Nuevatribuna

Loro: la Italia de la que nadie habla

El abandono del sur por parte de las autoridades italianas es manifiesto y sus consecuencias se hacen notar a todos los niveles. El resultado es un país partido en dos.

Hace un par de meses se estrenaba en los cines italianos Loro II, la segunda parte del biopic dirigido por Paolo Sorrentino sobre la figura de Silvio Berlusconi. El film (refiriéndome a ambas partes, Loro I y Loro II) nos traslada directamente al entorno de lujo, fiesta y desenfreno que ha rodeado siempre a Il Cavaliere; un baile de máscaras en el que ellos (loro en italiano), una clase media- alta ostentosa y adicta a la cocaína, trata de ganarse los favores del ex Premier besándole los anillos y organizando sus juergas para tratar de ascender social y económicamente.

No obstante de lo engañoso del título y el primer párrafo, el artículo no pretende ser una crítica de la película; una cinta, que como ya nos tiene acostumbrados Sorrentino, no deja indiferente a nadie, de la que se pueden extraer innumerables conclusiones, y que conviene parase a ver detenidamente para apreciar todos los detalles y referencias que contiene. Sin embargo, no podía escribir este artículo sin mencionarla, ya que probablemente lo que me llevó a hacerlo fue la última escena de la película.

Tras más de tres horas sumergidos en un ambiente cargado de abundancia y suntuosidad, Sorrentino pone el punto y final a su obra con un último plano de los bomberos y voluntarios que colaboraron en las labores de rescate del terremoto de L’Acquila. Sucios, exhaustos, comiendo un bocadillo o fumando un cigarro; el contraste con el resto de la película es brutal, no hay mansiones millonarias, ni piscinas kilométricas ni trajes a medida, solo ellos, los otros ellos. Irremediablemente me vino a la cabeza la otra Italia, el Mezzogiorno, la de Roma para abajo. Esa Italia tan jugosa en materia electoral; la que todos prometen sacar del subdesarrollo de una vez por todas, pero de la que se olvidan una vez se sientan en el Consejo de Ministros del Palacio Chigi.

UN ABISMO NORTE SUR

Es cierto que las desigualdades norte-sur, o entre zonas agrarias e industrializadas no son un fenómeno exclusivamente italiano; sin irnos más lejos, en España también tenemos una de las brechas norte-sur más marcadas de Europa. Basta tan solo con echar un vistazo a los datos de paro o renta per cápita por Comunidad Autónoma para hacernos a la idea. En España las CC.AA con más paro (Andalucía, Melilla y Extremadura, entre un 26 y un 29%) triplican a la que menos, el País Vasco con un 12%; y las que cuentan con una renta per cápita más alta -Madrid y País Vasco, alrededor de 33.000 €- duplican a  Extremadura y Melilla, de nuevo las más desfavorecidas en este aspecto, con una renta per cápita que ronda los 17.000€.

Sin embargo, las desigualdades entre el norte y el sur son aún más marcadas en Italia. Un hecho bastante representativo es que el propio ISTAT (el equivalente a nuestro INE) en muchos de sus informes sobre distribución de la renta o condiciones de vida de los ciudadanos, para hablar de las diferencias territoriales no utiliza como categorías las regiones, sino que directamente distingue entre noreste, noroeste, centro y sur e islas. Algo así sería impensable en España, donde a pesar de que existe un norte tendencialmente más rico, dentro de él las diferencias entre comunidades también son notables -el nivel económico y las condiciones de vida en Navarra y País Vasco son bastante más altos que los de Asturias o Galicia.

La expresión de las dos Italias no es ninguna exageración. Mientras que en el norte del país reina un clima de prosperidad y estabilidad económica con bajas tasas de desempleo y una renta per cápita por encima de la media europea, en el Mezzogiorno nos encontramos con todo lo contrario. Según datos del ISTAT (el equivalente al INE en Italia); en el primer cuatrimestre de 2018 el paro aumentó un 2 y un 3% en Sicilia y Calabria respectivamente; no sucedió lo mismo ni en Lombardia ni en el Veneto, donde el desempleo no supera el 7%. Tampoco en el Alto Adige ni en la provincia autónoma de Bolzano, la región que actualmente tiene la menor tasa de desocupación del país, un 2,9%; un 20,5% menos que la de Sicilia, que registró la mayor con un 23,4%. Las mismas disparidades nos encontramos al hablar de renta per cápita; según el ISTAT, en 2016 el PIB per cápita del sur fue un 44% más bajo que en la zona centro-norte, con Bolzano a la cabeza con unos 42.000 €, seguida de Alto Adige, Aosta y Lombardía, que rondan los 37.000€. La otra cara de la moneda la representan de nuevo Calabria, Sicilia, Campania y Puglia, entre 16.500 y 17.500 €.

