viernes 19.07.2019
ACUERDO EN LA CUMBRE EUROPEA

Final de época y reestructuración de alianzas en la Unión Europea

Final de época y reestructuración de alianzas en la Unión Europea

Acabó el Consejo Europeo extraordinario con sorpresas. Ya decía Keynes que lo inesperado es lo que suele ocurrir. Y así ha sido en esta cumbre europea, tras una prórroga de dos días en los que un muy activo Macron y una Merkel cuya autoridad ya no es la que era han hecho importantes cesiones para mantener sus respectivos liderazgos, reafirmar su alianza y proteger sus capacidades negociadoras para muñir futuros acuerdos. El compromiso alcanzado entre ambos, con el concurso algo desdibujado al final de Sánchez, se sostiene en el nombramiento de dos mujeres para los dos principales cargos institucionales europeos: la conservadora alemana Ursula von der Leyen, actual ministra de Defensa con Merkel, ocuparía la presidencia de la Comisión Europea; y la francesa Christine Lagarde,actual directora gerente del Fondo Monetario Internacional y varias veces ministra entre 2005 y 2011 bajo la presidencia de Sarkozy, una política que se mueve con soltura en el amplio espectro que va desde la derecha conservadora al centro-derecha liberal, ocuparía la presidencia del Banco Central Europeo. 

Nunca antes la Comisión Europea o el BCE habían estado presididos por mujeres. Los dos grandes sacrificados han sido los candidatos a la presidencia de la Comisión Europea por parte del Partido Popular Europeo (PPE), el alemán Manfred Weber, y de los socialdemócratas (S&D), el holandés Frans Timmermans. El actual vicepresidente de la Comisión, Timmermans, aparecía como el aspirante de consenso de los líderes de Alemania, Francia, Holanda y España que fraguaron su acuerdo aprovechando su participación en la cumbre del G-20 en Osaka, pero el fuego cruzado de la extrema derecha, que no le perdona los expedientes abiertos por vulneración de los Derechos Humanos a Hungría y Polonia, y de buena parte del PPE, que reprochaba a Merkel haber aceptado su candidatura sin contrapartidas, tumbaron a última hora sus aspiraciones. El conservador Weber, pese a ser el candidato del partido más votado en las elecciones europeas (el PPE) contaba con el rechazo inicial de socialistas y liberales, y ya había sido sacrificado por Merkel en la anterior cumbre fallida del 20 y 21 de junio, parece haber recibido (aunque no se ha hecho público oficialmente) el premio de consolación de la presidencia del Parlamento Europeo durante la segunda mitad de la legislatura, cargo que estaría ocupado por el antiguo primer ministro búlgaro, el socialista Serguéi Stánichev, durante la primera mitad de la legislatura. Como la tarea de nombrar al nuevo presidente del Parlamento es competencia exclusiva de la Cámara y escapa a las decisiones del Consejo, habrá que esperar al desarrollo de la sesión inaugural del Parlamento Europeo que se celebra hoy, 3 de julio, para conocer si la mayoría de la Cámara acepta ese acuerdo. 

El paisaje político europeo está en plena recomposición. La mayor fragmentación política del Consejo Europeo tiene sus réplicas en una mayor dispersión política de los escaños en el Parlamento

El primer ministro belga en funciones, el liberal Charles Michel, ocuparía la presidencia del Consejo Europeo. Los socialistas y, especialmente, Sánchez obtendrían para Josep Borrell el cargo de ministro de Asuntos Exteriores de la Unión.  

Si la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la UE no hubiera llegado a un acuerdo se habría generado un problema muy grave: en primer lugar, porque habría mostrado en toda su crudeza la debilidad del mayoritario bloque europeísta para designar a los máximos responsables de las instituciones europeas y, como consecuencia, las extremas dificultades para acordar y aplicar las mucho más complejas reformas pendientes de las instituciones comunitarias y de las normas y políticas presupuestarias en vigor; en segundo lugar, porque el inaplazable nombramiento del presidente de la Cámara en la sesión inaugural, sin un acuerdo previo del resto de los cargos en disputa, habría complicado los necesarios consensos posteriores, que partirían condicionados por ese nombramiento al tener en cuenta los factores de afinidad política, territoriales y de género; y en tercer lugar, porque daría aliento a las derechas y extremas derechas neosoberanistas en sus previsibles intenciones de bloquear los nombramientos y las reformas que no son de su agrado y agudizar las crisis de representación política y de proyecto que vive Europa. 

Tras los resultados en las elecciones al Parlamento Europeo celebradas entre el 23 y el 26 de mayo, hemos presenciado los primeros escarceos del final de una larga etapa en la UE en la que la alianza entre la derecha conservadora (PPE) y la izquierda socialdemócrata (S&D) gestionó y marcó el paso del proyecto de unidad europea encarnado por la UE. Esa época parece acabada y se ha abierto un periodo de crisis a la búsqueda de los nuevos pilares y alianzas que sostendrán la nueva etapa de la UE.

