miércoles 8/12/21
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Foto: Musement.com

Durante la fase expansiva del Imperio Británico, 1800-1914, se produjo uno de los saqueos de monumentos y obras de arte más grandes de la historia de la Humanidad. Como ha ocurrido casi siempre, los colonizadores británicos no se movieron jamás por un afán civilizador o redentorista, sino por un anhelo desmedido y salvaje de lucro que afectaba tanto a las materias primas necesarias para la buena marcha de la revolución industrial, como a las obras de arte de los países ocupados o de aquellos en los que establecían factorías costeras desde las que se hacían incursiones de auténtico expolio. A lo largo del tiempo, la literatura anglosajona generalista, pero también buena parte de la especializada, justificó el robo masivo de obras de arte con la escusa de que los países expoliados estaban subdesarrollados y eran incapaces de preservar tesoros que por su belleza y trascendencia pertenecían a toda la Humanidad. No contentos con saquear las riquezas naturales, con trazar fronteras a tiralíneas sin tener en cuenta pueblos ni culturas, con matar a los nativos que no colaboraban, decidieron robarles la historia y justificarlo mediante argumentos falaces que se desmontan con sólo comprobar como están hoy los países que sufrieron y sufren la desdicha de verse ocupados y escarnecidos por sus compañías mercantiles.

El Museo Británico reúne una de las colecciones de arte más grandes del mundo. Algunas obras fueron compradas, siempre bajo la permisiva mirada de los gobernantes indígenas de papel que ellos mismos habían designado y protegido con sus ejércitos. Uno de los casos más flagrantes es el de los frisos, metopas y frontones del Partenón de Atenas, obra cumbre de la cultura clásica que sigue en pie pese a los destrozos causados por otomanos, griegos ortodoxos y británicos. En 1801, Thomas Bruce Elgin, oficial del ejército británico destinado en Atenas, comenzó a desmontar las esculturas y relieves que Fidias y su taller hicieron para el Partenón, embarcándolas rumbo a Londres. El conde de Elgin, que presumía de historiador y arqueólogo, alegó que en su tierra natal estarían mucho mejor que en un país dominado por los turcos, aduciendo además que había firmado un acuerdo con el sultán que legalizaba el expolio. La realidad es que no hay constancia alguna de ese acuerdo y que si hubiese existido no habría dejado de ser un robo, pues se trataba de destruir un monumento vivo y esencial arrancándole toda su decoración externa para, descontextualizado, instalarlo en una insípida y aséptica sala cuadrangular de un lejano espacio museístico cerrado como botín de guerra imperial. Entre 1801 y 1805 más de la mitad de las esculturas y relieves de Fidias fueron llevados a Inglaterra, donde se exponen todavía en el Museo Británico para vergüenza de quienes amamos el arte, el respeto y la justicia, como símbolo de la razón de la fuerza y menoscabo de la fuerza de la razón. La sala donde se exponen los mármoles de Elgin, que es como son conocidos por los británicos, es la más visitada del más concurrido de los museos ingleses, y el Reino Unido, siguiendo la máxima de Lord Palmerston que afirmaba que “Inglaterra no tiene aliados eternos ni enemigos perpétuos, pero sí intereses eternos y perpétuos”, continúa negándose a devolver a Grecia lo que es de Grecia y sólo allí puede volver a tener el valor que al arte da el contexto, el medio, la atmósfera para la que fue creado, añadiéndole además el que otorga la reparación del enorme daño causado.

El Museo Británico es un símbolo repugnante del abuso y la explotación al que Occidente sometió a países pobres

Inspirados en las colecciones de arte de la nobleza italiana del Renacimiento, en las colecciones papales y en los Gabinetes de Curiosidades de la realeza, los museos tal como los conocemos hoy nacieron a mediados del siglo XVIII como aportación de los ilustrados que pretendían dar  mayor expansión y divulgación al conocimiento. Pronto, al calor del colonialismo, se multiplicaron las expediciones científicas, muchas de las cuales derivaron en auténticas razias. Ya no se trataba de crear un centro donde se expusiesen una serie de obras de arte para ilustrar al pueblo o facilitar el trabajo de científicos y artistas, sino de crear almacenes de obras robadas en todos los lugares del mundo como símbolo de poder. Cuantos más objetos y obras de arte se pudiesen acumular, mayor sería la gloria del saqueador y la grandeza del país patrocinador. De ese modo se conformaron museos como el Británico, el Louvre o la Isla de los Museos de Berlín, museos que pese a su tamaño no tienen capacidad para exponer todo lo robado y guardan buena parte de sus riquezas en sótanos, depósitos y galpones. Tendría sentido que el Museo Británico, tal como su nombre indica, expusiese obras de arte realizadas en el pasado en el Reino Unido o que se hubiese dotado de algunas piezas de otras culturas, lo que carece hoy en día de la más mínima justificación es que sea el propietario de las esculturas del Partenón, la piedra Rosseta, el moai Hoa Hakananai's, la momia de Katebet, el monumento de las Nereidas o las enormes esculturas de los leones alados asirios. Además de ser insultante, esa realidad muestra un complejo de inferioridad de una envergadura descomunal: Como durante nuestra antigüedad sólo fuimos capaces de montar las piedras del Círculo Sagrado de Stonehenge, nos hemos traído lo más valioso de lo que crearon otras civilizaciones que mucho más avanzadas que la nuestra, incluso las hemos nacionalizado para autoengañarnos dando a entender que los relieves del Partenón, por ejemplo, no los hizo Fidias, sino el conde de Elgin.

El Museo Británico, como todos los del mundo que exponen obras de arte robadas, fruto del expolio, las razias o las conquistas son cosa del pasado, es un símbolo repugnante del abuso y la explotación al que Occidente sometió a países pobres que un día fueron la cumbre de la civilización. Las obras de arte robadas tienen que ser devueltas a los países donde florecieron esas culturas, conservando únicamente aquello que fue comprado legalmente, sin artimañas, sin hombres de paja, sin chantajes. Es imposible caminar hacia un mundo mejor, más equitativo y respetuoso cuando los países ricos que esquilmaron África, Asia y América mantienen en su poder, como un botín de guerra perpetuo, tesoros que no son suyos y forman parte del alma de los colonizados.

El Museo británico o la casa de Alí Babá