martes 16.07.2019

Italia al borde del abismo

La crisis económica, la precarización, la crisis migratoria y la corrupción han hecho que “este país de grandes sacudidas, pero también de grandes contradicciones” haya vuelto a sufrir un terremoto político.

Aunque el auge del racismo y la extrema derecha solo inviten al pesimismo, los italianos deben mirar el escenario actual desde el optimismo de la voluntad de cambiar las cosas

Hace unas semanas, en el programa Fort Apache emitido por Hispan TV decía Enric Juliana, director adjunto de La Vanguardia y ex corresponsal del periódico en Italia, que este era “un país de sacudidas constantes, pero también de grandes continuidades”. La política italiana siempre ha sido un fenómeno difícil de analizar -para algunos casi un enigma- y desde luego que aún más difícil es definir en pocas palabras lo que la gran mayoría no han conseguido hacer en libros. Sin embargo -con todos los matices que se le quiera poner-, si echamos un vistazo a los siglos XX y XXI, no hay duda de que esta frase es una excelente síntesis de la historia política reciente del país mediterráneo.

La primera gran sacudida que sufrieron los italianos a comienzos del siglo XX, fue la llegada al poder de Mussolini, a la que siguió una larga continuidad de represión, tiranía y persecución política bajo el fascismo. Después vino la segunda guerra mundial, la muerte del dictador, la invasión alemana, la lucha partisana y finalmente la victoria del bando antifascista. En unos años Italia pasó de la dictadura y la ocupación extranjera a un sistema democrático y republicano amparado en la Constitución más progresista de la Europa de posguerra- fruto del pacto de las fuerzas que habían luchado contra el fascismo y aprobada en referéndum por el pueblo italiano en 1948-. Se inauguraba así una nueva etapa en la historia política italiana, que se extendería durante medio siglo, desde finales de los años cuarenta hasta principios de los noventa. Este periodo estuvo marcado por dos actores indispensables para entender el pasado y el presente del país: la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano; cuya acción se extendía mucho más allá del terreno electoral. La labor socializadora del partido se llevaba a cabo en multitud de frentes: cultural, editorial, sindical… configurando la sociedad en dos bloques con una gran capacidad de organización y un extraordinario poder de movilización.

Durante estas cuatro décadas ocurrieron hechos que marcaron la política del país y produjeron ciertos cambios- las huelgas del 68, el asesinato de Moro, la rotunda victoria del No en el referéndum del 74 o el Compromiso Histórico de Berlinguer-, pero no alteraron de manera decisiva esta continuidad iniciada a finales de los cuarenta. Italia se mantuvo en un escenario parecido: gobiernos democristianos apoyados primero por formaciones de corte moderado y más adelante por los socialistas y una oposición liderada por el PCI, que tenía un enorme apoyo social y una considerable fuerza electoral, pero no la suficiente como para gobernar. Aquella Italia era el país de la política de masas, el feudo del partido del Papa, pero también el del mayor partido comunista de Europa Occidental, y sobre todo, era un país donde la política se vivía de manera distinta; donde pertenecer a un partido no se reducía a un carnet y depositar una papeleta en una urna cada cinco años, sino que en muchos casos significaba elegir una opción de vida. 

italia

Sin embargo, este edificio que los italianos habían levantado durante décadas se vino abajo de la noche a la mañana a comienzos de los noventa. Tangentopoli y los procesos de “Mani Pulite” borraron del mapa a la Democracia Cristiana, mientras que el PCI de la mano de D’Alema, Occhetto y compañía se encargó él solito de autodestruirse tras la caída del muro. Los dos pilares del sistema político italiano se derrumbaban, la primera república implosionaba, y en medio del caos y la conmoción surgía una figura que marcaría la política italiana desde 1994 hasta nuestros días: Silvio Berlusconi. 

