jueves. 18.07.2024
Estrella Galán, cabeza de la lista de Sumar al Parlamento Europeo
Estrella Galán, cabeza de la lista de Sumar al Parlamento Europeo

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Las elecciones al Parlamento Europeo podrían narrarse, dadas las últimas experiencias, como la crónica de una derrota anunciada de las izquierdas alternativas. No es mi intención abundar en las causas (división orgánica, enfrentamientos políticos, descalificaciones personales, hiperliderazgos conflictivos, etc.) ya suficientemente conocidas y analizadas. Si quiero plantear algunas consideraciones sobre los posibles remedios al reiterado fracaso de las izquierdas. Para empezar, les propongo un experimento mental: ¿cuál piensas que habría sido la reacción de Yolanda Díaz si Sumar hubiera conseguido el cuarto escaño en las elecciones europeas? Exacto, con casi absoluta certeza habría considerado que el objetivo se había cumplido. Vaya por delante que considero la decisión de la vicepresidenta y ministra de trabajo de abandonar su cargo de Coordinadora General para centrarse en las labores de gobierno, sin dejar la presidencia del grupo parlamentario ni el puesto en los órganos de dirección, todo un acierto. Ante la continuada pérdida de apoyos electorales hay que volver a centrarse en la pedagogía de los hechos, la misma que convirtió a Yolanda Díaz en la más política mejor valorada durante muchos meses consecutivos. Y no hay tiempo que perder. Sin desafíos electorales en el horizonte próximo, lo urgente, más allá de las perentorias exigencias organizativas, es mostrar a la ciudadanía la utilidad del gobierno de coalición, y la conveniencia de que persista. Su postura obedece a una reflexión acertada porque el voto a la extrema derecha es, sobre todo, una expresión de impotencia y hartazgo. Impotencia, porque no ven, particularmente los jóvenes, como pueden salir de su situación de paro, precariedad y falta de acceso a una vivienda, sin las cuales no hay proyecto de futuro que valga. Hartazgo, porque los que deberían solucionarlo no lo hacen mientras se dedican a pelearse entre ellos por lo suyo. Es la misma impotencia y hartazgo que provocó el 15M y sus cantos de Que se vayan todos y No nos representan. Cuando la izquierda alternativa falla, no debe extrañarnos que sus miradas se vuelvan hacia los que anuncian se acabó la fiesta, o claman contra las élites. ¿Les suena?

Cuando la izquierda alternativa falla, no debe extrañarnos que sus miradas se vuelvan hacia los que anuncian ‘se acabó la fiesta’, o claman contra las ‘élites’

Ahora empecemos a sacar conclusiones de tan insólita situación. La primera es que la línea de separación entre el éxito y el fracaso es muy fina. Fijémonos, por ejemplo, en Podemos. Cualquiera diría que su resultado es muy malo (pérdida de 4 escaños de los 6 obtenidos en su aparición fulgurante en 2019), y tal vez así lo habría valorado Irene Montero de haberse quedado a tan solo uno de Sumar. ¡Pero que dos escaños permiten afirmar sin rubor que es un paso necesario con el que no se conforman! Por supuesto cada cual es muy libre de consolarse como guste, y es muy humano tratar de ver el lado bueno de la vida, como cantaba Brian en la cruz. Pero no estamos ante un problema de humanidad sino ante un desafío político morrocotudo. Sin embargo, lo más preocupante de la declaración mitinera de Irene Montero tras conocer los resultados ha sido su afirmación de que el objetivo es combatir a las fuerzas del consenso bélico en Europa y en España, y romper esa gran coalición de la guerra (¿la que forman Rusia, China, Corea del Norte, Irán?, o la que ayuda al país agredido en la UE, todos con la excepción -por ahora- de Hungría aunque el avance de extrema derecha tal vez engorde la influencia putinista). Curiosa forma de buscar la paz contribuyendo al éxito de un agresor que intenta, sin ocultarlo, restaurar el imperio zarista-soviético. En todo caso, es un peligroso anuncio de futuros conflictos con el gobierno de coalición. Marcar espacio político a riesgo de debilitar el espacio de gobierno. Mal asunto. No quiero descalificar, y mucho menos demonizar, a los que ponen la Paz (en mayúsculas, como justificación de sus posicionamientos) por encima de cualquier otra consideración. La paz es una exigencia ética insoslayable. Es inseparable de la actividad transformadora para evitar que intereses espurios, como la industria armamentística, las ambiciones geopolíticas, los problemas de gobernabilidad interna, etc. se impongan. Pero eso mismo exige no desentenderse de las causas de la guerra y de quienes la han declarado. Hacerlo hubiera sido un suicidio en la II Guerra Mundial contra la agresión nazi-fascista; o como desgraciadamente ocurrió en la Segunda República española. Hay que tener mucho cuidado con que el pacifismo  del ante todo suponga en la práctica alimentar la guerra, coincidiendo con los interesados en ello. Es importante que la izquierda alternativa, si quiere jugar un papel transformador real y no simplemente moral, destinado a minorías bienintencionadas, sea capaz de distinguir entre agresores y agredidos, entre maltratador y víctima. La lucha por la paz pasa inexorablemente por esa distinción. Que es en la que se basa y apoya el Derecho Internacional Humanitario, la construcción jurídica más importante de la historia de la humanidad. Sigamos.

