viernes 06.12.2019
ENTREVISTA EN PARíS A FRéDéRIC LORDON

"La izquierda debe ser la fuerza que resista a la presión de la soberanía del capital"

Por Miguel de Sancho | Frédéric Lordon es el nuevo icono intelectual de esa izquierda desacomplejada francesa -con un toque libertario- que arremete contra toda disciplina de partido y que considera ciertos principios como ineluctables, más allá de las exigencias que impone la práctica política.

lordonFrédéric Lordon, economista, sociólogo y filósofo, sus conferencias llenan auditorios y su blog en la edición francesa de Le Monde Diplomatique es una referencia imprescindible de la reflexión progresista en el Hexágono. Su único libro publicado en español (El porqué de las crisis financieras y cómo evitarlas, Los libros de la catarata, 2009)  presenta diversas soluciones a la crisis económica. Su última obra, Imperium (La Fabrique, 2015 -publicada solamente en francés-) aborda los afectos comunes que conforman las comunidades humanas.

Miguel de Sancho | En 2013, había anticipado que el euro nació de una construcción que satisfacía al capital y que toda transformación del euro obligaría a la pérdida de poder de los mercados financieros. ¿El fracaso del gobierno griego el pasado mes de julio pone en evidencia la imposibilidad de alterar la disciplina impuesta por el Eurogrupo?

Para los países en dificultad, el euro es una colonia penitenciaria

Frédéric Lordon | Toda la secuencia de la crisis griega desde 2010 ha mostrado que había dos fuerzas diferentes que restringían la acción en la zona euro y que impedían toda perspectiva de transformación : una fuerza externa y una fuerza interna. La fuerza externa es la de los mercados de capitales: el euro se construyó sobre principios normativos que enmarcaban las políticas económicas y la operación de esos principios ha sido delegada a los mercados financieros y a su fuerza disciplinaria. Si tenemos en cuenta que esos principios son conformes a sus intereses, los mercados son los mejor situados para hacer este trabajo. La presión normalizadora de los mercados se ejerce fundamentalmente a través de los diferenciales de crédito de los títulos soberanos. De este modo, a partir de 2009-2010, Grecia, España o Italia han visto sus diferenciales de crédito aumentar considerablemente y se han encontrado sometidos a la amenaza de los mercados, que convertían en inasumibles sus costes de financiación. La amenaza se ha traducido en políticas de austeridad. Cuando las fuerzas disciplinarias no son externas, son internas: desde el momento en el que Grecia fue excluida de los mercados de capitales, la austeridad se ejerció a través de los planes de rescate, es decir por medio de la intromisión de las instituciones europeas. En realidad, los planes de rescate no hicieron sino llevar a un nivel superior la lógica de ortodoxia que venía impuesta desde los primeros tratados europeos; y por otra parte, los rescates han revelado la verdadera naturaleza de la Eurozona, construcción fundamentalmente ordoliberal en la que las políticas económicas están sometidas a reglas a priori. Para los países en dificultad, el euro es una colonia penitenciaria.

¿Los tratados son entonces inamovibles? ¿La idea de una Europa verdaderamente democrática y solidaria es impensable?

La moneda única se estableció conforme a las exigencias de un régimen financiero dominado por los acreedores

