martes 20/10/20

El sueño americano

Miguel Ángel García García

Algo tienen las elecciones presidenciales de Estados Unidos que atraen a personas de todo el mundo, tal vez sea la dramatización hollywoodiense que se nos ha vendido desde pequeños de ese país, tal vez sea que, para nosotros, todo lo que viene de EEUU es una película que debe ser vista, o, de un modo más general, un producto que debe ser consumido. Estados Unidos es la nación del consumo, del capitalismo más voraz y tóxico, además tiene la cualidad de comportarse como el más prototípico depredador, atrae a sus presas -el resto del mundo- con sus encantos para acabar devorándolas sin piedad, y después de la digestión todos sabemos dónde acaban esas presas.

Este año las elecciones a la Casa Blanca están siendo más seguidas y comentadas que nunca, todo por la animadversión hacia Donald Trump que tenemos muchas personas. Como una superproducción dramática estas elecciones se han configurado de un modo que parece colocar a Biden -el oponente demócrata de Trump- como el héroe y salvador del mundo entero. Por ello, muchas de las personas que estos días siguen la actualidad política estadounidense no son solo anti-Trump, sino que, además, son pro-Biden. Quien fuera vicepresidente de Barack Obama se ha convertido a ojos de la mayoría en el elegido para librar al mundo de la tiranía del malvado Trump.

Hoy voy a hablarles de por qué ser anti-Trump no es ni debe ser lo mismo que ser pro-Biden. Obviamente, si yo fuese ciudadano estadounidense votaría a Joe Biden con tal de echar a Donald Trump de la Casa Blanca, pero ni mucho menos apoyaría a este candidato demócrata, y, por supuesto, tampoco lo elevaría a la categoría de héroe o salvador del mundo libre.

El otro día leí que otro mandato de Trump agravaría el cambio climático en un no sé cuántos por ciento, Como si Biden fuese a acabar con la crisis climática. Que el candidato demócrata gane las elecciones va a tener como positivo que Donald Trump deje de ser presidente, pero a grandes rasgos la política va a ser la misma. Biden no va a acabar con la represión racial, no va a lograr que los policías dejen de matar a las personas racializadas, no va a logar un acceso universal a la sanidad o que se perdone la deuda de la matrícula de los estudiantes universitarios, no va a terminar con las impresionantes tasas de pobreza del supuesto mejor país del mundo, no conseguirá que un estadounidense promedio no deba tener tres trabajos para pagar su vivienda. Biden no va a terminar con las aspiraciones imperialistas de EEUU, ni con el expolio internacional en nombre de la libertad. Que Biden gane va a suponer que Trump desaparezca de la política, eso es una victoria, sí, pero sus políticas no van a ser mucho mejores.

¿Por qué?

Porque el sistema estadounidense está podrido desde sus cimientos, para que este país solucione todas las injusticias y desigualdades que tiene debe cambiar mucho, y esos cambios deben ser radicales, es decir, desde la raíz. Cambios estructurales.

Les pondré un ejemplo: la conquista de los derechos civiles en la década de los sesenta, no se logró gracias al gobernante de turno, fue gracias a que la población de color salió a la calle a pedir lo que le correspondía como seres humanos, fue gracias a personas como Martin Luther King, Malcom X, Angela Davis o Assata Shakur, y a organizaciones como los Panteras Negras.

El sueño americano hace mucho que está muerto, y Joe Biden no lo va a resucitar. El sueño americano debe cambiar, debe ser aspirar a una sociedad justa, igualitaria, libre y democrática, y eso ni Joe Biden ni Donald Trump lo va a lograr. El nuevo sueño americano será conquistado por la sociedad.

El sueño americano