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viernes 20/5/22
jens stoltenberg OTAN
Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, durante una visita a Finlandia en octubre de 2021.

El día 3 de mayo, Il Corriere della Sera publicaba la referencia de una conversación de un redactor con el Papa Francisco, y entrecomillaba dos frases, que tal vez podrían ser textuales. Según esto, el Papa, a la vez que comparaba la invasión de Ucrania por Putin con el genocidio de Ruanda, habría dicho: “Los ladridos de la OTAN a las puertas de Rusia quizá llevaron al presidente Putin a reaccionar mal y a provocar la invasión de Ucrania”; y se refería a la actitud de Putin como a “una ira que no sé si fue provocada, pero sí facilitada”. Toda una definición del trasfondo, quizá innecesario, de confrontación que subyace en el conflicto.

Esa “ira” de Putin, esa guerra suya, marcadamente imperialista y brutal, ha generado no solamente el espanto y una debacle económica y social en Europa, sino que ha avivado el miedo entre sus vecinos, que hasta ahora habían optado por la neutralidad. Es el caso de Finlandia, donde hace sólo unas semanas sólo el 30% de la población era partidaria de que su país entrara en la OTAN, y ahora es el 70%. Un miedo motivado por la guerra que ha hecho que presidente y primera ministra hayan pedido al parlamento (que probablemente lo hará) que se pronuncie a favor del ingreso de Finlandia en la OTAN, que lógicamente le ha abierto sus brazos, igual que ha hecho en relación con Suecia, y que había estado anteriormente intentándolo con Ucrania.

La OTAN y Putin han tenido conjuntamente la habilidad de poner en primer plano a una organización militar, que es el símbolo vivo de esa guerra fría que pensábamos que había finalizado con la transformación de la Unión Soviética promovida por Gorbachov, y con el desmembramiento del Pacto de Varsovia. Mientras la reconversión de Gorbachov generó en el mundo conversaciones y hasta acuerdos de desarme, y numerosas conversaciones y acuerdos en los que el ex -presidente soviético abogaba por el objetivo de “la casa común europea”, la OTAN se mantenía como un testimonio de que Occidente (que quiere decir Estados Unidos, no nos engañemos) no había renunciado a un mundo de bloques y, por tanto, de confrontación.

Mientras la OTAN ha seguido su existencia, más o menos larvada, y mientras desde Occidente se permitía, o incluso propiciaba la caída de un Gorbachov con incómodas posiciones pacifistas y de cooperación internacional, surgió en Rusia un Putin nacionalista e imperialista, que tomaba la bandera de los bloques y que aspiraba a reconstruir no ya la Unión Soviética, sino el imperio zarista.

La OTAN, además de simbolizar la guerra fría y la confrontación entre bloques, también se ha mantenido como una vía militar autónoma, actuando en paralelo y al margen de la ONU. La guerra de Afganistán, por ejemplo, la inicia Estados Unidos, y es apoyada por otros países de la OTAN, con una interpretación un tanto forzada del artículo 5º de la OTAN, de defensa colectiva.

La “ira” de Putin incurre en el error de mantener la confrontación entre bloques

La “ira” de Putin incurre en el error (además del horror de los crímenes de una guerra, y de las terribles consecuencias económicas para el mundo) de mantener la confrontación entre bloques. Y desata el miedo en sus países fronterizos, induciendo a que países neutrales, como Finlandia o Suecia (y puede ser sólo el comienzo) decidan adscribirse a unos de los bloques contrapuestos. Un exponente del miedo que cualquier imperialismo agresivo infunde. Pero el miedo induce a una pérdida de independencia o soberanía, de neutralidad y hasta de libertad.

El desequilibrio generado por la OTAN, bajo la hegemonía de los Estados Unidos (hay, por ejemplo 50.000 efectivos militares norteamericanos desplegados en Alemania), ha dificultado la propia autonomía defensiva de la Unión Europea: algo que se ha convertido en uno de los condicionantes que dificultan que la Unión Europea juegue en la escena internacional el papel de potencia unitaria, que reforzaría las posibilidades de diálogo y de equilibrio mundial. No creo que la propuesta de Borrell sobre la “Brújula Estratégica” sea ajena a este problema.

Ese desequilibrio no deja de generar una situación coactiva a la libertad en el mundo. Está escorado hacia una tendencia, creada por una prácticamente única Alianza militar, hegemonizada por un solo país, que por sí mismo tiene en la actualidad un despliegue de 170.000 efectivos militares en el mundo, con un presupuesto de defensa de 700.000 millones de dólares (el 3,74% de su PIB anual) y, según el Conflict Management and Peace Science Journal, mantiene 254 bases militares en 80 países (hay otros expertos que hablan de hasta 750 bases).

Como dato paradójico y significativo, en el pasado mes de abril, un país de la Melanesia, Islas Salomón (650.000 habitantes), firma con China un acuerdo de colaboración en seguridad interior, y de apoyo ante catástrofes (900 islas en Asia Pacífico, que corren el peligro de quedar sumergidas por el mar). Aparte del malestar que sintieron con tal acuerdo Australia y Estados Unidos, éstos (que mantienen esos centenares de bases militares en todo el mundo) han amenazado con intervenir militarmente si China establece una base naval en Salomón.

Los Estados Unidos, con ese exagerado despliegue militar en todo el mundo, considera que otro país, China en este caso -que sólo tiene una base fuera de su territorio- no tiene derecho a establecer ninguna base naval, aunque el país soberano afectado esté de acuerdo. Los Estados Unidos vienen de la cultura de la “doctrina Monroe” en la que se atribuían el derecho a intervenir en cualquier país americano frente a cualquier intervención europea… Claro: así vinieron golpes de Estado como el de Pinochet, en el que, según papeles desclasificados de la CIA, participó Henry Kissinger, secretario de Estado de los Estados Unidos.

El mundo, con un poderío militar unilateral, y con una potencia como Estados Unidos que se resiste a respetar la libertad ajena y a que haya un diálogo multilateral, así como a competir limpiamente con otras potencias emergentes, como China, que ya les ha arrebatado el primer puesto como potencia comercial, y que le disputa ese mismo puesto como potencia económica, será menos libre si países como Finlandia o Suecia, arrastrados por el miedo, eligen entre seguridad y neutralidad o libertad. Y mientras la Unión Europea no se decida a jugar con fuerza el papel de potencia internacional. Una potencia internacional que -a pesar de que ampara a algunos Estados miembro no claramente democráticos- es, en estos momentos, la más capacitada para representar y defender los principios de la libertad en el mundo.

Finlandia: el miedo es libre, y el mundo menos