domingo. 21.07.2024
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El rey Felipe a su llegada al aeropuerto de Tallin, Estonia. (Foto: Casa Real)

Por las diferentes noticias que han ido publicando las agencias de prensa hemos tenido conocimiento los españoles que el Rey Felipe VI, después de las celebraciones de su décimo aniversario como monarca, ha girado una visita a los tres países bálticos, independizados de la Unión Soviética en 1991: Lituania, Letonia y Estonia.

La televisión española se ha limitado a recoger las informaciones oficiales de entrevistas con los presidentes de estos Estados y las visitas a las tropas españolas desplegadas en esta zona europea desde hace ya más de una década.

La razón de este viaje debe tener su importancia dado que Felipe VI  en diez años de reinado tan sólo ha realizado dos visitas a tropas en el exterior, la primera en 2015 al Líbano y la segunda en 2019 a Irak, acompañado desde el primer momento por los ministros José Manuel García Margallo y Margarita Robles respectivamente.

En este caso, la actual ministra de defensa Margarita Robles ha realizado un largo viaje para estar tan sólo un par de horas, el útlimo día, al lado del monarca en la base letona de Adazi, en la que está integrado un batallón terrestre de la OTAN, liderado no por España sino por Canadá. Mientras el Rey pasaba revista a las tropas, Robles charlaba con el ministro de defensa letón y no ha mantenido relación con la caravana de periodistas que ha seguido la gira del Rey, según informa el diario La Razón, se supone que para no dar explicaciones.

El motivo que se ha transmitido a la opinión pública de este viaje es recalcar el apoyo de España a estos países ante la incertidumbre militar europea por el conflicto de Ucrania y la "posible" ampliación de las invasiones rusas a otros países pertenecientes a la OTAN limítrofes con sus fronteras. 

Por razones personales tuve la oportunidad de visitar hace unos pocos años estos tres países. Repasando las notas que hice durante el viaje y la información que pude recabar de diferentes personas he podido comprobar la unanimidad que manifestaban de su gran debilidad ante la fuerza del ejército ruso y el temor a la repetición de una invasión militar como la que se produjo en 1991.

Sus capacidades militares eran muy limitadas y sólo el apoyo de la OTAN podía garantizar que los rusos no invadieran el país “en 24 horas” como repetían insistentemente. Su preocupación por los temas de seguridad era lo más importante. Probablemente desde entonces su fuerza militar se haya visto reforzada como hizo Ucrania desde 2014.

El cruce de la frontera desde Ivangorod en Rusia y Narva en Estonia, a través de un puente en el Rio Narva, ha sido la frontera en la que más controles policiales he pasado en mi vida. Hasta 8 veces, cuatro en zona rusa y cuatro en zona estonia, tuvimos que soportar los viajeros del autobús que nos llevaba desde San Petersburgo a Tallin, capital de Estonia. Se respiraba el ambiente del periodo posterior a la Revolución de Octubre de 1917 y parecía que estábamos en los tiempos reflejados en la magnífica novela “Diamantes para la dictadura del proletariado” del magistral escritor de novela negra soviético Yulián Semiónov que se desarrolla en dichas fronteras (aunque los viajes eran en tren) y en la ciudad de Reval que cambió su nombre por Tallin en 1918.

También hacían notar los guías de los tres países el duro proceso que les había llevado a conseguir la independencia en 1991. La Unión Soviética trató de impedirla mediante invasiones militares pero la determinación de la mayoría de las poblaciones dio lugar a la que se denominó la Revolución Cantada, por la importancia de los grandes conciertos musicales que se convocaron. Hubo derramamiento de sangre en Estonia y Lituania, pero el proceso fue imparable. Países que prácticamente nunca en su historia habían sido independientes consiguieron ese estatus gracias al éxito de masivas concentraciones y cadenas humanas bálticas de más de millón y medio de personas. Estas cadenas fueron más tarde emuladas en el proceso independentista que vivió Cataluña en el año 2017.

Quizás este alejamiento del modelo europeo ha llevado a que en las recientes elecciones europeas el porcentaje de participación de estos países haya sido tan bajo. El 28,38% en Lituania, el 33,82% en Letonia y el 37,60% en Estonia

Una tercera cuestión de la que se nos informó era de la continua e importantísima implantación de empresas (bancos, empresas tecnológicas y de servicios) de los países nórdicos (Finlandia, Noruega y Suecia), así como de Alemania que se estaban trasladando a estos países gracias a dos cosas: sus bajísimos tipos impositivos con una fiscalidad muy laxa y los bajos salarios de los jóvenes bálticos en comparación con los trabajadores altamente sindicalizados y con buenos salarios de los países de origen.

