Ucrania: la última guerra europea

La guerra ruso-ucraniana, nunca declarada, por supuesto, es una consecuencia de la oleada o auge nacionalista en Europa, que se inició en los territoriales oriental tras la caída del muro de Berlín y el proceso de debilitamiento terminal de la URSS, hasta su extinción, en 1991

Desde el pasado fin de semana parece haberse reavivado la última guerra europea: la que enfrenta a Rusia y Ucrania desde hace cuatro años y medio. El incidente naval ocurrido en el estrecho de Kerst (que separa los mares Negro y Azov), discutido punto de delimitación de las aguas territoriales de cada parte amenaza con provocar una escalada que parecía, si no controlada, al menos en estado de latencia en los últimos dos años.

Más allá de las habituales versiones contradictorias que suelen producirse en este tipo de situaciones, lo que parece claro es que existe nula voluntad de conciliación. Lo cual no quiere decir que Rusia y Ucrania tengan apetito de más guerra. Parece tratarse más bien de un ejercicio clásico de posturing (postureo): no aparentar debilidad, de orgullo, de prestigio.

La guerra ruso-ucraniana, nunca declarada, por supuesto, es una consecuencia de la oleada o auge nacionalista en Europa, que se inició en los territoriales oriental tras la caída del muro de Berlín y el proceso de debilitamiento terminal de la URSS, hasta su extinción, en 1991. De las ruinas de los regímenes comunistas no surgieron procesos democráticos sólidos, sino expresiones nacionalistas más o menos agresivas, todas ellas generadoras de desestabilización política, cultural, religiosa y territorial, que sacudieron fronteras y plantearon una inestabilidad crónica. La disolución de la URSS no sólo representó el final de régimen instaurado por Lenin, sino la desintegración del vasto territorio soviético y la aparición de numerosas entidades cuya delimitación territorial, cultural y religiosa nunca había estado completamente consolidada, antes y después de la revolución de octubre. Esa inestabilidad no se limitaba al antiguo espacio soviético; por el contrario, se manifestó inicialmente en los llamados países satélites y afines. En Checoslovaquia, el conflicto se resolvió pacíficamente, pero no así en Yugoslavia.

La antigua Unión Soviética se descosió por todos los lados, con excepción del duro costado oriental. Al noroeste, se desgajaron los bálticos (pioneros del desgarro); en la región centroasiática las repúblicas con mayoría musulmana se apuntaron al impostado renacer islámico; el acceso más virulento ocurrió en el Cáucaso, con o sin componente religioso añadido. Pero el episodio más doloroso para las autoridades pos-soviéticas (nacionalistas a su vez, también) fue el desgarro por el oeste, la secesión y la hostilidad de Ucrania.

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Nunca hubo voluntad de conciliación entre las élites anti-rusas de Ucrania y el Kremlin. Washington rescató de un cajón del orígen de la guerra fría la estrategia del containment

La mayoría de los rusos no entienden la separación de Ucrania y Rusia. Para ellos, se trata de un mismo país. No hay fosas étnicas, culturales o religiosas en las que se han apoyado el resto de los movimientos secesionistas europeos. Pero, como en los casos anteriores, un factor resultó esencial para la desintegración: la ambición de las nuevas élites políticas (o más bien viejas blanqueadas).

Moscú no aceptó la separación ucraniana. En realidad, la mitad del país nunca estuvo conforme, o no completamente conforme, aunque los agobios de la vida cotidiana aplazaron los movimientos de reacción. Por su parte, los nacionalistas ucranianos cometieron todos los errores posibles y más, por muchas revoluciones coloridas (naranja, en Ucrania) con que se quiso vestir un proceso caótico, sospechoso y fallido, plagado de corrupción e incompetencia.

Los unionistas reaccionaron, estimulados por ese espejismo de renacimiento nacional del vecino oriental, bajo la égida de Putin. Las regiones fronterizas con Rusia, apoyadas en su superioridad industrial, por caduca y ruinosa que resultaran, equilibraron la balanza de poder y evitaron la culminación del proceso de desacoplamiento. Estados Unidos frenó su aspiración de arrancar a Ucrania de la casa común rusa y renunció a la integración del nuevo estado en la OTAN, bajo la premisa (cierta, pero no completa) de que aún no cumplía las credenciales democráticas debidas.

La caída del gobierno discretamente pro-Kremlin de Yanukovich, después de una revuelta en parte espontánea, en parte alentada desde Estados Unidos y, más tímidamente, desde Europa, destapó la caja de los truenos. Putin entendió que no había otra opción que superar la fase de resistencia y pasar al ataque. La toma de Crimea fue una apuesta arriesgada, económicamente gravosa pero militarmente asumible. ¿Una estrategia calculada? ¿Una operación de prestigio? ¿Una oportunidad de demostrar que Rusia estaba definitivamente de vuelta? ¿El punto final a dos décadas de humillación? Proliferan las interpretaciones (1).

