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domingo. 26.06.2022
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ALBERTO PIRIS | Los efectos de una guerra no siempre son perceptibles de modo directo. Y en bastantes ocasiones pueden ser contrarios al fin último por el que se desencadenó.

Son numerosos los ejemplos que la Historia proporciona al respecto. Así, en la época de las descolonizaciones, muchas guerras "de la independencia" desencadenadas por pueblos que deseaban recuperar su soberanía y huir de la explotación a la que estaban sometidos por las metrópolis acabaron regidos por gobiernos de su propia naturaleza pero tanto o más tiránicos que los derrotados. Al fin y al cabo, aprender a colonizar también tiene su mérito.

El resultado final de la 1ª Guerra Mundial encerró los gérmenes que desencadenarían la 2ª, cuya conclusión, a su vez, preparó el terreno para los innumerables conflictos que se extendieron sobre todo el planeta y cuyos efectos todavía se sienten hoy.

Algo parecido va a suceder con la actual guerra entre Rusia y Ucrania. Merece la pena extenderse en ello. El resultado probable del actual conflicto puede ser una larga y penosa guerra de desgaste o puede concluir con la partición acordada de Ucrania, entre otras hipótesis. No entra en este análisis la posibilidad de una guerra total entre las potencias nucleares, la derrota militar de Rusia ni el derrocamiento del presidente ruso que cambiara radicalmente el panorama político. Aunque ninguna de ellas es totalmente descartable. Sin embargo, sea cual sea ese resultado, esto no afecta a lo que aquí se va a comentar.

En cualquier caso, el primer efecto de la conclusión de esta guerra sería la recuperación del pueblo ucraniano tras los catastróficos efectos del conflicto sobre su demografía, economía e infraestructuras. Y el comienzo de una necesaria reconstrucción que le permita volver a tomar las riendas de su destino. Reconstrucción de la que los países que hoy se dicen sus aliados sabrán extraer los habituales beneficios.

Un segundo efecto tiene todavía mayor relevancia: la creciente popularidad de la OTAN como garantía de seguridad para los pueblos del continente europeo. Tras haber sido considerada como una alianza militar inútil, cuando bruscamente desapareció el enemigo que la hizo nacer y desarrollarse, o encontrándose en "muerte cerebral" (Macron dixit), cuando acumulaba un fracaso tras otro, ha pasado a ser ansiosamente deseada por todos lo que miran con recelo a la nueva Rusia "de Putin".

Que Finlandia y Suecia rompan su neutralidad para solicitar su ingreso en ella es un síntoma claro de que muchas percepciones populares han cambiado en los últimos años. El grupo de países europeos "no alineados" (Irlanda, Austria, Finlandia, Suiza, Suecia, Malta y Chipre) ha perdido dos significativos miembros y la OTAN respira, aliviada. Quizá también ensoberbecida, tras un periodo algo humillante.

Sin embargo, el tercer efecto de esta guerra es el más crítico: Putin, al invadir Ucrania con vagos pretextos, ha puesto a Europa a los pies de EE.UU. Las discusiones sobre la creación de una fuerza militar autónoma, propiamente europea y que no dependiera de ningún país extranjero, han recibido un golpe mortal. Washington vuelve a ser la capital de la que depende en último término la defensa militar de Europa. Una anomalía que ya rechazó De Gaulle y que siempre ha sido el punto vulnerable para alcanzar una Europa plenamente independiente.

De ahí que los europeos volvamos a pisar terreno resbaladizo. ¿Y si en la Casa Blanca se instala en 2025 un presidente de estilo "trumpiano", que desprecie a la OTAN y que invierta el sentido de la política exterior de Biden? Ya ocurrió una vez y puede volver a ocurrir.

De ahí que el resultado final de este conflicto podría describirse, por el momento, con una sola frase: "Putin ha logrado que Europa dependa otra vez de EE.UU." Seguramente no lo buscó, pero lo ha conseguido.

No solo dependerá militarmente, puesto que será la industria militar de ese país la que provea de armamento a los Estados europeos, remilitarizados siguiendo las exigencias de la OTAN, y también desde EE.UU. llegarán algunos de los recursos energéticos que ya no enviará Rusia. Triple éxito para Washington. La aventura iniciada por Putin puede tener un claro resultado final: "Europa 0, EE.UU. 3". No es un marcador del que enorgullecerse.

Alberto Piris

Resultado final: "EEUU 3 - Europa 0"