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jueves. 18.08.2022

No llevemos a Hollande a la hoguera

Carlos Carnero | Hollande ni ha desmantelado ni va a desmantelar el estado del bienestar que ha construido Francia.

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Un poco de tranquilidad, por favor, que siempre viene bien, sobre todo a una izquierda como la española, mal acostumbrada a reproducir las películas de buenos y malos con demasiada facilidad para evitarse quebraderos de cabeza.

A ver si ahora va a resultar que el Presidente de Francia, François Hollande por más señas, se ha convertido de la noche a la mañana en un peligroso neoliberal dispuesto a defender, aún más que Angela Merkel, la políticas de austeridad a ultranza, víctima sin duda de alguno de los encantamientos en los que creía a pies juntillas Don Quijote.

Frente al simplismo, al blanco y al negro, al otorgar certificados a diestro y siniestro de superioridad o bajeza moral, conviene analizar las cosas con sosiego y yendo a las fuentes, a todas las fuentes, para saber qué pasa.

Hollande ni ha desmantelado ni va a desmantelar el impresionante estado del bienestar que ha construido Francia, y sus “recortes” representan un porcentaje moderado en relación al presupuesto nacional y a lo largo de varios ejercicios. Además, lleva dos años proponiendo y promoviendo en la UE que la austeridad sea interpretada con flexibilidad respecto a los criterios que permitieron la creación del euro (como el 3% máximo de déficit público) y complementada con medidas proactivas que, desde ingentes planes de inversiones comunitarias hasta actuaciones del BCE sobre la fortaleza de la moneda única, fomenten el crecimiento y la creación de empleo.

Más allá de la política económica y europea, Hollande ha tomado decisiones relevantes en muchos terrenos, incluyendo la transparencia en la vida pública, la garantía de derechos –no por casualidad a la nueva Ministra de Educación le ha caído encima la derecha más rancia por su defensa de los derechos de todos, sea cual sea su orientación sexual- o la solución progresista a graves conflictos regionales e internacionales.

Va de sí por conocido que Hollande, además, es un buen amigo de España, como ha demostrado en numerosas ocasiones en temas particularmente relevantes para nuestro país.

Sin embargo, han bastado tres o cuatro asuntos para que, de repente, aquí se le haya colocado entre los traidores que se han pasado al enemigo. Convencer a bastantes ciudadanos de ello es sencillo: en los últimos días, por ejemplo, ha bastado con referirse en los medios a su nuevo Ministro de Economía como el señor que trabajó en la Banca Rothschild para conseguirlo.

Hollande se ha equivocado muchas veces y seguirá haciéndolo. Pero frente a él no se alzan campeones de la fidelidad a los principios por mucho que se llamen Montebourg, que han sido sus ministros y ministras hasta hace bien poco. No diré yo que estos últimos sean los malos de la película, sencillamente porque no los hay en términos absolutos, como tampoco encontraríamos a los buenos en tal categoría.

Leamos a todo el mundo y quizás entenderemos más y podremos opinar (que no juzgar sumariamente) mejor sobre la situación, yo incluido. Por ejemplo, sugiero no pasar por alto el manifiesto publicado por 200 diputados socialistas en la Asamblea Nacional con el título “Ni godillots ni déloyaux” “Ni brazos de madera ni desleales”: en el que se pueden encontrar muchos argumentos interesantes.

Mejor haríamos empleando nuestras fuerzas en demandar que España, porque le conviene como país, se sume a los esfuerzos de Hollande en la UE en los términos referidos, es decir, reorientando la política económica hacia el binomio austeridad con flexibilidad-impulso del crecimiento, que en quemarle en la hoguera, porque si seguimos por este camino nos vamos a quedar castos y puros, pero arreglando pocas cosas.

Aunque una cosa sí tengo clara: aunque la pifie, Hollande es de los nuestros.

No llevemos a Hollande a la hoguera