Aún más inquietantes son los datos de los informes del ISTAT sobre las condiciones de vida, donde las desigualdades entre el norte y el sur se disparan. En el sur un 34% de la población se encuentra en riesgo de pobreza y un 20% registró una baja actividad laboral (trabajaron menos de un quinto del tiempo durante el último año); mientras que en el norte, la población en riesgo de pobreza se mueve entre el 10 y el 12% y solo el 6% registró una baja actividad laboral en el último año. Los datos más alarmantes sin embargo los encontramos en los indicadores de graves carencias materiales; es decir, que de un listado de nueve conceptos básicos -entre los que figuran poder permitirse una semana de vacaciones al año, mantener el hogar familiar a una temperatura adecuada, o comer productos proteicos al menos una vez cada dos días- la persona no pueda acceder a cuatro. En el 2016, el 20,4% de los ciudadanos del sur sufrían carencias materiales severas, marcando un abismo con el noreste y el noroeste del país, donde las sufren un 4,8 y un 7% de la población respectivamente. En este sentido también marca una diferencia fundamental con otros países que sufren profundas desigualdades como España, donde las cifras de población bajo riesgo de pobreza y con baja actividad laboral en las regiones más castigadas por la crisis y la precariedad son igual de preocupantes que las italianas; pero donde el porcentaje de personas que sufren graves carencias materiales es mucho más bajo- por ejemplo, en Extremadura y Andalucía con unas tasas de riesgo de pobreza del 31 y el 38%, estas carencias afectan al 5% de sus habitantes según datos del INE. En resumen, el problema para muchos ciudadanos del sur de Italia no es ya el desempleo ni tener unos ingresos bajos, sino la mera subsistencia.

Estas diferencias también se aprecian notablemente a nivel de infraestructuras y servicios públicos. Por ejemplo, el Piamonte, una región con una superficie en kilómetros cuadrados parecida a Sicilia (de hecho, ligeramente inferior), cuenta con más de 500 kilómetros de red ferroviaria que la isla. La Liguria, con la mitad de superficie en kilómetros cuadrados, cuenta con más de 150 kilómetros de red que Basilicata; mismo caso que Lombardia (23.000 kilómetros cuadrados de superficie), cuya red ferroviaria es mayor que la suma de la de Calabria y Puglia, a pesar que entre las dos hacen 36000 kilómetros cuadrados de superficie. Las cifras son igual de reveladoras al hablar de la red de transporte público (incluye metro, autobús, tranvía y demás medios); donde según datos del ISTAT la media italiana es de 4600 km por habitante, mientras que en el Mezzogiorno la oferta es tan solo de 2100 km, menos de la mitad.

En cuanto a la dotación de servicios sanitarios, la brecha norte-sur sigue siendo una constante, acompañada de las desigualdades entre los núcleos pequeños de población y los grandes centros urbanos. En este caso el ISTAT no analiza el sur como una categoría unitaria, sino que distingue entre “centros urbanos meridionales” (áreas urbanas consolidadas como Catania o Messina), “el Mezzogiorno de interior”, “los territorios de la necesidad”, que abarcan las zonas más castigadas económicamente y “el otro sur” que comprende las zonas más dinámicas y que muestran mayor potencialidad de desarrollo. En este aspecto de nuevo los datos son sintomáticos, ya que la mitad de los ayuntamientos de estas áreas cuentan con un nivel de asistencia “pobre”, tanto en la variedad de servicios ofrecidos, como en el gasto per cápita, que es 21 veces inferior que el de los ayuntamientos que cuentan con una asistencia más alta y diversificada. Ni siquiera la mayor potencialidad de desarrollo de “el otro sur” le salva de esta lacra, ya que el 42,3% de los ayuntamientos que engloba sufren esta insuficiencia, muy superior que la media nacional, del 21% y que los de las zonas del centro-norte del país -entre un 5 y un 10%.

El abandono del sur por parte de las autoridades italianas es manifiesto y sus consecuencias se hacen notar a todos los niveles. El resultado es un país partido en dos; en el que mientras que una parte consigue salir a flote a pesar de los efectos de la crisis y la precariedad; la otra se hunde, con un 46% de la población en riesgo de exclusión social y con unos horizontes igual de desalentadores que su presente.

UN PROBLEMA QUE VIENE DE LEJOS

Gran parte de los italianos piensan que el problema del Mezzogiorno nace con el proceso de unificación del país de mediados de siglo XIX, donde se empezaron a sentar las bases de este desarrollo desigual para contener a los territorios que conformaban el Reino de las dos Sicilias -que abarcaba desde la zona de Abruzzo hasta la isla-, y evitar que acumularan demasiado poder en la nueva Italia unida. Lo que es evidente, es que en los tiempos de la industrialización giolittiana de principios del siglo XX, uno de los mayores procesos de modernización y dinamización de la economía de la historia del país, ésta no bajó de Roma. El tejido industrial se concentró en el norte del país, consolidando a ciudades como Turín o Milán como los motores económicos de la Italia unificada; donde además de unas clases medias pequeño propietarias se afianzó una poderosa clase obrera industrial agrupada alrededor de las grandes fábricas como la de la Fiat en Turín.

