención estadounidense que las armaron y adiestraron para que terminaran con el régimen comunista implantado en Afganistán y protegido por la Unión Soviética y que pretendía, para escándalo de los fundamentalistas, que los niños y las niñas recibieran la misma educación y ¡compartiendo la misma aula!

Siempre sería mejor para Occidente un régimen que pisoteara los derechos de la mujer –el patriarcado y la misoginia siempre han sido buenas aliados del capitalismo- a que pusieran en cuestión los fundamentos de la explotación de las clases populares, la desigualdad o la injusticia social. La democracia es una falacia en sociedades para las cuales no son legibles los entresijos de la convivencia en libertad e igualdad como ocurre con las islamitas, pero en Occidente avanza una clara incompatibilidad entre la convivencia democrática y los intereses de las minorías oligopólicas.

Afganistán, la derrota de Occidente