En efecto. La moneda única se estableció conforme a las exigencias de un régimen financiero dominado por los acreedores. Todo cambio serio de la zona euro significaría no darle prioridad a los intereses de la finanza -como ocurre hoy en día- y se expondría a una reacción violenta de los mercados de capitales. Pero independientemente de esta reacción externa, todo proyecto de transformación del euro, de contestación de sus principios fundamentales se enfrentaría a una resistencia particularmente virulenta de Alemania. No podemos olvidar que todos los países, arrastrados por la marea neoliberal desde los años 80, han validado los principios de los tratados. Pero no podemos tampoco obviar la posición particular de Alemania, primus inter pares en la zona euro y a quien debemos los principios constitutivos de la moneda única, puesto que exigió que fueran una simple reproducción de los suyos propios. Alemania era un país demasiado apegado al marco alemán para abandonarlo de buena voluntad para entrar sin condiciones en la moneda única. De este modo, la condición sine qua non de su participación en este proyecto exigía que la eurozona fuera dirigida según su propia concepción -ordoliberal- de la moneda. Así, toda contestación de los principios de la política económica de la zona euro encontrará la oposición radical alemana. A tal punto que si una masa crítica contestataria llegara a formarse con opciones de triunfo, no puede dudarse de que Alemania seguida de algunos satélites abandonaría la zona euro antes que someterse a principios que son contrarios a su visión de la Eurozona. La hipótesis que todos olvidamos es la del Gerxit, la salida de Alemania del euro. Después de la crisis griega vemos que un proyecto de transformación progresista del euro desde el interior está condenada al fracaso, pero a una forma paradójica de fracaso. Fracasaría en el momento de triunfar. Porque esta victoria sería insoportable para una Alemania que estaría obligada de abandonar el euro. Y la zona euro se desintegraría en el momento en el que podría ser transformada.

Los países que más han sufrido las consecuencias de este régimen disciplinario del Eurogrupo son, sin embargo, los más europeístas según las encuestas. ¿Cómo puede explicarse está contradicción?

Tsipras ha rechazado categóricamente la salida del euro del panorama de sus opciones estratégicas

Es un gran misterio. Grecia ha sido, sin duda, el país más hostigado por los planes de austeridad europeos. En enero, eligió un gobierno bajo la promesa de romper con el memorándum y es este mismo gobierno el que ha sido literalmente humillado en julio. Para comprender la adhesión de los griegos al euro hay que comenzar por el bombardeo mediático-demoscópico que produce una especie de terrorismo intelectual. El debate sobre la salida del euro no ha tenido lugar nunca verdaderamente en Grecia. El único partido que habría podido lanzarlo y animarlo, Syriza, lo ha rechazado. Desde el principio, Tsipras ha rechazado categóricamente la salida del euro del panorama de sus opciones estratégicas. Por esa razón su derrota ha sido total: no se negocia con un muro y todavía menos cuando no tenemos un pico entre las manos. Este rechazo de Tsipras ha tenido como efecto la inhibición de toda reflexión política sobre la posibilidad de la salida del euro. Por otra parte, los sondeos que indican que el 70 por ciento de los griegos prefieren quedarse dentro de la zona euro no tienen ningún valor. No ha habido ningún debate colectivo profundo. En 2005, el "sí" en Francia al Tratado Constitucional europeo ganaba en los sondeos con un 60%. Cinco meses más tarde, cuando el cuerpo político del país había debatido intensamente sobre el contenido del texto, el "no" ganó con el 55% de los votos. He aquí la diferencia entre los sondeos y un verdadero debate político. Este debate no ha tenido lugar en Grecia, y tampoco en España o en Portugal. Sólo queda el apego abstracto ligado al sentimiento de pertenencia, a través del euro, a una suerte de “club de la modernidad”, de adhesión al grupo de “los países más desarrollados”, algo que es cierto para muchos de estos países que vieron cómo la entrada en la Unión Europea era sinónimo de superación definitiva de largos periodos de dictadura, factor que no podemos ignorar.

¿Es entonces posible romper con el euro, contemplar un futuro sin euro?

La salida del euro haría que las políticas económicas ya no serían fijadas ni por los mercados ni por los tratados ni por la Troika