Mientras tanto, el modelo económico del sur continuó siendo eminentemente agrario y atrasado; lo que dio lugar a que en vez de una clase obrera organizada se estableciera una gran masa rural, precarizada y expuesta a las influencias del clientelismo y del crimen organizado. A nivel demográfico las consecuencias tampoco tardaron en hacerse notar. Ya en la posguerra, el éxodo de trabajadores del sur que marchaban a las fábricas del norte era más que considerable, lo que fue dejando a estas regiones cada vez más empobrecidas, sumando a sus problemas estructurales, el envejecimiento acelerado de la población y la falta de capital humano. A día de hoy esta tendencia no se ha revertido, y según las previsiones del ISTAT, de continuar así, en 2065 el centro norte acogerá al 71% de residentes frente al 29% del sur -el reparto a día de hoy es de un 66/34. El problema es que ya no son solo los trabajadores los que se marchan; la fuga de cerebros es una de las principales causas que auguran a las regiones del sur un futuro económico y demográfico tan poco prometedor, ya que cada vez son más los jóvenes que parten hacia las universidades del norte, mejor dotadas y muy por encima en casi todos los rankings universitarios que las del sur (con alguna excepción como la Universidad de Napoli).

La suma de todos estos factores ha convertido al sur en un territorio profundamente deprimido económicamente, en el que los que pueden se marchan ante la falta de oportunidades, y los que se quedan permanecen inmersos en el desencanto y la apatía. Este desencanto se hace patente cada vez que los ciudadanos del sur acuden a las urnas, donde los niveles de abstención son los más altos de todo el país, en torno a un 50%. Históricamente el sur casi siempre se tiñó del blanco de la Democracia Cristiana, después lo hizo de azul convirtiéndose en feudo Berlusconiano durante los años de hegemonía de Il Cavaliere, y en los últimos años se ha pasado al amarillo chillón del Movimento 5S, que a pesar de ser la fuerza más votada no consiguió derrotar a la coalición de centro derecha en las elecciones regionales, pero que arrasó en las generales.

A los de Di Maio les ha bastado con un ferviente discurso antiestablishment, un endurecimiento de sus posturas en materia migratoria (no olvidemos que las regiones del sur han sido las que más han sufrido las peores consecuencias del fenómeno migratorio) y una gruesa capa de asistencialismo para barrer a sus rivales en el Mezzogiorno. El voto en masa al M5S es un grito de rabia, una explosión de ira contenida, y sobre todo, una respuesta a años de promesas incumplidas por el centro izquierda y el centro derecha. Las concesiones puntuales como llevar el centro de formación de desarrolladores de Apple a Napoli no bastan, no son suficientes para un sur en el que el estancamiento de la economía es tal que para muchos la única esperanza para llegar a final de mes son los subsidios. Esto lo ha entendido bien 5 Stelle, cuyo caballo de Troya electoral ha sido la “renta ciudadana”; una medida que a pesar de lo confuso del nombre está más cerca del PER que de una renta básica universal, y que no supone una solución estructural, sino que contribuye a perdurar el asistencialismo y el clientelismo político que tantos años lleva gobernando el sur.

Como decía antes, a pesar del abandono sistemático que lleva sufriendo décadas, el Mezzogiorno sigue siendo muy jugoso electoralmente para la clase política italiana. En esta ocasión el que ha recogido los frutos ha sido el Movimento 5 Stelle, pero la Lega de Matteo Salvini se prepara cada vez más para entrar en la batalla por el sur. En Italia, como dice el título de la novela de Carlo Levi, parece que “Cristo se paró en Éboli”*, sin embargo, Salvini no piensa detenerse. El líder de la Lega es consciente del impacto que ha tenido en estas regiones la crisis migratoria, lo que le deja un terreno perfecto para seguir ganando adeptos entre una población a la que cada vez seduce más su discurso de seguridad, protección económica, impuestos bajos y defensa de la familia tradicional.

El mapa electoral italiano ha sufrido un cambio radical; un norte “leghista”, un sur “pentastellato”, y un gobierno que promete poner por delante a los italianos a cambio de fustigar a los inmigrantes. Lo que no ha cambiado, y veremos si cambiará, son las profundas desigualdades que padece el país, una situación que se hace cada vez más insostenible y que supone un freno para cualquier cambio político de peso. Cualquier transformación de la sociedad italiana pasa por sacar al sur del subdesarrollo en el que se ve inmerso desde hace décadas.

El tiempo dirá si este cambio de color político se traduzca en una mejora de las condiciones materiales de sus ciudadanos y en una reducción de las desigualdades socioeconómicas. Algunos miran con esperanza el cambio, otros a pesar de los cantos de sirena de Di Maio y compañía y la creación de un “Ministerio del Sur” permanecemos escépticos.

*Éboli es una localidad que pertenece a la región de Campania, situada a unos 80km de Napoli.