EL PRINCIPIO DEL FIN

La experiencia Monti fue profundamente negativa y los primeros efectos se dejaron sentir en las elecciones de 2013, donde el Movimento 5 stelle dio un puñetazo sobre la mesa situándose como primera fuerza política

Lo peor que le sucedió a Italia no fue la victoria de Berlusconi, sino la “Berlusconización” de la política italiana. La política de masas pasó a mejor vida, y los militantes dejaron de ser parte activa de la vida política del país para convertirse en meros espectadores de un show grotesco en el que “Il Cavaliere” siempre se ha movido como pez en el agua. Las calles, las plazas y el parlamento fueron sustituidas por los platós como principal escenario de lucha política y Mediaset se convirtió en el principal agente socializador de varias generaciones de italianos. Desde entonces, ni los escándalos sexuales, ni los fracasos cuando estuvo al frente del gobierno han conseguido acabar definitivamente con “Il Cavaliere”, que todavía continúa al pie del cañón a sus 81 años.

Y así tras la brutal sacudida que supuso la caída de la I República, comenzó una nueva continuidad, con una derecha guiada por Berlusconi y secundada por la Lega, y una izquierda cada vez más irreconocible agrupada en coaliciones infinitas e inestables. La II República, que pretendía corregir los fallos de la primera favoreciendo la gobernabilidad con el cambio de un sistema electoral proporcional a uno mixto mayoritario, fracasó estrepitosamente, lo que demuestran los doce ejecutivos entre 1994 y 2016 (seis legislaturas). 

A pesar de que puede resultar aventurado determinar puntos de ruptura tan concretos, no cabe duda de que la crisis económica de 2011, que dio lugar al “Gobierno Técnico” de Monti, fue un punto de inflexión en el desgaste del régimen levantado en los noventa. El nuevo ejecutivo encabezado por Mario Monti -reputado economista sin afiliación política- fue presentado a los ciudadanos como una maniobra audaz y una solución necesaria para salir de la crisis. A pesar de la aprobación inicial de gran parte de los italianos y del respaldo de la Unión Europea y de los bancos; los duros recortes impuestos por Monti –12.000 millones en gasto, 18.000 en recaudación, subida del IVA al 23%, aumento de la edad de jubilación y de los años cotizados para poder recibir pensión…- acrecentaron su impopularidad y acentuaron aún más la crisis política e institucional del país. 

La experiencia Monti fue profundamente negativa y los primeros efectos se dejaron sentir en las elecciones de 2013, donde el Movimento 5 stelle dio un puñetazo sobre la mesa situándose como primera fuerza política. La imposibilidad de forjar pactos con ninguna fuerza política impidió que 5S gobernara a pesar de ser el partido más votado; por lo que su irrupción en 2013 -aunque fuera una absoluta novedad- no consiguió volcar el sistema de partidos como hiciera Berlusconi en 1994, puesto que al final acabaron gobernando “los de siempre”. No obstante, desde aquel momento las arenas se han ido moviendo y las elecciones del 4 de marzo han dejado un panorama aún más incierto que el que tuviéramos cinco años atrás. 

¿LA TERCERA REPÚBLICA?

Poco después de conocerse los resultados casi definitivos del 4 de marzo y saber que su partido había logrado casi el 33% de los sufragios Di Maio – “capo político” del M5S- reivindicaba ante la prensa el papel del Movimento en la Tercera República que estaba por venir. Quizás sea demasiado pronto para empezar a poner nombres -especialmente porque uno de los desenlaces más probables en este momento es la repetición de elecciones, lo que podría cambiar las tornas-, pero lo que sí es claro es que estamos ante una de las “grandes sacudidas” de las que hablaba Juliana, cuyas dimensiones están aún por determinar.

 Lo primero que debemos señalar es la incontestable victoria del M5S, que a pesar de seguir acumulando ambigüedades y contradicciones han obtenido ocho puntos y dos millones de votos más que hace cinco años. El partido que no se reconoce como tal; que renuncia a posicionarse en el eje izquierda-derecha y que combina propuestas de corte progresista como la renta ciudadana con una política migratoria cercana a la extrema derecha, arrasa en el sur y roza los once millones de votos en todo el país. Los de Grillo van muy en serio y de ellos dependerá que los italianos vuelvan a las urnas o no en los próximos meses. 