Por supuesto. Pero hay que decirlo: los comienzos serán difíciles. La promesa de una salida-milagro que solucionaría de manera instantánea todos los problemas es una falacia. La salida del euro sería difícil durante 18 o 24 meses. El periodo inmediatamente posterior al abandono de la moneda única presentaría todos los inconvenientes: la devaluación -sin duda importante- encarecería las importaciones sin que las exportaciones tuvieran tiempo de progresar, la inflación aumentaría como el déficit comercial y el crecimiento podría incluso frenarse. Pero con el tiempo llegarían todos los beneficios : la tasa de cambio se estabilizaría, la inflación se reduciría... Por ejemplo, Islandia ha visto en 2009 la corona devaluada casi un 70%. A ello le ha seguido una inflación del 9% -que al año siguiente ya había bajado al 5% y posteriormente había vuelto a un porcentaje normal-. Al cabo de 18 meses, la devaluación había mejorado la competitividad, las exportaciones habían aumentado y la balanza comercial se estabilizó antes de llegar a ser excedentaria. Por otro lado, la salida del euro destensaría el yugo de la austeridad que ahoga toda política económica y ofrecería la posibilidad de recusar una parte de la deuda -o de reestructurarla-. Todos estos efectos acumulados serían extremadamente favorables para el crecimiento y para la creación de empleo. Y evidentemente, toda salida del euro debería ir acompañada de un dispositivo de control severo para evitar la fuga de capitales. La apuesta de esta salida del euro no permitiría solamente la posibilidad de rehacer la política económica sino de revisar completamente los modos de financiación de los déficits de cada país, liberándose en la medida de lo posible de los mercados tradicionales. Pero el principal beneficio de una salida del euro sería sobre todo político. Residiría en la restauración de la soberanía política; las políticas económicas ya no serían fijadas ni por los mercados ni por los tratados ni por la Troika sino que serían decididas por el cuerpo político en sí mismo, lo que es una ventaja inestimable.

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Usted habla a menudo de un rechazo de la idea de soberanía en Europa y de la negación de la democracia como capacidad de los pueblos a controlar su propio destino. ¿Cómo se puede articular la recuperación de la soberanía sin  precipitarse en el nacionalismo o en el repliegue identitario?

No es incompatible reconstituir la soberanía nacional en Europa manteniendo los vínculos estrechos entre los diferentes países

Esta es la gran objeción que se opone sistemáticamente a la salida del euro. ¿Qué es la soberanía? La soberanía no es otra cosa que decidir en común. La soberanía es lo que el pueblo decide y nadie más que el pueblo: éste es el principio fundamental de la política en nuestros días. La soberanía es, a su vez, la democracia; así, rechazar el principio de soberanía es rechazar la democracia. No podemos olvidar que la Unión Europea es un proyecto político soberanista ; constituir una comunidad política basada en la integración a escala europea es ofrecer una nueva expresión del principio de soberanía extendida a una escala continental. Podemos decir entonces que los europeístas son entonces soberanistas. La idea de una soberanía política europea es, en principio, muy interesante; el problema es que no es practicable, fundamentalmente porque uno de los Estados miembros, Alemania, ha decidido imponer sus principios económicos y monetarios al resto y, sobre todo, porque ha determinado que éstos no son negociables. Para que sean inamovibles, los ha inscrito en los tratados. Es el summum de la "no-democracia". En estas condiciones, y como la soberanía tiene que ejercerse en algún lugar, a riesgo de ser confiscada por entidades no democráticas como el Eurogrupo o la Troika, la única solución es su reconstitución allá donde es actualmente posible: a nivel nacional (lo que implica la salida del euro). Podemos, por ejemplo, caer en la contradicción de hablar a menudo de soberanía mientras que simultáneamente rechaza ni siquiera contemplar el abandono del euro. Se puede afirmar sin duda que recuperar la soberanía nacional no es sinónimo de repliegue nacionalista ni xenófobo. No veo lo que impediría reconstituir la soberanía a nivel nacional, principalmente en política económica, desarrollando y manteniendo una relación estrecha con el resto de países europeos : cooperaciones científicas, intercambio de estudiantes, de artistas, traducciones de obras, aprendizaje de los diferentes idiomas del continente... colaboraciones extraordinarias que no requieren en ningún caso una moneda única. Este es además el verdadero internacionalismo: el desarrollo de los vínculos y de la solidaridad entre las diferentes naciones.

Ha criticado de manera frecuente la toma de rehenes estructural de nuestras sociedades por parte del sector bancario, principalmente a través del rescate de los bancos sin ninguna contrapartida, fenómeno que en España conocemos bastante bien. ¿Cómo se pueden cambiar eficazmente las estructuras de nuestras sociedades para evitar una nueva crisis a medio plazo?