Este “dumping fiscal y laboral” era visto como una gran ventaja competitiva y la construcción de grandes edificios de oficinas para acoger a estas empresas era alabada como la demostración del éxito de sus políticas económicas ultraliberales.

Hay que tener presente que estos países formalizaron su ingreso en la OTAN en marzo de 2004 y en la Unión Europea el primero de mayo del mismo año. Entre los tres suman una población ligeramente por encima de los 6 millones (Menos que Andalucía por ejemplo) y que la suma de sus PIB en 2023 está aproximadamente en 275.000 millones de dólares, por debajo del PIB de Cataluña que es de 312.947 millones de dólares.

Como indicaba el informe realizado por Edmar Valenov para el Real Instituto Elcano en 2004 conviene aclarar que la realidad de cada país es muy distinta dado que “si bien comparten ciertos elementos cruciales de su historia, tienen muy marcada su identidad nacional en lo que se refiere a lenguas, religiones, pasado histórico, relaciones con los vecinos, etc. Durante la época soviética, Moscú promovió una política de rusificación, que consistió en poblar estos países de oriundos de otras partes de la URSS, como la propia Rusia, pero también de Ucrania, Bielorusia, etc. Como resultado de ello, el 40% de la población de Letonia y el 30% de la de Estonia pertenecen a minorías étnicas; Lituania se libró de este asentamiento masivo, de tal manera que en la actualidad el 80% de su población está compuesta por lituanos étnicos.”

"Letonia siempre se ha considerado el eslabón políticamente más débil de los bálticos, ya que sus aspiraciones europeas se vieron obstaculizadas repetidamente por su propia intransigencia en el trato dispensado a la minoría ruso-hablante. Esta fue una de las razones principales por las cuales, a diferencia de Estonia, no fue invitada a negociar su ingreso en la UE en el primer paquete.Conviene recordar siempre que en Letonia aproximadamente un 40% de la población de 2,4 millones, son ruso-hablantes y que la mayoría de ellos  no son considerados “ciudadanos”, no pueden tener pasaporte ni pueden votar en las elecciones políticas locales, generales o europeas. Esta “anomalía democrática” no fue óbice para su admisión en la Unión Europea, más allá de críticas y recriminaciones que no tuvieron resultado práctico. En Estonia también persisten las divisiones en la sociedad, pero los políticos estonios mostraron más pragmatismo. A diferencia de Letonia, los “no ciudadanos” (172.000 personas de un total de 1,5 millones de habitantes) pueden votar en las elecciones locales. En Lituania, debido a su población más homogénea, no existe este tipo de problemas".

"Ellos también se opondrán a cualquier designio federalista por parte del “núcleo duro” pro-integracionista europeo, por el miedo de ver su recientemente recuperada soberanía y hasta identidad nacional disolverse en la UE. En general, existe en estos países un amplio consenso acerca de la conveniencia de preservar la preeminencia del Estado-Nación."

Quizás este alejamiento del modelo europeo ha llevado a que en las recientes elecciones europeas el porcentaje de participación de estos países haya sido tan bajo. El 28,38% en Lituania, el 33,82% en Letonia y el 37,60% en Estonia, bastante por debajo de la media europea que ha sido el 51%.

Esta escasa participación de los estonios en la votación europea no ha sido relevante a la hora de nombrar a su primera ministra Kaja Kallas como Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea para sustituir a Josep Borrell.

Su perfil de “La voz más firme contra Rusia” y su pertenencia al grupo de los liberales europeos ha sido más importante que los escasos votos que consiguió su formación política en las elecciones. Su partido, el  Eesti Reformierakond ha quedado en tercer lugar, con el 17,90% de los votos y perdiendo uno de los dos eurodiputados que tenía. Pues bien esta señora será quien represente a la Unión Europea en los temas internacionales.

Volviendo al tema inicial de la presencia del Rey Felipe VI en estos países sería interesante conocer las razones “reales” del viaje, si esto obedece a una decisión de la Casa Real de tener una mayor presencia internacional, independientemente de las orientaciones del gobierno que esté en la Moncloa, o bien ha sido una afirmación de su poder militar como Capitán General de los Ejercitos para anunciar que se va a enviar armamento antiaéreo a Letonia para “prevenir” un posible ataque de Rusia a un país de la OTAN, informando de unas decisiones que probablemente correspondan más a la Ministra de Defensa, al Ministro de Asuntos Exteriores o al propio Presidente de Gobierno.

La posición del Gobierno español en el conflicto de Ucrania y el envío de tropas a las zonas de conflicto debe ser un tema que se debata en el Parlamento español con transparencia y sinceridad para que el conjunto de los españoles sepamos realmente cuál es nuestra posición y los riesgos que se asumen como país.

La extraña visita del rey Felipe VI a Lituania, Letonia y Estonia