Por simpatía o por designio, las regiones orientales de Ucrania se rebelaron contra las nuevas autoridades proccidentales ucranianas. Se inició una guerra de desgaste, que nunca tuvo una resolución clara. Tras el hecho consumado en Crimea, no parecía plausible que Occidente aceptara un bocado mayor de Rusia en las regiones fronterizas ucranianas. El Kremlin acudió a una fórmula ya ensayada en el Cáucaso (Abjasia, Osetia, Transnistria): entidades semindependientes, no unidas formalmente a Rusia, pero dependientes casi al completo de la verdadera madre patria. Se crearon las repúblicas de Donetsk y Lugansk, bajo control separatista y protección rusa.

Los diversos intentos europeos (con la avenencia norteamericana) de abordar el conflicto se centraron, en realidad, a frenarlo militarmente y a plantear iniciativas poco prácticas de conciliación: los denominados acuerdos de Minsk. Pero mientras la diplomacia componía bonitas palabras, Occidente imponía sanciones económicas a Moscú y reforzaba su dispositivo militar en los países aliados más próximos al oso ruso, alegando el riesgo de tentaciones imperiales rusas, que Putin contribuía a alentar con su retórica nacionalista de grandeza recobrada y su continuado apoyo a los separatistas pro-rusos.

Nunca hubo voluntad de conciliación entre las élites anti-rusas de Ucrania y el Kremlin. Washington rescató de un cajón del orígen de la guerra fría la estrategia del containment (o contención). La guerra en las regiones orientales ucranianas se estancó (2). El Kremlin aprendió a hacer virtud de las necesidades y acomodarse al régimen de sanciones. Como parece indicar un documentado trabajo del Washington post, se ha creado una vital línea económica y financiera entre Rusia y las repúblicas separatistas, a través de Osetia del sur (3).

En Ucrania, las cosas han ido de mal en peor. El gobierno de Poroshenko no sólo ha demostrado notablemente incompetente, sino que ha comprado de forma pasiva o negligente ante la endémica corrupción. La ayuda occidental, escasa e irregular, tampoco ha sido un factor decisivo para la mejora del país. El presidente ucraniano, una especie de Trump más triste, pretende la reelección en marzo, pero sus posibilidades parecían escasas hasta ahora. Nada como un calculado incidente militar con aspecto de crisis potencialmente peligrosa para reavivar sus opciones de victoria.

Esta es la interpretación que hace el Kremlin de lo sucedido en Kerst. Una versión interesada, por supuesto, igual que la sostenida en Kiev. La confusa interpretación del acuerdo de 2003 sobre libertad de navegación, enfrentada a las normas rusas tras la toma de Crimea enmarcan una disputa que no es en absoluto jurídica sino de poder. La península era decisiva para Rusia no sólo por razones culturales. Allí radica la flota meridional del estado ruso desde siempre (el puerto de Sebastopol), que pasó a ser compartido con Ucrania, desde la separación. Tras la recuperación rusa, Ucrania perdió prácticamente toda su fuerza naval. Este último incidente presenta aires de una revancha simbólica o teatral: para Moscú, una provocación sin paliativos; para Kiev, el ejercicio legítimo de la libertad de navegación (4).

Lo que ocurra de ahora en adelante es muy incierto. Poroshenko ha decretado una confusa ley marcial pretextando peligro de nuevas agresiones rusa, pero la oposición política y civil lo considera una maniobra para restringir libertades y favorecer un discurso patriótico y oportunista. Trump manda sus habituales mensajes incoherentes, deseoso de zafarse de una inexplicada relación con Putin, pero acosado por una investigación que amenaza su presidencia. Una Merkel debilitada como nunca trata fútilmente de propiciar moderación en el Kremlin. Se echa en falta, como recordaba hace unos meses Michel Mac Faul, el principal asesor de Obama para vivir con Putin (5). Entretanto, la última guerra europea, destructiva e insidiosa como todas las generadas por el nacionalismo, está lejos de resolverse.


NOTAS

  1. “Why Putin took Crimea. The gambler in the Kremlin”. DANIEL TREISMAN. FOREIGN AFFAIRS, mayo-junio 2016.
  2.  “Moscow meddling: The forgotten war in Eastern Ukraine”. CHRISTIAN NEEF. DER SPIEGEL, 14 de noviembre.
  3. “To avoid sanctions, Moscu goes off the grid”. THE WASHINGTON POST, 21 de noviembre.
  4. “In standoff with Russia, what does Ukraine’s martial law decree means? THE NEW YORK TIMES, 27 de noviembre.
  5. “Russia as It is. A grand strategy to confront Putin”. MICHAEL MAC FAUL. FOREIGN AFFAIRS, julio-agosto 2018.