Capitalismo caníbal
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Dentro de un ejercicio de hipocresía con muchos precedentes históricos, diversos países han lanzado paquetes de víveres sobre las tierras masacradas de Gaza. Gaza es un cementerio, es una tierra donde los supervivientes van de un lado para otro pidiendo a Dios una muerte rápida o la desaparición de sus asesinos, da igual, todo está destruido, no hay esperanza, no hay dignidad, no hay día de mañana. Europa -Estados Unidos es otra cosa, siempre estuvo al lado del crimen- está cometiendo uno de los errores más grandes de su ya larga y trágica historia: la renuncia a la defensa integral y global de los derechos humanos, que de ese modo quedan huérfanos en el planeta y éste a merced de los depredadores más insaciables. Arrojar comida, unos cuantos miles de raciones, como a hurtadillas, como el que no quiere, demuestra hasta que punto de irrelevancia ha llegado Europa, lo poquísimo que pesa en el panorama inernacional y lo vergonzoso de su actitud siendo una de las primeras potencias económicas mundiales.
Europa está cometiendo uno de los errores más grandes de su ya larga y trágica historia: la renuncia a la defensa integral y global de los derechos humanos
Caían los palés sobre las tierras bombardeadas, corrían los palestinos para conseguir un paquete de pasta, un puñado de arroz, una lata de sardinas. La ley del más fuerte, que es la que se está imponiendo en todo el mundo, también allí donde la muerte pasa la guadaña a destajo, sin descanso, sin hartazgo. Así nació el capitalismo en los tiempos oscuros, quien dominaba el fuego, quien mataba al bisonte y distribuía su carne, quien sabía el secreto del trigo, ese era el dueño de todo, incluida la reproducción de la especie. La ley del más fuerte es la del hombre primitivo que para subsistir no sólo debía enfrentarse al enemigo natural, sino también al hambriento, al que no podía cazar o no sabía. Durante un tiempo fue por pura supervivencia, matar o morir, pero con el tiempo, con la aparición del cultivo y el pastoreo, del excedente, esa ley ya no era para sobrevivir sino para dominar, para ser el más poderoso, el más rico, el que hacía la ley, el que impartía justicia a su imagen y semejanza, como el Dios del Sinaí que sigue organizando la vida de yanquis e israelitas con sus órdenes aniquiladoras de obligado cumplimiento.
Es la ley que vuelve a gobernar el planeta, la del más fuerte, del pez grande que se come al chico, la de Hammurabi, la del Talión. Si dejas a un país que cartografíe todas tus calles, tus casas, tus pasos, si le permites que tenga ochocientas bases militares repartidas por todo el planeta, si se consiente que empresas digitales en régimen monopolístico tengan más información sobre las personas de la que en su tiempo tuvo la Gestapo, si el derecho a la intimidad ha quedado reducido a cenizas, si la libertad de expresión es algo parecido a la de difamación, si no sabemos distinguir realidad de mentira, si el cambio climático que cada verano nos muestra más su fiereza es un invento de progres amargados, si Israel y Estados Unidos tienen derecho a convertir Gaza en una urbanización para millonarios después de matar o expulsar a más de dos millones de personas, es que todos, absolutamente todos hemos perdido la cabeza y el corazón, hemos dejado atrás la condición humana que tantos años de evolución costó construir para regresar al planeta de los simios donde anduvimos por miles de años.