Las estructuras gubernamentales de todos los países occidentales están literalmente colonizadas por los intereses del sector financiero

La toma de rehenes de toda la sociedad por los bancos se reveló en 2008. ¿Por qué hacía falta salvar a los bancos? Si no los salvábamos, toda la economía se hundía en un solo día. Pero hay dos escándalos que rodean a este asunto: el primero es que se haya rescatado a los bancos en peligro sin ninguna compensación; el segundo es más estructural porque se había creado y consentido una situación en la que los bancos privados se ponían en peligro y ponían a toda la sociedad en peligro. La única conclusión que se puede extraer de este episodio se traduce en la necesidad de acabar con el secuestro de una sociedad forzada al auxilio del sector bancario en situación de crisis: para ello, habría que apostar por la desprivatización del sistema bancario. Ya no podemos someternos a las inestabilidades engendradas por un sector bancario privado regido por una lógica accionarial. Y sin embargo, una crisis tan monumental como la de 2008 no ha traído consigo la pérdida de poder de la finanza; la situación actual es incluso peor que la de 2007 con un sector más concentrado, con entidades más grandes -too big to fail-, con una banca en la sombra ajena a toda regulación... Y no es difícil analizar de dónde viene esa complacencia hacia la finanza: las estructuras gubernamentales de todos los países occidentales están literalmente colonizadas por los intereses del sector financiero. La interpenetración de las élites políticas, administrativas y financieras es tan significativa que se genera un sistema de corrupción generalizada, no en el sentido clásico de la palabra, sino a través de intereses de carrera que impiden todo cambio. Mi posición desde 2009 es que para que haya un cambio real en las estructuras económicas en general y en el sector financiero en particular hay solamente dos soluciones: el colapso endógeno del sistema -la enorme catástrofe financiera de la que hemos escapado de milagro en 2008-  o un movimiento político de carácter insurreccional. En el marco de las instituciones parlamentarias clásicas, no pueda ocurrir nada.

En un artículo de 2014, escribió que "el capital debe pagar por todo lo que rompe cuando se divierte". ¿Cómo se puede establecer una nueva relación con el capital que le obligue a indemnizar a las víctimas de sus prácticas por todo aquello que destruye?

El capital se divierte a expensas de la sociedad

Sí. Yo creo que el capital se divierte a expensas de la sociedad. Para los hombres del capital, el capitalismo es una forma de vida: reestructuración, inversiones transnacionales, fusiones-adquisiciones, deslocalizaciones... son los elementos que componen su vida, episodios que viven como un juego, o más bien como un juego existencial. Pero estos juegos tienen un efecto notable en el resto de la sociedad. Marx ya lo había analizado en el Manifiesto Comunista: el capital es una fuerza de tensión, de movimiento permanente -lo que Schumpeter abordó posteriormente con su eufemismo de la destrucción creativa-. Esta agitación constante, esta reorganización permanente de la división nacional e internacional del trabajo -que los capitalistas interpretan como un juego- empobrecen a segmentos enteros de la economía. Todo ello tiene un coste social y debería ser el capital quien asumiera la integralidad de estos costes, desde el seguro de desempleo hasta las consecuencias de los desastres medioambientales. Sin embargo,  el capitalismo rechaza sistemáticamente la responsabilidad de estas reparaciones. Si nos ceñimos al sector bancario, los daños infligidos por los bancos a toda la sociedad a partir de 2008 van más allá del simple coste de los rescates; los perjuicios incluyen todos los costes económicos y sociales de la recesión, fenómeno que ha sido la consecuencia directa del derrumbe del sector financiero. Todos estos costes deberían ser asumidos por el sector financiero. Y si no es posible, deberíamos poner sobre la mesa la opción de la nacionalización.

En este contexto, ¿cómo podemos evitar que le mundo de la finanza imponga su discurso? ¿Cómo construir una reconquista ideológica?