Hay que tener mucho cuidado con que el pacifismo  del ‘ante todo’ suponga en la práctica ‘alimentar’ la guerra, coincidiendo con los interesados en ello

Los errores que nos han llevado al lastimoso estado actual son varios y complejos pero, en un esfuerzo de síntesis, pueden agruparse en varios campos: identitario, institucional, programático y partidista. Como señalaba en mi artículo, Si te ahogas no braceesla peor ceguera es mirarse los pies cuando se está andando. Así de feas están las cosas. El consuelo, al menos temporal, es que, aunque menguadas, las posibilidades de mantener el gobierno de coalición siguen abiertas. Pero el margen de error es muy pequeño, al depender de varios e imprevisibles factores: el comportamiento de ERC, la capacidad de superación de las divisiones en la izquierda alternativa, el desarrollo de los conflictos bélicos y su impacto económico, la nueva gobernanza de la Comisión Europea, etc. De lo dicho se desprende una primera y fundacional conclusión: Hay que situar el trabajo en el núcleo central de la política. Debe ser su eje hegemónico porque afecta directamente a todos los desafíos adaptativos y existenciales del sistema socioeconómico capitalista: desindustrialización, digitalización e implantación de IA, descarbonización y cambio climático. Lo que, desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores se traduce en desempleo e inempleabilidad, trabajo precario y discontinuo, pérdida del poder adquisitivo de los salarios, que en caso de los trabajadores jóvenes supone además el difícil, cuando no imposible, acceso a la vivienda. A lo que cabe añadir la estratégica defensa, fortalecimiento y ampliación del Estado del bienestar, a fin de que pueda garantizar una vida digna y la verdadera igualdad de oportunidades. No olvidemos que la incertidumbre, el desasosiego, cuando no la desesperación que impulsa a tanta gente, jóvenes la mayoría, son consecuencia (aunque no solo) del paro estructural, los bajos salarios (cuando encuentran trabajo), el menoscabo de sus derechos laborales, el sentir que su vida, la posibilidad de formar una familia, el propio desarrollo personal, están en manos de otros, los que controlan la producción y acaparan la riqueza, el corazón del conflicto (riqueza social pero beneficio privado). Por eso, la tarea más urgente, la que dota de dimensión estratégica a la izquierda alternativa es responder con resultados tangibles a sus demandas. Eso incluye, como garantía, conquistar poder para, y con los trabajadores, tanto públicos (autogestión efectiva) como del sector privado (cogestión ejecutiva). Esta tarea debe estar incardinada en el proceso evolutivo gradual de transformación del capitalismo. Sin que ello suponga abandonar la defensa de las minorías vulnerables y discriminadas (comunidad LGBTIQ+, minorías étnicas y raciales, refugiados y migrantes, personas con discapacidad, la igualdad de género, etc.). Pero la izquierda alternativa no puede ser el partido de las identidades específicas, sino de la mayoría social trabajadora que las engloba. Porque no discrimina ni niega sus derechos sociales. Solo si eres percibido como un partido de la mayoría te votarán las mayorías. Así de simple, así de complicado. El agente social de la transformación socioeconómica se define por su potencial de cambiar la realidad, no por su orientación sexual, su etnia, su origen etc. Los derechos de los trabajadores incluyen la defensa de los derechos de las minorías en cuanto que son parte de la mayoría social.

