martes 30/11/21

 

Hace pocos días estábamos admirando y aplaudiendo la intervención de Joe Biden en el Capitolio, mientras desplegaba todo un consistente programa que personalmente no dudaría en calificar de socialdemócrata, y que es, posiblemente, el más progresista de cuantos haya podido lanzar ningún gobierno norteamericano. Y lo es no solamente por el contenido de sus medidas, sino por el trasfondo ideológico en el que se sustenta.

Pero, cuando aún no se había disipado el eco de su esperanzadora voz ante las cámaras parlamentarias, volvimos a escucharle en una advertencia a Israel por sus bombardeos en Gaza. Y esta vez ya parecía otro Biden: un viejo Biden recogiendo los peores tics estadounidenses en sus relaciones con Israel, con una tibia petición en la que les viene a sugerir algo así como “que sean cuidadosos en sus bombardeos”.

Pero lo peor vino después, cuando Estados Unidos veta el miércoles 12 de mayo, en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la condena por unos bombardeos en los que a fecha de 14 de mayo van 60 personas muertas, y de ellas se calcula que han sido aplastadas las vidas de 17 niños, y en los que vemos derrumbarse edificios enteros bajo las bombas, en escenas de lo que es claramente una guerra de un país como Israel, armamentísticamente poderoso, contra una población que -a pesar de las resoluciones de la ONU y de las proclamas de la comunidad internacional- no se le permite convertirse en nación.

La Unión Europea tiene la obligación de decir basta, y de promover de una vez un ágil proceso que culmine en el corto plazo con la creación de un Estado Palestino plenamente soberano, y al margen de los bloqueos arbitrarios de Israel.

Esa doble cara del mandatario norteamericano es muy inquietante, porque a pesar del sustrato ideológico abiertamente progresista -casi históricamente progresista- en cuanto a la política interior, muestra un rostro anticuado y regresivo en política exterior, tratando de vincular a unas acciones de abuso, que sobrepasan la frontera del cinismo, lo que siempre se ha llamado “los intereses de occidente”, cuando lo que tiene detrás son muchos intereses privados norteamericanos. Intereses, y la huella de ese anticuado y hasta perverso concepto de “imperio”, que no le hace bien al pueblo norteamericano, y que daña las relaciones entre la comunidad internacional.

Puede chocar que para poner de relieve un nuevo atropello de Israel contra el pueblo palestino haya dedicado varios párrafos a hablar del presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Pero es inevitable. A partir de 1948, y tomando como pretexto el reprobable holocausto de los nazis, el occidente de entonces (que tras la guerra mundial estaba hegemonizado por los Estados Unidos) colocó a Israel como “su” pieza clave para controlar un área estratégica en el tablero internacional como es Oriente Medio. Como tal “pieza clave” -y no sólo por el peso que los lobbies judíos tienen en Estados Unidos- Israel se ha armado hasta los dientes con el apoyo norteamericano: incluido el armamento nuclear (ahí intervinieron también Reino Unido, Francia y Alemania), rodeado de una gran opacidad y hasta descontrol, al ser uno de los cuatro países -junto a Corea del Norte, India y Pakistán- que se han negado a suscribir el tratado de no proliferación nuclear.

A pesar de la permanente y cuantiosa ayuda militar estadounidense (142.300 millones de dólares entre 1962 y 2015, y 30.000 millones de dólares entre 2009 y 2018), y de otras ayudas para programas de naturaleza civil, Israel es un país que vive al margen de las directrices dictadas a través de la ONU por la comunidad internacional. Y en determinadas ocasiones se mantiene al margen de los propios controles norteamericanos. Se convierte así en un peligro para el equilibrio internacional, coincidiendo con su propia radicalización integrista y con el cada vez mayor predominio de una actitud de abuso y subyugación frente a la población palestina.

El llamado “occidente” -que está por ver que sea un concepto que defina en la actualidad una realidad útil para el funcionamiento y el entendimiento de la humanidad- cometerá un error muy grave si mantiene el anticuado criterio de un Israel haciendo de avanzadilla geopolítica frente al mundo islámico. Y permitiendo que se convierta, con sus acciones agresivas y bélicas, en una provocación continuada que lo que hace es fomentar una mayor radicalidad entre las 1.800 millones de personas musulmanas, en un mundo que cuenta con 45 países con mayoría musulmana.

Tras la brutalidad a la que hemos asistido atónitos estos últimos días, La Unión Europea tiene la obligación de decir basta, y de promover de una vez un ágil proceso que culmine en el corto plazo con la creación de un Estado Palestino plenamente soberano, y al margen de los bloqueos arbitrarios de Israel. Y tiene la obligación también de desenredar la intrincada madeja de intereses creados, sabiendo deslindar lo que son los intereses políticos de la comunidad internacional de los intereses privados, que atiborran a manos llenas sus bolsillos a la sombra de los conflictos internacionales.

Una tarea que Europa sólo podrá afrontar apostando con tesón por un multilateralismo en las relaciones internacionales, sin dejarse llevar por el reflejo de un atlantismo que tiene más de pasado que de presente, y que la mayor parte de las veces se mantiene alimentado por quienes ocultan sus intereses en el fomento de un nacionalismo estadounidense que en demasiadas ocasiones ha causado estridencias y ha contribuido a romper la armonía en las relaciones internacionales.

Joe Biden, socialdemócrata hacia adentro y halcón hacia afuera