El otro gran triunfador de la noche fue Matteo Salvini. La Lega obtuvo un inesperado 17,4%, lo que le sitúa como primera fuerza de la derecha con más de tres puntos por delante de Forza Italia -y a tan solo un punto del Partido Democrático-. El lavado de cara que le ha hecho Salvini a su partido es impresionante, y además se mide en números: trece puntos y cuatro millones más de votos en apenas cinco años. Muchos expertos hablan de “Lepenización” de la Lega, pero desde mi punto de vista la maniobra que ha llevado a cabo Salvini ha sido mucho más complicada que la que tuvo que hacer la dirigente francesa. La renovación que Marine Le Pen supuso para el FN no fue solo generacional, sino también de imagen y de discurso; lo que le ha permitido llegar a estratos de la población donde un partido que se auto declarara fascista como Casapound, o con un líder tan controvertido y desgastado políticamente como su padre jamás podría llegar. Sin embargo, el FN siempre fue un partido de ámbito estatal, mientras que la Lega hasta hace unos años era un partido regionalista, cuya única aspiración a nivel nacional era tener el peso suficiente para apoyar o entrar a formar gobierno con la derecha, pero siempre como segundo de abordo. Lo que ha hecho Salvini es conseguir que su partido pase de reclamar la independencia de “La Padania”-nación ficticia que abarca las regiones del norte de Italia- y despreciar a la mitad del país, a presentarse como una alternativa de gobierno para todos los italianos. El slogan de “Roma ladrona” es agua pasada, y tampoco se escuchan ya comentarios despectivos sobre los ciudadanos del sur a los que no hace tanto tiempo calificaban como parásitos; al contrario, ahora son los inmigrantes los culpables de los males de los italianos, incluido el subdesarrollo sureño. Por ahora sus resultados al sur de Roma tampoco son espectaculares; sin embargo, obtienen representación en todas las regiones menos en Basilicata; y lo más sorprendente, entre las dos circunscripciones del Lazio suman 400.000 votos (un 11,8 en Lazio 1 y un 16,5% en Lazio 2) obteniendo 6 de los 22 escaños a repartir. 

A pesar de las diferencias que existen entre ambos; es innegable que Marine Le Pen es un ejemplo a seguir para el líder lombardo -algo que hasta el mismo reconoce-. Al igual que está haciendo el FN en Francia; la Lega ha aprovechado el momento de crisis económica, precarización y corrupción política; para apropiarse de conceptos olvidados por la izquierda y el centro derecha, como nación o soberanía, y articular un discurso de defensa de un “pueblo” abandonado por las élites y atacado por los inmigrantes. Una de las mayores virtudes de Salvini es su capacidad de convertir en tolerable un mensaje que claramente incita al odio y atenta contra los derechos humanos, haciéndolo pasar por una defensa de las clases populares o incluso de los derechos de las mujeres. De este modo Salvini -al que la crisis migratoria le ha venido de maravilla- se puede permitir soltar un comentario islamófobo en cualquier plató sin que pase ni media, ya que inmediatamente después justifica su ataque a los musulmanes “ya que ellos consideran inferiores a las mujeres”; o puede evitar condenar de manera directa que un hombre -seguidor de la Lega por cierto- dispare contra varios nigerianos inocentes y responsabilizar de ello a la crisis migratoria y no a la oleada de racismo fomentada por los suyos. Aquí se aprecia claramente el sello Le Pen, cuyo discurso no ha plagiado, sino que ha adaptado para hacer una versión a la italiana. 

Otro de los fenómenos que muchos analistas han comentado estos días es la “salvinización” de la política italiana; y es que, aunque de cara a los medios todo sean críticas a la Lega y a su líder, la “salvinización” de las propuestas de los partidos en materia de inmigración durante esta campaña ha sido más que evidente. El mensaje de odio y discriminación fomentado por los “leghisti” ha calado tan hondo en la sociedad, que ha provocado que el resto de partidos en vez de radicalizar sus propuestas de inclusión y oponerse frontalmente al racismo y la xenofobia, se han dejado arrastrar por la “marea Salvini” acercándose a las orillas de la extrema derecha. Esto lo demuestra las promesas de Forza Italia -el supuesto centro-derecha- de solucionar la cuestión migratoria expulsando a 600.000 inmigrantes “que no tienen derecho a quedarse”, o el “Decreto Minitti” impulsado por el gobierno del PD el año pasado. Al igual que en los 90 lo peor no era Berlusconi, sino la Berluzconización de Italia; hoy lo peor no es Salvini sino la “Salvinización de Italia; donde ocho millones y medio de personas -sin contar los cuatro millones y medio de Forza Italia- han votado a partidos abiertamente xenófobos y antiinmigración. 