La izquierda alternativa no puede ser el partido de las ‘identidades específicas’, sino de la mayoría social trabajadora que las engloba

Los riesgos de la mercantilización

Otra de las lecciones que cabe extraer de las elecciones europeas, como antes en las gallegas, vascas y catalanas, es que la mayoría de las veces los partidos se ofrecen al electorado como una mercancía promocionada mediante eslóganes simples y propuestas simplificadas, garantizando un mundo feliz como antídoto (o analgésico) ante los peligros de una competencia de suma cero. Y como toda oferta mercantil, trata de monopolizar el espacio electoral al que se dirige. Una mercantilización que prioriza las emociones más básicas en función del lugar de nacimiento, la raza, la religión, y las costumbres arraigadas de la cultura dominante. Así surge el conflicto entre la necesidad emotiva de la creencia y la imposibilidad intelectual de creer. Entre el individuo consumidor, y el ser social necesitado de identificarse grupalmente. Y eso acota peligrosamente el espacio de acción política de la izquierda alternativa, cuya razón de ser, y condición para existir, es transformar el sistema capitalista. 

Pero no nos engañemos, la principal dificultad a la que nos enfrentamos es la falta de unidad de las izquierdas alternativas. Unidad que solo se alcanza coyunturalmente, fraguada al calor de grandes movilizaciones cívicas. Pasada le euforia combativa, y salvo que los resultados cumplan las expectativas, algo muy difícil en la actual configuración de las relaciones distribuidas de poder, viene el reflujo y el movimiento fragua en un nuevo partido político, pronto atrapado en los mecanismos de la democracia liberal y en la exigencias de supervivencia que los caracteriza. Por eso, no va a ser fácil la tarea que tiene por delante el nuevo Coordinador General de Sumar. Ni sencillo abordar los problemas, ya manifestados, de liderazgo  ante las exigencias orgánicas. Tal vez habría que convocar unos Estados Generales de la izquierda alternativa en línea con la propuesta de Manuel Monedero [1]. Aunque no estoy seguro de que sea el nombre más adecuado [2]. En todo caso, para convocarse, los Estados General de la Izquierda Alternativa (EGIA) deberán reunir unas condiciones fundacionales mínimas e imprescindibles:

1. Tener como denominador común el objetivo estratégico de la transformación del sistema socioeconómico capitalista. Las vías, procesos, medidas y aspiraciones finales, pueden y deben ser distintas, porque se trata de un proceso inédito que solo puede desarrollarse exitosamente mediante el principio de prueba-error. Lo que exige una brújula (marco teórico) y una cartografía científica del territorio (procesos evolutivos propios de un sistema no lineal, complejo, dinámico, abierto, y adaptativo, con dimensión cultural). Porque lo que define a la izquierda transformadora, más que auto etiquetados oportunistas o encubridores, es un planteamiento estratégico de transformación del capitalismo que incluya la necesaria flexibilidad táctica ya que estamos ante procesos necesariamente graduales y, en general, lentos. Es lo que define el binomio político reformismo estratégico y el gradualismo transformador que, como ha demostrado sobradamente la evolución de los sistemas socioeconómicos a lo largo de la historia, son las herramientas de construcción de una nueva sociedad. Pequeñas conquistas estratégicas hoy serán grandes transformaciones mañana. Un suave aleteo puede valer más que una enorme rabieta.