Después de su propio desmoronamiento, el neoliberalismo conoce un éxito sin precedentes

No creo que la opinión del sector bancario tenga demasiado crédito... Pero lo que es cierto es que vivimos en una increíble paradoja política. Lo que tenemos frente a nosotros desde 2008 es el fracaso histórico del neoliberalismo que, desde un punto de vista lógico, debería quedar relegado a los escombros de la historia. Sin embargo, sucede todo lo contrario. Después de su propio desmoronamiento, el neoliberalismo conoce un éxito sin precedentes. Habría que releer sin duda el libro que Thomas Frank ¿Qué pasa con Kansas? Cómo los ultra-conservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos. Esta obra habla de esta paradoja, de la contradicción incomprensible del capitalismo liberal que lleva a la gente a votar por partidos que atacan directamente sus propios intereses económicos y sociales. Estamos inmersos en una operación de diversión masiva y generalizada en la que la exasperación que debería tener un origen social o económico es completamente desviado hacia cuestiones secundarias e imaginarias -como la inmigración-. Toda la estructura social es culpable de esta situación, empezando por el aparato mediático. Pero en ocasiones los milagros existen, la ira encuentra sus verdaderas causas y un verdadero gobierno de izquierdas llega al poder como Syriza en Grecia. El problema llega cuando nos damos cuenta de que la fe depositada en un proyecto era una falsa esperanza y que todo debe comenzar de nuevo. No debe sorprendernos; siempre hemos sabido que la política es un ejercicio que exige una interminable paciencia.  

Una de sus ideas más repetidas es la creencia de un futuro que pertenece a la izquierda. Sin embargo, no deja de criticar la gestión de Tsipras en su capitulación para evitar el Grexit o el temor de Podemos de utilizar conceptos como "capital", o "izquierda" en sus discursos. ¿Qué criterios y que acciones deberían ser ineludibles para toda práctica política realmente progresista cuando la "izquierda de la izquierda" llega al poder?

La categoría de "izquierda" es utilizada de manera tan automática que hemos perdido su verdadero sentido. Especialmente en un periodo en el que los principales partidos etiquetados como de izquierda son cada vez más conservadores. El PSOE en España, el PASOK en Grecia, el New Labour en el Reino Unido o el PS en Francia son partidos que solamente podemos situar a la izquierda por simple pereza intelectual. Pero no por ello  el debate sobre la distinción entre izquierda y derecha ha perdido su sentido; esta diferenciación es, al contrario, la más pertinente de todo razonamiento político en nuestros días. La desaparición de la encarnación política de la verdadera izquierda no debe en ningún caso llevarnos a liquidar esta categoría sino a reencontrar su sentido, retirando al mismo tiempo las etiquetas a quienes han dejado de merecerlas desde hace mucho tiempo. Todo ello es una revolución simbólica, una transformación en el punto de vista que llevará a la gente a considerar que todos los partidos antes citados son un partido de derecha más; y este cambio de perspectiva permitirá iniciar la reconstrucción de la verdadera izquierda más rápidamente. En este proceso, el principio constitutivo de la izquierda es la oposición a la soberanía del capital.

Podemos no quiere abrir ningún tipo de conflicto con las instituciones europeas

El capital es una fuerza potencialmente totalitaria que tiene como finalidad someter al conjunto de la sociedad imponiendo su lógica a todos los ámbitos de la vida social; la izquierda debe ser la fuerza política que resista a esta presión, debe ser la fuerza que diga “no dejaremos al capital reinar íntegramente sobre todas las esferas de nuestra vida”. Desgraciadamente, no veo quién podría encarnar esta línea en la Europa actual. ¿Qué esperanzas se pueden depositar en Podemos que ni siquiera es capaz -todavía menos que Syriza- a poner en entredicho la disciplina de la Eurozona? Podemos no quiere abrir ningún tipo de conflicto con las instituciones europeas. Si Iglesias llegara al poder, la guerra del euro no tendría lugar. Y seguramente Podemos no llegará al poder en diciembre -quizá habría que preguntarse por qué-. La respuesta se encuentra también en el fracaso de Tsipras y en el discurso de Pablo Iglesias que dice explícitamente que no irá más lejos de lo que ha ido Tsipras. Como promesa de esperanza política, creo que se puede hacer mejor... Lo repito una vez más: el euro es la barrera frente a toda política progresista posible. Quien no considere en su proyecto la necesidad de abrir el cerrojo del euro se condena a la incapacidad de representar una alternativa. No extraña que Pablo Iglesias no deje de repetir “no podemos” en algunos de sus discursos - ¡trágica ironía! -. Podemos se rinde incluso antes de llegar a las puertas del poder.