¿Y LA IZQUIERDA DONDE ESTÁ?

Esta pregunta se podría responder en una frase: en el limbo. No obstante, me extenderé un poco más. La gran derrotada en estas elecciones ha sido la izquierda institucional y el batacazo del PD de Renzi, que cae por debajo del 20% de votos, no lo esperaban ni los más pesimistas. El ex alcalde de Florencia, que llegó hace unos años como la gran esperanza de la política italiana hoy es un cadáver político. La “rottamazione” -que en castellano significa desguazar- era una expresión que utilizaba el ya ex secretario del PD para referirse a la vieja clase política -incluida la de su propio partido-, culpable de los males de los italianos y que debía ser desguazada para empezar a cambiar las cosas. Su ambición y los altos índices de aprobación con los que contaba tanto dentro como fuera de su partido, le catapultaron hasta la presidencia del consejo de ministros, donde llegó en febrero de 2014 después de quitarse de en medio a Letta y a todos los que se interpusieron en su camino. 

El sentimiento de euforia con el que fue recibido a su llegada al cargo fue desapareciendo conforme se fueron implementando medidas polémicas como el Jobs Act**, y su hundimiento se confirmó en diciembre de 2016 con la derrota en referéndum de su proyecto de reforma electoral conocida como “Italicum”. La reforma era una de las propuestas estrella de Renzi; que presentó el referéndum como un plebiscito personal con intención de consolidar su liderazgo. Sin embargo, la jugada no le salió bien, y perdió por veinte puntos viéndose obligado a dimitir. Después de la patada en el culo que le dieron los italianos, lo razonable hubiera sido que tras la dimisión su paso atrás hubiera sido definitivo; pero como ocurre muchas veces en política el ego se impuso a la coherencia y Renzi no paró hasta que consiguió postularse como candidato a las elecciones del 4 de marzo. Como no podía ser de otra forma los italianos le volvieron a dar la espalda y tras el magnífico resultado obtenido en las europeas de 2014- más de un 40% de votos-, en cuatro años el florentino ha dejado a su partido en mínimos históricos

El declive del PD no se ha visto compensado por una subida de Liberi e Uguali que se quedó muy por debajo de las expectativas con tan solo un 3,4%. No basta con situarse a la izquierda del PD para obtener buenos resultados y eso lo saben bien los de Grasso, que no han estado acertados ni en el modo de plantear su programa ni en la elección de candidatos. A pesar de poner en la mesa propuestas interesantes como la reducción de la jornada laboral o acabar con el Jobs Act, el miedo a posicionarse sobre ciertos temas ha pasado mucha factura a Liberi. Un ejemplo de ello es su posición respecto a Europa, la cual no han dejado clara en toda la campaña, y que hoy en día es un tema que no se puede obviar, pues se encuentra en primera página de la agenda política italiana. La izquierda ante esto no puede permanecer indiferente y debe rechazar tanto el euroescepticismo xenófobo de Salvini y compañía como el acriticismo y la pasividad del PD a las políticas de austeridad impuestas por la UE. La elección de representantes tampoco ha ayudado a los de Grasso; que al contrario que Salvini o 5S no han entendido nada bien el momento que atraviesa el país. Tal y como está Italia, sumida en el descontento y la “desrepresentación”, presentarte con nombres como D’Alema -personificación del fracaso de la izquierda italiana- es ponerte en desventaja desde el primer momento. Obviamente existen más factores que han contribuido al descalabro; pero lo que está claro es que Liberi no ha superado dos de las asignaturas pendientes más importantes de la izquierda italiana: romper la brecha que se ha abierto entre los movimientos sociales y la política institucional, y articular un discurso que consiga atraer de nuevo a las clases populares que han sido seducidas por la extrema derecha; y eso se ha reflejado en sus resultados. 

