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sábado. 25.06.2022

La cobertura mediática de la guerra en Ucrania reproduce patrones experimentados en los conflictos bélicos que han merecido la atención preferente de las principales compañías informativas en los últimos 30 años. Naturalmente, el patrón dominante en Rusia es diferente al que se observa en Occidente, 

RUSIA: LA PROPAGANDA SUSTITUYE A LA INFORMACIÓN

En Rusia, la confusión entre información y propaganda es total. Más bien podría decirse que la propaganda ha sustituido a la información, como suele ocurrir en los sistemas en los que el estilo autoritario domina el funcionamiento institucional.  

Primero, se instruyó a los medios estatales para que ofrecieran la versión oficial. No se puede hablar de invasión, ni siquiera de guerra, sino de “operación militar especial”. Pero esta grosera manipulación terminológica no ha sido suficiente para embridar el ánimo de la población. El apoyo social a la campaña militar es más que dudoso. Según algunas encuestas independientes de difícil verificación, más de la mitad de los rusos respaldan la invasión, mientras una cuarta parte se opone y el resto no tiene opinión o no la quiere manifestar (1).

Se hacía imperativo, por tanto, actuar sobre los medios independientes. Cuando resultó evidente que no valían las advertencias y/o amenazas, se pasó al recurso punitivo. La Duma aprobó, sin votos en contra, una ley que penaliza con hasta 15 años de prisión a quienes transmitan “mentiras” sobre lo que ocurre en Ucrania. Mentiras es todo aquello que cuestiona la versión oficial. Los dos medios independientes más prestigiosos, Radio Echo Moscú y la televisión digital Dozhd, han decidido cerrar, amedrentados.

Televisiones, radios y prensa internacionales se han sentido también intimidados y han preferido renunciar a informar desde Rusia. Muchos ciudadanos rusos de cierto nivel económico y cultural, disponían de estos canales para contrarrestar la narrativa oficial. 

El otro ámbito de actuación han sido las redes sociales. Facebook, Twitter y TikTok han sido bloqueados. Hasta hace poco tiempo, la libertad de expresión en Rusia era aceptable, sin ser óptima. Pero, como recuerda la investigadora de origen ruso María Snegovaya (Universidad George Washington), comenzaron a producirse claras restricciones con motivo de las protestas en varias ciudades rusas tras la detención del dirigente opositor Alexei Navalny (2).

A pesar de este intento de controlar la respuesta social, el gobierno ha tenido que acudir a la represión directa para frenar las protestas. Según la ONG OVD-Info, citada por LE MONDE, 13.000 militantes antiguerra han sido interrogados por la policía (3).

Los relatos convergentes hacia la demonización del agresor y la victimización del agredido. Los más frívolos, como algunos periodistas deportivos, están incurriendo directamente en la rusofobia

OCCIDENTE: EL RIESGO DEL “IMPERATIVO MORAL” 

En Occidente, también se pueden apreciar debilidades notables, aunque de manera menos grosera, más híbrida, más sutil. El tono dominante es de un supuesto imperativo moral que se superpone y en muchos momentos condiciona la obligación de informar de manera desapasionada y objetiva, explicando y no induciendo.

En Ucrania, se observan los mismos errores o vicios que en coberturas mediáticas de guerras anteriores. Se mezcla la labor de informar con una confusa toma de partido cívica, más retórica y gestual que práctica y real. Este comportamiento se detecta más en los responsables de las ediciones que en los reporteros sobre el terreno, por lo general. Los líderes de opinión, los detentadores de pantallas, micrófonos, portadas y titulares se erigen en jueces y olvidan su obligación formadora, pedagógica, explicativa. Se compite por ser el más solidario con el agredido y el más contundente contra el agresor. Hay una simplista reducción del conflicto a un cuento de buenos y malos. Se abdica de la obligación de informar, en nombre de un supuesto imperativo moral.  No se trata solamente de una confusión irreflexiva. O de un reflejo emocional de simpatía frente a la víctima. En todos estos comportamientos hay una preocupación consciente o inconsciente de estar en el bando correcto. 

¡Uno de los miembros del equipo de Democracy Now!, colectivo independiente de la izquierda norteamericana, ha denunciado casos concretos de estos vicios deformativos detectados en los primeros días de la guerra ucraniana: narración ficcionada de episodios bélicos concretos, uso de imágenes correspondientes a otros conflictos para apoyar un relato, credulidad absoluta ante las versiones del bando “bueno” y descalificación prejuiciosa del contrario, etc. A todo esto, hay que añadir ciertos reflejos racistas como el protagonizado por un enviado especial de la CBS que definió a los resistentes ucranianos como “civilizados” en contraste con iraquíes o afganos (4).

Yo mismo he presenciado como una presentadora de noticias de BBC World regañó y llamó mentiroso en antena a un portavoz de un instituto ruso de relaciones internacionales porque se alineaba con la posición oficial ¿Qué esperaba? 

En la guerra de Ucrania se detectan varios asuntos de equívoco tratamiento. En primer lugar, las razones del conflicto. Se ha insistido mucho en ridiculizar la “desnazificación”, un mantra ruso que responde a la propaganda más burda. Pero apenas se ha explicado la realidad política de Ucrania, el contexto geoestratégico y las preocupaciones de seguridad de Rusia. ¿Alguien ha planteado qué hubiera hecho Estados Unidos si México solicitara un tratado de defensa con Moscú o con Pekín? ¿Se olvida que Reagan financió y diseño una guerra encubierta en Nicaragua, aunque los sandinistas suponían riesgo cero para la seguridad norteamericana?