En uno de sus últimos artículos en su blog en Le Monde Diplomatique, señala que vivimos en una generación de representantes políticos « no políticos», incapaces de pensar y «sometidos al fetichismo numerológico». ¿De quién es la culpa de esta situación?

lordon4La crisis europea ha puesto en evidencia este hecho. Europa, un proyecto político histórico, está en manos de líderes que no tienen ningún sentido de la política ni de la historia. Europa está en manos de gestores y de contables, de personas que creen posible que es posible gobernar por medio de ratios (3% para el déficit, 60% para la deuda y 2% para la inflación) y que no comprenden que la política es una cuestión de fuerzas pasionales, a veces violentas y trágicas. Estos representantes no comprenden, por ejemplo, que no se puede aplastar la idea de soberanía, noción anclada profundamente en el espíritu de unos pueblos que han sido privados de ella. Y la reacción llegará tarde o temprano, quizá por medio de expresiones violentas. De hecho ya estamos en esa situación : la extrema derecha nunca ha sido electoralmente tan fuerte como lo es bajo el poder del neoliberalismo europeo, en una Europa presuntamente construida para garantizar la paz y la amistad entre los pueblos. La Europa de los contables neoliberales ha hecho resurgir una hostilidad entre naciones que habíamos ya olvidado : los griegos representaban a Merkel y a Schaüble como nazis, Bild  lanzaba portadas con la Venus de Milo haciendo una peineta o llamando a la venta de las islas Cícladas para reembolsar la deuda... Es un magnífico avance para la amistad de los pueblos. Esta incomprensión profunda de lo que es verdaderamente la política es sin duda la consecuencia de una generación de líderes sin ningún trauma histórico sobre el que meditar. Las élites que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial conocían el sustrato violento sobre el que la historia se construye; las élites neoliberales contemporáneas se ocupan de la gestión sin reflexión, sin cultura y sin alma. Solo hace falta que veamos el ejemplo de François Hollande....

Su último libro publicado en Francia se llama Imperium. Tomó esta idea del Tratado político de Spinoza. El imperium es una auto-afección de la multitud, no un proyecto de sumisión a gran escala. ¿En qué medida la idea de imperium es importante en nuestros días?

Es un libro de filosofía política, abstracto y conceptual. Pero de cierta manera, la redacción de esta obra nacía de todas los conflictos actuales sobre las ideas de nación y de soberanía en el debate europeo. La humanidad no existe en un estado unificado sino fragmentado en conjuntos diferenciados y finitos; bajo esta premisa hay que pensar en los principios de consistencia y de singularidad que los conforman. Para pensar en ello, he utilizado la teoría de los cuerpos de Spinoza con la idea de escapar de la oposición catastrófica que estructura el debate actual sobre la cuestión de la nación, discusión que deja solamente la elección entre pensar la nación bajo las coordenadas de la extrema derecha -identitaria y xenófoba- o no pensarla en absoluto -que es la apuesta de la izquierda radical-. La evolución hacia una solución post-nacional a través de una humanidad totalmente unificada no estará a la orden de día sino dentro de mucho tiempo. Mientras tanto, hay que vivir el "hecho nacional", reflexionar sobre él, pensar en la nación sin condenarnos a caer en una deriva identitaria y racista.

En su libro dice que "pertenecer a algo es lo que nos hace sentirnos vivos". Se puede decir así que poco importa a menudo a qué pertenecemos realmente. ¿Cómo se construyen las identidades en nuestras sociedades?

