viernes 28/1/22
macron johnson
Macron y Johnson, en una imagen de archivo.

No hay en el panorama político europeo occidental dos dirigentes con estilos de liderazgo más distintos que el presidente francés y el primer ministro británico. Macron es un buen ejemplo del estilo francés, pretendidamente elevado en sus posiciones, grandilocuente no pocas veces, investido de un tono de universalidad que trata de hacer compatible con un patriotismo liberal. Johnson juega a rompedor, arropado en un populismo que, sin renunciar a sus orígenes elitistas, aspira a consolidar su cabeza de puente en la Inglaterra obrera.

Como ya se temía y anticipaba, después del Brexit han continuado las vías de fricción entre ambos dirigentes. El conflicto bilateral pesquero ha sido muy agrio. Lejos de estar resuelto, se ha desviado al terreno pantanoso de las consideraciones tecno-burocráticas. 

No menor fue el daño ocasionado por el pacto AUKUS, por el que, en un abrir y cerrar  de carpetas, a Francia le volaron un negocio armamentístico suculento con Australia, en beneficio de Estados Unidos, con la complicidad/colaboración) del Reino Unido.

Y finalmente, las escaramuzas interminables por la gestión de la inmigración en el Canal de la Mancha han terminado de poner a Londres y París en un estado de incomodidad casi permanente, a pesar del esfuerzo permanente en las cocinas diplomáticas.

Macron y Johnson hicieron amagos de cruzar guantes, sólo para dejar claro ante sus respectivos electorados que no se arrugaban ante el otro. Luego, cada cual a sus problemas internos, que son muchos.

MACRON: EXCUSAS OBLIGADAS... Y A SEGUIR

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El presidente francés compareció hace algo más de una semana ante toda Francia, en una entrevista por TV que no fue rica en titulares, sino más bien un ejercicio de relaciones públicas. No confirmó su candidatura a la reelección, aunque se da por hecha. Prefirió abonar el terreno con una combinación de aparente humildad y una exhibición más de ambición europeísta y reformista. Los dos pilares sobre los que pretenden prolongar su mandato.

Macron entonó un mea culpa por algunos comentarios que pudieron “herir a algunos ciudadanos”, como cuando alardeó de lo fácil que era encontrar empleo (sólo hay que cruzar la calle, dijo una vez) o el contraste que estableció entre “los que triunfan” y “los que no son nada”. Rechazó, claro, que se le considere como el presidente de los ricos y se empeñó en prometer un cambio de estilo, de sensibilidad, de modales.

Este Macron más “empático” que nos espera en una campaña ya en marcha considera superado el purgatorio de las disculpas. A partir de ahora lo veremos defendiendo fieramente su gestión y proyectando su ambición de seguir dirigiendo Francia y ofertando un programa de liderazgo para Europa. Como hizo en 2017, pero ahora, con Merkel fuera, con la oportunidad de ser reconocida como el primus inter pares en la UE.

Las aguas electorales están revueltas. Macron cuenta razonablemente, encuestas en la mano, con ser uno de los dos contendientes finales en la segunda vuelta de las presidenciales. Su adversario aparece menos claro que hace cinco años, cuando Le Pen confirmó sin apuros su condición de aspirante. A la presidenta nacionalista-identitaria le ha salido un rival correoso en la figura de Eric Zemmour, un polemista con quien los medios están cometiendo el mismo error que con Trump: alimentarlo y  agrandarlo.

