HORAS CLAVE PARA LA ESTABILIDAD POLÍTICA

Italia: a falta del Mundial de Fútbol, emoción política

En las próximas horas se sabrá si Cotarelli es capaz de recabar los apoyos necesarios para componer un equipo de gobierno y obtener garantías de confianza.

Carlo Cottarelli a su llegada al Palacio del Quirinal en Roma, residencia del presidente de la República. (Imágenes: Presidencia de la República)
Carlo Cottarelli a su llegada al Palacio del Quirinal en Roma, residencia del presidente de la República. (Imágenes: Presidencia de la República)

Italia se ha colocado, nuevamente, en el centro de la política europea. El hombre escogido por el presidente Mattarella para frenar a los nacional-populistas, Carlo Cotarelli, es un tecnócrata apóstol de la austeridad e interlocutor de los mercados.

Sin embargo, a primera hora de este miércoles, parece muy dudoso que pueda cumplir el modesto encargo que se le ha hecho: frenar el pánico financiero, formar un gobierno de técnicos, un gobierno de servicio, anclar al país en la eurozona, y servir la mesa para el banquete pantagruélico de elecciones en septiembre. En las próximas horas se sabrá si, como parece, no reunirá los apoyos necesarios para componer un equipo de gobierno y obtener garantías de confianza. En ese caso, puede haber elecciones en julio.

EL ENVITE DE MATTARELLA

El jefe del Estado tiene un papel secundario en el sistema político italiano. La Constitución le reserva la función de llamar a consultas y encargar la formación del gobierno a quien ve con posibilidades de ello. Se reserva la capacidad de descartar a potenciales ministros por motivos de índole moral o legal, no política. Las atribuciones recuerdan, en cierto modo, a las que tenía el presidente de la II República española. Al vetar al octogenario Paolo Savona como ministro de Economía por sus conocidas posiciones en favor del abandono del euro, Mattarella desencadenó una tormenta monumental, incluso para un país como Italia, que tiene el listón muy alto en la medición de las convulsiones políticas.

Mattarella no se ha conformado con este papel de arbitro. Se ha erigido en garante de la estabilidad italiana en Europa. En realidad, es la estabilidad de la propia Europa lo que este siciliano conservador, político sobrevenido (se dedicó a ello después de que su hermano muriera literalmente en sus brazos, tras ser acribillado a balazos por sicarios de la Mafia), proclama haber hecho. El desafío de Mattarella ha generado respiros de alivio en no pocas capitales europeas, en la tecno-burocracia de Bruselas y en eso que se llama un poco a la ligera los “mercados” (o sea, el capital).

En Italia, domina el escepticismo. Como siempre. Importa poco que la prensa afirme que “no se trata de una crisis como otra” (La Stampa, de Turín) o que esta crisis institucional “no tiene precedentes” (La Rrepubblica), porque ha sido sacudida desde el Quirinal, la sede de la Jefatura del Estado. La política italiana ha sido siempre la expresión de un desorden en búsqueda perpetua de equilibrio. Ahora, los agitadores son dos formaciones que no pertenecen a esa cultura forjada en la posguerra; ni siquiera en la post-I República. Es la expresión dual, bicéfala del hartazgo ciudadano frente a un sistema que se reinventa para no morir.

El “contrato” suscrito entre el Movimiento 5 Estrellas y la Lega era un pacto de vencedores que se quedaron cortos (más los segundos que los primeros) en las elecciones del 4 de marzo. Ambos renunciaron a sus coordenadas políticas, si es que las tienen. La Lega abandonó a Berlusconi, que perdió la condición de líder de la otrora alianza de centroderecha, después de superarle en votos. Los antiguos neofascistas del MSI se refugian ahora en una denominación cuasi franciscana (los Fratelli de Italia) y son una fuerza marginal. El MS5, a quien cada analista al que se pregunta sitúa en un lado distinto del espectro político, se empeñó en hacer valer su condición de partido más votado, pactando con quien se avino a ello. Fue la Lega, como había podido ser otro. Pero Berlusconi los despreció y el PD los rechazó sonoramente. Ambos, a priori.

cotarelli y Mattarella

Mattarella y Cottarelli

EL DISORDINE NUOVO

Los populistas del MS5 ya están gobernando en algunas alcaldías importantes como Roma y Turín desde hace dos años, con resultados más bien decepcionantes. Nadie daba mucho por ellos hace medio año. Pero los partidos tradicionales (ya es un síntoma que la Forza Italia de Berlusconi se haya ganado esa credencial) siguen pagando la penitencia de la crisis financiera y otras anteriores.

El caso de la Lega es distinto. Se ha fabricado un espacio populista también, pero más definido. Se alinea con ese soberanismo, ese nacionalismo excluyente anti inmigración y antieuropeo, que representa el anterior Frente Nacional de Marine Le Pen, el AfD alemán o el Partido de la Libertad holandés, entre otros. Bajo el liderazgo del enérgico Mateo Salvini, se ha hecho con el liderazgo de una derecha que vive años de fagotización permanente, tras el hundimiento catedralicio de la Democracia Cristiana en las arenas movedizas de la corrupción.

Salvini es el líder de ese disordine nuovo, como ha caracterizado la situación Il Manifesto, el histórico diario de la izquierda radical, en un juego de palabras que evoca el sistema político ultranacionalista y fascista de Mussolini. El tiempo, único juez político solvente en Italia, dirá. Pero la Lega es el único partido que se ha beneficiado de este último atasco en la escena política italiana. El último sondeo le otorga una subida de 7 puntos en apenas tres meses. En cambio, el MS5 pierde terreno y está por debajo del 30%, aunque todavía sería el partido más votado.

La Lega se ha aprovechado de esta salida garibaldiana de Mattarella para amplificar su discurso nacionalista. Salvini ha dicho que las próximas elecciones serán un plebiscito entre quienes quiren que Italia sea gobernada por los italianos y los que pretenden entregar el país a los eurócratas, a Merkel y al capital extranjero.

Su socio de “experimento” nacional-populista, el joven y muy inexperto Luigi Di Maio, quizás por miedo a ser rebasado por la soflama nacionalista, ha arrojado dos guantes muy arriesgados. Uno, la promoción de una iniciativa parlamentaria para destituir a Mattarella, por “violar” la Constitución. Dos, la convocatoria de una macro manifestación en Roma para el 2 de junio (fiesta nacional) para defender el veredicto de las urnas frentes a las maniobras internas y externas. Si no fuera porque Di Maio parece muy alejado de las proclamas mussolinianas, se diría que está evocando la terrible Marcha sobre Roma que allanó el camino a la toma del poder por el Duce.

El centro-izquierda está cogido entre estos dos fuegos: el de los europeístas a machamartillo, con el inesperado liderazgo de Mattarella atrayendo para sí el foco, y los nacional-populistas, que hacen más demagogia que auténtica crítica consecuente al directorio europeo. El PD, remedo de remedos, pálido socialdemócrata, si acaso, escuálido socialmente y desorientado políticamente, se ha alineado con Mattarella en esta crisis, más por rechazo de sus antagonistas que por sintonía con el presidente.

Apeada del Mundial de futbol, Italia se dispone a vivir unas semanas de emoción y espectáculo donde nunca falla: en la arena de la política.