Quería poner en evidencia que la pertenencia a un grupo es una cuestión pasional. Es la gran tesis de Spinoza. Los afectos son la materia misma de la política -lo que no excluye la presencia de ideas y de valores en la política-. Spinoza muestra que las ideas y los valores solamente son eficaces y producen un efecto cuando están rodeadas de afectos. La pertenencia son afectos en interacción, afectos individuales conjugados en afectos comunes, que movilizan a la gente -para lo mejor y para lo peor-. Estos afectos comunes, siempre arbitrarios, pueden potencialmente encerrarse en un aspecto particular: el país en el que nacemos, el equipo de fútbol al que apoyamos... todo podría haber sido diferente. Podemos liberarnos de esas pertenencias particulares y reconstruir otras pero no podremos nunca liberarnos completamente de la pertenencia a algo, porque la adhesión es el sustrato mismo de todo colectivo y no podemos vivir fuera de un colectivo, sea cual sea. Por consiguiente, no debemos pensar tanto en el hecho de huir de pertenecer a algo sino en las diferentes formas que podemos dar a cada una de nuestras pertenencias. 

Leyendo su libro, afirma que la fuerza de la multitud en un contexto social no deja de producir “golems” (como el Estado, la moneda, la mercancía, el capital...), elementos a veces monstruosos que nacen de la fábrica social. ¿Cómo podemos dejar de ser colectivamente Frankensteins individuales?

La extrema derecha nunca ha sido electoralmente tan fuerte como lo es bajo el poder del neoliberalismo europeo

Para comprender lo que llamo “golems” hay que insistir en el principio de consistencia de los grupos humanos. El razonamiento individualista moderno ha reducido esta noción a la libre asociación: los individuos autónomos solo se unen bajo la libre voluntad y de manera deliberada. Toda la filosofía del contrato social de Rousseau es la la expresión de esta concepción « asociativa » de los grupos humanos. Sin embargo, cuando los individuos son suficientemente numerosos, el principio que ofrece consistencia a este grupo es de otra naturaleza: es lo que llamamos genéricamente «lo social». En realidad, se trata de una fuerza pasional colectiva que es producida por los propios individuos y al mismo tiempo a sus espaldas: un afecto común.  Las multitudes, dice Spinoza, no se reúnen bajo el reinado de la razón sino de algún afecto común (lo que él llama imperium). Este imperium de Spinoza es lo que Durkheim llamaba la fuerza moral de la sociedad, una fuerza producida por los hombres en sí mismos pero que pasa por encima de ellos y acaba dominándolos... sin que tengan consciencia de haber sido los productores de dicha fuerza. En lo social hay así una idea de excedente, hay algo más de lo que los individuos creían haber producido. Es la proposición clásica que dice que « en el todo hay más que en la suma de las partes ». Así, en una asociación hay únicamente la suma de las partes; en una agrupación política extensa y numerosa hay algo más... y ese excedente es imposible de detectar porque no sabemos cómo lo hemos producido. No sabemos cómo hemos creado la nación francesa o la nación española, por ejemplo; son golems que las sociedades han fabricado y que nos dominan. Lo mismo ocurre con Dios, el Estado, la mercancía o el capital. No dejamos de ser dominados por objetos que nosotros mismos hemos creado.

¿Y cómo podemos acabar con esta dinámica?

A través de la emancipación, que no es otra cosa que atrapar los golems. Desde las Tesis sobre Feuerbach, es el sentido que Marx otorgaba a la política revolucionaria: que la sociedad acabara con su propia auto-alienación, que creara una relación de perfecta transparencia consigo misma y que estableciera un control de sus propias creaciones. Marx creía que se podía lograr. Yo no lo creo. Si lo social, bajo el principio del imperium, es la producción de un excedente, siempre existirá algo que escapará a nuestro control. Cuando retengamos a un golem, otro se liberará de pronto: el golem feudal ha sido aniquilado y reemplazado por el golem del capital. Pese a ello, no podemos abandonar la perspectiva de la emancipación que puede permitirnos aumentar el control de nuestra acción colectiva. Aunque un golem continúe eternamente a deslizarse entre nuestras manos, se puede trabajar para reducir sus efectos negativos. En estas condiciones, la emancipación parece un proyecto interminable. Spinoza decía que solamente una humanidad regida por la razón vería el final del túnel pero también señalaba que era imposible escapar a la
“servidumbre pasional”. A pesar de ello, entre la opacidad absoluta y la transparencia completa de los grupos humanos con respecto a sus propias creaciones existe un largo camino de progreso hacia la emancipación. 

"La izquierda debe ser la fuerza que resista a la presión de la soberanía del capital"
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