Ante un eventual escenario de reagrupamiento de la derecha touts azimuts, Macron está afinando su discurso para asegurarse votos en el centro-izquierda

La derecha (Los Republicanos) han elegido a Valérie Pécrese como candidata. No era la favorita al inicio de las primarias. Actual presidenta de la región de l'Ile de France,  fue ministra con Sarkozy. Pero más que su experiencia, lo más peligroso para Macron es que se trata de la candidata más cercana ideológicamente a él. Le será más difícil, por tanto, jugar a marcar distancia con una adversaria “conservadora”. No es que el antiguo partido gaullista haya hecho uno de esos “viajes al centro” que airea la derecha europea cuando le conviene.  En realidad, el triunfador de la primera vuelta de las primarias de LR fue Cioti, el aspirante más ultra, muy cercano y amigo de Zemmour. Al final, los otros candidatos descartados recomendaron  votar a Pécrese en segunda ronda. Pero el pálpito de un tercio del electorado conservador está mas cerca que nunca de la ultraderecha.

Ante un eventual escenario de reagrupamiento de la derecha touts azimuts, Macron está afinando su discurso para asegurarse votos en el centro-izquierda. Ya ha empezado a hablar de “trabajadores mal pagados”, de “justicia social”, de “solidaridad e integración”. Y, sobre todo de presentar su programa de estímulos durante la pandemia (“cueste lo que cueste”) como una prueba de su distancia con la política de rigidez fiscal de la derecha. En esta impostura, el estado comatoso de la izquierda francesa le facilita la estrategia.

JOHNSON: LA OLA CRECIENTE DEL DESCONTENTO

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Boris Johnson está en otro tipo de apuros. Le quedan técnicamente dos años para someterse a las urnas, pero esa asombrosa mayoría que obtuvo en diciembre de 2019 se le ha descompuesto demasiado pronto. En apenas tres meses se han acumulado reveses políticos de consideración.

La derrota en una reciente elección parcial en un feudo histórico de los tory ha sido un serio toque de atención. El conservador derrotado estaba lastrado por un turbio caso de incompatibilidades. Pero Johnson lo había defendido, como a otros políticos de su partido, de ahí que él mismo asumiera personalmente su responsabilidad por la derrota.

No ha tenido menor impacto negativo en la credibilidad de su liderazgo el escándalo provocado por la publicación de las fotos de un party en el jardín trasero del 10 de Downing Street, en pleno confinamiento, después de que la oficina del PM negara que hubiera tenido lugar. Al propio Johnson le cogieron en renuncio al negar mentirosamente que había utilizado fondos de donaciones políticas para redecorar su residencia.

La gestión de la última ola del COVID ha resquebrajado aún más las filas tories. Un centenar de diputados tories votaron en contra de las tardías medidas de protección presentadas por el gobierno. Previamente, el ministro del Brexit, David Frost presentaba su dimisión por disconformidad con Downing Street.

El liderazgo de Boris Johnson entre los conservadores británicos siempre ha sido una anomalía, sólo explicada por el gigantesco fiasco del Brexit

Las encuestas sitúan ahora a los laboristas por delante de los tories, hasta por diez puntos de diferencia. Los números del PM son aún peores: apenas un 24% de aceptación.

El liderazgo de Boris Johnson entre los conservadores británicos siempre ha sido una anomalía, sólo explicada por el gigantesco fiasco del Brexit. Johnson confía aún en esa impostura populista que le ha permitido conseguir votos en el norte de Inglaterra, antes laborista. Johnson cree contar todavía con la baza de su instinto político, para salir a flote, como ha hecho otras veces. Pero ahora está expuesto y cualquier chispa puede encender una revuelta parlamentaria tory y cobrarse la cabeza del primer ministro, como es bien sabido.

Hasta ahora no se avistaba que al Rey Boris pudiera salirle un rival interno capaz de desafiarlo durante su actual mandato. Sin embargo, una encuesta reciente indica que bajo el hipotético liderazgo del ministro de Finanzas, Rishi Sunak  (de origen indio), los tories obtendrían sesenta escaños más. No obstante, estos barómetros son aún muy volátiles. La evolución de la pandemia y la habilidad para sortear los interminables estragos del Brexit serán decisorios a medio plazo. Por lo pronto, un invierno de descontento surge en el horizonte próximo.

Macron y Johnson: estilos opuestos, similar impostura