Un pequeño rayo de esperanza que se atisba en la izquierda italiana es la lista de “Potere al Popolo”, un movimiento muy ilusionante, creado desde abajo, que abarca a un gran número de centros sociales y de organizaciones antifascistas y que trabaja en muchos barrios de Italia ayudando a vecinos e inmigrantes. A pesar de la brevedad de su programa- el cual todavía deberán profundizar si quieren seguir creciendo- en él encontramos una serie de puntos importantes para llevar a cabo la transformación en el país en una dirección distinta de la propuesta por Lega o 5S. Frente a la ambigüedad del centro izquierda en ciertos temas; Potere al Popolo ofrece medidas concretas en temas clave como la inmigración, donde claramente se posiciona en contra de las políticas antiinmigrantes de la derecha, proponiendo la ruptura de los tratados bilaterales que permiten las devoluciones en caliente y en favor de una política de acogida y de inclusión cultural y laboral. En política exterior, marca una diferencia importante con respecto Liberi y PD, expresando de manera explícita su rechazo a las políticas de austeridad de la UE y a las intervenciones armadas de la OTAN. Además, es muy positivo que se toquen de manera directa temas en los que Italia necesita progresar ya; como las luchas de género y LGTB (donde se encuentran a años luz de países como España) o la cuestión meridional. Aquí la propuesta de medidas como la inversión en una red de transportes efectiva, la defensa del territorio de la especulación financiera o la equiparación del nivel de los servicios públicos con el norte del país, demuestra que aunque todavía le falten tiempo y medios, la formación cuenta con capacidad suficiente de entender los problemas del país y con la voluntad de solucionarlos.

Por ahora los números no le llegan para entrar en el Parlamento; no obstante 370.000 votos para un movimiento que apenas tiene unos meses no es un mal comienzo. Queda muchísimo camino por recorrer, eso está claro, y tendrán que luchar para conseguir visibilización sin representantes en la cámara y con unos medios dominados por Berlusconi; no obstante, es un paso que ya para estas elecciones hayan conseguido que líderes internacionales como Melenchon o Morales les mostraran su apoyo públicamente. Potere al Popolo es un intento valiente de romper esta distancia entre la izquierda institucional y los movimientos sociales; un problema que lleva arrastrando Italia durante décadas. Viola Carofalo, líder de la formación, comentaba en una entrevista que haber encontrado en Luigi de Magistris -alcalde de Napoli- un canal abierto y eficaz de comunicación entre el movimiento social en el que ella participaba y las instituciones, es una de las razones que les llevó a entrar en política; “el poder llevar la lucha a un nivel más alto a través de un diálogo con las instituciones” según sus propias palabras. Esto es lo que debe tratar de realizar Potere al Popolo; empoderar y dar voz a esos millones de italianos olvidados por el sistema y que fruto de la desesperación están siendo seducidos por discursos que fomentan el odio y la discriminación.

La crisis económica, la precarización, la crisis migratoria y la corrupción han hecho que “este país de grandes sacudidas, pero también de grandes contradicciones” haya vuelto a sufrir un terremoto político. La situación es incierta, y la política italiana se ha convertido estos años en un terreno de arenas movedizas en el que algunas figuras como Renzi se hunden hasta el cuello, mientras que otras como Salvini emergen portando consigo terribles fantasmas del pasado. El panorama no es nada prometedor; pero como decía Antonio Gramsci, “hay que mirar la política desde el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”. Por ello, aunque el auge del racismo y la extrema derecha solo inviten al pesimismo, los italianos deben mirar el escenario actual desde el optimismo de la voluntad de cambiar las cosas.


*la renta ciudadana (reddito di cittadinanza) es la medida estrella del Movimento para combatir la pobreza, concediendo una renta de 780 euros para los desocupados y completando las rentas o pensiones inferiores a 780 euros. 

** Entre otras cosas, el Jobs Acts suprimía el artículo 18 del Estatuto de los Trabajadores desprotegiéndoles del despido injustificado.

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