El paisaje político europeo está en plena recomposición. La mayor fragmentación política del Consejo Europeo (9 Jefes de Estado o de Gobierno populares, 8 liberales y 6 socialistas) tiene sus réplicas en una mayor dispersión política de los escaños en el Parlamento, más discrepancias en el interior de cada familia política, consolidación de diferentes bloques regionales (el Norte frente al Sur y el Este contra el Oeste) e intensificación de la confrontación política en torno al nuevo eje que divide a las corrientes políticas europeístas de las antieuropeístas. En estas nuevas y complejas circunstancias, la debilidad de la alianza franco-alemana se hace más evidente y los nada eficaces acuerdos de reforma institucional alcanzados por Macron y Merkel en los dos últimos años se desvalorizan aún más. A partir de ahora, se necesitarán acuerdos más amplios y más precisos para llevar a cabo las reformas que se consideren necesarias o, visto desde el lado de la oposición de la derecha ultraconservadora y la extrema derecha xenófoba, ganan peso los grupos políticos que van a la contra y centran sus esfuerzos en bloquear las reformas que pueda alcanzar la mayoría europeísta. No hay que olvidar que ese bloque de la derecha neosoberanista, en el que el grupo político hegemónico es Identidad y Democracia (ID), liderado por Salvini y Le Pen, puede sumar hasta 200 eurodiputados encuadrados en cuatro grupos políticos que, a poco que se pongan de acuerdo y salven sus desavenencias, podrían ejercer una posición efectiva de bloqueo.

La situación se complica en la medida en que la cohesión interna de todos los grupos políticos europeos es reducida, especialmente en el caso de la derecha europeísta o moderadamente euroescéptica del PPE, que sigue siendo, pese al retroceso electoral, el grupo con mayor peso parlamentario y político

Las diferencias entre el Norte y Sur nos remiten a las crecientes divergencias en los niveles de renta por habitante y en sus estructuras y especializaciones productivas; mientras las diferencias entre el Este y Oeste apuntan a interpretaciones muy distantes de la misión y el futuro de la UE, la concepción de la democracia y la protección efectiva de los intereses específicos de las economías más atrasadas que, durante la Guerra Fría, formaron parte del bloque soviético. La pugna entre europeístas y antieuropeístas ya no se sustancia en una estrategia de denuncia y separación de la UE por parte de las fuerzas neosoberanistas, sino en dos concepciones culturales enfrentadas sobre las relaciones de los Estados miembros con las instituciones europeas, en las competencias cedidas a esas instituciones comunes y en los objetivos principales que deben orientar la acción política de las instituciones europeas. 

La situación se complica en la medida en que la cohesión interna de todos los grupos políticos europeos es reducida, especialmente en el caso de la derecha europeísta o moderadamente euroescéptica del PPE, que sigue siendo, pese al retroceso electoral, el grupo con mayor peso parlamentario y político. Pero el pensamiento político de la derecha conservadora está crecientemente condicionado por el avance de las ideas ultraconservadoras y las extremas derechas xenófobas que buscan una alianza estratégica en torno al rechazo a la inmigración y la defensa de una identidad europea basada en factores étnicos, religiosos y culturales excluyentes. La programada retirada política de Merkel y la victoria en las elecciones europeas de la extrema derecha en dos países, Francia e Italia, que han sido fundadores y son pilares esenciales de la UE, complican aún más las cosas. 

Las dificultades de las últimas reuniones del Consejo Europeo para llegar a acuerdos en la designación de los máximos cargos de las instituciones europeas evidencian los grandes obstáculos que tendrán que ser superados para acordar y llevar a cabo las reformas institucionales pendientes y los imprescindibles cambios en la errónea e injusta estrategia de austeridad y devaluación salarial aplicada a partir de 2010. Acuerdos que tendrían que ser mucho más firmes y extensos, incluyendo a los verdes y a parte del grupo de la izquierda unitaria europea, si se quiere impedir que las derechas neosoberanistas bloqueen toda reforma que suponga mayores competencias para las instituciones europeas. 

La suerte del proyecto de unidad europea sigue en el alero. Más aún en un corto plazo en el que la UE debe gestionar el abandono efectivo del Reino Unido, el aumento de las tensiones comerciales con EEUU y las negociaciones sobre el Marco Financiero Plurianual de 2021-2027. Estas negociaciones sobre la envergadura del presupuesto de la UE en los próximos años permitirá medir la ambición de las reformas que deben ser realizadas para que el languidecimiento de la economía europea, el aumento de las tensiones sociales y el enquistamiento de los enfrentamientos políticos no acaben haciendo irrelevante a la UE en la escena internacional y en la economía global frente a los grandes desafíos del cambio climático, la cohesión social y la puesta en pie de un nuevo modelo de globalización multilateral más justo, más inclusivo y abierto a las necesidades de los países pobres, más democrático y respetuoso con los Derechos Humanos y capaz de resolver pacíficamente los inevitables conflictos de intereses. 

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