Con Donald Trump y el nuevo fascismo mundial, el capitalismo está llegando a su etapa de máximo esplendor
Con Donald Trump y el nuevo fascismo mundial, el capitalismo está llegando a su etapa de máximo esplendor, no tiene enemigos a la vista, no hay oposición, ni alternativas, tampoco peligra ninguno de sus objetivos de acaparación, la guerra nuclear, el desastre ecológico, la desigualdad extrema que crece en progresión geométrica, todas esas cosas que preocupaban hace años a una parte de la población han pasado al olvido, importan una figa, la codicia ciega y uno puede gritar de alegría agitando el sombrero a lomos de una bomba atómica como en aquella célebre escena de Teléfono Rojo…
Europa era la conciencia del mundo, aquí nacieron de verdad los derechos que nos hicieron grandes, no de la inocencia, Europa mató en todos los continentes del planeta, pero también pensó durante siglos como se podía hacer una sociedad mejor, como vivir de manera más justa, como eliminar la injusticia y avanzar hacia un mundo donde no sólo la propiedad diese la felicidad. Fue aquí, en nuestro continente donde se dijo que no hay que confundir valor y precio, que es necesario hacer política para que no te la impongan los que la desprestigian con su propaganda y su negocio, fue aquí donde se dijo que obrásemos de tal manera que nuestra conducta sirviese de ejemplo a los demás, donde se afirmó que nadie pudiese ser tan rico como para poder comprar a una persona ni tan pobre como para necesitar venderse, donde nació la declaración de derechos del hombre y del ciudadano, el mayor compendio de convivencia justa de la historia. Europa puede destacar por el arte que albergan sus ciudades y museos, por los paisajes maravillosos que la cubren amenazados por el cambio climático, pero si por algo ha sido Europa grande fue por la filosofía que llevó a crear los derechos que igualan a las personas ante la ley, que impiden la pena de muerte, que garantizan que nadie morirá de hambre por vejez, invalidez o enfermedad. Eso es Europa, o estoy equivocado, o fue, o ha dejado de serlo, el silencio ante tanta atrocidad, la complacencia ante las aberraciones lideradas por Trump, la sumisión, el ardor guerrero de quienes jamás pisarán un campo de batalla ni sufrirán los efectos de un dron mortífero no es de la Europa que creo el mayor espacio democrático del mundo tras los desastres de la Segunda Guerra Mundial, no, es el pasado, es el horror que nos retrotrae a los años veinte y treinta del pasado siglo, cuando la locura belicista infectó a los pueblos, a las clases pudientes y a los de abajo, todos dispuestos a uniformarse, a peinarse como el líder, a sacar pecho, a lucir armas, a apalear al que no lo hiciese.
El movimiento fascista actual nace de la riqueza y ha igualado el pensamiento, el sentimiento y las pasiones de pobres y ricos
No quiero imaginar una historia repetida, pero conviene recordar que el antiguo fascismo, el más sofisticado nació en Alemania, el país más culto y desarrollado del mundo. Allí donde se oía a Mozart en absoluto silencio, allí donde los Lieder de Brahms eran escuchados con absoluta devoción, allí donde se adoraba a Goethe y corrían las lágrimas al calor de Parsifal. No, no estamos viviendo la rebelión de los pobres, que tendrían derechos a ella por tanta miseria de tantos siglos, sino la de los ricos, el movimiento fascista actual nace de la riqueza y ha igualado el pensamiento, el sentimiento y las pasiones de pobres y ricos. Como tanto gusta decir a muchos tertulianos, es un movimiento transversal guiado por el odio que confía en un cirujano de hierro, impío, implacable, capaz de limpiar el mundo de inmundicias, es decir de pobres y feos, de gordos y enfermos, de filósofos y poetas, de gente improductiva, de personas capaces de sentir dolor por los que sufren. Estados Unidos ya encontró su cirujano en Trump, Europa está fabricándolo mientras la mayoría de nosotros somos ya incapaces de mirar unos metros más allá del portal de nuestra casa, ignorando que cuando el fascismo llega, ningún portal queda libre de sangre ni de ignominia. Ni siquiera el tiempo, por mucho que se empeñen los dueños de la historia, será capaz de borrar la actitud de unos hombres que permanecieron impasibles ante el avance del mundo, contemplando la aniquilación de sus semejantes con la mayor de las sonrisas, o, en el mejor de los casos, con una leve mueca de dolor ahogada en una copa de vino blanco de la Ribera Sacra.
El capitalismo se está devorando a sí mismo, pero ha engatusado a media humanidad que aspira a enriquecerse sobre las ruinas de lo que quede. Vivimos un tiempo en el que de nuevo la codicia y la avaricia, combinadas con la soberbia y la ignorancia, marcan el rumbo a seguir por la mayoría. Las leyes, los derechos, las libertades sólo son un obstáculo al deseo de los bárbaros. Están a punto de conseguirlo, sino miren a Gaza, a Cisjordania, a Siria, a los barrios obreros de la periferia de nuestras ciudades donde reinan el lumpen y la desesperación. Hay futuro, por supuesto que lo hay, pero para encontrarlo es menester tomar conciencia de donde estamos, de hasta que extremo hemos dejado deteriorarse el mundo que estábamos construyendo.