miércoles 27.05.2020
PRIMARIAS DEMÓCRATAS

EEUU: dos octogenarios opuestos se disputarán el alma demócrata

Como en otras elecciones norteamericanas, la participación será decisiva. El hartazgo de Trump puede empujar al electorado demócrata a implicarse este año y no repetir el inmenso error de 2016.
Joe Biden (izq) y Bernie Sanders.
Joe Biden (izq) y Bernie Sanders.

La contestación interna demócrata por la Casa Blanca ha quedado despejada. Ni siquiera hizo falta el Supermartes para depurar la abultada lista inicial de candidatos. Cuando se abrieron las urnas en los 14 estados que reúnen una tercera parte de los delegados, algunos aspirantes ya se habían retirado (Buttigieg, Klobuchar, Steyer). La victoria, el sábado, del exvicepresidente Biden en Carolina del Sur confirmó su arraigo en el votante afroamericano moderado, por el influjo de Obama.  

En el Supermartes ha ocurrido más o menos lo esperado. Bernie Sanders se ha impuesto en el estado con más delegados de la jornada (California) y también en Utah, Colorado y en el suyo, Vermont. Biden obtiene el segundo estado, Texas, además de Virginia, Minnesota, Massachussets y cinco estados sureños. Queda por decidir Maine. Un duelo repartido, aunque el auge del exvice, favorecido por la retirada previa de los centristas, le ofrece el impulso esperado. Con su victoria en California, el candidato socialista conserva sus opciones.

El duelo Biden-Sanders será una disputa por el alma del partido. Moderados contra progresistas. Centro o izquierda. Establishment frente a bases

La mejor candidata, Elisabeth Warren, ha perdido incluso en el estado donde es senadora (Massachussets), en beneficio de Biden y es cuestión de horas su retirada. El mil millonario Bloomberg sólo ha ganado en el mini enclave de Samoa, a pesar de los 500 millones que habían invertido en su debut electoral: un fracaso sin paliativos preludio del fin.

El duelo Biden-Sanders será una disputa por el alma del partido. Moderados contra progresistas. Centro o izquierda. Establishment frente a bases. No será, como en 2008, una lucha de egos (Obama/Hillary), sino más bien una versión corregida y empeorada de 2016 (Hillary/Sanders). Empeorada, porque Biden tiene una estatura y una competencia mucho menor que la única mujer candidata a la presidencia, hasta la fecha.

MEDIOCRIDAD VS RUPTURA

La élite demócrata deposita sus esperanzas de triunfo en un candidato mediocre, con reflejos políticos escasos, trayectoria gris aunque prolongada, vigor dudoso y carisma mínimo. Su mayor activo consiste en haber sido el vicepresidente de Obama, que no precisamente su hombre de su confianza. Más allá del afecto del contacto, de las horas pasadas juntos, de difusa proximidad ideológica, en Biden hay muy poco de Obama. Ni siquiera el recuerdo.

sandersEn Sanders se reúne el espíritu de rebeldía de las bases demócratas más combativas, hartas de las componendas de la dirección, mientras la mayoría se empobrece cada día. La obsesiva preocupación por ocupar el centro ha dejado sin respuestas a millones de ciudadanos. La moderación y la templanza no le sirvieron a Obama para avanzar sustancialmente en la defensa de los derechos y las reivindicaciones sociales de la mayoritaria clase media baja o de las minorías.

En 2016, Sanders le discutió a Hillary el pulso del partido, movilizó a la juventud, conectó con los sectores tradicionales de la clase trabajadora blanca, pero no fue capaz de atraerse a latinos y afros. La poderosa atracción de los Clinton en esas minorías ancló a los demócratas en ese centro inercial que es, en realidad, una derecha civilizada, frente al radicalismo cada vez más acusado de los republicanos.

El fracaso de Hillary frente a Trump evidenció las limitaciones de la estrategia centrista de la dirección demócrata. La derrota de la candidata en los estados industriales en decadencia de los grandes lagos (Michigan, Wisconsin y Minnesota) le costó la presidencia, pese a lograr tres millones más de votos en el total nacional.  

COMBATE POR EL ELECTORADO FRUSTRADO

Frente a Trump, Sanders aparece ahora favorito claro en esos lugares claves, un año más, en la conquista de la Casa Blanca, según los sondeos. El candidato de la izquierda habla un lenguaje que entienden los perdedores del neoliberalismo de las últimas décadas. Competirá en el mismo terreno que Trump, pero con un registro muy diferente, en realidad opuesto, al de Trump. El discurso de la gente guapa en despachos blindados se ha convertido en sospechoso. Es la hora de la discusión en la mesa de la cocina.

bidenBiden juega con la maquinaria partidista a su favor y eso lo convierte, en cierto modo, en favorito. Pero la lección de 2016 está fresca. La apuesta por lo que parecía seguro resultó fallida. Los activistas de la izquierda están muy vigilantes ante cualquiera de las maniobras que el aparato puede realizar para favorecer al candidato del establishment. Biden tendrá que ser mucho más convincente de lo que ha sido hasta ahora para despegar, para llegar a Milwaukee en verano con los deberes hechos. No lo tiene asegurado.

Los debates han desnudado al exVice. Salvo algunos destellos, no le ha visto con ideas claras, con reflejos dispuestos. Continuas invocaciones al legado de Obama. Eslóganes vacíos. Y poco más. El resto ha sido silencios, despistes, frases hechas, torpes defensas de las invectivas de sus rivales. Biden es un candidato apático escondido detrás de una sonrisa floja.

Pero cuenta con el voto del miedo, de la precaución, de la inercia. Pueden acudir a él todos aquellos que temen el discurso socialista de Sanders, su propuesta por el cambio, por el crecimiento de los servicios públicos, por una política exterior más atenta a las necesidades de las sociedades y menos por los intereses de las élites serviles de Washington.

Sanders, no lo olvidemos, ni siquiera es miembro del Partido Demócrata. Se une a los senadores azules en comisiones y bancadas, pero va por libre. Es un independiente: de carné y de espíritu. Resulta misterioso su predicamento en la juventud a su edad avanzada. Su estado de salud puede resultar un baldón considerable. Ha superado un reciente infarto, pero asegura encontrarse en condiciones de luchar por el liderazgo de la nación. No todos le han creído.

La democracia norteamericana envejece aunque la sociedad sea cada vez más joven y más plural. Una paradoja apasionante

La ventaja que Sanders tiene sobre Biden en los feudos industriales se invierte en los enclaves afroamericanos, un sector clave en cualquier victoria demócrata. Es previsible que Obama, espantado con Sanders, le echa una mano a su antiguo segundo en ese terreno. Debe pesar considerablemente su influencia, aunque hasta la fecha el expresidente ha sido muy cauto, quizás por una falta no confesable de fe en Biden.

La contestación demócrata ha dejado otra amarga realidad social. No es exagerado decir que Hillary Clinton y Elisabeth Warren -situadas en latitudes ideológicas diferentes- han sufrido un sesgo negativo de género. Poco ha importado su indudable calidad como candidatas frente al prejuicio de buena parte de la sociedad norteamericana, mucho menos avanzada que la europea en este aspecto.

Como en otras elecciones, la participación será decisiva. El hartazgo de Trump puede empujar al electorado demócrata a implicarse este año y no repetir el inmenso error de 2016. Todo dependerá de la marcha de la campaña, del contraste final entre los dos aspirantes. La democracia norteamericana envejece aunque la sociedad sea cada vez más joven y más plural. Una paradoja apasionante.

EEUU: dos octogenarios opuestos se disputarán el alma demócrata
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