Volver a las dinámicas de la vieja política con instrumentos de la política de toda la vida está condenado al fracaso, tal como demuestran los sucesivos casos de Izquierda Unida, Podemos, Unidas Podemos, y ahora Sumar

2. Asumir la necesidad de ampliar el campo la democracia liberal (es la mejor forma de defenderla) mediante la implementación orgánica e institucional con formas de democracia participativa, deliberativa y directa. Lo que excluye, por definición, los hiperliderazgos. Sustituir uno por otro, es un error por mucho que el estilo y carácter de Pablo Iglesias y Yolanda Díaz sea muy diferentes. Resulta incongruente con las aspiraciones transformadoras de la izquierda alternativa, uno de cuyos ejes fundamentales es la ampliación de la democracia con formas, participativas, deliberativas y directas, tenga que dotarse como pegamento de liderazgos incuestionables. Si lo que se quiere es transformar el capitalismo resulta evidente que no se puede actuar con sus mismos instrumentos y valores. Debe ser obra de la participación mayoritaria de los agentes sociales vinculados al trabajo, la cultura, el feminismo, ecologismo... Y contar con la solidaridad internacional inscrita en la lucha por los derechos humanos. Es la única forma en que puedan coexistir diferentes formaciones políticas sin caer en el habitual reino de taifas, y su tendencia a seguir dividiéndose de forma fractal. Un tema complejo, lleno de dificultades, que exige de mucha pedagogía política. Y que, en última instancia, lo sancionarán los resultados. Como he dicho, y vuelvo a ello, en la economía del conocimiento, de la Era Digital, y en la sociedad del espectáculo, se han mercantilizado todas las actividades de la vida, incluyendo las propias personas, lo que exige nuevas formas de organizarse para combatir los graves peligros a los que nos enfrentamos. Volver a las dinámicas de la vieja política con instrumentos de la política de toda la vida está condenado al fracaso, tal como demuestran los sucesivos casos de Izquierda Unida, Podemos, Unidas Podemos, y ahora Sumar. El proceso exige no solo prudencia sino audacia, un oxímoron de resolución difícil y compleja. Pero conviene tomarse muy en serio lo que la experiencia política de los últimos 10 años ha evidenciado. Para transformar hay que transformarse. Si no primero, al menos al mismo tiempo.

3. Basar la actividad política en la pedagogía de los hechos sin negar la necesidad de la clásica y educativa pedagogía política que desenmascara los trampantojos del sistema capitalista. Esto es particularmente obligado en situaciones donde la serenidad brilla por su ausencia, y el común de los mortales quiere soluciones y no (solo) explicaciones. Por eso, y vuelvo al principio, la batalla política debe centrarse en hechos, como ha ocurrido hasta ahora, singularmente en el Ministerio de Trabajo gracias a la innegable capacidad de Yolanda Diaz. Hechos son amores y no buenas razones pregona con sabiduría práctica nuestro refraneroY esa filosofía popular debe ser la guía principal de la actividad política de la izquierda alternativa para no caer en una vana exhibición de quién es más radical en sus propuestas competitivas por el electorado. El resultado suele derivar en la peligrosa desafección, principal caladero electoral de la extrema derechaLa praxis política basada en la pedagogía de los hechos debe poner las conquistas concretas por encima de los relatos, siempre cuestionables y causa de división en las filas de las izquierdas alternativas. Deberíamos tener siempre presente que una política verdaderamente transformadora solo es posible cuando las mayorías sociales protagonizan los procesos de transformación. Y que solo si te perciben como el partido de esa mayoría te votarán. Lo dicho: Hay que transformarse para transformar.


[1] Monereo propone ir hacia unos estados generales de la izquierda, es decir, ir hacia una asamblea lo más amplia posible, lo más autoorganizada posible, para discutir de una manera abierta y sincera los grandes problemas que tiene el país y ponerse de acuerdo en un programa alternativo. (www.elviejotopo.com/articulo/sin-pelos-en-la-lengua/)
[2] Los Estados Generales fueron asambleas convocadas en 1789 por el rey de Francia en momentos excepcionales durante el Antiguo Régimen. Marcó el inicio de la Revolución Francesa. En estas asambleas participaban representantes de los tres estamentos de la sociedad francesa: El clero, la nobleza. y el pueblo llano (burgueses, campesinos, artesanos, etc.), que demandaba tener una representación proporcional a su población. Su función principal era asesorar al rey en asuntos importantes y aprobar nuevos impuestos. Sin embargo, su poder real era limitado, ya que el rey tenía la última palabra en todas las decisiones. La convocatoria de los Estados Generales desencadenaron una serie de conflictos que llevaron al derrocamiento de la monarquía y al establecimiento de una república.

Para transformar hace falta transformarse