Que Rusia ha atacado militarmente a Ucrania pertenece al ámbito de la realidad y no al de la interpretación. Pero a partir de ese hecho incontrovertible, se han sucedido los relatos convergentes hacia la demonización del agresor y la victimización del agredido. Los más frívolos, como algunos periodistas deportivos, están incurriendo directamente en la rusofobia.

La mayoría de los medios se han precipitado en transmitir que el “ejército de Putin” ha fracasado en sus objetivos iniciales. ¿Realmente alguien conoce el plan de batalla del Kremlin? ¿Hemos olvidado que los norteamericanos necesitaron tres semanas para tomar Bagdad en 2003, ante un enemigo mucho menos poderoso y peor armado que el ejército de Ucrania?

A continuación, se ha instalado la idea de que Rusia ataca sistemáticamente objetivos civiles. El daño no reside en informar de estos bombardeos que causan muertes en la población, algo fuera de duda. Lo discutible es que se les atribuya una intencionalidad malvada expresa, debido a la frustración rusa por la falta de resultados militares tangibles. Es evidente que en esta guerra están muriendo ciudadanos desarmados. Como en Irak, en Serbia o en Afganistán. Pero en las guerras de Estados Unidos o de la OTAN se solía aceptar que las víctimas civiles eran producto de errores, de fallos puntuales de inteligencia, de accidentes. En el caso de Rusia, esta consecuencia de la guerra se atribuye a una estrategia deliberada; terrorista, se ha dicho.

UN MODELO INQUIETANTE

Desde 1990 se vive una efervescencia mediática con la guerra, porque el enorme desarrollo de los recursos tecnológicos ha impulsado la proximidad e inmediatez de la transmisión de lo que ocurre en una zona de conflicto. Aparentemente, la técnica nos debería acercar a la verdad. Por el contrario, la fantasía se ha hecho más eficaz, porque se parece más a la verdad que se quiere inculcar, y ésta a la verdad que se quiere ver y escuchar.

Ya hay estudios críticos serios sobre el enorme fracaso de los medios en las guerras de la posguerra fría. Las élites son conscientes de que el interés informativo sólo es rentable cuando ingentes cantidades de ciudadanos toman partido y sienten la necesidad de expresarlo, de hacerse protagonistas mediante gestos que nunca superan el umbral de lo simbólico. 

La cobertura de un conflicto bélico exige dosis extraordinarias de rigor e imparcialidad en la presentación y preservación de los datos contrastables, porque aumentan y  se agravan los peligros de construir relatos paralelos, de alterar o manipular los hechos, de justificar las decisiones de los responsables políticos, de ocultar los errores de un bando  y magnificar los del otro. La verdad es la primera víctima de la guerra, reza el adagio de invariable cumplimiento.

En la guerra de Ucrania resulta fácil identificar al agresor, y eso facilita la contaminación de la propaganda. Como ciudadano, el informador puede y debe actuar con el grado de compromiso partidista que considere oportuno y necesario. Pero cuando ejerce su labor profesional, en la escala que le corresponda, no puede permitirse ese lujo. 

Los años de experiencia en la organización de cobertura de guerras o graves conflictos internacionales me aconsejan ser muy escéptico sobre estos despliegues de unanimidad informativa. Responden, por lo general, a intereses mucho menos dignos que el sufrimiento de poblaciones inocentes o la fidelidad a principios tan elevados como la paz, la justicia o la concordia entre las naciones. Las guerras son siempre la expresión de conflictos de intereses entre unos pocos en perjuicio de las mayorías. Para entender la complejidad de los conflictos internacionales la simplificación de buenos y malos, héroes y villanos, no es el mejor camino. 

Rusia es el agresor en esta guerra y con eso parece bastar. No es así. En los conflictos bélicos de Occidente se ha puesto mucho interés en resaltar que la guerra fue el último recurso después de que fracasaran los esfuerzos diplomáticos. En el caso actual, se ha obviado o minimizado los argumentos rusos, sean o no consistentes o sinceros. 

En la llamada “guerra contra el terror”, Estados Unidos empleó el concepto “acción militar preventiva”; es decir, atacar antes de volver a ser atacado, amparándose en el “trauma del 11 de septiembre” y en la enorme mentira de las “armas de destrucción masiva” iraquíes. Muchos medios, en particular los norteamericanos se adscribieron a este tramposo argumento. Ahora, en cambio, se muestran muy combativos ante la falsedad rusa de la “desnazificación”.

Una vez acabada la guerra de Irak (si es que puede considerarse guerra a aquel linchamiento de un régimen hostil que termino pagando en sangre, destrucción y miseria la población civil), se inició un proceso de expiación de los medios por la falta de rigor y profesionalidad que demostraron. Recuérdese aquella frase lapidaria de Dan Rather, una de las anclas mediáticas de EE.UU.:” Siempre que mi presidente, mi comandante en jefe me llame al servicio, allí estaré”. El informador se convierte en soldado. Al descubrirse la falsedad de los argumentos de la Casa Blanca, el veterano periodista se excusó y modificó su actitud ante la guerra. Demasiado tarde.


NOTAS

(1) “Trough Putin’s looking glass: How the Russians are seeing -or not seeing- the war in Ukraine”. ANTHONY FAIOLA. THE WASHINGTON POST, 8 de marzo.
(2) “With new limits on Media, Putin close a door on Russia’s ‘openness’”. STEVE LEE MYERS. THE NEW YORK TIMES, 7 de marzo.
(3) “Comment les ruses antiguerre contournent un Internet muselé”. PAULINE CROQUET. LE MONDE, 8 de marzo. 
(4) “Media malpractice and Information War in Ukraine. The Western media’s double standard is on full display amid Ukraine war coverage”. ISHMAEL N. DARO. THE NATION, 2 de marzo.

La cobertura mediática de la invasión rusa de Ucrania