lunes 24/1/22
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El televisor se encuentra estático pero las imágenes de los camiones recorriendo las vacías calles de Italia van y vienen, una y otra vez, una y otra vez. Grandes moles verdes se desplazan sobre un pavimento cada vez más rojo. La tela que los cubre se puede ver algo vetusta por el paso del viento y de la lluvia, pero el camión parece no detenerse ante nada. Todavía hay charcos de alquitrán de un lado y del otro de la acera, los árboles que circundan el lugar se han pausado, sus hojas han comenzado a deslizarse, han comenzado a morir debajo de los primeros rayos del sol que no alcanzan a salir en su totalidad. Ya suman 12.428 muertes en lo que va desde que se supo del primer caso en tierras ítalas, la pandemia se ha vuelto una pieza inconsciente de intercambio entre bandos que no se conocen.

Centenares de auxiliares sanitarios caminan de norte a sur del país, sus trajes blancos contrastan con la oscuridad que se percibe fuera, sus movimientos son por demás parsimoniosos, estudiados milimétricamente, se pelea con un enemigo invisible que parece no querer dar tregua alguna. El frío acicala los huesos de los pocos que logran salir de sus hogares, casas que se han convertido en búnker, pequeñas celdas de una penitenciaría en forma de bota que sigue llorando a sus caídos.

Los programas solo hablan de desesperación, la impotencia ante lo que no tiene explicación, hay personas mayores, hombres robustos y mujeres añejas compartiendo la misma realidad. El panorama es desalentador, la muerte espera en cada esquina, los objetos en las vidrieras de los locales se encuentran caídos, no hay manos que los acomoden. Esas plazas colmadas de turistas se han vuelto un páramo, una inmensa urbe convierte todo cuanto se halla bajo su cielo en un gran pueblo fantasma.

No hay certeza en el aire, solo preguntas que intentan encontrar respuestas, mientras tanto, el desfile de camiones no cesa, es una corredera de motores que van pescando muertos por doquier

El olor que emana la ciudad desde sus alcantarillas es hediondo, el adoquín de los barrios bajos tiene un verdín propio de días de desolación, de ausencia de coches en los caminos, las vías de tren cubiertas por el pasto y los muérdagos sintetizan este óleo del covid-19, que hizo de los museos y monumentos, un cuadro realmente dantesco.

Son las nueve de la noche y desde los edificios desciende un aplauso generalizado que parece no perderse en la oscuridad, aunque la noche se ha sumido en silencio constante, las personas que pelean por sobrevivir no se cansan de agradecer, ese sonido se vuelve ensordecedor. En algunos pisos se pueden ver personas cantando, otros departamentos continúan a oscuras, como queriéndose mimetizar con el ambiente, pero todos están allí, agazapados, a la espera que suene la campana para poder salir de sus madrigueras.

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No hay certeza en el aire, solo preguntas que intentan encontrar respuestas, mientras tanto, el desfile de camiones no cesa, es una corredera de motores que van pescando muertos por doquier. El coronavirus se ha apoderado de los cuerpos, no hay lugar seguro donde esconderse, todos esperan, no hay nada que hacer, no somos más que seres humanos intentando llegar a salvo a un nuevo amanecer.

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Covid-19, las memorias de Italia